Titulo

Gobernabilidad democrática y desarrollo humano en ALC
Edición Nº 67
Enero-junio 2003

 

Editor

Secretaría Permanente del SELA

 Indice

 

Ambivalencia metafísica del poder

 

Alfredo D. Vallota

Profesor de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), de Venezuela,

y miembro  del Centro de Estudios Teóricos y Filosóficos (CETYF)

 

 

Introducción

 

La reflexión que quiero abordar comienza por reconocer que atravesamos una época de cambio, un cambio tan radical que en muchos momentos se presenta casi insoportable.  Claro es que todo cambio es siempre sinónimo de alguna incomodidad, que rompe la cómoda rutina, pero la vocación de vida nos obliga a los cambios, incómodos o no, ya que toda conformidad es una suerte de muerte pequeña.  Como dice Pablo Milanés en El tiempo, el implacable “aferrarse a las cosas detenidas es ausentarse un poco de la vida, la vida que es tan corta al parecer cuando se han hecho cosas sin querer”.  Sin embargo, lo que vivimos en estos tiempos parece superar lo soportable y en lo que quiero centrarme es que a esta crisis la podemos pensar como una transición en la manera en que concebimos el poder.

 

Señal de esta transición es la preocupación por el poder que nos anima, que ha tenido siempre un carácter oportunista porque se plantea en situaciones en que el poder sufre alguna transformación importante, sea en su extensión o en su naturaleza. Mientras el poder no sufre grandes alteraciones, la educación y la cultura vigentes evitan preguntarse por él, se da como un factum indiscutido, un hecho de naturaleza.  Hay cierta lógica en evitar el cuestionamiento del poder porque cada vez que nos preguntamos por el poder se pone en evidencia que podemos imaginarnos una sociedad sin poder, avizoramos que existe un mundo posible que ignore el poder, y su contrapartida, la servidumbre, con lo que se hace patente el carácter contingente, histórico, accidental del poder, una desventura original que ha deshumanizado al hombre al sustituir la vida en libertad por una sumisión a la que voluntariamente nos sometemos.

 

Esta alternativa, que el poder trata de evitar a toda costa que salga a la luz, la hemos establecido como de naturaleza lógica pero tiene corroboración empírica. Es ampliamente aceptado por diversas corrientes antropológicas que los hombres surcaron sus primeras decenas  de miles de años sin estructuras de poder, sin jefes, sin reyes, sin ministros, sin gerentes de empresas consolidadas, por lo que no se puede ya hablar de una necesidad innata y natural de aceptar grupos jerárquicos.[1]  Por supuesto que siempre hubo, y los hay, liderazgos y cabecillas, pero que casi nunca implican poder sino, por el contrario, servicio, utilidad, generosidad, consejo y nada más alejado de los resultados de la antropología contemporánea que el reclamo de Ulises en La Odisea “que uno sea amo, que uno sea rey”. Claro es que, como dice La Boétie,[2] por una desventura histórica, de cabecilla se pasó a Gran Hombre y de Gran Hombre a amo, un paso acompañado por la transición de una economía de reciprocidad a una economía de re-distribución.[3] Pero es una desventura, no es una necesidad, es una opción azarosa en la marcha de la historia humana que al preguntarnos por el poder sale a la luz.

 

Poder es una de las grandes palabras, esas palabras cuya significación se debate entre la oscuridad y el conocimiento, que todos empleamos constantemente, pero a la que el uso frecuente para nada aclara en su contenido.  El vocablo poder  viene del latín possum, potes, potui, posse que en su acepción más lata y general significa ser capaz, tener fuerza para algo. Se vincula con potestas, que es potencia, potestad, poderío, dominio sobre un objeto concreto o sobre el desarrollo de una actividad, que tiene como homólogo a facultas, posibilidad, capacidad, virtud, y cercanos a ellos está imperium (mando supremo), arbitrium (falta de coacción) auctoritas (influencia moral derivada de una virtud). De manera que todas estas significaciones se conectan y entrecruzan en el confuso concepto de poder.

 

No pretendo dar aquí una definición de la palabra Poder sino usarla en parte en ese contexto claroscuro que tanto molesta a los lógico-matemáticos, pero que es el que permite hablar a la gente, intentado hacer algunas precisiones y dejando muchas otras para la reflexión.  Esta aclaración es necesaria porque no se puede considerar al poder sin tener presente estas dificultades lógico-lingüísticas, en particular si deseamos adentrarnos en sus aspectos metafísicos. Basta para corroborar estas dificultades señalar que si se preguntara qué entendemos por poder seguramente se obtendrían numerosas versiones no coincidentes, no todas ellas consistentes entre sí.

 

Trataré, por tanto, de fijar los límites de la reflexión de hoy.[4]  En ayuda recurro a Leibniz, uno de los cuatro grandes metafísicos de nuestra cultura junto a Platón, Aristóteles y Santo Tomás de Aquino. Leibniz nos dice en sus Nuevos ensayos que todo lo que aborda el conocimiento se refiere, en última instancia, a dos asuntos: las sustancias y sus relaciones. Por sustancia entiende lo real, aquello que existe, lo individual, lo que en todo caso Dios ha creado. En cambio las relaciones son vínculos que establecemos entre lo real, pero que no tienen ese carácter ni pertenecen al ámbito de lo real. Así, un hombre es una realidad. El ser gordo es una cualidad de ese hombre, un accidente porque puede ser o no ser gordo y sigue siendo el mismo hombre. Pero el ser más gordo que no es una cualidad que le pertenezca sino que es algo que establecemos entre dos personas.  Ser más gordo que es una relación. De manera que pareciera fácil aceptar que el poder es una relación que puede darse entre variadas entidades, que serían los extremos de esa relación. Podemos comenzar preguntándonos cómo hemos considerado el poder hasta ahora, si como una sustancia o como una relación.

 

I  El poder como relación

 

Una relación es una entidad ideal, no es una sustancia porque no se refiere a un individuo sino a más de uno, ni es una cualidad de la sustancia porque se da entre dos entidades. El poder sería una relación que se da entre cosas, entre personas, entre personas y cosas, entre personas e instituciones o entre instituciones (instituciones que pueden alcanzar la magnitud de un país o de organizaciones supra nacionales).  Por razones de interés, me he de referir a las que involucran personas, aunque lo que diga no se limita a ellas en forma exclusiva.

 

A las relaciones las podemos clasificar en dos tipos: simétricas y asimétricas.  Una relación simétrica es una en la que cada extremo influye sobre el otro con la misma fuerza y frecuencia, en la que las recompensas generalmente tienen balance positivo comparado con las sanciones.  Entre las relaciones simétricas podemos citar a la amistad entre iguales, la que se da entre enemigos de igual fuerza, la de algunos encuentros fortuitos como el caso de un desconocido compañero de viaje y, en estos tiempos, se aspira a que la del matrimonio, o las heterosexuales de trabajo, sean de este tipo, aunque no siempre fue así.

 

En cambio, en las relaciones asimétricas uno de los polos tiene mayor influencia que el otro.[5]  Es el caso en que se habla de la causalidad, en que uno de los polos, la causa, afecta de manera diversa al otro que es el efecto. En las relaciones asimétricas sociales, la mayoría de las decisiones depende de uno de los polos, aún a pesar de la resistencia del otro y las sanciones y represalias, sean reales o amenazas, predominan sobre las recompensas. El poder sería una relación de este tipo.

 

No es fácil que estas dos características químicamente puras se den claramente en una relación concreta, pero podemos decir que hay una relación de poder cuando, aunque no exista un polo explícitamente dominante, uno de los extremos determina las acciones del otro, es el que toma mayoritariamente las decisiones, señala los ámbitos de actuación, selecciona las dificultades a resolver, impone las soluciones y en la que señorean las sanciones sobre las recompensas, aunque haya recompensas suficientes.

 

Claro es que no siempre que haya asimetría, hay poder. El caso de un buen profesor con sus alumnos es uno de esos casos, pero por razones que veremos, en estos tiempos toda relación asimétrica fácilmente deriva en una de poder. Por eso la docencia es una tarea tan difícil y son tantos los fracasos.[6]

 

En síntesis, podríamos resumir lo que caracteriza a la relación de poder diciendo:

 

  • El poder es una relación asimétrica en la cual la mayoría de las decisiones depende de uno de los polos que determina las acciones y ámbitos de acción del otro, incluso a pesar de su resistencia.

 

  • Se dan con más frecuencia reacciones negativas o ambivalentes que recompensas o positivas, aunque esto no significa necesariamente que haya conflictos.  En las relaciones de poder las sanciones y represalias predominan sobre los premios, sean reales o como amenazas.

 

  • Debido a la aceptación de normas y valores, a la vigencia de modelos, al proceso educativo o al hábito, el poder goza de cierto consenso y adopta formas socialmente sancionadas y culturalmente alentadas, como sin duda sucede entre nosotros. En términos generales, una relación de poder no se presenta en forma aislada y se hace necesaria la existencia de un contexto social que la haga posible.  Las relaciones de poder, aunque se den entre pares de individuos, no son sino casos de relaciones de todo el conjunto social.

 

  • La relación de poder no siempre se origina como tal sino que puede derivar de otra relación que se transforma en una de poder. Este caso lo podemos apreciar claramente en las relaciones de pareja en las que, a partir de una relación amorosa, muchas veces deriva en una de poder. También en las educativas y, por supuesto, en las políticas.

 

A pesar de la connotación colectiva que señalé, no he limitado el poder al ejercicio del gobierno ni al control social.  No creo que se deba identificar poder con control social y político ya que esta limitación genera una enorme restricción en la reflexión.  En primer lugar, porque el control social no es sino una expresión del poder.  En segundo lugar, el control social tiene una referencia localizada en el presente, cuando el poder se orienta al futuro, con un carácter dinámico que destacaremos más adelante.  En tercer lugar, y nuestra época nos lo muestra con toda claridad, el poder puede ejercerse independientemente del gobierno y del control social explícito ya que hay técnicas mucho más elaboradas para determinar las acciones de la gente. Si nos guiamos por la caracterización de Bierstedt,[7] y la de Galbraith[8] la fuente de poder en una sociedad depende de la cantidad de individuos involucrados, del grado de organización y de los recursos, entre los que se incluyen recursos represivos, económicos, políticos, ideológicos, de entretenimiento, de comunicación y de personalidad.  Demás está decir que existen numerosas organizaciones e instituciones que superan en todos estos rubros a los gobiernos de la mayoría de los países.

 

La mayoría de los autores entiende al poder en estos términos. Para citar a dos, entre los filósofos, Mayz Vallenilla en su obra El Dominio del poder [9] lo concibe como una relación entre dos términos, el agente emisor y el agente receptor. Para Mayz el poder resulta de la reacción ante la conciencia de la propia finitud, que impulsa al hombre a dominar la alteridad, que incluye a los entes y a los otros hombres.[10] Por su parte, Max Weber también lo ubica dentro de las relaciones y define al poder como “la probabilidad de imponer la propia voluntad dentro de una relación social, aún contra toda resistencia y cualquiera sea el fundamento de la probabilidad”.[11]

 

Es fácil inferir que en una sociedad organizada en la asimetría de las relaciones no puede haber una distribución igualitaria de poder porque es contradictorio que lo haya. En efecto, tratándose de una relación asimétrica, la distribución igualitaria equivale a que el poder desaparezca.  En otras palabras, la asimetría del poder hace que el poder no se esparza, al contrario se aglutine; que sea estéril, ya que no se multiplica; y que sea avaro, porque no se distribuye.  La relación de poder tiende siempre a acentuarse y en esto importa sobremanera la organización,[12] que se traduce en que a medida que se amplía el número de individuos involucrados se genera una tendencia a la oligarquía que, concentrando los recursos, permite que una minoría asuma el control de la mayoría, como bien lo señaló Gaetano Mosca.[13]  Esto pasa en una familia, en un país, en el mercado empresarial y entre naciones.

 

En una sociedad sin poder, los lazos sociales deberían darse en términos de relaciones simétricas, como la amistad y la solidaridad. Pero sucede que todos actuamos acentuando la asimetría y la señal de que se trabaja a favor del poder es que, cuando se presenta una relación de poder conflictiva, la solución que se le busca nunca es la de disolver la asimetría sino crear un poder alternativo que se le enfrente. Pero de esta forma, no importa si el que gana la competencia son los militares o los civiles, los empresarios o los obreros, los profesores o los estudiantes, una empresa o la otra, el poder siempre se incrementa porque habita en la asimetría, en la diferencia.

 

Hoy en día parece muy difícil establecer relaciones simétricas una vez que las comunidades superan un cierto tamaño, por lo que en los grandes conglomerados contemporáneos las relaciones son fundamentalmente relaciones de poder, en el que hay una acentuada tendencia a que el polo más influyente sea una minoría privilegiada, a pesar de lo que se diga en contrario.  Si a esto le agregamos la correspondiente obediencia, no es difícil de entender porqué actualmente el grueso de las relaciones entre los individuos son, en todos los planos, relaciones de poder.  Pareciera que hemos perdido la capacidad de desarrollar otras formas de relación. Claro que se hacen múltiples declaraciones en contrario, pero si a estas declaraciones no se las acompaña de la tarea de formación que enseñe a establecer esas otras relaciones, ante la más pequeña de las dificultades se cae en lo que sabemos, ejercer o sufrir el poder.

 

De manera que hasta aquí hemos considerado al poder como formando parte de las relaciones, particularmente de relaciones entre personas e instituciones, aunque bien podría extenderse el análisis a otras consideraciones, como las causales a las que nos hemos referido y de las que Zubiri da buena cuenta en sus trabajos, o las psicológicas como las que menciona Rummel o su influencia en el desarrollo técnico como muestra Mayz Vallenilla. Esta asimetría la hemos visto creciendo en la historia, francamente en el caso de la guerra, pero también se da en forma menos clara en otras situaciones.

 

II  La Historia

 

La historia muestra esta acentuación del poder y de las asimetrías. Tomemos un caso para mostrarlo, como es el poder del gobierno para entrar en guerra. En los siglos XI y XII para declarar una guerra el Rey apenas disponía de un número pequeño de vasallos, que no le servían sino un máximo de 40-45 días al año, con acciones muy localizadas. Para todo otro esfuerzo se debía recurrir a mercenarios, guerreros a sueldo, soldados, muy caros por lo demás. Por ejemplo, la Cruzada de Aragón en el siglo XIII que duró la exagerada cantidad de 150 días fue posible porque se suspendió el pago del diezmo a la Iglesia para proporcionar fondos. Tiempos eran de poder pequeño y guerras pequeñas.

Frente al ataque de los turcos en los siglos XVI y XVII, los emperadores europeos no pudieron oponerle sino ejércitos mediocres.  Napoleón, un siglo más tarde, no logró movilizar para la guerra sino a la mitad de los hombres disponibles, unos 3 millones de soldados. Pero en las guerras del siglo XX Alemania, Francia, Inglaterra, Rusia y EE.UU. pusieron a todas sus poblaciones al servicio del Poder, con el objeto de obtener el máximo beneficio de este esfuerzo total. La Historia muestra este avance progresivo del poder en la determinación de las acciones de las personas, de la que somos sufrientes testigos en estos días.

 

Otro caso histórico interesante, que muestra cómo algo que parece diluir el poder, en realidad lo concentra, es el establecimiento del Poder Legislativo, inexistente en la Edad Media y en las monarquías. Gracias a la presencia del Poder Legislativo, el gobierno pudo asignarse el derecho de imponer impuestos a voluntad, cosa que no podían hacer monarcas absolutos como los Borbones. Con el impuesto se pueden pagar ejércitos que antes eran imposibles. Por eso, Carlos III tenía 12.000 soldados, Luis XVI 180.000, Napoleón 3 millones, y EE.UU. 8 millones en 1943. Como decía Taine, la democracia actual parece que nos dio un voto para elegir pero ese voto también nos pone un arma en la mano para sostener el poder. No en vano Henry Thoreau, el político norteamericano del siglo XIX, reclamaba que debemos ser primero hombres y luego ciudadanos o súbditos, y nunca debemos renunciar a lo que consideramos correcto en favor del legislador. Sólo que hoy hasta hemos renunciado a establecer lo que nos parece correcto.[14]

 

III  La obediencia

 

No cabe ninguna duda de que el poder tiene como condición, como necesaria contrapartida de la asimetría, a la obediencia, ese hecho tan misterioso por el que tantas personas, tantos pueblos, tantas ciudades, tantas naciones se someten, a veces a uno solo que no tiene más poder que el que se le otorga.[15]  El poder siempre está demarcado por la obediencia que es su límite.  En la medida que alguien obedezca otro tendrá poder.

 

La obediencia no deja de ser un hecho intrigante. Basta, para atisbar el misterio de la obediencia, observar que los estudiantes que concurren a mis clases se rehúsan a obedecer los más sencillos consejos que les facilitan la tarea de acercarse a la meta, pero obedecen ciegamente gastar su dinero en comprar un disco que no escucharán más nunca después de dos meses.  ¿Cómo explicar la obediencia social a un rey, a una campaña publicitaria, a un líder, a un gobernante, cuando la obediencia presenta tanta resistencia en lo cotidiano, como lo vemos en la desobediencia al compromiso de puntualidad en un encuentro?  Jacques Nécker, el famoso Director de Finanzas de Luis XVI escribió: “Una tal subordinación debe forzosamente extrañar a los hombres capaces de reflexionar. Es un fenómeno singular, un hecho casi misterioso, el que la gran mayoría obedezca a una minoría” [16].  Y Rousseau comparaba a la obediencia con la desconocida máquina con la que Arquímedes, desde el muelle de Siracusa, era capaz de levantar los barcos enemigos.

 

Ya hemos mencionado que la sumisión no forma parte de la naturaleza humana. La Boétie la circunscribe a los padres durante un corto período y los antropólogos descartan que esté presente en las sociedades primitivas adultas.  Por otra parte, religiones de salvación, como el cristianismo, hacen de la libertad el fundamento de las esperanzas de gloria y rechazan la obediencia como justificación del pecado.

 

No podemos señalar todos los factores que concurren a la obediencia, pero voy a destacar algunos que, reitero, no son todos:

 

 

i)                     La respuesta más frecuente a por qué obedecemos es la coacción, pero en ningún lugar del mundo ha habido más policías que gente, sin contar que habría que preguntarse porqué los policías obedecen las órdenes de represión, porque nunca ha habido más oficiales que policías y todos nos horrorizamos cuando Eichmann declaró en su juicio que había enviado a millones a la muerte cumpliendo órdenes. Pareciera más bien que entre los que se someten hay una fascinación, un embrujamiento como dice La Boétie, que los hace obedecer.

 

ii)                   Si bien la obediencia al poder no está en nuestra naturaleza cuando nacemos biológicamente, así como cuando nacemos a la vida social, estamos inmersos en un sistema de solidaridades que conforman el basamento que asegura nuestra supervivencia. Pero esta dependencia afectiva y material puede fácilmente transformarse en obediencia si nuestra autonomía es débil y no se la estimula mediante adecuada formación.

 

iii)                  En este aspecto, la racionalidad ha jugado un papel importante. En una asociación humana dominada por el azar o lo inesperado, la reciprocidad es casi obligatoria ya que el que está de buenas hoy puede ser un necesitado mañana. Pero el control del mañana mediante la efectividad predictiva de la racionalidad hizo que la reciprocidad perdiera su razón de ser y facilitara la asimetría entre los que sabían y los que no. Por ello, en este modelo, la educación y desarrollo de la racionalidad individual juegan un papel tan importante para limitar el poder. El saber es poder, algo que, veremos, ha cambiado.

 

iv)                  En los tiempos actuales se podría aducir que una confusión lógica contribuye a la obediencia política, derivada del solapamiento de dos significados que le damos a la noción de Estado, trasladada desde ella al ámbito de la empresa o de cualquier otra institución que concreta la asimetría del poder. Si consideramos al colectivo social, podemos entender al Estado como una sociedad organizada con un gobierno autónomo. De manera que tenemos:

 

a)       El Estado entendido como una sociedad organizada, en cuyo caso todos somos miembros del Estado. Tal como lo dice Hobbes, somos los autores del pacto y los representantes son los actores de la obra que todos escribimos.

 

b)       El Estado entendido como el gobierno autónomo, en cuyo caso los miembros efectivos del Estado son los que participan del mando y, por supuesto, no somos todos.

 

Planteado de esta manera, obedecemos al segundo sentido de Estado apoyándonos en el primero, es decir, obedecemos a unos pocos pensando que somos todos, confundiendo cooperación con sumisión, lo que no es sino un fraude intelectual inconsciente, o promovido por la educación, la costumbre, la publicidad o la falta de reflexión. Está claro que no es lo mismo la relación que podemos establecer entre los otros miembros de un agregado humano con la obediencia a una minoría que se privilegia gracias a la concentración de medios y recursos que nosotros mismos permitimos.

 

Precisamente, cuando se justifica la desobediencia civil, se lo hace apoyado en que no debemos obedecer al gobierno confundiéndolo con el Estado. Pero casi nunca esta justificación traspasa los límites surgidos de interpretar que ambos sentidos convergen en ciertos regímenes, como las democracias representativas. De manera que la justificación sólo vale para los casos que se califican de dictaduras o en situaciones extremas en las democracias. [17] Pero hemos de reconocer que día a día se muestra que, en la democracia vigente, esta supuesta convergencia es cada vez más injustificada, aún en los países que se toman como ejemplo.

 

v)                    Por otra parte, no ha faltado quienes sostienen que el poder viene de la divinidad, ejemplificando erróneamente esta perspectiva con el período oscuro de la Edad Media, cuando todo señala que fue precisamente lo contrario. Esta fundamentación divina del poder tuvo realmente su auge en el siglo XVII, con el nacimiento del Estado Moderno, con Jaime I o Luis XIV, y podría decirse que constituye un aprovechamiento de ciertos aspectos religiosos en favor del poder concreto.  Cierto es que San Pablo dice en Romanos, XIII,13:1 “Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. 13:2 De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos. 13:3 Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer a la autoridad?”  Pero no debemos olvidar el contexto en que fueron dichas, cuando el apóstol quería evitar confundir la desobediencia civil con el verdadero objetivo de alcanzar la salvación.  A lo largo de la historia, la fórmula paulista, Todo poder viene de Dios, fue utilizada con mucha más frecuencia para evitar el abuso y la soberbia de los poderosos que para obligar a los súbditos a obedecer.

 

vi)                  También la obediencia se ha fortalecido siguiendo las respuestas que desde el poder se han dado a dos preguntas que el hombre se ha hecho desde que se ha conformado nuestra cultura. La pregunta por el por qué, el origen, la causa eficiente, y la pregunta por el para qué, la meta, la causa final. No podemos sino limitarnos a mencionarlas y dejamos de lado la evaluación crítica.

 

 

a)       En la dirección del por qué, de la causa eficiente, se han desarrollado las teorías de la soberanía que justifica que la obediencia radica en el origen del poder.  La causa eficiente de la obediencia es un derecho, una cierta autoridad que tienen ciertas minorías con la condición necesaria y suficiente que sea legítimo.  Las dos vertientes de legitimación más desarrolladas son la Voluntad divina, o la Voluntad general, el pueblo.

 

 

b)       En la vertiente del para qué, la causa final, se reclama obediencia en función de un bien común, un bien general que se busca y procura y que todos demos crédito a un grupo para alcanzarlo para todos. Sabemos la fuerza de este crédito, materializada en las promesas para alcanzar y conservar el poder y muchas veces el poder se conserva e incrementa sólo con base en este crédito.

 

Queremos señalar, respecto de esas dos vertientes, que el poder no necesita satisfacerlas al unísono, ni siquiera satisfacerlas en absoluto.  Basta que los sometidos las acepten en su concepto, en su imaginería, en la creencia, para que cumplan su objetivo.  Ejemplo de ello son los movimientos socialistas que negaron en su discurso la posibilidad de que hubiera un origen legítimo del poder y que fuera necesario para lograr el bienestar, pero una vez en el gobierno, lo conservaron precisamente negando su propia declaración.

 

En consecuencia, hábito, educación, costumbres, autoengaños son el principal combustible para el mantenimiento de la obediencia, y consecuente incremento del poder.   Siendo la obediencia un artificio, algo no natural, como una segunda naturaleza necesita reforzarse permanentemente para que se mantenga, como todo régimen autoritario lo sabe muy bien.  Podemos distinguir fácilmente que hay algo perverso en nuestro modo de educar a los jóvenes que los hace mantener estos lazos primarios de sumisión y dependencia hasta bien entrada la vida adulta, estimulando el mantener perennemente una actitud adolescente, el estatus pupilae que criticaba Tomás de Aquino, y que no es sino el alimento del poder.

 

De forma que el poder reúne cuatro características para su permanente incremento: el hábito de obediencia, el poder condicionado; la legitimidad, el poder condigno; la beneficencia, el poder compensatorio; y los recursos, que incluyen la fuerza y el poder represivo. Estos factores no operan en forma aislada sino que constituyen una red que interactúa en su favor: la obediencia lo legitima, su capacidad bienhechora apoya la conformidad con los fines, su fuerza se funda en la legitimidad otorgada a su ejercicio y por todo ello se lo obedece. Y si pudiéramos describir - que no definir - al poder socio-político diríamos que es una relación social permanente, a uno de cuyos extremos se lo obedece por costumbre y educación, que tiene los medios materiales para obligarnos a hacerlo en caso de resistencia y que se sostiene en la imagen que tenemos de su fuerza, la creencia en su derecho a mandar y la esperanza que se pone en su aspecto benefactor, personal o colectivo.

 

IV  Camino a la absolutización del poder

 

Sin embargo, el mundo en que esta noción era más o menos aceptada y tenía validez está cambiando en forma imprevisible. Basta pensar que en los tiempos que nos toca vivir el mejor rapero es blanco, el mejor golfista es negro, los suizos ganan la Copa América de vela, Francia acusa a EE.UU. de arrogancia y los alemanes no quieren ir a la guerra.[18] El mundo ha cambiado, definitivamente.

 

Pero más allá del chiste internético, en el último siglo se produce la modificación de la noción de poder que desemboca en lo que considero su cambio de naturaleza y que se traduce en esta incomprensibilidad del mundo. Cuando surge la Modernidad filosófica, lo que se ha llamado el imperio de la razón, el poder estaba subordinado a otras categorías, como la de saber y en particular el saber hacer, que encarnaban los medios con los que el hombre hacía posible el dominio de la alteridad.  El cambio de esta concepción tiene una bisagra que la articula con la situación actual y es Nietzsche, quien por primera vez grita: “¿Queréis un nombre para este mundo? ¿Queréis una solución para todos sus enigmas? Este nombre es el de voluntad de poder. Y nada más...” [19]

 

Nietzsche se convierte en el gran pensador de la Modernidad tardía o, si lo prefieren, de la Contemporaneidad ascendente y subordina la razón a la verdadera naturaleza humana que identifica con la voluntad de poder, aunque todavía el poder está asociado con la voluntad de un sujeto.  Cuando Heidegger interpreta a Nietzsche y retoma la noción de poder, ya no lo va a hacer desde un individuo sino que extiende su base y la difumina en el pueblo, que para él se concreta, en ese momento, en el pueblo alemán y el III Reich.  Dice Heidegger:

 

“Voluntad de poder, Devenir, Vida y Ser significan lo mismo en el lenguaje de Nietzsche.  La vida, esto es lo viviente, se  configura en los centros que en cada momento tenga la voluntad de poder. Por consiguiente esos centros son estructuras de dominación. Como tales Nietzsche entiende a la cultura, el Estado, el arte, la religión, la ciencia y la sociedad”.[20]

 

Con este desplazamiento aparece el primer paso en la despersonalización del poder, que deja de estar identificado con el sujeto y pasa alternativamente del Estado a la sociedad, de la sociedad a la ciencia, de la ciencia al arte, del arte a la religión, de la religión a ciertas instituciones, de las instituciones al Estado, conformando figuras efímeras en las que el poder parece descansar transitoriamente.  Para muchos, esto se podría identificar con la desaparición del poder, la an-arje, la anarquía, cuando de lo que se trata es, justamente, de todo lo contrario, la aparición de un nuevo principio omnipresente que, en la dispersa dependencia, esconde su progresiva autarquía.

 

Lyotard, al fijar el comienzo de la crisis de la Modernidad en la II Guerra Mundial, corrobora lo que acabo de enunciar.  Dice Lyotard que con “la introducción de nuevas tecnologías en la guerra, el uso sistemático de la destrucción de poblaciones civiles, es innegable que se opera un cambio.  Los ideales de la Modernidad son abiertamente violados...[ideales] que estipulaban que todo lo que hacemos en materia de ciencia, de técnica, de arte y de libertades políticas tiene una finalidad común y única: la emancipación del hombre”. 

 

En la II Guerra Mundial el Hombre deja de ser el centro y sus fines y metas dejan de ser las que dan sentido a las acciones, aunque todavía esto aparezca en las declaraciones.  La II Guerra Mundial no tuvo por objetivo ninguna de las metas propuestas en la Modernidad.  Podríamos decir que la Modernidad, cuya crisis comenzó en ese momento, tendrá su golpe de gracia con los acontecimientos que sacudieron al mundo en América, en Francia, en el mundo comunista a finales de la década del sesenta, que representan la última rebelión, fracasada dicho sea de paso, que se realizó bajo las banderas del Hombre.  El Hombre perdía su lugar preponderante y el vacío lo iba a ocupar el Poder, por lo que se luchó en la II Guerra y se lo seguirá haciendo después hasta hoy.  Por eso, las relaciones entre naciones, entre empresas, las deportivas y las interpersonales, paulatinamente devinieron relaciones de poder.

 

El Poder se emancipa de la voluntad del sujeto, y del conjunto de las instituciones con las que ese sujeto había institucionalizado su vida colectiva, absolutizándose, sustancializándose y arrasando con todo lo que se le opone, reflejado en las grandes palabras del logos moderno, autonomía, progreso, libertad, justicia, conocimiento, solidaridad, Estado, religión, bienestar, libertad, democracia que pasan a ser palabras vacías, a las que sólo se apela en discursos emotivos, pero que ya nadie espera que motoricen la marcha de ninguna sociedad ni de los individuos, salvo excepciones.  El proyecto moderno quedaba agotado, muerto, aunque para algunos, inacabado e incompleto.

 

A partir de allí, luego de la quiebra de los ideales humanísticos de la Modernidad, debemos reconocer que ha aparecido un nuevo amo, el Poder, y a él parece que toca servirle.  Un Poder que se va a manifestar con toda claridad en la subsiguiente Guerra Fría, que no es otra cosa que una consolidación del Poder como Absoluto puesto que con ese enfrentamiento, que tan cerca estuvo de destruir al planeta, tampoco se perseguía ningún otro objetivo que el Poder mismo, sólo que ya no se ocultaba.

 

Se trataba de la instauración del Poder cuyo criterio de medida es tanto la destrucción como la construcción, que dará lugar a la llamada sociedad post-industrial de grandes riquezas e inconmensurable miseria.  Es el Poder que iluminará el fin de siglo con las luces... de las explosiones, con cientos de guerras, miniguerras, enfrentamientos armados, luchas comerciales, culturales, tecnológicas y hasta individuales, instaurando el imperio de la violencia.  Basta escuchar a los dirigentes políticos, o a un industrial o a un comerciante o a una organización humanitaria buscando presupuesto para caer en cuenta que cada afán es enfrentado como una batalla, como una guerra por poder en el que el Poder nunca pierde, porque gana el más poderoso y así se engrandece.

 

La crisis de la Modernidad aparece cuando el Sujeto es desplazado del centro de las consideraciones y su lugar pasa a ser ocupado por la raza, la cultura, la nación, la clase social, dando el primer paso al relativismo.  Surgen los conflictos entre la libertad del individuo y su dominación por alguna de estas instancias, que logran superarse transitoria y parcialmente porque aún se mantenía la vigencia de una unidad dada por la idea de una Historia en pos de bienestar y progreso. 

 

Cuando esa unidad se pierde  porque desaparece la Historia con mayúscula [21] para refugiarnos en historias regionales, más o menos discontinuas, más o menos abiertas, progresivo-regresivas, provisorias, se desarticula definitivamente el proyecto que descansaba en un orden racional, en un afán universal de dominio de la alteridad por el sujeto, con un sentido de progreso, en especial tecnológico, que abría la posibilidad de construir utopías generales de futuro bienestar.

 

Así como Nietzsche gritó Dios ha muerto queriendo señalar el fin de una época, hoy estamos en situación de decir, el hombre ha muerto marcando el final de otra.  Por supuesto que no ha muerto física ni biológicamente sino como Absoluto dominante de la cultura, característico del período que se llama Modernidad.  La posmodernidad, lo que viene después de la Modernidad, parece estar signada por la aparición de uno nuevo, el Poder.

 

V  La posmodernidad

 

Varios pensadores de la posmodernidad han destacado la desaparición de la Historia como unidad y centro alrededor de la cual se reúnen y ordenan los acontecimientos.  Dado que la historia es una representación de lo que parece relevante del pasado, para hacerlo habría múltiples y diversos criterios. En consecuencia, tendríamos diversas imágenes del pasado desde diversas perspectivas. Si esto es así, entonces quedamos incapacitas para establecer algún decurso unitario que conduzca a algún fin común o que tenga algún sentido compartido por todos los hombres.[22]

 

En consecuencia, vivimos en una pluralidad de reglas y comportamientos que apresan los múltiples contextos vitales en los que nos ubicamos, sumergidos en un pluralismo heteromorfo sin posibilidad de encontrar denominadores comunes.  Como dice Lyotard, la búsqueda de consenso universal es anacrónica y sólo resta encontrar acuerdos espacios temporalmente localizados, en permanente estado de revisión.[23] Ya no hay una Historia que algún sujeto pueda aspirar a dominar, determinar, y desde ella objetivar al objeto. Lo que hay es un sujeto débil, sin fundamento para aspirar a conocer la realidad o a determinarla y mucho menos tratar de ejercer sobre ella algún afán de dominio. Ya no hay lugar para el imperialismo de una Voluntad de poder que, mediante una fuerte razón objetivante, instrumente la tecno-ciencia para convertirse en señora de la alteridad.

Frente a esta situación quedan dos alternativas: transformar al sujeto en un ser humilde y dialogante, sin historia única, sin verdad única, sin una meta única, sin una ética compartida, obligado a escuchar, abandonando la objetivación propia de un sujeto afirmado en la fuerza de la razón, sin conciencia crítica, viviendo a fondo la experiencia del error, casi en una estetización general de la vida, evaluando todo en los infantiles términos de lindo y feo, y a merced del flujo de acontecimientos.

 

La otra alternativa, acerca de la que quiero llamar la atención, es que el centro que así queda desocupado, sin la vigilancia de la razón, sin Dios y abandonada la preocupación metafísica, con el sujeto inmerso en el torrente de la vida, con solidaridades sin memoria, sin pasiones por el dolor de los maltratados y sin fundamentos de verdad, sea ocupado por el Poder. Si la Historia es literatura, si los grandes sufrimientos humanos son una novela, si la filosofía es un relato, si no hay desde donde condenar la guerra, el hambre, la injusticia, si los cambios son variaciones sin norte ni utopía, si el argumento lo da el no argumento, si los medios son como aceleradores de partículas que fragmentan los hechos disolviendo la Historia, si hemos de vivir en la simulación de la verdad a la que hemos renunciado, si no podemos establecer lo que es la vida buena, si como dice el tango todo es igual nada es mejor, en ese vacío y monótono continuo, lo que aparece con toda su fuerza es el Poder.

 

Lo que a muchos les pareció una liberación de la prisión de la razón y de la pesada carga alienante de la historia, también puede resultar en la caída en el poder del Poder que secuestra los acontecimientos, torna sin sentido la reflexión, imposibilita lo común de la comunicación, que está más allá del bien y del mal, de lo verdadero y de lo falso, de la realidad o la ilusión.  Pero este Poder no es ya el poder de un sujeto, ni del saber del sujeto, ni de un grupo de sujetos, ni puede ser racionalmente controlado porque el sujeto se ha debilitado debido a una intensa crítica a la razón e ideales modernos. Es el Poder como un ente autónomo, cuya naturaleza hay que determinar.  Un Poder que no puede ser un dador de sentido racional y ni siquiera humanamente determinado, aunque sea ahora el motor de las acciones, porque se ha independizado del sujeto. 

 

Es por ello que cuando aplicamos la desacreditada razón moderna a su lectura, el conjunto se nos aparece como dominado por el absurdo, con un caótico dinamismo que incluso crece con la destrucción, como los incendios.  Nos encontramos con la desmesura, la ausencia de medida, el desafuero, al par que los individuos se presentan cada vez más débiles y obedientes[24].  De allí la violación de ideales de la que habla Lyotard, que es fácil de constatar cuando junto al máximo desarrollo de la ciencia y de la técnica avanzan formas de barbarie desconocidas por su magnitud, y junto a la inusitada riqueza, la miseria crece a pasos agigantados.[25]

 

VI  El poder como absoluto

 

He esbozado el tránsito del poder, de ser una relación entre personas o instituciones, a ser un Ser al que he considerado un Absoluto, y brevemente desarrollaré esta perspectiva que renueva el viejo dilema que planteaba Platón si el verdadero Ser no se identificaba con la relación, es decir, si la relación no constituía el verdadero ser (Sofista 247), que veremos se asoma en ciertas concepciones contemporáneas de la ciencia. ¿En qué consiste la transformación?

 

La civilización occidental puede caracterizarse de diversas maneras, y una de ellas es por la preocupación central de cada época, el Absoluto que ha dominado diferentes etapas de su desarrollo y que, aunque su preponderancia haya tenido vaivenes, aún hoy en mayor o menor medida todavía nos agitan:

 

  • En la etapa clásica surgida en Grecia, presenciamos el predominio del Ser con un pensar, un logos, orientado a la persecución de su esclarecimiento, con las alternativas y conflictos que agitaron el pensamiento clásico durante más de medio milenio.

 

  • La etapa del predominio de Dios, consolidada luego de la caída del Imperio Romano y la afirmación del cristianismo, que prevaleció durante mil años, con un logos encaminado a establecer las relaciones del hombre con Dios y, a través de Dios, con el resto de la Creación. En ella los conflictos surgieron de tratar de congeniar la razón, orientada por el Absoluto anterior, con la fe en el nuevo.

 

  • La Modernidad, surgida hace 400 años, en la que el centro pasó a ser ocupado por el Hombre.  El logos que a partir de él se desarrolla implementa sus objetivos de dominio y tendrá como resultado la técnica.  El tránsito se produce con crueles enfrentamientos políticos y religiosos y el impacto del descubrimiento y colonización de un nuevo continente, América.

 

  • Finalmente, la hipótesis que quiero traer a la reflexión es que estamos ante la posible irrupción del Poder como el nuevo Absoluto en cuyo despliegue vivimos y al que el pensar ha de tener que focalizar, aunque en este nuevo absoluto el lugar preponderante no lo ocupe el logos.  Por supuesto que es una hipótesis y cada uno puede hacer sus propios desarrollos.

 

 

Partiendo de una pregunta por el Ser, por lo que es, por la realidad, por los entes, como sucedió entre los griegos, pasamos a centrar nuestra interrogación por un ser especial, el Ser supremo, Dios.  La Modernidad introdujo como eje de la preocupación la pregunta por lo humano y orientó toda su actividad haciendo del Hombre origen, centro y meta de la indagación filosófica.  En todos estos períodos existió el poder, aunque su origen y sustentación variara, pero siempre se lo concibió como una relación, instrumento para alcanzar un fin que lo trasciende, aunque el fin haya sido muchas veces vago y variable, dependiendo del Absoluto predominante en cada caso.  En consecuencia, el poder era más bien un efecto que una causa, el efecto de una relación asimétrica en el que un polo determina acciones, emociones, conductas del otro a las que da significación y dirección.

Pero este carácter de ideal es precisamente lo que hace posible que devenga un absoluto, lo que no podría suceder si se tratara de un ente concreto.  

 

Así, en nuestros días, pareciera que el Poder ha pasado de ser un efecto a ser una causa, causa de la realidad social que conforma el mundo en el que estamos inmersos. Lo que he llamado la sustancialización del Poder consistiría en que esa relación a la que hemos hecho referencia, ha dejado de ser tal y el Poder se ha ido constituyendo paulatinamente en una un ente autónomo, un ser al que considero un Absoluto porque se trata de uno que reúne las mismas características de oscuridad, abstracción, indeterminación de los otros absolutos de la historia.

 

Se hace visible que entramos en una época hegemonizada por la búsqueda, presencia y secreta adoración del Poder.   El habla popular lo refleja, porque cuando se nos somete a tantos sacrificios, incluso de la vida, no lo hacemos por decisión propia y razonada ni tampoco por la decisión de alguien en particular, sino que, como dice la gente, Ellos nos obligan, ellos nos imponen y someten, ellos nos sacrifican, ellos son los culpables. Pero esos ellos no son sujetos particulares, no son personas ni intereses concretos, sino la oscura manifestación de ese Poder al que no comprendemos, frente al cual no podemos reaccionar porque adopta mil caras: la Voluntad general, la dignidad de la patria, la asamblea de accionistas, la energía cósmica, la fuerza del destino, la autonomía de la nación, las leyes del mercado, la influencia de los astros, de la suerte o la defensa de la revolución.  Pero en verdad no tiene sujetos, o los cambia permanentemente, pero siempre en beneficio de sí mismo.

 

Claros son los efectos de ese Poder.  Lenín vio claramente la situación cuando dijo “A través de las innumerables revoluciones de las que Europa ha sido teatro desde la caída del feudalismo, se desarrolla, se perfecciona y se refuerza este aparato burocrático y militar del poder ... cuando en realidad habría que hacerlo caer, deshacerlo”.  Pero todos sabemos que, a pesar de que haya visto el problema, la URSS no pudo resolverlo y sucedió todo lo contrario a esta conseja. Pero la democracia que hemos desarrollado no es mejor, bajo cuyo manto el Poder nunca ha crecido tanto en la historia: servicio militar obligatorio, control de las leyes por el poder legislativo, control de su aplicación, control de las fuerzas represivas, monopolio del aparato contributivo, dominio de la educación, disposición de la información, control de la economía, etc., etc.  Sólo así se puede entender que cientos de millones de chinos obedecieran la orden de matar moscas durante cinco minutos cada día.

 

Y ese Poder, que ya es una realidad en sí mismo, no necesita ampararse en la verdad, ni en lo justo, ni en los dioses, ni perseguir ningún fin.  Lo que importa, básicamente, es que sea funcional, eficiente, palpable.  Nuestra época comienza a estar crecientemente interpretada y guiada por la presencia lisa y llana del Poder y por las nuevas formas de experimentarlo, ejerciéndolo o sometiéndose, en forma directa, profunda e irresponsable.[26]  Un Poder es más completo cuanto más acciones dirige, cuanto más eficiente es en hacerlo, cuanto más recursos dispone, cuanto mejores organizaciones haya para ser obedecido, y nada más.

 

La evolución de este incremento de poder es una historia muy diferente a las formas en que se logra, que es la historia que nos enseñan. Las formas del Poder parecen mucho más abrumadoras en los Capetos que en la democracia, pero la extensión del Poder del actual gobierno democrático de Francia es muchas veces más extenso que el de aquellos reyes absolutos. Pero es un Poder que, por las características que adopta, permanece oculto, disfrazado.  John K. Galbraith decía, precisamente, que la eficiencia actual del Poder depende de que se mantenga oculto y que la sumisión no sea evidente, como oculta, subyaciendo, la sustancia sostenía sus accidentes. [27] Y cabe preguntarse ¿No será que las formas de gobierno, la estructura de las empresas, las ambiciones personales, la funcionalidad de las instituciones, nacionales e internacionales, no son sino los accidentes de la sustancia en que ha devenido el Poder?

 

El Poder ha adoptado diversos medios para cambiar las figuras detrás de las que se escuda: un monarca, un partido político, partidos de turno, una ideología, un tirano, cambian los gerentes de las empresas, y con ello pareciera que hay reemplazo de voluntades, pero el resultado es siempre el mismo.  Cada uno de ellos es un cómplice para incrementar el Poder que heredará el que viene detrás, que a su vez lo considerará insuficiente y buscará de aumentarlo, contando cada vez con la voluntad del número o, en todo caso, de la representación real o asumida del Todo.  La consecuencia es un Poder que se incrementa, se hace independiente y domina despóticamente a toda la sociedad y a todos, al que nadie osa enfrentarse porque, entre otras cosas, mostrándose abierto, accesible, hace que cada uno aspire, parodiando a Andy Warhol, a los 15 minutos de ser su sujeto.

 

En todas las etapas anteriores, la crítica ha sido un elemento importante en su desarrollo y, para muchos, han quedado definitivamente superadas precisamente como consecuencia de esas críticas.  Pero en estos días no hay tales críticas, ni cuestionamientos metafísicos en torno a la realidad, ni preocupación religiosa, ni hay expectación por alcanzar la verdad, ni ansiedad en torno a lo bueno, ni siquiera de lo bello.  En cambio por doquier hay dominio, hay Poder, al punto que creo que entramos en una etapa en que desde él se determina el Ser, lo Divino, se sienta la Verdad estableciéndose así un nuevo orden mundial, es decir, una nueva realidad, con un nuevo Absoluto al que no cabe la crítica.  En otras palabras, no se hacen las cosas por saber, por la verdad, ni para beneficio del hombre ni para honrar a Dios, se hacen para incrementar el Poder, cualquiera que él sea. 

 

Para citar un sólo ejemplo, recordemos que los científicos nucleares norteamericanos, con Robert Oppenheimer a la cabeza, intentaron influir en las acciones políticas de EE.UU. oponiéndose a las decisiones del Poder y todos sabemos del estruendoso fracaso que todavía resuena en los oídos de la Humanidad. [28]  El conocimiento no es ya poder y no tenemos que ir muy lejos para constatarlo. Hasta en las universidades, se nombra un profesor por su saber... si no hay más remedio.

 

El Poder no tiene objeto ni tiene sujeto, y pasa tanto por los dominantes como por los dominados, es un Absoluto indeterminado que adopta todas las determinaciones que pueda, de la misma manera que cuando el Absoluto vigente era Dios, dos ejércitos que iban a luchar rezaban al mismo Dios, o cuando el Absoluto era el hombre, comunistas y capitalistas se enfrentaban invocando la felicidad del mismo hombre.

 

El Poder no es ya una forma, una institución, como el Estado, ni una relación entre formas, como sería el saber.  El Poder es un campo de fuerzas cuya característica fundamental es precisamente estar en relación y, como tal, no tiene un sujeto del poder.  El Poder es como esos campos de fuerza de los que habla la física, tal como el campo gravitatorio o el campo electromagnético, que ya no depende de los cuerpos sino que son los cuerpos los que se encuentran inmersos en ese campo de fuerzas que determina su conducta.  Las instituciones, el Derecho, o la misma violencia no son el Poder, sino expresiones, efectos, concreciones, manifestaciones del Poder.  Tanto la violencia, como el Derecho, tienen sujeto y objetos sobre los que actúan y a los que cambian, pero son sólo manifestaciones del Poder, no son el Poder.  El Poder no es una acción sobre un objeto ni hay un sujeto que actúa, porque el Poder es una acción sobre otra acción.  Por eso dice Foucault que el poder no se posee, no tiene dueño, porque no hay nada que poseer.  La posesión entendida como dominio es una determinación del poder, pero el dominio no es sino una foto de un Poder que, en tanto campo de fuerzas, acción, no puede ser sino dinámico, indeterminado e informal.

 

Concibiendo al Poder como una acción sobre otra acción, estas fuerzas se pueden expresar de muchas maneras que no se limitan a las represivas con las que usualmente se lo asocia, y pueden tener aspectos positivos.  El Poder puede deprimir pero también incitar, suprimir o inducir, desviar o enderezar, dificultar o facilitar, limitar o ampliar, es decir, puede producir y destruir, como sucedió y sucede con los otros absolutos, Dios o el Hombre. El Poder es una noción ontológica que determina una manera de construir la realidad, sus potencialidades y actualidades, disposiciones y manifestaciones, una realidad que ya no se concibe estrictamente como un ser sino como un devenir que ese Poder hace posible. Y así como las piernas permiten movernos en tierra pero no son necesarias en el mar, quizás debamos prepararnos para una transformación radical y nada de lo que somos ahora nos sea útil en ese no tan lejano porvenir.

 

Como Absoluto así delineado, no cabe preguntarse por el origen del Poder, de dónde viene, porque no es un sujeto.  La pregunta pertinente es cómo se ejerce, cómo se determina, pues su ser es actuar.  El ejercicio del Poder, entendido como fuerza, es una afección ya que la esencia de una fuerza es afectar o ser afectada.  El afectar no es una consecuencia del Poder, es el Poder, puesto que un campo de fuerzas no es tal si no afecta.  Sin afección un campo de fuerzas no es nada y en afectar radica el ser del campo de fuerzas y el Poder es el vector cuya dirección señala la marcha del cambio y cuya magnitud es la fuerza del devenir.  Esto quiere decir que esa afección se determina en formas concretas en las que se encarna, pero que no tienen fines a los que sirve ni fijos los medios que emplea porque a nada sirve y todos los medios le favorecen. Lo que parece claro es que, en este marco, no es posible la piedad ni la conciliación, y menos el respeto a las leyes, como anticipó Nietzsche, porque ese Poder ya no tiene al hombre como su dueño.[29]

 

Estas consideraciones forman parte de una Dinámica del Poder, lo que Foucault llama la Microfísica del Poder.[30]  El estudio de las determinaciones del Poder pertenece a una suerte de física, que aborda el estudio del Poder desde la perspectiva de las aplicaciones de ese campo de fuerzas, de la misma manera que se estudian las aplicaciones concretas del campo de fuerzas en los objetos físicos, como la gravedad, el electro-magnetismo u otras manifestaciones de esa fuerza única universal que tanto persiguieron los grandes teóricos pero cuya determinación, como el Poder, se mantiene esquiva. El Poder sería entonces un indefinible que podemos describir como la fuerza-a-la-completitud, la energía-de-devenir, el vector-hacia-la-manifestación. Como decía Nietzsche, imponer el devenir al ser es el triunfo del poder.

 

A pesar de su indefinición, podemos acceder a los efectos de la afección del campo de fuerzas que es el Poder, que son variados y se diferencian en determinaciones, afecciones singulares, estabilizándose transitoriamente en múltiples actualizaciones que se manifiestan en las incontables experiencias de imposición de acciones y decisiones que nos vemos obligados a adoptar sin querer.  A su vez, estas singularidades se conectan, se integran en líneas generales que convergen en ciertos puntos. 

 

Estos factores de integración son las instituciones que en cierto momento encarnan el Poder, como puede ser el Estado, o la Familia, o la Religión, o el Mercado, o el Arte o la Ciencia o un individuo.  En cada caso, ellas son las encargadas de imponer las tareas, de producir las acciones o, dicho en una única expresión, gestionar la vida de los sometidos por el Poder.  Pero no debemos confundir, ellas no son fuente de Poder, ni son su esencia, sino nada más que mecanismos operativos que el Poder adopta transitoriamente, así como los entes no son el Ser ni los intereses particulares de algún hombre son los de El Hombre.  En cada lugar y circunstancia hay que preguntarse en qué medida y qué instituciones integran y encarnan al Poder.  El conjunto es lo que Foucault llama el Diagrama de Poder que, como los diagramas de la Física, definen en cada caso un estado que no es sino la concreción de lo que esencialmente es dinámico, el Poder.

 

VII.  Final

 

Por razones de espacio no puedo superar la etapa de esbozar estas ideas, que podríamos ampliar con otros aspectos como los de su naturaleza e interpretando fenómenos como la cultura y la globalización.  Lo que he intentado transmitir es una inquietud acerca de la aparición de un nuevo Absoluto, sabiendo que hablar del Absoluto es, según Nietzsche, una aspiración de las larvas, indigno del hombre.  O puede también que yo sea una larva y por eso mi aspiración sea la de tratar con los absolutos.  Sea como fuere, lo que intento es transmitir ese sentimiento que tengo de vivir en una mutación cultural de enorme envergadura, en la que el Poder pudiera ser el nuevo territorio que hemos de habitar y del que tenemos una cercana y dolorosa manifestación, burda y desmesurada como es propia de los aires calientes del Caribe.

 

Si de alguna manera lo que se avecina no es lo que perseguimos, entonces, lo que hemos venido sabiendo y haciendo debe ser radicalmente revisado, porque en esa dirección estimo que vamos. En nuestras latitudes se dan las condiciones para visualizar estos conflictos y generar alternativas. Somos gente que vive en la expectativa y ese desprendimiento del presente para vivir en el futuro que nos caracteriza, que tantos inconvenientes nos ha ocasionado, es el talante necesario para lograrlo.  Pero las decisiones que hemos tomado en los últimos años en todo el continente, decisiones que dibujan el futuro como un regreso al pasado, arrojan una sombra pesimista en esta esperanza.

 

 

 

AnteriorSiguiente

 Arriba

 

 


http://www.sela.org
http://lanic.utexas.edu/~sela
difusion@sela.org
   SELA,  Secretaría Permanente
Av Francisco de Miranda, Torre Europa, Piso 4, Urb. Campo Alegre,
Caracas 1060- Venezuela
Tlf: (58) (212) 955.71.11 Fax: (58) (212) 951.52.92

 

 



[1] Cfr. Harris, M. Nuestra especie, Alianza Editorial, Madrid o Clastres, P.: La Sociedad contra el estado, Monte Avila Editores, Caracas.

[2] La Boétie, E.: El discurso de la servidumbre voluntaria, Tusquets Editores, Barcelona, 1980, p. 52.

[3] Harris, M.: Nuestra especie, Alianza Editorial, Madrid, (1995), p. 323.

[4] En estas consideraciones sigo, con modificaciones, la propuesta de Schermerhorn, R.A.: El Poder y la Sociedad, Paidós, Buenos Aires, (1963).

[5] Weber, M.: On Law in Economy and Society, Harvard University Press, Cambridge, (1954), p.323: Poder es la posibilidad de imponer la propia voluntad al comportamiento de otras personas.

[6] Cfr. Vallota, A.D.: Filosofía de la educación del profesional ingeniero, Ed. del Vicerrectorado Académico de la UNET, San Cristóbal, 1992.

[7]