Titulo

Gobernabilidad democrática y desarrollo humano en ALC
Edición Nº 67
Enero-junio 2003

 

Editor

Secretaría Permanente del SELA

 Indice

 


 Profundizar la democracia en un mundo fragmentado

 

Ø      Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)

 

 

Introducción

 

La política es importante para el desarrollo humano porque, en todas partes, la gente quiere ser libre de determinar su futuro, expresar sus opiniones y participar en las decisiones que afectan a sus vidas. Estas capacidades son tan importantes para el desarrollo humano - para ampliar la gama de opciones de la gente - como ser capaz de leer o gozar de buena salud.

 

En los decenios de 1980 y 1990 el mundo progresó extraordinariamente hacia la apertura de sistemas políticos y la ampliación de las libertades políticas. Ochenta y un países tomaron medidas importantes orientadas hacia la democracia, y actualmente 140 de los casi 200 países del mundo convocan elecciones multipartidistas, más que en cualquier otro momento de la historia. Pero la euforia del final de la guerra fría ha cedido a la sombría realidad de la política del siglo XXI.

 

Los países en desarrollo emprendieron el camino de la democratización enfrentándose a una pobreza masiva y tensiones sociales y económicas insidiosas. Muchos países que tomaron medidas orientadas hacia la democracia después de 1980 han acabado por volver a un régimen más autoritario, sea de tipo militar como el Pakistán desde 1999, sea seudodemocrático como Zimbabwe en los últimos años. Muchos otros países se han quedado estancados entre la democracia y el autoritarismo, con libertades políticas limitadas y políticas cerradas o deficientes.  Otros países, entre ellos Estados que han fracasado como Afganistán y Somalia, se han convertido en semilleros de extremismo y conflictos violentos.

 

Incluso si las instituciones democráticas están firmemente consolidadas, los ciudadanos a veces se sienten impotentes porque no pueden influir en las políticas de sus países; los ciudadanos y sus gobiernos también se sienten más sometidos a fuerzas internacionales sobre las cuales apenas tienen control. En 1999, el Estudio del Milenio de Gallup Internacional hizo una encuesta entre más de 50.000 personas en 60 países para preguntarles si su país estaba gobernado por la voluntad del pueblo. Menos de un tercio de las personas que respondieron dijeron que sí, y sólo una persona de cada diez dijo que su gobierno obedecía a la voluntad del pueblo. 

 

La globalización está creando una interdependencia mayor, pero el mundo parece cada vez más fragmentado entre ricos y pobres, poderosos e impotentes, y entre aquellos que se felicitan por la nueva economía mundial y otros que piden que se tome un camino distinto. Los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 contra Estados Unidos ofrecieron una nueva perspectiva de estas divisiones, volvieron a situar las alianzas militares estratégicas en el centro de la adopción de decisiones de los países, y suscitaron un acalorado debate acerca del riesgo que conlleva comprometer los derechos humanos en aras de la seguridad de un país.

 

Para que las políticas y las instituciones políticas promuevan el desarrollo humano y protejan la libertad y la dignidad de todas las personas, se ha de ampliar y consolidar la democracia. Éste es el objeto del presente Informe.

 

I. En los aspectos económico, político y tecnológico, el mundo nunca ha parecido ser tan libre. O tan injusto.

 

En la Conferencia de las Naciones Unidas sobre financiación para el desarrollo, que tuvo lugar en marzo de 2002 en Monterrey (México), los líderes mundiales y los elementos dirigentes y decisores de políticas del mundo evaluaron el progreso hacia la consecución de los objetivos de desarrollo y eliminación de la pobreza fijados en la Cumbre del Milenio de las Naciones Unidas en 2000, y prometieron desplegar un esfuerzo mundial sin precedentes a fin de alcanzar dichos objetivos para 2015. Muchos países en desarrollo están progresando en muchos ámbitos, especialmente en la consecución del acceso universal a la enseñanza primaria y la equiparación de géneros en el acceso a la enseñanza. Sin embargo, en gran parte del mundo las perspectivas son sombrías. Si se mantiene la tendencia actual, en 33 países que agrupan más de la cuarta parte de la población mundial se habrá alcanzado menos de la mitad de los objetivos en 2015. Si el progreso mundial prosigue con la misma lentitud, pasarán más de 130 años hasta que se haya eliminado el hambre en el mundo.

 

Hay dos problemas que parecen insolubles. El primero es la pobreza de los ingresos. Para reducir a la mitad el número de personas que subsisten con menos de un dólar de los Estados Unidos al día, los cálculos optimistas sugieren que es preciso un crecimiento anual del 3.7% de la renta per cápita de los países en desarrollo, pero en los 10 últimos años sólo 24 países han crecido a ese ritmo. Entre ellos están China y la India, los países en desarrollo con mayor población. Sin embargo, en 127 países, con el 34% de la población mundial, el crecimiento ha sido más lento. De hecho, muchos de esos países han tenido un crecimiento negativo en los últimos años, y es casi seguro que la proporción de sus habitantes que viven en la pobreza ha aumentado.

 

El segundo problema principal es la mortalidad infantil. Aunque 85 países están adelantando en su proceso de reducir la mortalidad de niños menores de 5 años en dos terceras partes, comparado con los índices de mortalidad en 1990, o ya han conseguido este objetivo, sus habitantes representan menos de la cuarta parte de la población mundial. Al mismo tiempo, 81 países con más del 60% de la población mundial están retrasados en su empeño por alcanzar este objetivo para el año 2015.

 

Lo más inquietante es que muchos de los países que menos probabilidades tienen de alcanzar los objetivos son los más pobres del mundo: los países menos adelantados. Y la mayoría de ellos están en el África subsahariana: 23 de los 44 países de esta región están fracasando respecto de la mayoría de los objetivos, y en otros 11 países, tales como Angola y Rwanda, no hay suficientes datos para evaluar la situación. Suráfrica es el único país de la región donde menos del 10% de la población infantil está malnutrida. En seis países (incluidos Eritrea, Etiopía y Nigeria), ese porcentaje es superior al 40%. Si no hay un cambio radical existe la posibilidad real de que, dentro de una generación, los dirigentes mundiales tengan que fijar de nuevo los mismos objetivos.

 

Estas perspectivas de resultados positivos y negativos ponen de relieve una paradoja preocupante. La expansión de la democracia, la integración de las economías nacionales y las revoluciones tecnológicas, todo ello indica que hay más libertad humana y más posibilidades de mejorar la vida de la gente. Pero hay demasiados países en los que la libertad parece estar cada vez más amenazada.

 

Democracia. El mundo es más democrático que en cualquier otro momento de la historia, pero de los 140 países en los que se convocan elecciones multipartidistas, sólo 80 (con el 55% de la población mundial) son plenamente democráticos si se los mide con el mismo criterio. Y en 106 países todavía se limitan libertades importantes tanto civiles como políticas.

 

Paz. El número de guerras entre países ha disminuido considerablemente. En el decenio de 1990, los conflictos entre países causaron la muerte a unas 22.000 personas, casi dos tercios menos que en el decenio de 1980. Sin embargo, los conflictos civiles son más perjudiciales que nunca. En el decenio de 1990, cerca de 3,6 millones de personas murieron en guerras dentro de países, y el número de refugiados y personas internamente desplazadas ha aumentado en 50%.

 

Oportunidades. Las nuevas tecnologías y el incremento de la integración económica están preparando el camino para la existencia de mercados auténticamente mundiales, pero a pesar de la riqueza que brindan las nuevas oportunidades económicas, 2.800 millones de personas subsisten con menos de dos dólares al día. El 1% de la población más rica del mundo tiene una renta anual equivalente al total de lo que recibe el 57% más pobre de la población del mundo. Y, en muchas zonas del África subsahariana, el nivel de vida de la población más pobre está empeorando.

 

Hay quienes razonan que con el tiempo y la voluntad política se colmará el abismo entre lo posible y la realidad. Otros opinan que el problema no es el ritmo lento del cambio, sino la dirección básica emprendida. No obstante, hay consenso general sobre un aspecto: en un mundo con mayor grado de interdependencia, los políticos y las instituciones políticas son aún más fundamentales para el desarrollo humano. En todo el mundo, los debates sobre el desarrollo prestan más atención a las instituciones y a la gobernabilidad; estos debates se han centrado en la eficacia de las instituciones estatales y en el marco regulatorio para que los mercados funcionen bien y promuevan el crecimiento económico, desde el plano profesional y la transparencia de los sistemas fiscales hasta la capacidad del sistema judicial de hacer cumplir los contratos comerciales.

 

Esas cuestiones son importantes para el desarrollo humano. Cuando las instituciones funcionan mal, el segmento de población pobre y vulnerable es el que más suele sufrir. Ahora bien, del mismo modo que el desarrollo humano requiere mucho más que incrementar la renta, la gobernabilidad en pro del desarrollo humano exige mucho más que la existencia de instituciones estatales eficientes. La buena gobernabilidad también requiere promover instituciones justas y responsables que amparen los derechos humanos y las libertades fundamentales. No sólo se trata de capacitar a los jueces, sino de velar porque observen debidamente los procedimientos establecidos y hagan caso omiso de las diferencias por motivos de raza y clase social. No se trata sólo de construir centros de enseñanza, sino de que los estudiantes de barrios pobres estén tan bien equipados como los de barrios ricos.

 

Éste es un ámbito relativamente nuevo de investigación sistemática, y los vínculos entre las instituciones políticas y los resultados económicos y sociales aún no se han estudiado exhaustivamente. El presente Informe investiga dichos vínculos desde una perspectiva favorable para el desarrollo humano. Dice, por ejemplo, que los países pueden promover el desarrollo humano para todos solamente si cuentan con sistemas de gestión pública que respondan completamente ante toda la gente y si todas las personas pueden participar en los debates y las decisiones que afectan a sus vidas.

 

II. La promoción del desarrollo humano requiere una gobernabilidad democrática tanto de forma como de contenido: para el pueblo, y por el pueblo

 

La gobernabilidad democrática es valiosa por sí misma, pero además puede promover el desarrollo humano, por tres motivos. Primero, el hecho de gozar de una libertad política y poder participar en las decisiones que afectan a la vida de uno son derechos humanos fundamentales: de por sí, son parte del desarrollo humano. En Arabia Saudita, Brunei Darussalam, los Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Omán y Qatar, nunca se ha reconocido el derecho de la mujer a votar. Al margen de sus ingresos, este hecho limita mucho la gama de elecciones en la vida de esas mujeres. La democracia es el único régimen político que garantiza las libertades políticas y civiles y el derecho a participar, lo cual convierte al régimen democrático en un valor por sí mismo.

 

En segundo lugar, la democracia ayuda a proteger a la gente de catástrofes económicas y políticas tales como las hambrunas y la desintegración que desemboca en el caos. Se trata de un logro nada desdeñable: de hecho, puede marcar la diferencia entre la vida o la muerte. El premio Nobel Amartya Sen ha mostrado cómo las elecciones y la libertad de los medios informativos en una democracia brindan mayores incentivos para que los políticos prevengan las hambrunas.

 

Desde 1995, se calcula que unos 2 millones de personas (un abrumador 10% de la población) han muerto de hambre en la República Democrática Popular de Corea. Desde 1958 hasta 1961, casi 30 millones de personas murieron de hambre en China. Pero desde que la India se independizó en 1947, no ha sufrido una sola hambruna, ni siquiera cuando las cosechas fueron muy escasas. La producción alimentaria sufrió un duro revés cuando en 1973 hubo una sequía en Maharashtra, pero los políticos reaccionaron con programas de obras públicas para 5 millones de personas, y así evitaron la hambruna.

 

Las democracias también contribuyen a la estabilidad política, al brindar un foro abierto para la oposición política y el traspaso de poderes. Entre 1950 y 1990 hubo muchos más disturbios y manifestaciones en países democráticos, pero fueron mucho más desestabilizadores los que hubo en países gobernados por dictaduras. Además, las guerras se dieron con más frecuencia en regímenes no democráticos, y sus costes económicos fueron mucho mayores.

 

En tercer lugar, la gobernabilidad democrática puede desencadenar un ciclo positivo de desarrollo, a medida que la libertad política hace posible que los ciudadanos puedan exigir políticas que amplíen las oportunidades sociales y económicas, y a medida que un debate franco ayude a las comunidades a elaborar su lista de prioridades. Desde Indonesia hasta México, pasando por Polonia, los pasos emprendidos hacia la democratización y la apertura política han ayudado a generar este tipo de ciclo positivo, en el que la libertad de los medios informativos y el activismo de la sociedad civil brindan a los ciudadanos nuevas formas de participar en los debates y en las decisiones políticas.

 

Como ejemplos destacados cabe citar la confección de presupuestos con participación ciudadana que tienen en cuenta la necesidad de equiparar a hombres y mujeres. En Porto Alegre (Brasil), la participación ciudadana en la elaboración de los presupuestos municipales ayudó a canalizar las inversiones hacia áreas prioritarias vitales para el desarrollo humano.  Durante los siete primeros años en que se llevó a cabo este experimento aumentó la proporción de hogares con acceso al abastecimiento de agua (pasó del 80% al 98%), y casi se duplicó el porcentaje de la población con acceso a servicios de saneamiento (del 46% pasó al 85%).

 

La elaboración de presupuestos que tienen en cuenta la necesidad de equiparar a hombres y mujeres, y que estudian las consecuencias de los presupuestos nacionales y locales en dicha equiparación, se ha llevado a cabo en al menos 40 países. En Suráfrica, las iniciativas de ese tipo han capacitado a los parlamentarios para analizar propuestas presupuestarias y ha llevado a incorporar un estudio que tiene en cuenta la perspectiva de equiparación de los géneros en documentos de política, así como una asignación más efectiva de los fondos públicos.

 

III. El vínculo entre la democracia y el desarrollo humano no es automático

 

En los últimos años, los ciudadanos han luchado en todo el mundo en pro de la democracia y la han alcanzado con la esperanza de obtener la libertad política, así como oportunidades sociales y económicas. Sin embargo, ahora muchos de ellos se sienten defraudados por la democracia. En el decenio de 1990, la desigualdad de los ingresos y la pobreza aumentaron bruscamente en Europa central y oriental y en la Comunidad de Estados Independientes (CEI), en algunos casos a un ritmo sin precedentes. Además, a pesar de que la democracia se ha extendido, el número de pobres en el África subsahariana ha seguido aumentando.

 

Si los gobiernos democráticos no responden a las necesidades de la población pobre, la gente tiende a apoyar a dirigentes autoritarios o demagógicos que afirman que si se limitan las libertades civiles y políticas se acelerará el crecimiento económico y se promoverá la estabilidad y el progreso social. En América Latina, las grandes desigualdades de ingresos y la pobreza van unidas directamente a una escasa confianza de la gente en las instituciones políticas, y a una mayor disposición a aceptar un régimen autoritario y violaciones de los derechos humanos.

 

Los dirigentes autoritarios prometen resultados mejores, y afirman que hay que sacrificar la democracia en aras del crecimiento económico y el progreso social, pero no hay pruebas de que esta fórmula sea válida. Según estudios estadísticos, el hecho de que un régimen sea autoritario o democrático no es un factor decisivo que influya en la tasa de crecimiento económico o en su reparto. La experiencia en países de todo el mundo apoya esta deducción. Costa Rica, la democracia más estable de América Latina, alcanzó un 1,1% de crecimiento anual del ingreso per cápita entre 1975 y 2000, más rápido que la media regional que fue del 0,7%, y puede enorgullecerse de tener la distribución más equitativa en materia de ingresos, enseñanza y salud.

 

Sin embargo, en Brasil la democracia coexiste con uno de los mayores índices de desigualdad económica y social del mundo. Paraguay, con un régimen más autoritario, ha alcanzado el índice de crecimiento medio per cápita de la región, pero no ha conseguido aumentar las oportunidades sociales y económicas.

 

IV. Una democracia que da poder al pueblo debe construirse desde dentro: no se puede importar

 

En muchos países, uno de los retos esenciales para consolidar la democracia es edificar las instituciones clave para una gobernabilidad democrática:

 

• Un sistema representativo, con partidos políticos que funcionen correctamente y asociaciones basadas en intereses comunes.

 

• Un sistema electoral que garantice elecciones libres y justas, así como el sufragio universal.

 

• Un sistema de controles y comprobaciones basado en la separación de poderes, en el que el poder judicial y el poder legislativo sean independientes.

 

• Una sociedad civil dinámica, capaz de supervisar al Gobierno y a las transacciones privadas, y de brindar alternativas para la participación política.

 

• Medios informativos libres e independientes.

 

• Un control civil eficaz del Ejército y de otras fuerzas de seguridad.

 

Dichas instituciones adoptan muchas formas y aspectos, pero en todos los países la democracia implica mucho más que una decisión única o unas elecciones improvisadas. La democracia requiere un proceso profundo de desarrollo político para que la cultura y los valores democráticos puedan arraigar en todos los sectores de la sociedad (proceso que nunca llega a completarse). El tipo de democracia que elige un país depende de su historia y de sus circunstancias, los países son forzosamente “democráticamente diferentes”.

 

La edificación de instituciones democráticas, consiguiendo al mismo tiempo un desarrollo social y económico equitativo, plantea tensiones. El hecho de conceder a todas las personas una igualdad política oficial no basta para crear en la misma medida la voluntad o capacidad de participar en los procesos políticos, ni una capacidad igual en todos de influir en los resultados.  Los desequilibrios en los recursos y el poder político socavan a menudo el principio “una persona, un voto”, y la finalidad de las instituciones democráticas. Del mismo modo, los procesos judiciales y las instituciones reguladoras se ven socavados si las élites los dominan en perjuicio de la mujer, las minorías y las personas desprovistas de poderes.

 

Un problema crítico es el papel del dinero en la política, pues si ejerce una influencia desmesurada sobre quiénes resultan elegidos y sobre las normas votadas por los legisladores, pervierte las instituciones democráticas. Los recientes debates en los Estados Unidos acerca de la reforma de la financiación de campañas electorales y las conexiones financieras entre Enron y algunos dirigentes políticos de los dos principales partidos del país demuestran que es un problema grave tanto en las democracias antiguas como en las nuevas democracias.

 

Los candidatos a la Presidencia en las elecciones de 2000 en Estados Unidos se gastaron 343 millones de dólares en sus campañas, cuando en 1980 habían gastado 92 millones. Si se incluyen los gastos de los partidos políticos, en la campaña de 2000 probablemente se gastaron más de mil millones de dólares. En 2001, Michael Bloomberg se gastó la cantidad sin precedentes de 74 millones de dólares para convertirse en alcalde de Nueva York, lo cual equivale a un precio de 99 dólares por cada voto. Su principal rival se gastó 17 millones de dólares.

 

A medida que aumentan los gastos de una campaña, aumenta proporcionalmente el riesgo de que los políticos se dejen influir demasiado por intereses empresariales. En el ciclo de elecciones de los Estados Unidos en 2000, las empresas donaron 1.200 millones de dólares en concepto de contribuciones políticas (14 veces más que la cantidad ya considerable que habían aportado los sindicatos de trabajadores, y 16 veces más que los aportes de otros grupos interesados). A pesar de que muchos países europeos tienen límites más rigurosos con respecto a la financiación por las empresas, fenómenos parecidos a éste están surgiendo en muchos otros países. En la India, las grandes empresas aportaron el 80% de la financiación de los principales partidos en 1996.

 

Al mismo tiempo, los partidos políticos están en decadencia en muchos lugares del mundo. En los Estados Unidos, Francia, Italia y Noruega, el número de miembros afiliados a partidos políticos establecidos se ha reducido a la mitad o incluso menos en comparación con hace 20 años. Según estudios recientes en América Latina y Europa Central y Oriental, la gente confía más en la televisión que en los partidos políticos.

 

V. Propiciar un ciclo positivo para el desarrollo humano requiere promover políticas democráticas

 

La promoción de políticas democráticas implica ampliar las capacidades en materias tales como la enseñanza, hacer posible que la gente desempeñe una función más activa en tales políticas, y fomentar el desarrollo de grupos de la sociedad civil y de otras instituciones extraoficiales para que las instituciones democráticas puedan representar mejor a sus ciudadanos.

 

En los dos últimos decenios han surgido muchas nuevas modalidades para que la gente pueda participar en actividades y debates públicos. Aunque ha disminuido la afiliación a partidos políticos, sindicatos y otros cauces tradicionales de acción colectiva, ha habido una gran oleada de apoyo a organizaciones no gubernamentales (ONGs) y otras nuevas agrupaciones de la sociedad civil. En 1914 había 1.083 ONGs internacionales. En 2000 eran más de 37.000, y casi la quinta parte se creó en el decenio de 1990. En la mayoría de los países en desarrollo ha aumentado aún más considerablemente el número de ONGs nacionales y de organizaciones no lucrativas: en 1996, en la India había más de un millón de organizaciones no lucrativas, y en Brasil había 210.000.

 

Actualmente, más de 7.000 millones de dólares en concepto de ayuda para los países en desarrollo circulan a través de ONGs internacionales, lo cual refleja y respalda la enorme expansión del ámbito y la índole de las actividades de las ONGs. Además de apoyar proyectos para el desarrollo y participar en ellos, las ONGs están desempeñando una función más activa en la supervisión y la adopción de decisiones a escala local, y están desarrollando formas nuevas de gobernabilidad basadas en la colaboración. El Consejo de administración forestal reúne a agrupaciones ecológicas, la industria maderera, trabajadores forestales, representantes de la población autóctona y agrupaciones comunitarias para certificar madera producida de forma sostenible para su exportación. En Porto Alegre (Brasil) y en otros lugares, la elaboración de presupuestos incluye hoy día consultas con agrupaciones de la sociedad civil. En el Reino Unido se ha invitado al Women´s Budget Group (Agrupación Femenina de Presupuestos)para que examine las propuestas presupuestarias del Gobierno.

 

También están prosperando las actividades a título voluntario. En los Países Bajos, se calcula que el trabajo hecho por voluntarios equivale a 445.000 puestos de trabajo de jornada completa, por un valor de 13.600 millones de dólares. En la República de Corea, casi 3.9 millones de personas trabajan voluntariamente más de 451 millones de horas, por un valor superior a 2.000 millones de dólares. En Brasil, al menos el 16% de los adultos dedican tiempo a trabajos voluntarios. Las iniciativas de los consumidores son otra manera de que la gente normal pueda participar en debates públicos sobre cuestiones de política, por ejemplo mediante el boicot de alfombras fabricadas por trabajadores infantiles o la compra de productos de pequeños cultivadores de café para respaldarlos. La amenaza de iniciativas de este tipo puede obligar a las empresas a que cumplan con las expectativas de la gente en materia de responsabilidad social comercial.

 

Éste y otros ejemplos demuestran el gran potencial para ampliar la participación en la gobernabilidad y promover resultados más igualitarios para los ciudadanos. En general, las iniciativas de la sociedad civil están orientadas a fortalecer las instituciones democráticas y no a socavarlas.

 

Los grupos de la sociedad civil no encajan bien en los modelos tradicionales de gobernabilidad y responsabilidad, lo cual constituye una parte de su valía en las democracias. Sin embargo, si tales agrupaciones surgen debido a intereses particulares o utilizan tácticas opuestas a los valores democráticos, pueden ser tanto civiles como “ inciviles ”. El aumento de tales agrupaciones plantea un reto a la participación política y democrática genuina.

 

No existen soluciones sencillas para este problema. Sin embargo, muchos grupos de la sociedad civil reconocen que han de rendir cuentas en público por sus acciones. En Etiopía, las ONG del país han adoptado códigos de conducta para promover una autorregulación efectiva. Los códigos ponen de relieve la importancia de la transparencia y la responsabilidad, así como la necesidad

de que las ONG velen por la representación genuina de las personas en cuyas vidas influyen.

 

Los medios informativos libres e independientes son otro pilar vital de la democracia. En todo el mundo se siguen limitando las libertades civiles fundamentales, tales como el derecho a la libertad de expresión, reunión e información. Pocos países cuentan con leyes que amparen la libertad de información, por ejemplo. Sin embargo, en muchos países las nuevas tecnologías y las nuevas libertades en materia de medios informativos permiten a los medios coadyuvar en mayor medida a aplicar políticas democráticas, originando debates públicos y revelando casos de corrupción y abusos.  En el caso de las elecciones en Ghana en 2000, la transparencia de los resultados se debió en parte a la actividad de las numerosas emisoras de radio privadas del país, que hicieron muy difícil manipular los votos, con lo cual dieron credibilidad a los resultados publicados. 

 

Especialmente en los países en desarrollo, la mayoría de los ciudadanos corrientes y normales tienen muchas más fuentes de información para consultar que hace diez años, y la información está menos sometida a un control estatal riguroso. Para que los medios informativos sean pluralistas e independientes, han de quedar libres no sólo del control estatal, sino también de la influencia de las presiones políticas y de los sectores empresariales. Aunque las reformas de mercado y la integración económica han reducido la proporción de medios informativos en poder del Estado, ha aumentado su concentración en el sector privado. Cuatro empresas informativas poseen el 85% de los diarios del Reino Unido, con dos tercios de los periódicos distribuidos. En los Estados Unidos, seis empresas controlan la mayoría de los medios informativos.

 

Las presiones comerciales y políticas siempre incidirán en las reglas de juego del mercado de las ideas. Sin embargo, la respuesta a una influencia política o empresarial desmesurada no es dejar que el Estado vuelva a regular estrictamente los medios. Los medios informativos han de ser tan libres como responsables, y por ello ahora se da más importancia a que se mantengan altos estándares de profesionalismo y de ética. Los periodistas y los medios informativos sólo son libres si sirven en primer lugar a su audiencia, y sólo después a las autoridades o a intereses de sectores privados. Hay una gama de mecanismos que pueden promover estos objetivos sin tener que recurrir a controles estatales, entre ellos la autorregulación por conducto de órganos independientes, códigos de ética profesional y el recurso a los defensores del pueblo oficiales, así como la capacitación y la concientización de los periodistas.

 

VI. Otro objetivo prioritario es establecer un control democrático de las fuerzas de seguridad

 

El desencanto popular no es el único problema que afrontan las democracias del mundo. En muchas de ellas hay un obstáculo aún mayor: el gran poder del Ejército, la policía y los servicios de información (por no citar también a los caudillos de guerrillas, los grupos paramilitares y las empresas de seguridad privada).

 

En la segunda mitad del siglo XX, 46 gobiernos electos fueron derrocados violentamente por regímenes autoritarios y, desde 1989, los ejércitos de algunos países han intervenido directamente en los asuntos políticos de 13 países del África subsahariana; o sea en uno de cada cuatro países de esa región. En algunos países, como en Nigeria en 1993 y Myanmar en 1990, los jefes militares han arrebatado a los gobiernos electos el control del poder (o no se lo han cedido) so pretexto de mantener la paz civil. En otros países, como en Zimbabwe en 2000-2002, los gobiernos electos han socavado la democracia y la seguridad de las personas al utilizar a sectores de los servicios de seguridad para conseguir sus propios fines. Y en otros países, el peligro de que el Estado fracase (en casos en que el sector de la seguridad esté fragmentado o incluso privatizado) es tan grande como el peligro de que el país vuelva a caer en un régimen autoritario brutal.

 

Cuando hay un colapso del orden en un país, la población empobrecida es normalmente la que sufre primero y en mayor medida. Desgraciadamente, a menudo la violencia contra los civiles dimana de fuerzas sometidas al control de las autoridades. En el curso del siglo XX, los gobiernos han causado la muerte a unos 170 millones de personas; muchas más que las que murieron en las guerras entre países.

 

La gobernabilidad antidemocrática de las fuerzas de seguridad también puede falsear las prioridades de seguridad. Muchos gobiernos siguen armando a sus fuerzas de seguridad, borrando sus diferencias con el Ejército o dándole fondos demasiado escasos. Si no hay un control democrático y civil de las fuerzas de seguridad (que incluya una fuerza de policía nacional eficaz y objetiva), los gobiernos no podrán garantizar la seguridad de sus habitantes y se obstaculizará gravemente el desarrollo humano.

 

Las relaciones entre las fuerzas de seguridad y los grupos civiles rara vez se ajustan a una situación ideal, incluso en las democracias de mayor arraigo histórico. No obstante, hay ejemplos alentadores en algunas nuevas democracias, entre ellas Suráfrica, muchos países de Europa Oriental y países de América Latina donde antes eran frecuentes los golpes de Estado, que demuestran que es posible hacer progresos. El éxito en este ámbito puede contribuir al proceso más amplio del fortalecimiento de las políticas e instituciones democráticas. Asimismo, puede fomentar la paz y la estabilidad externas, ya que las guerras entre países democráticos son muy poco frecuentes.

 

En las sociedades desgarradas por la guerra el restablecimiento del control sobre las fuerzas armadas es una condición esencial para el progreso. En caso contrario, las iniciativas de instauración de la paz corren el riesgo constante de sufrir reveses, especialmente los intentos de establecer un poder compartido y ampliar la representación política. La falta de control también puede causar una anarquía generalizada y permitir que prospere el extremismo violento, como sucedió en Afganistán y en Somalia en el decenio de 1990.

 

Incluso en esas circunstancias es posible hallar soluciones, pero éstas requieren que los dirigentes políticos se comprometan a poner en marcha procesos justos y que incluyan a las diversas partes, especialmente en la desmovilización y la reintegración de ex combatientes y en la estructuración de fuerzas de seguridad profesionales, y que incorporen un equilibrio entre las etnias, así como a invertir en una paz justa y duradera que incorpore las últimas novedades, tales como las comisiones de investigación. La creación de un espacio político para una reconciliación basada en un consenso amplio y el fomento de dirigentes locales activos, entre ellos mujeres y jóvenes, son vitales para una rehabilitación a nivel nacional. En algunos casos, como en Afganistán y Timor Oriental, los países también necesitan una ayuda internacional a gran escala que les ayude a mantener la paz y el orden, a pedir cuentas a los culpables de infringir los derechos humanos y a edificar instituciones democráticas que contribuyan a resolver discrepancias arraigadas sin recurrir a la violencia.

 

 

VII. La interdependencia mundial también requiere una mayor participación y responsabilidad en la adopción de decisiones mundiales

 

La potenciación de las personas para que puedan influir en las decisiones que afectan a sus vidas y pedir cuentas a sus gobernantes ya no es un asunto de orden meramente nacional. En un mundo integrado, estos principios democráticos adquieren una dimensión mundial, pues las normas y los agentes mundiales a menudo afectan a la vida de las personas tanto como las propias normas y los propios agentes nacionales. Esta nueva realidad se ha reflejado en las últimas protestas contra la mundialización en países tanto industrializados como en desarrollo.  A pesar de que estas protestas revisten diversas formas y están motivadas por diferentes intereses, a menudo coinciden en exigir que los actores y las instituciones mundiales sean más accesibles y reaccionen más a los problemas de los más pobres del mundo.  Los grupos que protestan no son los únicos que consideran que éste es un problema urgente.

 

En 2001 se creó un fondo mundial para la salud a fin de reajustar un desequilibrio en el campo de la investigación sanitaria.  Por ejemplo, cada año mueren de malaria al menos un millón de personas, casi todas ellas en los países más pobres.  En el decenio de 1950, la Organización Mundial de la Salud se propuso eliminar esta enfermedad, pero a lo largo de varios decenios sólo obtuvo escasos fondos públicos para su investigación o su tratamiento.  En 1992, menos del 10% del gasto mundial en investigación médica se dedicó a la lucha contra lo que supone el 90% del volumen mundial de enfermedades.

 

Las normas de comercio internacional también se han opuesto a los intereses económicos de los países en desarrollo y no han podido controlar el proteccionismo en los países industrializados, especialmente mediante normas antidumping y otras barreras no arancelarias.  En promedio, los aranceles de países industriales sobre productos importados de países en desarrollo son cuatro veces superiores a los impuestos a productos importados de otros países industrializados. Además, los países que pertenecen a la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) aportan cerca de mil millones de dólares diarios en concepto de subvenciones agrícolas domésticas, o sea, más de seis veces la cantidad que gastan en la asistencia oficial para el desarrollo (AOD) de países no desarrollados.

 

Las iniciativas para crear una gobernabilidad mundial más inclusiva y más responsable afrontan dos retos principales. El primero es aumentar el pluralismo: ampliar el espacio destinado a grupos ajenos a las instituciones oficiales del Estado para que participen en procesos mundiales de adopción de decisiones, especialmente a la hora de elaborar mecanismos para modificar la conducta de los sectores empresariales privados.  El segundo es aumentar la participación y la responsabilidad de las instituciones multilaterales, para que los países en desarrollo desempeñen una función más importante.

 

Aumento del pluralismo en el proceso decisorio mundial.  A través de una serie de campañas de importante proyección pública, las iniciativas de la sociedad civil han promovido el pluralismo a escala mundial. Algunas de las tácticas han sido llamativas y eficaces, como por ejemplo la cadena humana que la campaña Jubilee 2000 en pro de la reducción de la deuda formó, alrededor de los dirigentes de los países del G-8 en Birmingham (Reino Unido) en 1998. Otras acciones parecidas han llamado la atención acerca de otras cuestiones, desde el papel de los “ diamantes a precio de sangre ” en la financiación de las guerrillas en África hasta la manera en que el Acuerdo sobre los derechos de propiedad intelectual relacionados con el comercio (TRIPS) propugnado por la Organización Mundial del Comercio (OMC) amenazaba con privar a la población pobre del acceso a medicamentos de primera necesidad.

 

El aumento del pluralismo en las políticas mundiales también ha contado con el respaldo de nuevas formas de colaboración entre los gobiernos y las agrupaciones mundiales de la sociedad civil. Quizá el ejemplo que ha tenido más éxito sea el Tratado de 1998 cuyo objetivo era establecer la Corte Penal Internacional.  A pesar de la oposición de algunos de los países más importantes, el Tratado se ha ratificado hace poco, lo cual refleja el apoyo movilizado por centenares de organizaciones pro derechos humanos en todo el mundo.

 

También se está incorporando un mayor pluralismo en los sistemas y mecanismos internacionales, como sucede con la Comisión Internacional sobre Grandes Presas, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la nueva estrategia del Banco Mundial basada en consultas sobre estrategias de países para la reducción de la pobreza, y el programa del Pacto de las Naciones Unidas dedicado a la responsabilidad social empresarial, que comenzó hace poco.

 

Aumento de la participación y la responsabilidad en las instituciones multilaterales. Aunque la aparición de una sociedad civil mundial ha creado oportunidades para consolidar la democracia en el plano internacional, es necesario reformar las instituciones internacionales existentes. Hay que permitir que los países en desarrollo tengan más voz en las operaciones que los conciernen. Dada su enorme y creciente influencia, esas instituciones deben ser consideradas aún más responsables de sus políticas y de sus actividades.

 

Obsérvese el caso de la OMC. Cada país miembro tiene un escaño y un voto, lo cual es sumamente democrático, pero de hecho, las decisiones se toman por consenso, en el que influyen con mucha fuerza los países más grandes y más ricos. El desequilibrio en la participación de los países en desarrollo queda también de manifiesto en los movimientos mundiales de la sociedad civil. De las 738 ONGs registradas en la Conferencia ministerial de la OMC en Seattle (Washington) en 1999, el 87% provenía de países industrializados.

 

El déficit democrático de las organizaciones internacionales es inevitable, pues las personas no eligen directamente a sus representantes ante la OMC, el FMI, el Banco Mundial o el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Muchos alegan que los desequilibrios en el poder mundial político y económico hacen a su vez inevitable que las decisiones adoptadas a nivel intergubernamental no sean representativas. Este razonamiento tiene mucho peso. En particular, la influencia de los Estados Unidos en instituciones como el FMI y la OMC tiene poco que ver con su poder oficial de voto, y mucho que ver con el prestigio mundial del país.

 

Quizá no sea casualidad que las instituciones internacionales más representativas, como el Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas y la Asamblea General de las Naciones Unidas, se considere asimismo que son las que tienen menos poder. En realidad, los países poderosos (esenciales para que toda institución internacional tenga éxito) tienden a aproximarse a instituciones que les dan mayor poder, y esos países llevan ese poder consigo a todas partes: en las reuniones de la “sala verde” de la OMC o en las del Directorio Ejecutivo del FMI. Las iniciativas para hacer que aumente la participación de los países en desarrollo han de tener en cuenta esos hechos reales y fundamentales.

 

No obstante, hay un amplio margen para que las instituciones mundiales sean más democráticas. Se han presentado muchas propuestas para desechar prácticas tan obviamente antidemocráticas como el veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y la forma de elegir a los dirigentes del FMI y del Banco Mundial. Diversas comisiones, gabinetes de estrategia y organizaciones de la sociedad civil han recomendado asimismo que se aumente la transparencia, por ejemplo haciendo públicas decisiones tomadas por las juntas ejecutivas de las principales instituciones financieras internacionales y consiguiendo que las decisiones de la OMC sean más transparentes e incluyan a más partes interesadas.

 

En los últimos años el FMI, el Banco Mundial y las Naciones Unidas han lanzado iniciativas importantes con miras a ser más abiertos y transparentes. Se ha bloqueado el progreso de muchas de las propuestas más ambiciosas de reforma democrática (como las referidas al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas), pero sigue habiendo una gran presión para incorporar los principios democráticos en esas organizaciones, especialmente porque en los últimos tiempos muchas de ellas se han involucrado cada vez más en políticas económicas, políticas y sociales de los países. Cuanto más profunda sea su intervención en las delicadas reformas de la gestión pública en los países en desarrollo, tanto más necesario será que las organizaciones internacionales sean abiertas y responsables. 

 

El argumento tradicional en contra de tales reformas es que el proceso decisorio se volvería engorroso e inviable. Pero contra este argumento cabe invocar las circunstancias reales de un mundo más integrado. Da igual que el objetivo sea la paz, el crecimiento económico o la sostenibilidad ecológica: las iniciativas internacionales para promover cambios no darán resultado si los agentes nacionales se sienten excluidos. En todo el mundo, las Naciones Unidas, el FMI, el Banco Mundial y la OMC se encuentran con el hecho de que sí que es importante detentar la “propiedad” de las decisiones. Los poderes mundiales se percatarán cada vez más de que un sentimiento general de impotencia y marginación de los países en desarrollo puede poner en peligro el crecimiento económico y la seguridad tanto en los países industrializados como en los países en desarrollo.

 

Una lección obligatoria del pasado decenio es que las instituciones políticas nacionales no están a la altura de los retos de gobernabilidad que plantea un mundo más interdependiente.  Ahora que las democracias incipientes luchan por establecer las bases de una gobernabilidad democrática, hay nuevas fuerzas e instituciones que ejercen gran influencia en la vida de las personas. Y hay nuevos tipos de conflicto que se extienden dentro de los países y entre ellos.  Muchas personas confiaban en que los atentados terroristas del 11 de septiembre inspirarían la unidad mundial al abordar los retos de la gobernabilidad nacional e internacional. Ha habido señales alentadoras en ese sentido, como el aumento de la ayuda prometida en la Conferencia sobre financiación para el desarrollo, de marzo de 2002, pero también hay una probabilidad igualmente grande de que los atentados y sus secuelas sigan debilitando a las instituciones mundiales, socavando los derechos humanos y agudizando la fragmentación social y económica. Está claro que hay que actuar. Se sigue necesitando la voluntad de adoptar medidas que promuevan la democracia, fomenten el desarrollo y extiendan las libertades humanas por todo el mundo.

 

 

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