Globalización, Comercio e
Integración
Edición Nº 45
Enero- Marzo. 1996
Vivir en la ciudad global
Michel Camdessus
Director General del Fondo Monetario Internacional (FMI)
Extractos
de la primera parte del discurso pronunciado en ocasión del «Coloquio Internacional
Economía, para cuál futuro», celebrado en noviembre de 1995, en Roma, en el Instituto
Internacional Jacques Maritain.
Acabamos de celebrar dos grandes aniversarios, uno con gran
fausto: el cincuenta aniversario de las Naciones Unidas y de las Organizaciones de Bretton
Woods; el otro más modestamente: el XXX aniversario de la Gaudium et Spes. Ambos
aniversarios nos han invitado a renovar nuestra visión de un mundo mejor por construir,
más aún en años recientes cuando dos acontecimientos importantes han cambiado la
orientación de la economía mundial: la caída del muro de Berlín y los inicios de una
dinámica de la globalización.
Estos dos acontecimientos han tenido, y seguramente
tendrán, consecuencias inmensas para la libertad y fraternidad humanas. Ambos anuncian un
mundo futuro unificado, caracterizado por una economía a escala planetaria, más
habitable para los hombres, lo que justificaría que un gran soplo de esperanza reinara en
el mundo. Sin embargo, el mundo se halla sumido en un mar de dudas; se encuentra en busca
de orientación; ha respondido de manera muy desigual a las esperanzas de esta última
mitad del siglo; ha quedado agotado en la carrera que media entre la miseria y el
desarrollo; reina el miedo.
En verdad, para quien esté a cargo de una parcela del bien
común la tarea hoy en día es difícil: deberá administrar una transición dolorosa
hacia un nuevo equilibrio y, a la vez, esforzarse por imaginar nuevas estrategias e
instituciones que le auxilien en el recorrido tan vacilante y doloroso hacia la unidad
mundial.
Ustedes van a reflexionar precisamente acerca de la
«Economía ¿para cuál futuro?» y han querido que, de entrada, un practicante de la
economía internacional comparta sus reflexiones con ustedes. (...) Pues bien, permítanme
preguntarme junto a ustedes:
¿cuál es el sentido de este malestar, de este miedo, ante
esta generalización de la economía de mercado y esta marcha hacia un mundo unificado?
¿Qué nos revelan de los valores y de las nuevas prioridades en la búsqueda del bien
común para mañana, el siglo XXI?
I. Características de la
globalización
Este malestar
me interesa particularmente ya que la institución que dirijo ha recibido de la comunidad
internacional el mandato de hacer participar al mundo y, en particular, a los países en
desarrollo y los países en transición, de los beneficios del mercado y de la
globalización. Pero, precisamente, el mercado y la globalización son procesos que están
en pleno desarrollo.
No me detendré largamente en el proceso de
la economía de mercado, pues me adhiero enteramente a los análisis de la encíclica
centesimus annus, lo que me hace afirmar enfáticamente que aceptar y promover el papel
central del mercado equivale a aceptar la competencia como dinamismo de progreso, aunque
sin ignorar su potencial para aplastar a los débiles y a los marginados.
Al hacer tal admisión es preciso
reconocer que el Estado y las organizaciones internacionales tienen una misión esencial
de supervisión y organización, para que la competencia sea libre pero también cónsona
con las exigencias de la justicia y el respeto de todos nuestros valores esenciales, que
no obedecen a la lógica de los precios. Notemos enseguida que en la organización de la
ciudad global será preciso asegurar la reconciliación de la libre competencia y la
solidaridad y, por su intermedio, de todo lo que exige el respeto a cada hombre y a todo
lo humano.
El proceso de mundialización es un
fenómeno en desarrollo.Observemos los hechos:
El proceso comenzó hace ya algún
tiempo, pero la aceleración del fenómeno es precisamente la característica de este fin
de siglo. El proceso se acelera por la conjunción de diversos aspectos:
- El fin de los controles de cambio,
las innovaciones financieras y el progreso alcanzado en la transmisión de la información
hacen que se establezca un mercado financiero mundial que funciona en tiempo real.
- La organización de grandes empresas
conforme a estructuras de redes mundiales que ignoran cada vez más las fronteras
nacionales.
- En el campo de la información, la
transmisión universal e instantánea de las informaciones.
- En la esfera política, el fin del
«gran cisma» y el triunfo (por lo menos parcial) de la alianza entre la democracia y el
mercado.
- Finalmente, la toma de conciencia
por la opinión pública mundial de que ciertos problemas fundamentales de nuestro tiempo
son esencialmente transnacionales. La protección del medio ambiente es el ejemplo más
evidente. Pero, trátese de las drogas, el SIDA, el lavado de dinero, descubrimos
problemas que, en su esencia, tienen alcance internacional y que sólo pueden ser
resueltos muy parcialmente por cada Estado o nación. Están presentes en ellos dinamismos
tales que nos llevarían a creer que marchamos de manera irreversible hacia la unidad
mundial.
En consecuencia, ¿estaremos a punto
de ver materializada la utopía de la aldea planetaria, esa otra forma del «fin de la
historia»? ¡Por cierto que no! La experiencia para muchos es más bien la de una jungla
hostil, de inestabilidad de las condiciones económicas, de marginamiento y de limitación
de las oportunidades. En efecto, como todos los grandes fenómenos de la historia, la
mundialización es portadora de oportunidades y riesgos. Intentemos su delimitación.
II. Las oportunidades
Las
oportunidades están allí. En condiciones apropiadas, este fenómeno ofrece posibilidades
extraordinarias de progreso en términos de organización,
eficacia, productividad, difusión de
los conocimientos, mejora del nivel de vida y acercamiento entre los hombres. En suma,
puede contribuir a que se produzca en un contexto mundial un crecimiento más fuerte,
mejor equilibrado y más propicio para el desarrollo de los países pobres. ¿No hemos
constatado suficientemente, por ejemplo, que la
combinación del surgimiento de un mercado mundial unificado del dinero y la aplicación
perseverante de políticas macroeconómicas y financieras rigurosas en un número notable
de países en desarrollo han permitido que los flujos de capitales privados hacia esos
países se hayan más que decuplicado entre 1982-89 y 1990-94, estabilizándose en un
promedio de 105 mil millones de dólares al año, vale decir, una cifra equivalente
aproximadamente al doble de la de la asistencia para el desarrollo, cifra esta última que
tiende a declinar? Estamos, pues, en presencia de una
oportunidad para la aceleración del proceso de desarrollo que los esfuerzos de asistencia
solidaria no hubieran permitido realizar. ¿o hemos constatado, suficientemente también,
que ha sido justamente el fuerte crecimiento de estos países en desarrollo lo que le
evitó al mundo en su conjunto una fase de recesión en los años 91 y 92, con lo que
también se demuestra que pudieron construir la autonomía de su crecimiento frente a los países industrializados y
que éstos han dejado de ser, por este hecho, los únicos motores del progreso mundial?
Por muy frágil que sea su éxito,
por muy incompletos sus resultados, sobre todo en el plano social, los países en
desarrollo en los que se ha dado el ajuste no sólo señalan la vía hacia el progreso a
los demás países en desarrollo. Le demuestran también a los países industrializados
que no hay medio más eficaz para acelerar y consolidar su
propia actividad, ni mejor inversión, que acelerar y consolidar la integración plena al
sistema económico mundial de los países en desarrollo y de los países en proceso de
transformación, lo que pasa por la aceleración de la mundialización. Estamos, pues, en
presencia de oportunidades que pueden ser aprovechadas.
III. Los riesgos
Y sin embargo, en estos momentos,
para muchos de nuestros contemporáneos, la mundialización es sobre todo un universo que
se construye sin ellos y del que conocen más que todo los perjuicios.
Un hecho salta a la vista: la
heterogeneidad de un fenómeno que se aplica a los bienes, servicios, capitales y, de
manera bastante desigual, a los hombres. Todo transcurre como si de alguna manera la
globalización estuviera aún deshabitada. Sus peligros -particularmente sociales- saltan a la vista y contribuyen a una especie de angustia,
de nuevo «gran miedo» de fines de milenio. Este miedo se siente con particular fuerza en
los viejos países industriales. Incluso en países como el mío, Francia, que en
términos macroeconómicos se beneficia evidentemente de la mundialización. En un país
que se enorgullece de su apertura universal, «el país de los derechos del hombre»,
siempre dispuesto a apasionarse por causas universalistas, la confusión es profunda y la
mundialización -percibida negativamente- se encuentra
en el centro de los debates nacionales más caldeados. Robert Reich lo demuestra
acertadamente en su análisis de la organización en redes de las empresas mundializadas1: «Las
fuerzas centrífugas de la economía global destruyen los lazos de solidaridad entre los
ciudadanos, enriquecen aún más a los mejor calificados a la vez que condenan a los
demás al empeoramiento de su nivel de vida, particularmente a quienes detentan un empleo
de producción o de servicio de carácter personal, condenado a una mayor precariedad y a
remuneraciones más débiles».
Lo que se da a nivel de los
individuos se aplica también, en cierto modo, a nivel de los países. La heterogeneidad
del proceso de mundialización y de la difusión de sus beneficios puede entrañar un
riesgo de marginamiento para un país e incluso para regiones enteras -ciertas partes de
Africa, en particular-.
Este riesgo de marginamiento de los
más pobres se ve aumentado por el hecho de que los países más avanzados tienden a
concentrar la asistencia para el desarrollo en los países pobres que menos manifiestan
una voluntad de movilizar todos sus recursos para salir adelante por sí mismos. Dos de
sus elementos concomitantes son la presión demográfica y las presiones migratorias
masivas. A estas amenazas se agrega la manera en que la economía de mercado se implanta
en las viejas economías planificadas o en que se operan las reformas en muchos países
en desarrollo. Nos recuerda los momentos más crueles del
capitalismo salvaje de finales del siglo pasado. La necesidad de empleo y de ingresos
monetarios y la debilidad del Estado sonde tal magnitud que a menudo los derechos de la
persona y de los trabajadores son pisoteados. La corrupción y la violencia se
multiplican. Las fábricas contaminantes son trasplantadas a otros países sin que medie
la preocupación por el ambiente o por la salud de las poblaciones. Hay crecimiento, por
supuesto; pero no el crecimiento de alta calidad que nuestras instituciones intentan promover. ¿De qué vale
semejante mundialización si no es más que un medio que permite a los cínicos escapar de
toda norma ética y de la ley?
Agreguemos a este panorama el peligro
de que se exacerben los conflictos comerciales, de que se multipliquen las prácticas
económicas ilegales y de que estallen crisis financieras. Bastaría con recordar que, por lo menos en tres ocasiones en los
últimos diez años, la economía mundial se ha visto sacudida por el peso del
endeudamiento excesivo, la fluctuación aberrante de los tipos de cambio y las olas
especulativas. La más reciente, la crisis mexicana de 1995 (¡la cuarta!) puso en
evidencia los riesgos financieros de la globalización.
IV. Responsabilidad y solidaridad
¿Qué pensar entonces de semejante
mezcla de oportunidades y peligros? ¿Será que las esperanzas de ver los dinamismos de la
globalización servir para el advenimiento de un mundo unificado y más fraterno no son
más que quimeras? ¿O podemos creer aún lo que Teilhard de Chardin: «que es Dios mismo
quien atrae a los hombres y los alcanza a través del
proceso unificador del Universo»? Por supuesto, cada quien responderá a esta
interrogante desde el fondo de sus propias convicciones.
Por mi parte, para responderla he
recurrido a otro auvernés ilustre, Blas Pascal: «¡Hay que apostar!» Apuesto, pues, a
que estamos en presencia de las señales de los tiempos de las que habla San Mateo2, una oportunidad nueva dada a
nuestro mundo; no hay nada que perder al asumir esta apuesta y sí mucho que ganar: una
formidable energía para una construcción fraterna del mundo. Una apuesta, es verdad,
pero una apuesta movilizadora porque nos obliga a asumir estas dinámicas ambivalentes de
modo que concurran en el advenimiento y organización de una sociedad más fraterna.
Las señales de los tiempos jamás
anuncian soluciones milagrosas para los problemas del mundo; son la invitación a un
esfuerzo fruto de una esperanza. Lo sabemos bien. Se trata de humanizar los dinamismos de
globalización haciendo que maduren todos sus gérmenes de crecimiento y solidaridad,
manteniendo a raya a las fuerzas del marginamiento. Dos valores, caros a la concepción
cristina del hombre, revisten una importancia capital dentro de esta perspectiva:
- La responsabilidad de cada
individuo, aunque aquí yo hablaría de la responsabilidad que tiene cada país de
construir su propio destino y aportar su contribución irremplazable al bien común
colectivo;
- La solidaridad para armonizar las
lógicas de la competencia y la cooperación. De la fuerza o la debilidad del binomio
responsabilidad-solidaridad depende en gran medida nuestro destino común.
- L'economie mondialisée, Dunod, 1993.
- Mateo 16, 2-5.
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