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Palabras del Embajador
Roberto Guarnieri, Secretario Permanente del SELA,
en el acto de instalación
de la XVII Reunión de Directores de Cooperación Internacional de América
Latina y el Caribe
Caracas , 2 de mayo de 2005
Me preguntaba al considerar el contenido de estas palabras, cuales deberían
ser los objetivos globales concretos de la cooperación internacional en
estos tiempos.
El énfasis, me permito recalcar, es la connotación de global.
Lo hacía convencido de que si pudiéramos acordar metas específicas en las
cuales todos nuestros países pudieran coincidir, tendríamos colectivamente
el potencial político suficiente para alcanzarlas.
Por supuesto cuando me refiero a “nuestros países” no tengo en mente sólo a
los miembros del SELA sino a la extensión del mundo en desarrollo y también
a otros llamados a veces en “proceso de transición”.
Creo que identificados esos objetivos podríamos constituir un bloque con una
fuerza extraordinaria. Aclaro que el concepto de bloque se basa en
cuestiones eminentemente conceptuales de comunidad de intereses. No de
contraposición o antagonismo hacia las naciones más avanzadas.
Al contrario, me parece que sería enteramente plausible y deseable que una
vez apreciada la conveniencia general –como es el caso- de las propuestas –a
la cuales me referiré de seguidas- se expandiese el respaldo a estas
iniciativas y pudiesen ser acogidas por la gran mayoría de la comunidad
internacional.
Pero, sin duda, su fundamento es el interés común de los países en
desarrollo que se desprende de algunas características estructurales
presentes, en mayor o menor grado en todos ellos.
Me refiero especialmente a la ineficiencia de los mercados, particularmente
del mercado de trabajo, para permitir una reasignación fluida de factores
productivos ante cambios importantes en el sistema de precios relativos.
Este es un problema grave para la inserción efectiva de los países en
desarrollo en la economía internacional y aunque todos podamos estar de
acuerdo en este objetivo final de la cooperación internacional, hay
diferencias fundamentales entre los países desarrollados y nosotros en
cuanto a lo que pudiéramos llamar los objetivos intermedios o instrumentales
para alcanzar aquel.
Me refiero esencialmente a la adecuación requerida en la institucionalidad
del sistema económico global en sus componentes de comercio, financiero y
monetario.
Parto del principio de que la globalización económica, es decir el proceso
de apertura general y multilateral del comercio es potencialmente
beneficioso para todos los participantes.
Aquí el énfasis es que el beneficio es “potencial”.
Pero los altos costos –frecuentemente inaceptables desde el punto de vista
político y social- relacionados con el concomitante proceso de ajuste en la
generalidad de las naciones en desarrollo, convierten a ese proceso de
apertura en un proceso de incierta continuidad y de frágil sostenibilidad,
con la frustración general subsiguiente de ese beneficio potencial.
Por lo tanto la meta última del libre comercio requerirá un ejercicio
sistemático de intervención del Estado para conciliar costos y beneficios,
facilitar el ajuste y asegurar su efecto neto positivo para todos los países
y sectores de población.
La falla del mercado en este caso es evidente; mientras que principios
elementales de equidad en la distribución internacional de los beneficios de
la apertura deben reflejarse en una asignación importante de recursos por
parte de los países económicamente más avanzados para corregir las
deficiencias de la actual institucionalidad internacional.
Así las cosas, un primer objetivo global de nuestros países en materia de
cooperación internacional vendría dado por la constitución de lo que
pudiéramos llamar “Fondos de
Ajuste Estructural”.
Y cabría concebir una articulación de estos “Fondos” en distintos niveles
–nacional, regional, global- y eventualmente sectorial.
Su necesidad y urgencia me parecen ampliamente demostrados por las demoras y
retrocesos que se observan en los esquemas de apertura comercial
multilateral y en las dificultades que confrontan los propios procesos de
integración económica regionales.
Sin duda es una materia compleja en su implementación.
Baste pensar en las cuestiones atinentes a su capitalización, procesos de
toma de decisiones, prioridades en asignación de fondos, mecanismos
operativos. En fin...
No quiere decir que sea, sin embargo, una misión imposible.
Bien, este es un tema.
Otro tiene que ver con la estabilidad financiera propiamente dicha que
también, por su parte, constituye un componente esencial para la
sostenibilidad del crecimiento equilibrado de la economía mundial y que
afecta muy especialmente a los países en desarrollo por la vulnerabilidad de
sus mercados financieros emergentes.
En esta área creo que deberíamos considerar la constitución de “Fondos
Monetarios Regionales”.
No para competir con el FMI, eso está fuera de toda cuestión, sino para
complementar su operación mientras se ponen a punto –esperamos- en esa
institución, mecanismos de asistencia financiera temprana e incondicional en
casos de desequilibrios externos no directamente relacionados con políticas
macro-económicas inadecuadas.
Como ocurre, por ejemplo, en las perturbaciones de balanza de pagos por
contagio financiero.
Este es otro tema que debería constituir un objetivo global de la
cooperación internacional para los países en desarrollo.
Y, finalmente, me pregunto:
¿Porqué los países en desarrollo no constituimos una robusta institución de
cooperación económica para el análisis permanente de los problemas y
requerimientos comunes y para concertar posiciones y promover objetivos
específicos como los anteriormente señalados y contribuir, de paso, de esta
manera, a la estabilidad y equilibrio de la economía mundial?
Si creemos que una institución de tal naturaleza puede ser instrumental para
la superación más efectiva del atraso y del subdesarrollo acaso no está en
nuestras manos hacerlo?
Por supuesto que sí.
¿Porqué no conformar entonces una suerte de OECD del Sur?
Se podrá decir: ahí está la UNCTAD. Bueno mi idea es diferente.
Se podrá decir que hay ya un exceso de organismos, esquemas, grupos,
comités, fuerzas de trabajo ad-hoc, etc.
Seguramente es así. Pero entonces habría que considerar su consolidación o
cesación.
Pero en ningún caso puede ser esa una razón válida para no constituir una
institución propia, con criterios de excelencia de dirección y gestión y
dotada con nuestra mejor gente, para impulsar la cooperación Sur-Sur.
Sería además un instrumento fundamental para hacer valer nuestras posiciones
en el concierto internacional.
Y para participar con mayores posibilidades de éxito en el proceso de toma
decisiones que está en curso a nivel global y que va a definir los elementos
esenciales del nuevo régimen económico internacional.
Se trata de un reto formidable.
Yo digo, tanto mejor.
Espero que estas ideas puedan discutirse aún de manera preliminar, en el
Seminario sobre cooperación Sur-Sur que se realizará más adelante durante
este evento de Directores de Cooperación Internacional de América Latina y
el Caribe.
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