|
|
||||
Ambivalencia metafísica del poder Alfredo D. Vallota Profesor de la Universidad
Católica Andrés Bello (UCAB), de Venezuela, y miembro del Centro de Estudios Teóricos y Filosóficos
(CETYF) Introducción La reflexión que quiero abordar
comienza por reconocer que atravesamos una época de cambio, un cambio tan
radical que en muchos momentos se presenta casi insoportable. Claro es que todo cambio es siempre
sinónimo de alguna incomodidad, que rompe la cómoda rutina, pero la vocación
de vida nos obliga a los cambios, incómodos o no, ya que toda conformidad es
una suerte de muerte pequeña.
Como dice Pablo Milanés en El tiempo, el implacable “aferrarse a
las cosas detenidas es ausentarse un poco de la vida, la vida que es tan
corta al parecer cuando se han hecho cosas sin querer”. Sin embargo, lo que vivimos en estos
tiempos parece superar lo soportable y en lo que quiero centrarme es que a
esta crisis la podemos pensar como una transición en la manera en que
concebimos el poder. Señal de esta transición es la
preocupación por el poder que nos anima, que ha tenido siempre un carácter
oportunista porque se plantea en situaciones en que el poder sufre alguna
transformación importante, sea en su extensión o en su naturaleza. Mientras
el poder no sufre grandes alteraciones, la educación y la cultura vigentes
evitan preguntarse por él, se da como un factum indiscutido, un hecho
de naturaleza. Hay cierta lógica
en evitar el cuestionamiento del poder porque cada vez que nos preguntamos
por el poder se pone en evidencia que podemos imaginarnos una sociedad sin
poder, avizoramos que existe un mundo posible que ignore el poder, y su
contrapartida, la servidumbre, con lo que se hace patente el carácter
contingente, histórico, accidental del poder, una desventura original que ha
deshumanizado al hombre al sustituir la vida en libertad por una sumisión a
la que voluntariamente nos sometemos. Esta alternativa, que el poder
trata de evitar a toda costa que salga a la luz, la hemos establecido como de
naturaleza lógica pero tiene corroboración empírica. Es ampliamente aceptado
por diversas corrientes antropológicas que los hombres surcaron sus primeras
decenas de miles de años sin
estructuras de poder, sin jefes, sin reyes, sin ministros, sin gerentes de
empresas consolidadas, por lo que no se puede ya hablar de una necesidad
innata y natural de aceptar grupos jerárquicos.[1] Por supuesto que siempre hubo, y los
hay, liderazgos y cabecillas, pero que casi nunca implican poder sino, por el
contrario, servicio, utilidad, generosidad, consejo y nada más alejado de los
resultados de la antropología contemporánea que el reclamo de Ulises en La
Odisea “que uno sea amo, que uno sea rey”. Claro es que, como dice La
Boétie,[2]
por una desventura histórica, de cabecilla se pasó a Gran Hombre y de Gran
Hombre a amo, un paso acompañado por la transición de una economía de
reciprocidad a una economía de re-distribución.[3]
Pero es una desventura, no es una necesidad, es una opción azarosa en la
marcha de la historia humana que al preguntarnos por el poder sale a la luz. Poder es una
de las grandes palabras, esas palabras cuya significación se debate entre la
oscuridad y el conocimiento, que todos empleamos constantemente, pero a la
que el uso frecuente para nada aclara en su contenido. El vocablo poder viene del latín possum, potes,
potui, posse que en su acepción más lata y general significa ser capaz,
tener fuerza para algo. Se vincula con potestas, que es potencia,
potestad, poderío, dominio sobre un objeto concreto o sobre el desarrollo de
una actividad, que tiene como homólogo a facultas, posibilidad,
capacidad, virtud, y cercanos a ellos está imperium (mando supremo), arbitrium
(falta de coacción) auctoritas (influencia moral derivada de una
virtud). De manera que todas estas significaciones se conectan y entrecruzan
en el confuso concepto de poder. No pretendo dar aquí una
definición de la palabra Poder sino usarla en parte en ese contexto
claroscuro que tanto molesta a los lógico-matemáticos, pero que es el que
permite hablar a la gente, intentado hacer algunas precisiones y dejando
muchas otras para la reflexión.
Esta aclaración es necesaria porque no se puede considerar al poder
sin tener presente estas dificultades lógico-lingüísticas, en particular si
deseamos adentrarnos en sus aspectos metafísicos. Basta para corroborar estas
dificultades señalar que si se preguntara qué entendemos por poder
seguramente se obtendrían numerosas versiones no coincidentes, no todas ellas
consistentes entre sí. Trataré, por tanto, de fijar los
límites de la reflexión de hoy.[4] En ayuda recurro a Leibniz, uno de
los cuatro grandes metafísicos de nuestra cultura junto a Platón, Aristóteles
y Santo Tomás de Aquino. Leibniz nos dice en sus Nuevos ensayos que
todo lo que aborda el conocimiento se refiere, en última instancia, a dos
asuntos: las sustancias y sus relaciones. Por sustancia entiende lo real,
aquello que existe, lo individual, lo que en todo caso Dios ha creado. En
cambio las relaciones son vínculos que establecemos entre lo real, pero que
no tienen ese carácter ni pertenecen al ámbito de lo real. Así, un hombre es
una realidad. El ser gordo es una cualidad de ese hombre, un accidente
porque puede ser o no ser gordo y sigue siendo el mismo hombre. Pero el
ser más gordo que no es una cualidad que le pertenezca sino que es algo
que establecemos entre dos personas.
Ser más gordo que es una relación. De manera que pareciera
fácil aceptar que el poder es una relación que puede darse entre variadas
entidades, que serían los extremos de esa relación. Podemos comenzar
preguntándonos cómo hemos considerado el poder hasta ahora, si como una
sustancia o como una relación. I El poder como relación
Una relación es una entidad
ideal, no es una sustancia porque no se refiere a un individuo sino a más de
uno, ni es una cualidad de la sustancia porque se da entre dos entidades. El
poder sería una relación que se da entre cosas, entre personas, entre
personas y cosas, entre personas e instituciones o entre instituciones
(instituciones que pueden alcanzar la magnitud de un país o de organizaciones
supra nacionales). Por razones
de interés, me he de referir a las que involucran personas, aunque lo que
diga no se limita a ellas en forma exclusiva. A las relaciones las podemos
clasificar en dos tipos: simétricas y asimétricas. Una relación simétrica es una en la que cada extremo
influye sobre el otro con la misma fuerza y frecuencia, en la que las recompensas
generalmente tienen balance positivo comparado con las sanciones. Entre las relaciones simétricas
podemos citar a la amistad entre iguales, la que se da entre enemigos de
igual fuerza, la de algunos encuentros fortuitos como el caso de un
desconocido compañero de viaje y, en estos tiempos, se aspira a que la del
matrimonio, o las heterosexuales de trabajo, sean de este tipo, aunque no
siempre fue así. En cambio, en las relaciones
asimétricas uno de los polos tiene mayor influencia que el otro.[5] Es el caso en que se habla de la
causalidad, en que uno de los polos, la causa, afecta de manera diversa al
otro que es el efecto. En las relaciones asimétricas sociales, la mayoría de
las decisiones depende de uno de los polos, aún a pesar de la resistencia del
otro y las sanciones y represalias, sean reales o amenazas, predominan sobre
las recompensas. El poder sería una relación de este tipo. No es fácil que estas dos
características químicamente puras
se den claramente en una relación concreta, pero podemos decir que hay una
relación de poder cuando, aunque no exista un polo explícitamente dominante,
uno de los extremos determina las acciones del otro, es el que toma
mayoritariamente las decisiones, señala los ámbitos de actuación, selecciona
las dificultades a resolver, impone las soluciones y en la que señorean las
sanciones sobre las recompensas, aunque haya recompensas suficientes. Claro es que no siempre que haya
asimetría, hay poder. El caso de un buen profesor con sus alumnos es uno de
esos casos, pero por razones que veremos, en estos tiempos toda relación
asimétrica fácilmente deriva en una de poder. Por eso la docencia es una
tarea tan difícil y son tantos los fracasos.[6] En síntesis, podríamos resumir
lo que caracteriza a la relación de poder diciendo:
A pesar de la connotación
colectiva que señalé, no he limitado el poder al ejercicio del gobierno ni al
control social. No creo que se
deba identificar poder con control social y político ya que esta limitación
genera una enorme restricción en la reflexión. En primer lugar, porque el control social no es sino una
expresión del poder. En segundo
lugar, el control social tiene una referencia localizada en el presente,
cuando el poder se orienta al futuro, con un carácter dinámico que
destacaremos más adelante. En
tercer lugar, y nuestra época nos lo muestra con toda claridad, el poder
puede ejercerse independientemente del gobierno y del control social
explícito ya que hay técnicas mucho más elaboradas para determinar las
acciones de la gente. Si nos guiamos por la caracterización de Bierstedt,[7]
y la de Galbraith[8] la fuente
de poder en una sociedad depende de la cantidad de individuos involucrados,
del grado de organización y de los recursos, entre los que se incluyen
recursos represivos, económicos, políticos, ideológicos, de entretenimiento,
de comunicación y de personalidad.
Demás está decir que existen numerosas organizaciones e instituciones
que superan en todos estos rubros a los gobiernos de la mayoría de los
países. La mayoría de los autores
entiende al poder en estos términos. Para citar a dos, entre los filósofos,
Mayz Vallenilla en su obra El Dominio del poder [9]
lo concibe como una relación entre dos términos, el agente emisor y el
agente receptor. Para Mayz el poder resulta de la reacción ante la
conciencia de la propia finitud, que impulsa al hombre a dominar la
alteridad, que incluye a los entes y a los otros hombres.[10]
Por su parte, Max Weber también lo ubica dentro de las relaciones y define al
poder como “la probabilidad de imponer la propia voluntad dentro de una
relación social, aún contra toda resistencia y cualquiera sea el fundamento
de la probabilidad”.[11] Es fácil inferir que en una
sociedad organizada en la asimetría de las relaciones no puede haber una
distribución igualitaria de poder porque es contradictorio que lo haya. En
efecto, tratándose de una relación asimétrica, la distribución igualitaria
equivale a que el poder desaparezca.
En otras palabras, la asimetría del poder hace que el poder no se
esparza, al contrario se aglutine; que sea estéril, ya que no se multiplica;
y que sea avaro, porque no se distribuye. La relación de poder tiende siempre a acentuarse y en esto
importa sobremanera la organización,[12]
que se traduce en que a medida que se amplía el número de individuos
involucrados se genera una tendencia a la oligarquía que, concentrando los
recursos, permite que una minoría asuma el control de la mayoría, como bien
lo señaló Gaetano Mosca.[13] Esto pasa en una familia, en un país,
en el mercado empresarial y entre naciones. En una sociedad sin poder, los
lazos sociales deberían darse en términos de relaciones simétricas, como la
amistad y la solidaridad. Pero sucede que todos actuamos acentuando la
asimetría y la señal de que se trabaja a favor del poder es que, cuando se
presenta una relación de poder conflictiva, la solución que se le busca nunca
es la de disolver la asimetría sino crear un poder alternativo que se le
enfrente. Pero de esta forma, no importa si el que gana la competencia son
los militares o los civiles, los empresarios o los obreros, los profesores o
los estudiantes, una empresa o la otra, el poder siempre se incrementa porque
habita en la asimetría, en la diferencia. Hoy en día parece muy difícil
establecer relaciones simétricas una vez que las comunidades superan un
cierto tamaño, por lo que en los grandes conglomerados contemporáneos las
relaciones son fundamentalmente relaciones de poder, en el que hay una
acentuada tendencia a que el polo más influyente sea una minoría
privilegiada, a pesar de lo que se diga en contrario. Si a esto le agregamos la
correspondiente obediencia, no es difícil de entender porqué actualmente el
grueso de las relaciones entre los individuos son, en todos los planos,
relaciones de poder. Pareciera
que hemos perdido la capacidad de desarrollar otras formas de relación. Claro
que se hacen múltiples declaraciones en contrario, pero si a estas
declaraciones no se las acompaña de la tarea de formación que enseñe a
establecer esas otras relaciones, ante la más pequeña de las dificultades se
cae en lo que sabemos, ejercer o sufrir el poder. De manera que hasta aquí hemos
considerado al poder como formando parte de las relaciones, particularmente
de relaciones entre personas e instituciones, aunque bien podría extenderse
el análisis a otras consideraciones, como las causales a las que nos hemos
referido y de las que Zubiri da buena cuenta en sus trabajos, o las
psicológicas como las que menciona Rummel o su influencia en el desarrollo
técnico como muestra Mayz Vallenilla. Esta asimetría la hemos visto creciendo
en la historia, francamente en el caso de la guerra, pero también se da en
forma menos clara en otras situaciones. II La Historia
La historia muestra esta
acentuación del poder y de las asimetrías. Tomemos un caso para mostrarlo,
como es el poder del gobierno para entrar en guerra. En los siglos XI y XII
para declarar una guerra el Rey apenas disponía de un número pequeño de
vasallos, que no le servían sino un máximo de 40-45 días al año, con acciones
muy localizadas. Para todo otro esfuerzo se debía recurrir a mercenarios,
guerreros a sueldo, soldados, muy caros por lo demás. Por ejemplo, la
Cruzada de Aragón en el siglo XIII que duró la exagerada cantidad de 150 días
fue posible porque se suspendió el pago del diezmo a la Iglesia para
proporcionar fondos. Tiempos eran de poder pequeño y guerras pequeñas. Frente al ataque de los turcos
en los siglos XVI y XVII, los emperadores europeos no pudieron oponerle sino
ejércitos mediocres. Napoleón,
un siglo más tarde, no logró movilizar para la guerra sino a la mitad de los
hombres disponibles, unos 3 millones de soldados. Pero en las guerras del
siglo XX Alemania, Francia, Inglaterra, Rusia y EE.UU. pusieron a todas sus
poblaciones al servicio del Poder, con el objeto de obtener el máximo
beneficio de este esfuerzo total. La Historia muestra este avance progresivo
del poder en la determinación de las acciones de las personas, de la que
somos sufrientes testigos en estos días. Otro caso histórico interesante,
que muestra cómo algo que parece diluir el poder, en realidad lo concentra,
es el establecimiento del Poder Legislativo, inexistente en la Edad Media y
en las monarquías. Gracias a la presencia del Poder Legislativo, el gobierno
pudo asignarse el derecho de imponer impuestos a voluntad, cosa que no podían
hacer monarcas absolutos como los Borbones. Con el impuesto se pueden pagar
ejércitos que antes eran imposibles. Por eso, Carlos III tenía 12.000
soldados, Luis XVI 180.000, Napoleón 3 millones, y EE.UU. 8 millones en 1943.
Como decía Taine, la democracia actual parece que nos dio un voto para elegir
pero ese voto también nos pone un arma en la mano para sostener el poder. No
en vano Henry Thoreau, el político norteamericano del siglo XIX, reclamaba
que debemos ser primero hombres y luego ciudadanos o súbditos, y nunca
debemos renunciar a lo que consideramos correcto en favor del legislador.
Sólo que hoy hasta hemos renunciado a establecer lo que nos parece correcto.[14] III La obediencia
No cabe ninguna duda de que el
poder tiene como condición, como necesaria contrapartida de la asimetría, a
la obediencia, ese hecho tan misterioso por el que tantas personas, tantos
pueblos, tantas ciudades, tantas naciones se someten, a veces a uno solo que
no tiene más poder que el que se le otorga.[15] El poder siempre está demarcado por
la obediencia que es su límite.
En la medida que alguien obedezca otro tendrá poder. La obediencia no deja de ser un
hecho intrigante. Basta, para atisbar el misterio de la obediencia, observar
que los estudiantes que concurren a mis clases se rehúsan a obedecer los más
sencillos consejos que les facilitan la tarea de acercarse a la meta, pero
obedecen ciegamente gastar su dinero en comprar un disco que no escucharán más
nunca después de dos meses.
¿Cómo explicar la obediencia social a un rey, a una campaña
publicitaria, a un líder, a un gobernante, cuando la obediencia presenta
tanta resistencia en lo cotidiano, como lo vemos en la desobediencia al
compromiso de puntualidad en un encuentro? Jacques Nécker, el famoso Director de Finanzas de Luis XVI
escribió: “Una tal subordinación debe forzosamente extrañar a los hombres
capaces de reflexionar. Es un fenómeno singular, un hecho casi misterioso, el
que la gran mayoría obedezca a una minoría” [16]. Y Rousseau comparaba a la obediencia
con la desconocida máquina con la que Arquímedes, desde el muelle de
Siracusa, era capaz de levantar los barcos enemigos. Ya hemos mencionado que la
sumisión no forma parte de la naturaleza humana. La Boétie la circunscribe a
los padres durante un corto período y los antropólogos descartan que esté
presente en las sociedades primitivas adultas. Por otra parte, religiones de salvación, como el cristianismo,
hacen de la libertad el fundamento de las esperanzas de gloria y rechazan la
obediencia como justificación del pecado. No podemos señalar todos los
factores que concurren a la obediencia, pero voy a destacar algunos que,
reitero, no son todos: i)
La respuesta más frecuente a por qué obedecemos es
la coacción, pero en ningún lugar del mundo ha habido más policías que gente,
sin contar que habría que preguntarse porqué los policías obedecen las
órdenes de represión, porque nunca ha habido más oficiales que policías y
todos nos horrorizamos cuando Eichmann declaró en su juicio que había enviado
a millones a la muerte cumpliendo órdenes. Pareciera más bien que entre los
que se someten hay una fascinación, un embrujamiento como dice La Boétie, que
los hace obedecer. ii)
Si bien la obediencia al poder no está en nuestra
naturaleza cuando nacemos biológicamente, así como cuando nacemos a la vida
social, estamos inmersos en un sistema de solidaridades que conforman el
basamento que asegura nuestra supervivencia. Pero esta dependencia afectiva y
material puede fácilmente transformarse en obediencia si nuestra autonomía es
débil y no se la estimula mediante adecuada formación. iii)
En este aspecto, la racionalidad ha jugado un papel
importante. En una asociación humana dominada por el azar o lo inesperado, la
reciprocidad es casi obligatoria ya que el que está de buenas hoy puede ser
un necesitado mañana. Pero el control del mañana mediante la efectividad
predictiva de la racionalidad hizo que la reciprocidad perdiera su razón de
ser y facilitara la asimetría entre los que sabían y los que no. Por ello, en
este modelo, la educación y desarrollo de la racionalidad individual juegan
un papel tan importante para limitar el poder. El saber es poder, algo que,
veremos, ha cambiado. iv)
En los tiempos actuales se podría aducir que una
confusión lógica contribuye a la obediencia política, derivada del
solapamiento de dos significados que le damos a la noción de Estado,
trasladada desde ella al ámbito de la empresa o de cualquier otra institución
que concreta la asimetría del poder. Si consideramos al colectivo social,
podemos entender al Estado como una sociedad organizada con un gobierno
autónomo. De manera que tenemos: a) El
Estado entendido como una sociedad organizada, en cuyo caso todos
somos miembros del Estado. Tal como lo dice Hobbes, somos los autores del
pacto y los representantes son los actores de la obra que todos escribimos. b) El
Estado entendido como el gobierno autónomo, en cuyo caso los miembros
efectivos del Estado son los que participan del mando y, por supuesto, no
somos todos. Planteado de esta
manera, obedecemos al segundo sentido de Estado apoyándonos en el primero, es
decir, obedecemos a unos pocos pensando que somos todos, confundiendo
cooperación con sumisión, lo que no es sino un fraude intelectual inconsciente,
o promovido por la educación, la costumbre, la publicidad o la falta de
reflexión. Está claro que no es lo mismo la relación que podemos establecer
entre los otros miembros de un agregado humano con la obediencia a una
minoría que se privilegia gracias a la concentración de medios y recursos que
nosotros mismos permitimos. Precisamente,
cuando se justifica la desobediencia civil, se lo hace apoyado en que no
debemos obedecer al gobierno confundiéndolo con el Estado. Pero casi nunca esta
justificación traspasa los límites surgidos de interpretar que ambos sentidos
convergen en ciertos regímenes, como las democracias representativas. De
manera que la justificación sólo vale para los casos que se califican de
dictaduras o en situaciones extremas en las democracias. [17]
Pero hemos de reconocer que día a día se muestra que, en la democracia
vigente, esta supuesta convergencia es cada vez más injustificada, aún en los
países que se toman como ejemplo. v)
Por otra parte, no ha faltado quienes sostienen que
el poder viene de la divinidad, ejemplificando erróneamente esta perspectiva
con el período oscuro de la Edad Media, cuando todo señala que fue
precisamente lo contrario. Esta fundamentación divina del poder tuvo
realmente su auge en el siglo XVII, con el nacimiento del Estado Moderno, con
Jaime I o Luis XIV, y podría decirse que constituye un aprovechamiento de
ciertos aspectos religiosos en favor del poder concreto. Cierto es que San Pablo dice en Romanos,
XIII,13:1 “Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no
hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido
establecidas. 13:2 De modo que quien se opone a la autoridad, a lo
establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para
sí mismos. 13:3 Porque los magistrados no están para infundir temor al que
hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer a la autoridad?” Pero no debemos olvidar el contexto
en que fueron dichas, cuando el apóstol quería evitar confundir la
desobediencia civil con el verdadero objetivo de alcanzar la salvación. A lo largo de la historia, la fórmula
paulista, Todo poder viene de Dios, fue utilizada con mucha más
frecuencia para evitar el abuso y la soberbia de los poderosos que para
obligar a los súbditos a obedecer. vi)
También la obediencia se ha fortalecido siguiendo
las respuestas que desde el poder se han dado a dos preguntas que el hombre
se ha hecho desde que se ha conformado nuestra cultura. La pregunta por el por
qué, el origen, la causa eficiente, y la pregunta por el para qué,
la meta, la causa final. No podemos sino limitarnos a mencionarlas y dejamos
de lado la evaluación crítica. a) En la
dirección del por qué, de la causa eficiente, se han desarrollado las teorías
de la soberanía que justifica que la obediencia radica en el origen del
poder. La causa eficiente de la
obediencia es un derecho, una cierta autoridad que tienen ciertas minorías
con la condición necesaria y suficiente que sea legítimo. Las dos vertientes de legitimación
más desarrolladas son la Voluntad divina, o la Voluntad general, el pueblo. b) En la
vertiente del para qué, la causa final, se reclama obediencia en
función de un bien común, un bien general que se busca y procura y que todos
demos crédito a un grupo para alcanzarlo para todos. Sabemos la fuerza de
este crédito, materializada en las promesas para alcanzar y conservar el
poder y muchas veces el poder se conserva e incrementa sólo con base en este
crédito. Queremos señalar, respecto de
esas dos vertientes, que el poder no necesita satisfacerlas al unísono, ni
siquiera satisfacerlas en absoluto.
Basta que los sometidos las acepten en su concepto, en su imaginería,
en la creencia, para que cumplan su objetivo. Ejemplo de ello son los movimientos socialistas que
negaron en su discurso la posibilidad de que hubiera un origen legítimo del
poder y que fuera necesario para lograr el bienestar, pero una vez en el
gobierno, lo conservaron precisamente negando su propia declaración. En consecuencia, hábito,
educación, costumbres, autoengaños son el principal combustible para el
mantenimiento de la obediencia, y consecuente incremento del poder. Siendo la obediencia un
artificio, algo no natural, como una segunda naturaleza necesita reforzarse
permanentemente para que se mantenga, como todo régimen autoritario lo sabe
muy bien. Podemos distinguir
fácilmente que hay algo perverso en nuestro modo de educar a los jóvenes que
los hace mantener estos lazos primarios de sumisión y dependencia hasta bien
entrada la vida adulta, estimulando el mantener perennemente una actitud
adolescente, el estatus pupilae que criticaba Tomás de Aquino, y que
no es sino el alimento del poder. De forma que el poder reúne
cuatro características para su permanente incremento: el hábito de
obediencia, el poder condicionado; la legitimidad, el poder
condigno; la beneficencia, el poder compensatorio; y los recursos,
que incluyen la fuerza y el poder represivo. Estos factores no operan
en forma aislada sino que constituyen una red que interactúa en su favor: la
obediencia lo legitima, su capacidad bienhechora apoya la conformidad con los
fines, su fuerza se funda en la legitimidad otorgada a su ejercicio y por
todo ello se lo obedece. Y si pudiéramos describir - que no definir - al
poder socio-político diríamos que es una relación social permanente, a uno
de cuyos extremos se lo obedece por costumbre y educación, que tiene los
medios materiales para obligarnos a hacerlo en caso de resistencia y que se
sostiene en la imagen que tenemos de su fuerza, la creencia en su derecho a
mandar y la esperanza que se pone en su aspecto benefactor, personal o
colectivo. IV Camino a la absolutización del poder
Sin embargo, el mundo en que esta
noción era más o menos aceptada y tenía validez está cambiando en forma
imprevisible. Basta pensar que en los tiempos que nos toca vivir el mejor
rapero es blanco, el mejor golfista es negro, los suizos ganan la Copa
América de vela, Francia acusa a EE.UU. de arrogancia y los alemanes no
quieren ir a la guerra.[18]
El mundo ha cambiado, definitivamente. Pero más allá del chiste
internético, en el último siglo se produce la modificación de la noción de
poder que desemboca en lo que considero su cambio de naturaleza y que se
traduce en esta incomprensibilidad del mundo. Cuando surge la Modernidad
filosófica, lo que se ha llamado el imperio de la razón, el poder estaba
subordinado a otras categorías, como la de saber y en particular el saber
hacer, que encarnaban los medios con los que el hombre hacía posible el
dominio de la alteridad. El
cambio de esta concepción tiene una bisagra que la articula con la situación
actual y es Nietzsche, quien por primera vez grita: “¿Queréis un nombre
para este mundo? ¿Queréis una solución para todos sus enigmas? Este nombre es
el de voluntad de poder. Y nada más...” [19] Nietzsche se convierte en el
gran pensador de la Modernidad tardía o, si lo prefieren, de la
Contemporaneidad ascendente y subordina la razón a la verdadera naturaleza
humana que identifica con la voluntad de poder, aunque todavía el poder está
asociado con la voluntad de un sujeto.
Cuando Heidegger interpreta a Nietzsche y retoma la noción de poder,
ya no lo va a hacer desde un individuo sino que extiende su base y la
difumina en el pueblo, que para él se concreta, en ese momento, en el pueblo
alemán y el III Reich. Dice
Heidegger: “Voluntad
de poder, Devenir, Vida y Ser significan lo mismo en el lenguaje de
Nietzsche. La vida, esto es lo
viviente, se configura en los
centros que en cada momento tenga la voluntad de poder. Por consiguiente esos
centros son estructuras de dominación. Como tales Nietzsche entiende a la
cultura, el Estado, el arte, la religión, la ciencia y la sociedad”.[20] Con este desplazamiento aparece
el primer paso en la despersonalización del poder, que deja de estar
identificado con el sujeto y pasa alternativamente del Estado a la sociedad,
de la sociedad a la ciencia, de la ciencia al arte, del arte a la religión,
de la religión a ciertas instituciones, de las instituciones al Estado,
conformando figuras efímeras en las que el poder parece descansar
transitoriamente. Para muchos,
esto se podría identificar con la desaparición del poder, la an-arje,
la anarquía, cuando de lo que se trata es, justamente, de todo lo contrario,
la aparición de un nuevo principio omnipresente que, en la dispersa
dependencia, esconde su progresiva autarquía. Lyotard, al fijar el comienzo de
la crisis de la Modernidad en la II Guerra Mundial, corrobora lo que acabo de
enunciar. Dice Lyotard que con “la introducción de nuevas tecnologías en
la guerra, el uso sistemático de la destrucción de poblaciones civiles, es
innegable que se opera un cambio.
Los ideales de la Modernidad son abiertamente violados...[ideales]
que estipulaban que todo lo que hacemos
en materia de ciencia, de técnica, de arte y de libertades políticas tiene
una finalidad común y única: la emancipación del hombre”. En la II Guerra Mundial el
Hombre deja de ser el centro y sus fines y metas dejan de ser las que dan
sentido a las acciones, aunque todavía esto aparezca en las
declaraciones. La II Guerra
Mundial no tuvo por objetivo ninguna de las metas propuestas en la
Modernidad. Podríamos decir que
la Modernidad, cuya crisis comenzó en ese momento, tendrá su golpe de gracia
con los acontecimientos que sacudieron al mundo en América, en Francia, en el
mundo comunista a finales de la década del sesenta, que representan la última
rebelión, fracasada dicho sea de paso, que se realizó bajo las banderas del
Hombre. El Hombre perdía su
lugar preponderante y el vacío lo iba a ocupar el Poder, por lo que se luchó
en la II Guerra y se lo seguirá haciendo después hasta hoy. Por eso, las relaciones entre
naciones, entre empresas, las deportivas y las interpersonales,
paulatinamente devinieron relaciones de poder. El Poder se emancipa de la
voluntad del sujeto, y del conjunto de las instituciones con las que ese
sujeto había institucionalizado su vida colectiva, absolutizándose,
sustancializándose y arrasando con todo lo que se le opone, reflejado en las
grandes palabras del logos moderno, autonomía, progreso, libertad,
justicia, conocimiento, solidaridad, Estado, religión, bienestar, libertad,
democracia que pasan a ser palabras vacías, a las que sólo se apela en
discursos emotivos, pero que ya nadie espera que motoricen la marcha de
ninguna sociedad ni de los individuos, salvo excepciones. El proyecto moderno quedaba agotado,
muerto, aunque para algunos, inacabado e incompleto. A partir de allí, luego de la
quiebra de los ideales humanísticos de la Modernidad, debemos reconocer que
ha aparecido un nuevo amo, el Poder, y a él parece que toca servirle. Un Poder que se va a manifestar con
toda claridad en la subsiguiente Guerra Fría, que no es otra cosa que una
consolidación del Poder como Absoluto puesto que con ese enfrentamiento, que
tan cerca estuvo de destruir al planeta, tampoco se perseguía ningún otro
objetivo que el Poder mismo, sólo que ya no se ocultaba. Se trataba de la instauración
del Poder cuyo criterio de medida es tanto la destrucción como la
construcción, que dará lugar a la llamada sociedad post-industrial de grandes
riquezas e inconmensurable miseria.
Es el Poder que iluminará el fin de siglo con las luces... de las
explosiones, con cientos de guerras, miniguerras, enfrentamientos armados,
luchas comerciales, culturales, tecnológicas y hasta individuales,
instaurando el imperio de la violencia.
Basta escuchar a los dirigentes políticos, o a un industrial o a un
comerciante o a una organización humanitaria buscando presupuesto para caer
en cuenta que cada afán es enfrentado como una batalla, como una guerra por
poder en el que el Poder nunca pierde, porque gana el más poderoso y así se
engrandece. La crisis de la Modernidad
aparece cuando el Sujeto es desplazado del centro de las consideraciones y su
lugar pasa a ser ocupado por la raza, la cultura, la nación, la clase social,
dando el primer paso al relativismo.
Surgen los conflictos entre la libertad del individuo y su dominación
por alguna de estas instancias, que logran superarse transitoria y
parcialmente porque aún se mantenía la vigencia de una unidad dada por la
idea de una Historia en pos de bienestar y progreso. Cuando esa unidad se pierde porque desaparece la Historia con
mayúscula [21] para
refugiarnos en historias regionales, más o menos discontinuas, más o menos
abiertas, progresivo-regresivas, provisorias, se desarticula definitivamente
el proyecto que descansaba en un orden racional, en un afán universal de
dominio de la alteridad por el sujeto, con un sentido de progreso, en
especial tecnológico, que abría la posibilidad de construir utopías generales
de futuro bienestar. Así como Nietzsche gritó Dios ha muerto queriendo señalar el
fin de una época, hoy estamos en situación de decir, el hombre ha muerto
marcando el final de otra.
Por supuesto que no ha muerto física ni biológicamente sino como
Absoluto dominante de la cultura, característico del período que se llama
Modernidad. La posmodernidad, lo
que viene después de la Modernidad, parece estar signada por la aparición de
uno nuevo, el Poder. V La posmodernidad
Varios pensadores de la
posmodernidad han destacado la desaparición de la Historia como unidad y
centro alrededor de la cual se reúnen y ordenan los acontecimientos. Dado que la historia es una
representación de lo que parece relevante del pasado, para hacerlo habría
múltiples y diversos criterios. En consecuencia, tendríamos diversas imágenes
del pasado desde diversas perspectivas. Si esto es así, entonces quedamos
incapacitas para establecer algún decurso unitario que conduzca a algún fin
común o que tenga algún sentido compartido por todos los hombres.[22] En consecuencia, vivimos en una
pluralidad de reglas y comportamientos que apresan los múltiples contextos
vitales en los que nos ubicamos, sumergidos en un pluralismo heteromorfo sin
posibilidad de encontrar denominadores comunes. Como dice Lyotard, la búsqueda de consenso universal es
anacrónica y sólo resta encontrar acuerdos espacios temporalmente
localizados, en permanente estado de revisión.[23]
Ya no hay una Historia que algún sujeto pueda aspirar a dominar, determinar,
y desde ella objetivar al objeto. Lo que hay es un sujeto débil, sin
fundamento para aspirar a conocer la realidad o a determinarla y mucho menos
tratar de ejercer sobre ella algún afán de dominio. Ya no hay lugar para el
imperialismo de una Voluntad de poder que, mediante una fuerte razón
objetivante, instrumente la tecno-ciencia para convertirse en señora de la
alteridad. Frente a esta situación quedan
dos alternativas: transformar al sujeto en un ser humilde y dialogante, sin
historia única, sin verdad única, sin una meta única, sin una ética
compartida, obligado a escuchar, abandonando la objetivación propia de un
sujeto afirmado en la fuerza de la razón, sin conciencia crítica, viviendo a
fondo la experiencia del error, casi en una estetización general de la vida, evaluando todo en los infantiles términos de
lindo y feo, y a merced del flujo de acontecimientos. La otra alternativa, acerca de
la que quiero llamar la atención, es que el centro que así queda desocupado,
sin la vigilancia de la razón, sin Dios y abandonada la preocupación
metafísica, con el sujeto inmerso en el torrente de la vida, con
solidaridades sin memoria, sin pasiones por el dolor de los maltratados y sin
fundamentos de verdad, sea ocupado por el Poder. Si la Historia es
literatura, si los grandes sufrimientos humanos son una novela, si la
filosofía es un relato, si no hay desde donde condenar la guerra, el hambre,
la injusticia, si los cambios son variaciones sin norte ni utopía, si el
argumento lo da el no argumento, si los medios son como aceleradores de
partículas que fragmentan los hechos disolviendo la Historia, si hemos de
vivir en la simulación de la verdad a la que hemos renunciado, si no podemos
establecer lo que es la vida buena, si como dice el tango todo es igual
nada es mejor, en ese vacío y monótono continuo, lo que aparece con toda
su fuerza es el Poder. Lo que a muchos les pareció una
liberación de la prisión de la razón y de la pesada carga alienante de la
historia, también puede resultar en la caída en el poder del Poder que
secuestra los acontecimientos, torna sin sentido la reflexión, imposibilita
lo común de la comunicación, que está más allá del bien y del mal, de lo
verdadero y de lo falso, de la realidad o la ilusión. Pero este Poder no es ya el poder de
un sujeto, ni del saber del sujeto, ni de un grupo de sujetos, ni puede ser
racionalmente controlado porque el sujeto se ha debilitado debido a una
intensa crítica a la razón e ideales modernos. Es el Poder como un ente
autónomo, cuya naturaleza hay que determinar. Un Poder que no puede ser un dador de sentido racional y
ni siquiera humanamente determinado, aunque sea ahora el motor de las
acciones, porque se ha independizado del sujeto. Es por ello que cuando aplicamos
la desacreditada razón moderna a su lectura, el conjunto se nos aparece como
dominado por el absurdo, con un caótico dinamismo que incluso crece con la
destrucción, como los incendios.
Nos encontramos con la desmesura, la ausencia de medida, el desafuero,
al par que los individuos se presentan cada vez más débiles y obedientes[24]. De allí la violación de ideales de la
que habla Lyotard, que es fácil de constatar cuando junto al máximo
desarrollo de la ciencia y de la técnica avanzan formas de barbarie
desconocidas por su magnitud, y junto a la inusitada riqueza, la miseria
crece a pasos agigantados.[25] VI El poder como absoluto
He esbozado el tránsito del
poder, de ser una relación entre personas o instituciones, a ser un Ser al
que he considerado un Absoluto, y brevemente desarrollaré esta perspectiva
que renueva el viejo dilema que planteaba Platón si el verdadero Ser no se
identificaba con la relación, es decir, si la relación no constituía el
verdadero ser (Sofista 247), que veremos se asoma en ciertas
concepciones contemporáneas de la ciencia. ¿En qué consiste la
transformación? La civilización occidental puede
caracterizarse de diversas maneras, y una de ellas es por la preocupación
central de cada época, el Absoluto que ha dominado diferentes etapas de su
desarrollo y que, aunque su preponderancia haya tenido vaivenes, aún hoy en
mayor o menor medida todavía nos agitan:
Partiendo de una pregunta por el
Ser, por lo que es, por la realidad, por los entes, como sucedió entre los
griegos, pasamos a centrar nuestra interrogación por un ser especial, el Ser
supremo, Dios. La Modernidad
introdujo como eje de la preocupación la pregunta por lo humano y orientó
toda su actividad haciendo del Hombre origen, centro y meta de la indagación
filosófica. En todos estos
períodos existió el poder, aunque su origen y sustentación variara, pero
siempre se lo concibió como una relación, instrumento para alcanzar un fin
que lo trasciende, aunque el fin haya sido muchas veces vago y variable,
dependiendo del Absoluto predominante en cada caso. En consecuencia, el poder era más bien un efecto que una
causa, el efecto de una relación asimétrica en el que un polo determina
acciones, emociones, conductas del otro a las que da significación y dirección.
Pero este carácter de ideal es
precisamente lo que hace posible que devenga un absoluto, lo que no podría
suceder si se tratara de un ente concreto. Así, en nuestros días, pareciera
que el Poder ha pasado de ser un efecto a ser una causa, causa de la realidad
social que conforma el mundo en el que estamos inmersos. Lo que he llamado la
sustancialización del Poder consistiría en que esa relación a la que hemos
hecho referencia, ha dejado de ser tal y el Poder se ha ido constituyendo
paulatinamente en una un ente autónomo, un ser al que considero un Absoluto
porque se trata de uno que reúne las mismas características de oscuridad,
abstracción, indeterminación de los otros absolutos de la historia. Se hace visible que entramos en
una época hegemonizada por la búsqueda, presencia y secreta adoración del
Poder. El habla popular lo
refleja, porque cuando se nos somete a tantos sacrificios, incluso de la
vida, no lo hacemos por decisión propia y razonada ni tampoco por la decisión
de alguien en particular, sino que, como dice la gente, Ellos nos obligan,
ellos nos imponen y someten, ellos nos sacrifican, ellos son los
culpables. Pero esos ellos no son sujetos particulares, no son
personas ni intereses concretos, sino la oscura manifestación de ese Poder al
que no comprendemos, frente al cual no podemos reaccionar porque adopta mil
caras: la Voluntad general, la dignidad de la patria, la asamblea de
accionistas, la energía cósmica, la fuerza del destino, la autonomía de la
nación, las leyes del mercado, la influencia de los astros, de la suerte o la
defensa de la revolución. Pero
en verdad no tiene sujetos, o los cambia permanentemente, pero siempre en
beneficio de sí mismo. Claros son los efectos de ese
Poder. Lenín vio claramente la
situación cuando dijo “A través de las innumerables revoluciones de las
que Europa ha sido teatro desde la caída del feudalismo, se desarrolla, se
perfecciona y se refuerza este aparato burocrático y militar del poder ...
cuando en realidad habría que hacerlo caer, deshacerlo”. Pero todos sabemos que, a pesar de que
haya visto el problema, la URSS no pudo resolverlo y sucedió todo lo
contrario a esta conseja. Pero la democracia que hemos desarrollado no es
mejor, bajo cuyo manto el Poder nunca ha crecido tanto en la historia:
servicio militar obligatorio, control de las leyes por el poder legislativo,
control de su aplicación, control de las fuerzas represivas, monopolio del
aparato contributivo, dominio de la educación, disposición de la información,
control de la economía, etc., etc.
Sólo así se puede entender que cientos de millones de chinos
obedecieran la orden de matar moscas durante cinco minutos cada día. Y ese Poder, que ya es una
realidad en sí mismo, no necesita ampararse en la verdad, ni en lo justo, ni
en los dioses, ni perseguir ningún fin.
Lo que importa, básicamente, es que sea funcional, eficiente,
palpable. Nuestra época comienza
a estar crecientemente interpretada y guiada por la presencia lisa y llana
del Poder y por las nuevas formas de experimentarlo, ejerciéndolo o
sometiéndose, en forma directa, profunda e irresponsable.[26] Un Poder es más completo cuanto más
acciones dirige, cuanto más eficiente es en hacerlo, cuanto más recursos
dispone, cuanto mejores organizaciones haya para ser obedecido, y nada más. La evolución de este incremento
de poder es una historia muy diferente a las formas en que se logra, que es
la historia que nos enseñan. Las formas del Poder parecen mucho más
abrumadoras en los Capetos que en la democracia, pero la extensión del Poder
del actual gobierno democrático de Francia es muchas veces más extenso que el
de aquellos reyes absolutos. Pero es un Poder que, por las características
que adopta, permanece oculto, disfrazado. John
K. Galbraith decía, precisamente, que la eficiencia actual del Poder depende
de que se mantenga oculto y que la sumisión no sea evidente, como oculta,
subyaciendo, la sustancia sostenía sus accidentes. [27]
Y cabe preguntarse ¿No
será que las formas de gobierno, la estructura de las empresas, las
ambiciones personales, la funcionalidad de las instituciones, nacionales e
internacionales, no son sino los accidentes de la sustancia en que ha
devenido el Poder? El Poder ha adoptado diversos
medios para cambiar las figuras detrás de las que se escuda: un monarca, un
partido político, partidos de turno, una ideología, un tirano, cambian los
gerentes de las empresas, y con ello pareciera que hay reemplazo de
voluntades, pero el resultado es siempre el mismo. Cada uno de ellos es un cómplice para incrementar el Poder
que heredará el que viene detrás, que a su vez lo considerará insuficiente y
buscará de aumentarlo, contando cada vez con la voluntad del número o, en
todo caso, de la representación real o asumida del Todo. La consecuencia es un Poder que se
incrementa, se hace independiente y domina despóticamente a toda la sociedad
y a todos, al que nadie osa enfrentarse porque, entre otras cosas,
mostrándose abierto, accesible, hace que cada uno aspire, parodiando a Andy
Warhol, a los 15 minutos de ser su sujeto. En todas las etapas anteriores,
la crítica ha sido un elemento importante en su desarrollo y, para muchos,
han quedado definitivamente superadas precisamente como consecuencia de esas
críticas. Pero en estos días no
hay tales críticas, ni cuestionamientos metafísicos en torno a la realidad,
ni preocupación religiosa, ni hay expectación por alcanzar la verdad, ni
ansiedad en torno a lo bueno, ni siquiera de lo bello. En cambio por doquier hay dominio,
hay Poder, al punto que creo que entramos en una etapa en que desde él se
determina el Ser, lo Divino, se sienta la Verdad estableciéndose así un nuevo orden mundial, es decir, una
nueva realidad, con un nuevo Absoluto al que no cabe la crítica. En otras palabras, no se hacen las cosas por saber, por la
verdad, ni para beneficio del hombre ni para honrar a Dios, se hacen para
incrementar el Poder, cualquiera que él sea. Para citar un sólo ejemplo,
recordemos que los científicos nucleares norteamericanos, con Robert
Oppenheimer a la cabeza, intentaron influir en las acciones políticas de
EE.UU. oponiéndose a las decisiones del Poder y todos sabemos del estruendoso
fracaso que todavía resuena en los oídos de la Humanidad. [28] El conocimiento no es ya poder y no
tenemos que ir muy lejos para constatarlo. Hasta en las universidades, se
nombra un profesor por su saber... si no hay más remedio. El Poder no tiene objeto ni
tiene sujeto, y pasa tanto por los dominantes como por los dominados, es un
Absoluto indeterminado que adopta todas las determinaciones que pueda, de la
misma manera que cuando el Absoluto vigente era Dios, dos ejércitos que iban
a luchar rezaban al mismo Dios, o cuando el Absoluto era el hombre,
comunistas y capitalistas se enfrentaban invocando la felicidad del mismo
hombre. El Poder no es ya una forma, una
institución, como el Estado, ni una relación entre formas, como sería el
saber. El Poder es un campo de
fuerzas cuya característica fundamental es precisamente estar en relación
y, como tal, no tiene un sujeto del poder. El Poder es como esos campos de fuerza de los que habla la
física, tal como el campo gravitatorio o el campo electromagnético, que ya no
depende de los cuerpos sino que son los cuerpos los que se encuentran
inmersos en ese campo de fuerzas que determina su conducta. Las instituciones, el Derecho, o la
misma violencia no son el Poder, sino expresiones, efectos, concreciones,
manifestaciones del Poder. Tanto
la violencia, como el Derecho, tienen sujeto y objetos sobre los que actúan y
a los que cambian, pero son sólo manifestaciones del Poder, no son el
Poder. El Poder no es una acción
sobre un objeto ni hay un sujeto que actúa, porque el Poder es una acción
sobre otra acción. Por eso dice
Foucault que el poder no se posee, no tiene dueño, porque no hay nada que
poseer. La posesión entendida
como dominio es una determinación del poder, pero el dominio no es sino una
foto de un Poder que, en tanto campo de fuerzas, acción, no puede ser sino
dinámico, indeterminado e informal. Concibiendo al Poder como una acción
sobre otra acción, estas fuerzas se pueden expresar de muchas maneras que no
se limitan a las represivas con las que usualmente se lo asocia, y pueden
tener aspectos positivos. El
Poder puede deprimir pero también incitar, suprimir o inducir, desviar o
enderezar, dificultar o facilitar, limitar o ampliar, es decir, puede
producir y destruir, como sucedió y sucede con los otros absolutos, Dios o el
Hombre. El Poder es una noción ontológica que determina una manera de
construir la realidad, sus potencialidades y actualidades, disposiciones y
manifestaciones, una realidad que ya no se concibe estrictamente como un ser
sino como un devenir que ese Poder hace posible. Y así como las piernas
permiten movernos en tierra pero no son necesarias en el mar, quizás debamos
prepararnos para una transformación radical y nada de lo que somos ahora nos
sea útil en ese no tan lejano porvenir. Como Absoluto así delineado, no
cabe preguntarse por el origen del Poder, de dónde viene, porque no es un
sujeto. La pregunta pertinente
es cómo se ejerce, cómo se determina, pues su ser es actuar. El ejercicio del Poder, entendido
como fuerza, es una afección ya que la esencia de una fuerza es afectar o ser
afectada. El afectar no es una
consecuencia del Poder, es el Poder, puesto que un campo de fuerzas no es tal
si no afecta. Sin afección un
campo de fuerzas no es nada y en afectar radica el ser del campo de fuerzas y
el Poder es el vector cuya dirección señala la marcha del cambio y cuya
magnitud es la fuerza del devenir. Esto quiere decir que esa afección se determina en formas
concretas en las que se encarna, pero que no tienen fines a los que sirve ni
fijos los medios que emplea porque a nada sirve y todos los medios le favorecen.
Lo que parece claro es que, en este marco, no es posible la piedad ni la
conciliación, y menos el respeto a las leyes, como anticipó Nietzsche,
porque ese Poder ya no tiene al hombre como su dueño.[29]
Estas consideraciones forman
parte de una Dinámica del Poder, lo que Foucault llama la Microfísica
del Poder.[30] El estudio de las determinaciones del
Poder pertenece a una suerte de física, que aborda el estudio del Poder desde
la perspectiva de las aplicaciones de ese campo de fuerzas, de la misma
manera que se estudian las aplicaciones concretas del campo de fuerzas en los
objetos físicos, como la gravedad, el electro-magnetismo u otras
manifestaciones de esa fuerza única universal que tanto persiguieron los
grandes teóricos pero cuya determinación, como el Poder, se mantiene esquiva.
El Poder sería entonces un indefinible que podemos describir como la
fuerza-a-la-completitud, la energía-de-devenir, el vector-hacia-la-manifestación.
Como decía Nietzsche, imponer el devenir al ser es el triunfo del poder. A pesar de su indefinición, podemos
acceder a los efectos de la afección del campo de fuerzas que es el Poder,
que son variados y se diferencian en determinaciones, afecciones singulares,
estabilizándose transitoriamente en múltiples actualizaciones que se
manifiestan en las incontables experiencias de imposición de acciones y
decisiones que nos vemos obligados a adoptar sin querer. A su vez, estas singularidades se
conectan, se integran en líneas generales que convergen en ciertos puntos. Estos factores de integración
son las instituciones que en cierto momento encarnan el Poder, como puede ser
el Estado, o la Familia, o la Religión, o el Mercado, o el Arte o la Ciencia
o un individuo. En cada caso,
ellas son las encargadas de imponer las tareas, de producir las acciones o,
dicho en una única expresión, gestionar la vida de los sometidos por el
Poder. Pero no debemos
confundir, ellas no son fuente de Poder, ni son su esencia, sino nada más que
mecanismos operativos que el Poder adopta transitoriamente, así como los
entes no son el Ser ni los intereses particulares de algún hombre son los de
El Hombre. En cada lugar y
circunstancia hay que preguntarse en qué medida y qué instituciones integran
y encarnan al Poder. El conjunto
es lo que Foucault llama el Diagrama de
Poder que, como los diagramas de la Física, definen en cada caso un
estado que no es sino la concreción de lo que esencialmente es dinámico, el
Poder. VII. Final
Por razones de espacio no puedo
superar la etapa de esbozar estas ideas, que podríamos ampliar con otros aspectos
como los de su naturaleza e interpretando fenómenos como la cultura y la
globalización. Lo que he
intentado transmitir es una inquietud acerca de la aparición de un nuevo
Absoluto, sabiendo que hablar del Absoluto es, según Nietzsche, una aspiración de las larvas, indigno
del hombre. O puede también que
yo sea una larva y por eso mi aspiración sea la de tratar con los
absolutos. Sea como fuere, lo
que intento es transmitir ese sentimiento que tengo de vivir en una mutación
cultural de enorme envergadura, en la que el Poder pudiera ser el nuevo
territorio que hemos de habitar y del que tenemos una cercana y dolorosa
manifestación, burda y desmesurada como es propia de los aires calientes del
Caribe. Si de alguna manera lo que se
avecina no es lo que perseguimos, entonces, lo que hemos venido sabiendo y
haciendo debe ser radicalmente revisado, porque en esa dirección estimo que
vamos. En nuestras latitudes se dan las condiciones para visualizar estos
conflictos y generar alternativas. Somos gente que vive en la expectativa y
ese desprendimiento del presente para vivir en el futuro que nos caracteriza,
que tantos inconvenientes nos ha ocasionado, es el talante necesario para
lograrlo. Pero las decisiones
que hemos tomado en los últimos años en todo el continente, decisiones que
dibujan el futuro como un regreso al pasado, arrojan una sombra pesimista en
esta esperanza.
|
||||
|
http://www.sela.org |
[1] Cfr.
Harris, M. Nuestra especie, Alianza Editorial, Madrid o Clastres, P.: La
Sociedad contra el estado, Monte Avila Editores, Caracas.
[2] La
Boétie, E.: El discurso de la servidumbre voluntaria, Tusquets Editores,
Barcelona, 1980, p. 52.
[3] Harris,
M.: Nuestra especie, Alianza Editorial, Madrid, (1995), p. 323.
[4] En
estas consideraciones sigo, con modificaciones, la propuesta de Schermerhorn,
R.A.: El Poder y la Sociedad,
Paidós, Buenos Aires, (1963).
[5] Weber,
M.: On Law in Economy and Society,
Harvard University Press, Cambridge, (1954), p.323: Poder es la posibilidad de imponer la propia voluntad
al comportamiento de otras personas.
[6] Cfr.
Vallota, A.D.: Filosofía de la educación del profesional ingeniero, Ed.
del Vicerrectorado Académico de la UNET, San Cristóbal, 1992.