Titulo

Gobernabilidad democrática y desarrollo humano en ALC
Edición Nº 67
Enero-junio 2003

 

Editor

Secretaría Permanente del SELA

  Indice

 


Un aporte a la reflexión sobre la vigencia de los partidos políticos en ALC

 

 

Ø      Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Oriental del Uruguay1

 

 

Introducción

 

El Gobierno de la República Oriental del Uruguay considera que el Grupo de Río debe profundizar el rol que cumplen los partidos políticos en nuestras sociedades, fundamentalmente en lo que respecta a la consolidación de la denominada "gobernabilidad democrática".

 

Se parte de la base de que en todos los casos estamos ante la presencia de sistemas políticos basados en la democracia representativa, en donde los ciudadanos eligen a sus representantes, los que a su vez son seleccionados por los partidos políticos.

 

Asimismo, dichos sistemas enfrentan procesos de erosión en cuanto a la presencia y credibilidad de las instituciones que conforman esa democracia representativa, encontrándose por lo tanto los partidos políticos, como piezas claves de dicha estructura, en esa situación.

 

Este documento busca ser un aporte para que el Grupo de Río continúe la reflexión iniciada sobre este tema.

 

 

I.    Concepto

 

 

Las definiciones doctrinarias acerca de qué se entiende por partido político contemplan una vasta gama de opciones.

 

Desde Max Weber, para quien los partidos políticos son "formas de socialización que, descansando en un reclutamiento formalmente libre, tienen como fin proporcionar poder a sus dirigentes y otorgar por ese medio a sus miembros activos determinadas probabilidades ideales o naturales".

 

Pasando por Sigmund Neumann, quien concibe a los partidos como "la organización articulada de los agentes activos de la sociedad, interesada en el control del gobierno, que compite por el apoyo popular con otros grupos que mantienen criterios distintos, siendo el gran intermediario entre las fuerzas sociales y las instituciones de gobierno y encauza estas fuerzas hacia la acción política dentro de la colectividad".

 

Hasta Luis Sánchez Agesta, quien asigna como misión específica de los partidos el proporcionar la clase gobernante. Los partidos políticos son, en su perspectiva, formas de organización del estamento político, cuyo fin inmediato es "la posesión y el ejercicio del poder para establecer, reformar a defender un orden como articulación de los fines que responden a las convicciones comunes de sus miembros".

 

Más allá de estas discrepancias, todos están contestes en afirmar, junto con Neumann, que todo partido, en su misma esencia, significa asociación en una determinada organización y diferenciación de otras por un programa especifico.

 

 

II.  Partidos políticos como actores imprescindibles del esquema democrático

 

La propia definición de partido político presupone un sistema democrático. Un régimen de partido único es una contradicción en sí mismo. Lo que es común a todos los partidos, dentro de la democracia, por encima de su condición de asociación, es una determinada organización diferenciada de las otras es su participación en el proceso de elaboración de decisiones o, por lo menos, el esfuerzo que despliegan para tomar parte en tal proceso y la posibilidad de moverse en ese sentido. Esta disposición omnipresente es la que les confiere el carácter de organizaciones políticas en el auténtico sentido de la palabra, porque sólo en la lucha por el poder y en su influencia deliberada sobre las fuerzas políticas, los partidos adquieren significación e  importancia

 

En resumen, los partidos políticos son organizaciones que revisten cierta estabilidad y duración temporal con independencia de sus integrantes, que funcionan de acuerdo con el marco normativo institucionalizado y que no procuran la destrucción del sistema, lo que lo distingue de las facciones.

 

En un esquema pluralista, los partidos son ajenos al Estado, no obstante su objetivo de obtener y participar en el poder estatal.

 

Su fin inmediato es obtener el ejercicio del poder político para sus integrantes. El fin perseguido de obtener el poder político y no la influencia sobre quienes los ejercen, es la característica distintiva de los partidos respecto a otros grupos de presión que cumplen este último papel.

 

 

III.  Democracia, pluralismo y disenso

 

Giovanni Sartori sostiene que el origen del pluralismo se encuentra en la gradual aceptación de la tolerancia como secuela de las guerras de religión. En su “Teoría de la Democracia" ha señalado que "las democracias modernas están relacionadas y condicionadas por el descubrimiento de que el disenso, la diversidad y las partes (que se convirtieron en partidos) no son incompatibles con el orden social y el bienestar del cuerpo político.

 

La novedad radica en que, en términos generales, hasta el siglo XVII la diversidad era considerada fuente de discordias y de desorden, causante de la caída de los Estados; y la unanimidad, el fundamento necesario de toda comunidad política. Desde entonces, se fue imponiendo gradualmente la actitud opuesta y la unanimidad comenzó a verse con sospecha.

 

La civilización denominada "liberal" se ha construido poco a poco a través de ese cambio revolucionario de perspectiva. Y es a través de ese camino que alcanzamos la democracia actual. Los imperios antiguos, las autocracias, los regímenes despóticos y las tiranías antiguas y modernas eran todos mundos monocromáticos, mientras que la democracia es multicolor.

 

En este marco conceptual, Sartori considera que el pluralismo puede definirse a lo largo de tres niveles:



i) Cultural (nivel de las creencias).  Una cultura pluralista implica una visión del mundo basada en la creencia de que la diferencia, el disenso, y el cambio contribuyen positivamente al conjunto social.  El pluralismo implica estructuras sociales y  políticas basadas en un conjunto de valores, el cual dejaría  de existir si éstos no  tuvieran vigencia.

 

 

ii) Societal.  Debe distinguirse el pluralismo societal de la diferenciación societal. Si bien toda sociedad compleja está "diferenciada", ello no implica que todas están diferenciadas "pluralísticamente". Una sociedad plural no es una sociedad pluralista, pues esta última no es más que uno de los muchos tipos posibles de diferenciación social.

 

iii) Político.  "La diversificación del poder", la existencia de una pluralidad de grupos que son tanto independientes como no inclusivos.

 

 

1.    La democracia y el disenso

 

Sobre este punto existen algunos aspectos particulares. El primero se refiere a la perspectiva pluralista del consenso y el conflicto. Actualmente se hace hincapié en que la base de la democracia no es el consenso, sino el conflicto. Pero el término que mejor expresa la visión pluralista es el disenso, que se relaciona tanto con el consenso como con el conflicto, pero no coincide con ninguno de ellos.

 

Por otra parte, no debe concebirse el consenso como un pariente próximo de la unanimidad. El consenso es una "unanimidad pluralista". Evoca el inacabable proceso de ajustar muchas mentes (e intereses) que disienten en "coaliciones" cambiantes de persuasión reciproca.

 

Un segundo aspecto consiste en el modo en que se relaciona el pluralismo político con la regla de la mayoría, que no es lo mismo que el principio de la mayoría. El pluralismo sigue siendo la base principal sobre la cual se puede sostener y legitimar el principio limitado de la mayoría: que quienes forman parte de la mayoría deben respetar los derechos de la minoría.

 

Un tercer aspecto es que no cabe concebir la regia de la alternancia en el poder ni puede ser puesta en práctica hasta que los bienestares privado y público estén claramente separados. A menos que exista una separación suficiente de las diversas esferas de la vida (la religión, la política, la riqueza) y una protección suficiente del individuo como tal, lo que se juega en la controversia política es demasiado para que los políticos cedan sus poderes conforme a las normas de un sistema competitivo de partidos.

 

En cuarto lugar, el pluralismo no consiste simplemente en asociaciones múltiples. Estas deben ser voluntarias y no deben ser exclusivas, esto es, basada en afiliaciones múltiples. La presencia de un gran número de grupos identificables no atestigua en absoluto la existencia del pluralismo, sino únicamente un estado desarrollado de articulación y/o fragmentación.

 

Las sociedades multigrupales son “pluralistas" si, y sólo si los grupos son asociativos (no consuetudinarios ni institucionales) y, además, si las asociaciones se han desarrollado naturalmente, si no son "impuestas".

 

La comprensión del pluralismo implica la comprensión de la tolerancia, el consenso, el disenso y el conflicto.

 

La tolerancia no significa indiferencia ni supone relativismo. La tolerancia es tal bajo la suposición de que tenemos creencias y de que creemos que son correctas y, entonces, concedemos a los demás el derecho a tener "creencias equivocadas". Aún así, "la tolerancia se encuentra siempre bajo tensión, y nunca es completa. Cuando los hombres están interesados en algo intentan conseguirlo, pero no intentarán conseguirlo por todos los medios a su alcance... La tolerancia nunca es completa... Permite un cierto espectro de opiniones, pero no todas"... Siempre debemos "dar razones" que expliquen por qué algo nos resulta intolerable.  Al ser tolerantes esperamos, a cambio, ser tolerados.

 

Bajo estas consideraciones parece que la vitalidad progresiva del pluralismo reside, en realidad, en las tensiones entre creencias y tolerancia.

 

 

2.   La democracia y el consenso

 

El consenso no es consentimiento. Significa compartir algo que nos vincula, por lo que

cuando lo relacionamos a la idea de democracia podemos distinguir claramente, de acuerdo a D. Easton, al menos tres alternativas posibles:

 

i) consenso a nivel de comunidad o consenso básico: indica si una sociedad determinada comparte en su totalidad los mismos valores y fines valorativos. Cuando así ocurre, tenemos, según Almond, una "cultura política homogénea". Se trata de un consenso social, en el nivel de comunidad; pero la característica relevante es que dicha sociedad es la sociedad política. No puede afirmarse que el consenso en el nivel de las creencias comunitarias sea una condición necesaria de la democracia. Por otra parte, a menos que una democracia consiga crear a lo largo del tiempo un consenso básico, consonante, funcionará como una democracia frágil y con dificultades. Un consenso sobre los valores fundamentales es una condición que facilita la democracia y contribuye a establecer su legitimidad.

 

ii) consenso a nivel de régimen o consenso procedimental:  establece las llamadas reglas del juego. El consenso sobre la regla de solución de conflictos, es la condición sine qua non de la democracia. Si no se acepta el principio de la mayoría, o al menos se le presta conformidad, lo que no se acepta es la democracia como régimen. El dicho según el cual en la democracia estamos de acuerdo en discrepar significa que: a) debemos ponernos de acuerdo sobre las reglas para discrepar y procesar las discrepancias; y b) el desacuerdo en el ámbito de esas reglas es lo que la democracia protege y fomenta.

 

iii) consenso a nivel de la acción política o "consenso político":  según la opinión de E. Barker, la base y la esencia de la democracia es el gobierno mediante la discusión. Este es el contexto en el que la discrepancia, el disenso y la oposición surgen como elementos caracterizadores de la democracia.

 

"Lo fundamental, entonces, es que el disenso, la oposición, la política de adversarios y la discusión son nociones que adquieren un valor y un papel positivos en el contexto del pluralismo, en la concepción pluralista de la sociedad y de la historia. El pluralismo es la creencia en el valor de la diversidad. Y creer en la diversidad es lo opuesto a creer en el conflicto. Por ello, lo que una teoría de la democracia deriva de su matriz pluralista no es, ni puede ser, un elogio del "conflicto", sino, en cambio, un procesamiento dinámico del consenso basado en el principio según el cual cualquier cosa que pretenda presentarse como legítima o verdadera, debe defenderse frente a la crítica y la discrepancia y revitalizarse mediante ellas".

 

 

IV.   Democracia y representatividad  

 

Alain Touraine sostiene que la democracia es en primer lugar el régimen político que permite a los actores sociales formarse y obrar libremente. Los principios constitutivos de la democracia son los que rigen la existencia de los actores sociales mismos. Sólo hay actores sociales si se combinan la conciencia interiorizada de derechos personales y colectivos, el reconocimiento de la pluralidad de los intereses y las ideas, especialmente de los conflictos entre dominadores y dominados y, finalmente, la responsabilidad de cada uno respecto de orientaciones culturales comunes.

 

Esto se traduce, en el orden de las instituciones políticas en tres principios: el reconocimiento de los derechos fundamentales, que el poder debe respetar; la representatividad social de los dirigentes y de su política y, por último, la conciencia de la ciudadanía de pertenecer a una colectividad fundada en el derecho.

 

La democracia no puede existir si no es representativa, es decir, sin que la elección entre varios gobernantes corresponda a la defensa de intereses y opiniones diferentes. Para que la democracia sea representativa es necesario, por cierto, que la elección de los gobernantes sea libre, pero también es preciso que los intereses sociales sean representables, que tengan cierta prioridad en lo referente a las decisiones políticas.

 

El sistema democrático es débil si el apoyo otorgado a un partido político es lo que determina las posiciones que se toman ante los principales problemas sociales, en tanto que es fuerte si los partidos políticos aportan respuestas a las cuestiones sociales formuladas por los actores mismos y no sólo por los partidos políticos y la  clase política.

 

 

V.   Fundamento de la representatividad 

 

La representación debe estar basada fundamentalmente en la confianza. El gran desafío entonces consiste en conquistar, o más bien, reconquistar la confianza de los ciudadanos y por esta vía edificar sistemas democráticos perfeccionados.

 

Asistimos a procesos simultáneos de globalización, internacionalización, homogeneización e informatización constantes. La complejidad y especificidad, que son características esenciales de esas tendencias, no han encontrado, sin embargo, su contrapartida en la estructuración o reestructuración de las dinámicas partidarias.

 

Los politólogos coinciden en que la idea y función de los partidos políticos es insustituible y, consecuentemente, constituyen una condición para materializar los  sistemas democráticos. Los partidos cumplen un rol de "linkage" privilegiado entre la  persona, la sociedad y el Estado. Asimismo, se ha asignado a los partidos un papel histórico de canalizar las demandas sociales, promover ideales de sociedad, constituirse en medios institucionalizados para alcanzar el poder  y dar cuenta permanente de la gestión de sus autoridades (accountability).

 

Para entender el status actual de los partidos políticos en relación con la sociedad, debemos necesariamente recordar la realidad existente en relación con el papel del Estado, ya que, tradicionalmente, los partidos han estado exageradamente vinculados a éste. Con la relevancia de otros actores, el Estado ha quedado relegado a ser uno más en la lista de actores y su poder ha disminuido notablemente, sin perjuicio de lo cual las exigencias a éste siguen siendo mayores a sus posibilidades de acción.

 

En la misma medida en que se reducen las funciones del Estado, se reduce el presupuesto público. La modestia económica del Estado es tal que no alcanza para cumplir cabalmente sus funciones reguladoras, ni para actuar subsidiariamente en aquellos ámbitos de la vida pública donde los privados no actúan o tienen una presencia muy menguada.

 

Como consecuencia de este fenómeno nos enfrentamos a la perdida de poder de los partidos y de la clase política que ven obviamente mermada su capacidad de acción. Este proceso se conjuga, además, con el hecho de que, al menos en las sociedades latinoamericanas, tanto las instituciones políticas como la sociedad civil, con algunas contadas excepciones, son débiles. La estructura de los partidos presenta rasgos de inestabilidad, al ser las reglas de competición política volátiles y no existir una preferencia clara del comportamiento de los votantes, lo que provoca, salvo contadas excepciones, una ausencia de arraigo de los partidos en la sociedad, lo que limita la consolidación democrática al faltar la interacción de los partidos bajo patrones predecibles.

 

 

VI.  Democracia y gobernabilidad democrática 

 

En 1975, S. Huntington, M. Crozier y J. Watanuki presentaron a la Comisión Trilateral[1] el documento “Crisis de la democracia; informe sobre la gobernabilidad de las democracias”, cuya tesis central sostenía que en Europa Occidental, Japón y Estados Unidos, los problemas de la gobernabilidad procedían de la brecha creciente entre unas demandas sociales fragmentadas y en expansión, y unos gobiernos cada vez más faltos de recursos financieros, autoridad de los marcos institucionales y las capacidades exigidas por el nuevo tipo de acción colectiva. Para fortalecer la gobernabilidad democrática se debería reinventar no sólo el gobierno sino también la ciudadanía.

 

Veinticinco años después, Pharr y Putnam editaban, bajo el auspicio de la Comisión Trilateral, el trabajo titulado "Disaffected Democracies. What's Troubling the Trilateral Countries". En este informe del año 2000, la variable independiente y el problema que se tematiza es la caída de la confianza general en las instituciones y los liderazgos políticos. Aunque el compromiso con los valores democráticos es mas firme, se observa que la confianza en las instituciones y en los liderazgos democráticos ha disminuido, lo que se traduce en demandas de reformas políticas y electorales, de reconstrucción de ciudadanía y del espacio democrático, de nuevos cauces para la participación política. Pero en conjunto se registra una desvinculación creciente de la ciudadanía respecto de la vida política. Se establecen tres variables dependientes para explicar este fenómeno: la información disponible por los ciudadanos, los criterios de evaluación de los ciudadanos y el desempeño de las instituciones democráticas. Se concluye que las causas de la pérdida de confianza en las instituciones democráticas no se halla en factores socioeconómicos, si no en la propia política.

 

Los problemas de gobernabilidad ya no se dan sólo a escala nacional: hoy son desafíos de naturaleza internacional planteados por la problemática transición a la sociedad info/global. La construcción de una economía que gracias a las nuevas tecnologías pueda funcionar en tiempo real y a escala planetaria, pero dejando amplios territorios marginados y profundizando las desigualdades, va a resultar forzosamente problemática. Ante esa economía globalizada no hay tendencia equivalente en la política. Según Hobsbawm, lo que determina la situación del globo ante el nuevo milenio es la posición entre globalidad económica y división política.

 

Estamos ante una situación inestable por varias razones: (i) porque muchos Estados nominalmente democráticos carecen todavía de bases sociales, institucionales y de cultura política para consolidar una democracia estable; (ii) porque la incapacidad de muchos Estados para generar desarrollo en el nuevo paradigma tecno/global genera  pérdidas graves de legitimidad que se traducen en desgobierno, fraccionamientos y  conflictos internos, regresiones autoritarias, fundamentalismos, economía criminal y corrupción, violencia, inseguridad y amenaza a las libertades; resentimiento antihegemónico, guerras de baja intensidad y terrorismo.

 

Un sistema social es gobernable cuando está estructurado socio políticamente de modo tal que todos los actores estratégicos se interrelacionan para tomar decisiones colectivas, y resolver sus conflictos conforme a un sistema de reglas y de procedimientos formales o informales dentro del cual formulan sus expectativas y estrategias.

 

La gobernabilidad democrática se da cuando la toma de decisiones de autoridad y la resolución de conflictos entre los actores estratégicos se produce conforme a un sistema de reglas y fórmulas que podemos calificar de democracia.

 

La democracia es un ideal y a la vez una realidad empírica. Siguiendo a Dahl, la democracia ha de satisfacer, de modo general, los siguientes estándares:

 

-          participación efectiva

-          la igualdad de voto

-    la posibilidad de un entendimiento informado

-    el ejercicio del control final sobre la agenda y la inclusión de adultos

 

 

A su vez, la satisfacción de dichos estándares exige un sistema institucional:

 

-  a cargo de representantes electos

-  que garantiza elecciones libres, limpias y frecuentes

-  que garantiza la libertad de expresión

-  que provee información alternativa

-  que permite la libertad y la autonomía asociativa y

 - que incluye en la ciudadanía a la totalidad de los adultos

 

La gobernabilidad democrática supone que los actores estratégicos se comporten conforme a las fórmulas de una poliarquía. Supone que los actores poderosos resuelven sus conflictos y actúan y cumplen las decisiones emanadas del legislativo y del ejecutivo, procedentes ambos de un proceso electoral producido en un entorno de libertades políticas y derechos fundamentales, quedando prohibidas las fórmulas públicas o privadas que violen los derechos fundamentales de los ciudadanos o las otras garantías constitucionales, todo garantizado en ultimo término por un poder judicial independiente e imparcial.

 

Existe una tensión inherente a la distinción entre gobernabilidad y democracia. La esencia de ella es que la gobernabilidad requiere la representación de actores proporcional a su poder, mientras que la democracia ideal requiere la representación de actores proporcional a su número. Como la clave de la democracia es la igualdad política a mayor desigualdad en la distribución de la riqueza, la información, las armas y otros recursos políticos, mayor tensión entre la democracia y la gobernabilidad.

 

La existencia de gobernabilidad democrática no se limita a constatar la existencia de una institucionalidad formalmente democrática pues se plantea analizar el comportamiento de los actores estratégicos para verificar si éstos se comportan y resuelven sus conflictos efectivamente conforme a las fórmulas democráticas formalmente establecidas.

 

Democracia y gobernabilidad son dos conceptos diferentes que pueden y deben relacionarse. Puede existir gobernabilidad sin democracia, pero también democracia sin o con escasa gobernabilidad. Lo que es evidente es que no puede haber crecimiento sin gobernabilidad. Cuando del crecimiento pasamos al desarrollo humano como criterio evaluador último de la gobernabilidad, la exigencia no es de simple gobernabilidad sino de gobernabilidad democrática.

 

Si la meta final no es el crecimiento sino el desarrollo humano, la democracia es una exigencia irrenunciable de toda, estrategia independientemente del nivel y de las condiciones de partida.

 

Pueden distinguirse tres formas a través de las cuales la democracia contribuye al enriquecimiento de la vida y las libertades de la gente, es decir, al desarrollo humano:

 

i)                     mediante la garantía de la libertad política pues el ejercicio efectivo de los derechos civiles y políticos tiene un valor intrínseco para la vida y el bienestar de la gente.  Las restricciones a la participación en la vida política equivalen a la privación de libertad y desarrollo humano y han de considerarse en la medición de éste;

ii)                   la democracia tiene un importante valor instrumental para conseguir atención política a las demandas de la gente (incluidas sus necesidades y sus demandas económicas); y

iii)                  la práctica de la democracia da a los ciudadanos la oportunidad de aprender los unos de los otros y ayuda a la sociedad a formar sus valores y prioridades. La democracia tiene importancia constructiva, aparte de valor intrínseco para la vida de los ciudadanos y de su importancia instrumental en las decisiones políticas.

 

El desarrollo humano plantea la necesidad de desarrollar las instituciones democráticas y la gobernabilidad democrática.

 

VII.   Participación y relacionamiento con la sociedad civil

 

El limitado interés de la ciudadanía respecto de la política y los políticos ha ido a la par con el proceso de pérdida de centralidad de la política. A lo anterior se suma un proceso de descrédito y desconfianza que agudiza la distancia entre los ciudadanos, el Gobierno, el Estado y los partidos políticos.

 

George Soros sostiene que "el desencanto con la política ha nutrido al fundamentalismo del mercado, y el ascenso del fundamentalismo del mercado ha contribuido, a su vez, al fracaso de la política".

 

Existe consenso en que la existencia de los partidos políticos es una exigencia para el sano desarrollo de la democracia. Si bien la representación de intereses no se agota en ellos, resulta saludable que en una democracia la sociedad civil sea fecunda en grupos de interés que movilicen demandas hacia las instancias gubernamentales.

 

Sin los partidos políticos es impensable la operatividad de una sociedad organizada democráticamente. Maurice Duverger ha señalado que "si los ciudadanos intervinieran en forma directa emitiendo, cada uno, su opinión, la acción política se transformaría en una actividad caótica. Los partidos, recogiendo las opiniones individuales, las resumen en grandes síntesis generalizadoras. Esta labor es indispensable para poder desplegar una actividad política organizada".

 

En sentido amplio, la sociedad civil puede ser entendida como sinónimo de ciudadanía, o sea, del conjunto de ciudadanos de una sociedad. En esa acepción, la sociedad civil se refiere al conjunto de los miembros de una sociedad que tienen la facultad y el derecho de asumir y de actuar su libertad, esto es, su dignidad de ciudadanos, capaces de organizarse en los más variados tipos de asociación con miras a consolidar espacios colectivos de libertad y de contribuir así a la difusión social del poder.

 

La sociedad civil no opone los miembros de la sociedad al Estado. Aparece como un espacio abierto a la libertad de los ciudadanos y que éstos han de ocupar, sea individual, sea en sociedad con otros, con sus diversos ideales e intereses. Pero la ocupación de ese espacio abierto a la libertad entraría siempre, aunque en grados variables, las relaciones de poder al interior de la sociedad y, en consecuencia, comporta siempre un matiz político.

 

Lo político, entendido como todo aquello que se refiere al poder, es decir, a la capacidad de realizar socialmente determinados ideales o intereses particulares y de superar el antagonismo de terceros, constituye una dimensión crucial de la dinámica social.

 

Desde una óptica restringida, utilizada por algunas agencias de cooperación, la sociedad civil es definida como un tipo de sociedad en la cual los ciudadanos ofrecen su participación informada al proceso de gobierno, invierten éticamente y contribuyen a la satisfacción de las necesidades básicas del conjunto de la sociedad. Este actuar solidario está movido por el valor de la responsabilidad social de los ciudadanos y no reemplaza al Estado, sino que trabaja conjuntamente con él para la solución de los problemas sociales.

 

En la sociedad no deberían existir tensiones entre la sociedad civil y los partidos políticos, ya que uno de los objetivos de la primera debería ser participar de la forma más amplia posible en los partidos políticos. Una sociedad sana y equilibrada potenciaría, con base en esta idea, una revitalización de los partidos políticos.

 

Touraine entiende que "la democracia, es decir, el régimen mediante el cual los gobernados eligen a los gobernantes, sólo puede existir si la libertad dispone de un espacio indestructible, si el campo del poder es más limitado que el campo de la organización social y el de las decisiones individuales. Pero esta condición necesaria no es suficiente. Si el poder debe estar limitado es preciso también que los actores sociales se sientan responsables de su propia libertad, reconozcan el valor y los derechos de la persona humana, y no definan a los demás y a ellos mismos atendiendo solamente a la colectividad donde han nacido o a sus intereses".

 

 

IX.  Desafíos actuales de los partidos políticos 

 

Touraine argumenta que "las formas institucionales de la democracia, formas que organizan la formación de las decisiones políticas, se sitúan más en el lado de la oferta política que de las demandas sociales. La libertad de elegir a los gobernantes no debe ser incluida entre estas formas institucionales, porque constituye la definición misma de la democracia. Pero para que ésta funcione es necesario que se agreguen decisiones particulares, de manera que los ciudadanos puedan elegir a los gobernantes con una idea clara de las implicaciones y las consecuencias que pueda tener esa elección en los principales dominios de la vida colectiva".

 

Sigue diciendo que "estamos acostumbrados a pensar que los partidos políticos son instrumentos indispensables de este conjunto de demandas sociales y de esta formulación de las decisiones políticas generales. Pero el espacio de los partidos políticos es estrecho, pues se extiende entre la multiplicación de los lobbies, por una parte, y el aplastamiento de las demandas sociales por acción de los ideólogos y los aparatos políticos, por otra. Cuanto más un partido político se considera portador de un modelo de sociedad, en lugar de ser un simple instrumento de formación de decisiones políticas, más se debilita la democracia y más subordinados están los ciudadanos a los dirigentes de los partidos".

 

En la visión de Lasagna y Cardenal sobre la función de los partidos políticos, estos aseveran que "un sistema de partidos consolidado puede hacer tres contribuciones importantes a la calidad de la democracia: (i) incrementar la representación política: ayuda a los grupos a expresar y canalizar sus intereses; (ii) aumentar la legitimidad: determinan en mayor grado la preferencia de los votantes y contribuyen a operacionalizar mecanismos de responsabilidad, ya que con partidos institucionalizados la información hacia los votantes será mayor y mejor; (iii) facilitar la gobernabilidad: los conflictos deben solucionarse a través de mecanismos democráticos.

 

Parece clave entender que la política debe configurarse sobre la base de relaciones de confianza, en que los distintos tipos de sociabilidad se desarrollen en una relación complementaria. Uno de los roles de la política y los partidos es precisamente generar, en primer lugar, altos grados de sociabilidad y confianza interpersonal; segundo, una sociabilidad ampliada, donde los vínculos están definidos por la participación en un espectro amplio de bienes, no sólo materiales, sino también simbólicos; y tercero, una sociabilidad comunitaria, que es expresión del vigor de lo colectivo por sobre lo individual.

 

La sociabilidad colectiva se experimenta a través de la participación en organizaciones y mediante su representación en el espacio público. De allí que el imperativo sea, entonces, el fortalecimiento de grados siempre crecientes de confianza en los partidos, lo que implica asumir una necesaria redefinición de sus objetivos y métodos de acción.

 

 

1. Factores que pudieran contribuir a elevar los niveles de representatividad
 y funcionalidad de los partidos políticos:

 

  • Abrir los partidos a los ciudadanos y privilegiar la integración cualitativa más que cuantitativa de militantes activos, comprometidos desinteresadamente con la misión y objetivos del partido político;

  • Formación de equipos multidisciplinarios para elaborar propuestas realistas y serias;

 

  • Conducción interna de carácter colegiada y abierta, sobre la base de una estructura que desestime el carisma como elemento sustancial para la proyección de liderazgos y supere el estilo de trabajo político fundado en maquinarias internas de los partidos;

 

  • Incentivar las vinculaciones con los más diversos actores sociales, a objeto de articular adecuadamente las demandas sectoriales y generar relaciones de mutua confianza;

 

  • Cambiar radicalmente sus estructuras que responden a la antigua sociedad.

 

 

2. Los partidos y la preocupación sectorial de los ciudadanos

 

Las nuevas tecnologías de elaboración y transmisión de mensajes pueden significar, a futuro, un desplazamiento del control sobre la comunicación desde unos pocos centros unidireccionales hacia una opinión pública abierta, cada vez más consciente. Las características de estas redes, sin centro, sin poder localizado, sin barreras espacio temporales, sin ofertas predeterminadas y sin censura, podrían representar la base para el advenimiento de sociedades muy abiertas y pluralistas, en las que la diversidad se manifieste generalizadamente y el proceso político sea reapropiado por la gente.

 

Un elemento central a considerar en la lucha por la confianza de la gente en los partidos políticos, es fortalecer dicha relación con el necesario enriquecimiento de la participación ciudadana. La democracia, por esencia, requiere perfeccionamiento, y crear nuevos mecanismos que acerquen el poder a los ciudadanos, es una tarea vital. Su legitimación está atravesada por un papel más protagónico de la comunidad en la toma de decisiones que le concierne directa e indirectamente, esto es, por la vía del desarrollo de su potencial participativo en el andamiaje social. El desafío consiste en desarrollar y fortalecer el capital social, cuidando y profundizando las distintas formas de sociabilidad y promoviendo las relaciones de confianza y cooperación entre gobernantes y gobernados.

 

 

X) La Carta Democrática Interamericana: un compromiso

 

En palabras del Canciller del Uruguay, Dr. Didier Opertti, con motivo de la conmemoración por el año de la Carta Democrática Interamericana, ésta "constituye un verdadero sello de distinción" de la región. La Carta reconoce en su artículo 1º que “Ios pueblos de América tienen derecho a la democracia y sus gobiernos la obligación de promoverla y defenderla. La democracia es esencial para el desarrollo social, político y económico de los pueblos de las Américas". En ese sentido, Opertti sostiene que la democracia no es un sistema ecuménico, sino un compromiso político que guarda estrecho vínculo con definiciones que cada civilización se ha dado a sí misma.

 

Asimismo entiende que "la sociedad política es el más alto grado de desarrollo de la sociedad civil, porque es aquella en la cual alguien asume la responsabilidad de ofrecerse al colectivo para que éste le asigne misiones o encargos, y tiene, además, la responsabilidad subsiguiente de rendir cuentas, y la responsabilidad de nutrirse no sólo del pensamiento de ese colectivo, sino de su propia manutención". Por eso, propone la idea de "fortalecer la sociedad política. La democracia es un fenómeno que se nutre, que se alienta, que se inspira en el funcionamiento de las colectividades políticas. No hay democracia sin partidos políticos, no hay democracia sin pluralismo político".

 

En su artículo 2º la Carta establece que "el ejercicio efectivo de la democracia representativa es la base del Estado de Derecho y de los regímenes constitucionales de los Estados Miembros de la Organización de los Estados Americanos. La democracia representativa se refuerza y profundiza con la participación permanente, ética y responsable de la ciudadanía en un marco de legalidad conforme al respectivo orden constitucional".

 

Como "elementos esenciales de la democracia representativa", el artículo 3º refiere, entre otros, el "respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales; el acceso al poder y su ejercicio con sujeción al Estado de Derecho; la celebración de elecciones periódicas, libres, justas y basadas en el sufragio universal y secreto como expresión de la soberanía del pueblo; el régimen plural de partidos y organizaciones políticas; y la separación e independencia de los poderes públicos".

 

Se destaca el artículo 5º, que dispone que "el fortalecimiento de los partidos y de otras organizaciones políticas es prioritario para la democracia. Se deberá prestar atención especial a la problemática derivada de los altos costos de las campañas electorales y al establecimiento de un régimen equilibrado y transparente de sus actividades".

 

Asimismo, en su artículo 6º, la Carta establece que "la participación de la ciudadanía en las decisiones relativas a su propio desarrollo es un derecho y una responsabilidad. Es también una condición necesaria para el pleno y efectivo ejercicio de la democracia. Promover y fomentar diversas formas de participación fortalece la democracia".

 

 

 

 

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1 Este documento fue presentado por el Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Oriental del Uruguay en la XVII Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno del Grupo de Río (Cusco, Perú, 23-24 de mayo de 2003), como una contribución para el debate sobre el tema de los partidos políticos.

 

[1] Organización constituida en 1974 e integrada por personalidades de las élites políticas, económicas e intelectuales de Estados Unidos, Europa y Japón.