Titulo Comercio y desarrollo
Edición Nº 66
Septiembre-diciembre 2002

 

Editor Secretaría Permanente del SELA

    Indíce

Metas internacionales de desarrollo social
y la cooperación al desarrollo

Ximena de la Barra*

Asesora del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia ( UNICEF)
en política social para América Latina y el Caribe


  "Por eso, a los hombres del poder les decimos, les pedimos, ¡les exigimos! el cumplimiento de las promesas que sucesivamente han venido asumiendo. El cuidado de la infancia no puede ser entendido como una tarea más, sino como la decisiva y única posibilidad de recuperar a una humanidad que se siente a sí misma desfallecer".
                    Ernesto Sábato
Comisión de Personalidades por la Infancia y la Adolescencia de América Latina y el Caribe.


Introducción

Los organizadores de la XV Reunión de Directores de Cooperación Internacional de América Latina y el Caribe
1 fueron preclaros al solicitarme que tratara en ese contexto el tema de la vinculación entre las metas internacionales de desarrollo social y la cooperación al desarrollo. Lo digo, por una parte, porque UNICEF fue la organización precursora en materia de grandes cumbres mundiales al convocar en 1990 la primera de ellas, la Cumbre Mundial sobre la Infancia. Por otra parte, mi afirmación se debe a que en dicha Cumbre se establecieron una serie de metas en beneficio de la infancia. Veintisiete metas, para ser más precisa. Tanto la Cumbre como las metas se apoyaban en la Convención sobre los Derechos del Niño como marco conceptual. Las metas tenían por objetivo facilitar el seguimiento de los avances que se esperaban lograr gracias a los compromisos políticos contraídos en la Cumbre. Ha transcurrido ya una década, UNICEF hizo un seguimiento constante y ya se tiene una evaluación clara de los logros obtenidos en la década, así como de los desafíos aún pendientes. Más aún, en la Sesión Especial de las Naciones Unidas sobre la Infancia, realizada en Nueva York en mayo de 2002, se dieron a conocer públicamente los resultados y se trazaron nuevas metas para seguir avanzando en materia de cumplimiento de los derechos de la infancia y la adolescencia.


I. Factores detonantes de los logros en materia de infancia y adolescencia
en el mundo

Primeramente es importante reconocer que el factor detonante primordial de los progresos en materia de infancia y adolescencia, ha sido, sin lugar a dudas, la promulgación y ratificación por casi todos los países del mundo, con la sola excepción de los Estados Unidos de Norteamérica, de la Convención sobre los Derechos del Niño. Esta Convención, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 20 de noviembre de 1989, ha sido la herramienta de derechos humanos más rápidamente ratificada de todos los tiempos. La Convención transforma a niños y adolescentes en sujetos de derechos y establece obligaciones a los Estados para con ellos. Contiene principios fundamentales como, por ejemplo, el principio de la universalidad, el de la no discriminación, el de la indivisibilidad de los derechos y el derecho a los niños a la libertad de expresión. La consideración de estos principios implica la decisión de desarrollar sociedades justas, incluyentes, donde las necesidades sean consideradas derechos exigibles y en las cuales el concepto de expansión de la ciudadanía incluye tanto a los derechos civiles y políticos como a los económicos y sociales.

Con base en estos principios, la Cumbre Mundial sobre a Infancia de 1990, al fijar metas, lo que hizo fue establecer tareas y promover procesos. Si bien la Convención establece el principio de la universalidad, y en rigor todas las metas deberían ser fieles a ello planteándose un 100% de logros, la Cumbre fue realista al entender el cumplimiento de metas como un proceso, y en consecuencia, al establecer metas progresivas. De esta forma, las metas constituyen solamente una ruta crítica que ayude a la sociedad a avanzar hacia la universalidad de los derechos de la infancia. Por otra parte, siendo las metas cuantificadas y vinculadas a un período de tiempo específico para su cumplimiento, son metas de muy fácil evaluación. A lo largo de la década de los noventa se organizaron una serie de reuniones ministeriales para ir tomando el pulso a los avances y para instar a los países más rezagados a emprender esfuerzos adicionales para lograr dichas metas.

La ratificación de la Convención obligó a los Estados parte a emprender una serie de reformas legislativas para adaptar la legislación nacional vigente a la Convención. Los países que realmente se comprometieron con la Convención abandonaron sus antiguas leyes minoriles para transformar a los niños en sujetos de derecho y en verdaderos ciudadanos.

Paralelamente, se inició una campaña para aumentar el gasto público en la infancia y para reformular las políticas públicas de modo que permitan el cumplimiento de los mandatos de la Convención. Durante el desarrollo de la X Cumbre Iberoamericana realizada en Panamá en el año 2000, destinada exclusivamente al tema de la infancia y la adolescencia, ha quedado meridianamente claro que no hay política pública que no afecte el cumplimiento de los derechos de la niñez y la adolescencia. Por eso es que no sólo habrá que reformar las políticas sociales más directamente relacionadas con las necesidades de la infancia, como son las de salud y educación, sino también las políticas económicas, impositivas y presupuestarias que permitan hacer efectiva una política social centrada en el interés superior de la infancia.


II. La cooperación al desarrollo está desvinculada de los acuerdos políticos

La tendencia prevaleciente durante las dos últimas décadas en materia de cooperación internacional al desarrollo ha sido su paulatino decrecimiento. Lejos de haber alcanzado la meta de constituir el 0.7% del Producto Interno Bruto (PIB) de los países donantes, la cooperación al desarrollo, en este momento, se sitúa en menos de un tercio de lo acordado y muy lejos de los cuantiosos volúmenes de recursos que se asignan a la cooperación militar. Si bien hay países donantes que no sólo cumplen sino que sobrepasan su compromiso con el desarrollo, como son los nórdicos, hay otros países, lamentablemente los de mayor volumen de producto, que se resisten a conceder la proporción de recursos a que se comprometieron.

Durante la Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo, realizada en Monterrey, en marzo de este 2002, la cual fue convocada precisamente por la preocupación generalizada por la falta de financiamiento para cumplir los acuerdos adquiridos en cumbres anteriores, y muy especialmente los compromisos convenidos en la Declaración del Milenio, se volvió a instar a los países desarrollados a dedicar el 0.7% de su PIB como asistencia oficial al desarrollo para los países en desarrollo y a destinar entre el 0,15% y el 0,20% de su PIB a los países menos adelantados. Resta poder constatar si esta vez se sostenga lo acordado. El contexto mundial no parece muy propicio. La cooperación solicitada por Naciones Unidas para reconstruir Afganistán, por ejemplo, país destruido como efecto colateral de la política internacional en las últimas décadas, donde cabría esperar un mayor compromiso internacional, no se hará efectiva. Los compromisos no van más allá de un 10% de lo solicitado y lo efectivamente desembolsado hasta el momento es sólo una pequeña fracción de ello.

Igualmente grave es la constatación de que la cooperación hacia los países más pobres, que lo necesitan más, ha disminuido con mucho mayor rapidez que la cooperación en general. Por otra parte, la tendencia decreciente más fuerte se produce en la región de América Latina y el Caribe. Un falso concepto de región en transición económica ascendente la "gradúa" de la necesidad de recibir cooperación. Las recientes sucesivas crisis financieras en la región y el aumento de la pobreza y las disparidades, cuyo ejemplo más evidente corresponde a Argentina, ha demostrado la falacia del concepto de graduación.

En varias conferencias internacionales, comenzando por la Cumbre Mundial para el Desarrollo Social llevada a cabo en Copenhague en 1995, se acordó que el 20% de la cooperación al desarrollo se dirigiría a los servicios sociales básicos que son los que más positivamente impactan el desarrollo de la niñez. Se acordó además que los países dirigirían el 20% de sus presupuestos públicos a los servicios sociales básicos. Estos acuerdos constituyen la llamada Iniciativa 20/20, ratificada por varias de las conferencias que la siguieron. Sin embargo, la cooperación al desarrollo destinada a servicios sociales básicos en el mundo, en este momento, no llega a la mitad de lo acordado ya que está por debajo del 10%.

Tampoco la asignación presupuestaria de los países ha cumplido este compromiso. En algunos casos, porque así lo han decidido; en otros, porque se lo han impuesto las condiciones atadas a los créditos multilaterales. En una gran mayoría de los casos, los volúmenes del presupuesto público son demasiado pequeños para que un 20% de ellos resuelva las necesidades del gasto social. Urgen, por consiguiente, entre otras, las reformas impositivas para que los estados puedan cumplir su rol de redistribuir recursos en la sociedad para así palear la catástrofe humana, que en América Latina se da con mayor intensidad que en otras regiones, como es la gran disparidad en el acceso a los frutos del desarrollo.

Durante la Sesión Especial de las Naciones Unidas sobre la Infancia, el presidente   Alejandro Toledo del Perú, anunció para su país una medida de suma importancia para contribuir al financiamiento del gasto social básico. Se comprometió que para dicho efecto recortaría el gasto militar. Tan loable iniciativa merece ser emulada por otros países, aunque el contexto prevaleciente de lucha contra el terrorismo lo hace más difícil. Sin ir más lejos, el propio Perú está señalado como uno de los países que alberga grupos terroristas y tendrá que buscar formas de hacer méritos para contrarrestarlo.

Uno de los gastos sociales básicos más significativos es el de la educación primaria. Durante toda la década pasada, varias de las conferencias internacionales,han afirmado que la educación constituye el pivote para el desarrollo. La Cumbre del Milenio y la Sesión Especial de Naciones Unidas sobre la infancia lo han reiterado. La propuesta ha sido la de educar a los niños hoy para tener sociedades desarrolladas mañana. Sin embargo, no ha habido incremento en la cooperación destinada a la educación. Del mismo modo, varias conferencias - las del medio ambiente, las de salud, las de la década para el agua potable y otras - han ido estableciendo el año 2000 como aquél en que se lograría la meta de acceso universal al agua potable. En realidad, esta meta se viene reiterando, conjuntamente con la meta de salud para todos en el año 2000, desde la Conferencia sobre la Salud Primaria sostenida en Alma Ata en 1978. Sistemáticamente, este plazo del año 2000 ha tenido que ir siendo extendido, a pesar de la reconocida vinculación entre el agua, la buena salud y el desarrollo. De hecho, el sector de agua y saneamiento es el más abandonado por la cooperación al desarrollo en términos globales. La meta de salud para todos está igualmente lejos de concretarse.

Tan grave como lo anterior es el hecho de que las condicionalidades que se imponen a la cooperación para el desarrollo, pueden llegar a contrarrestar sus beneficios. La imposición de determinadas políticas económicas, por más fracasadas que éstas hayan demostrado ser, así como la imposición de ajustes en el gasto público, que en los hechos imponen políticas sociales de limitada eficacia, ha sido la tónica en la cooperación al desarrollo, especialmente la proveniente de la banca multilateral. Adicionalmente, las condicionalidades relativas a los suministros tanto materiales como técnicos, que imponen una buena proporción de los donantes, hacen dudar que en realidad se trate de una cooperación y no de una forma de buscar beneficios propios. En este caso, como en los anteriores, también hay que reconocer honrosas excepciones en algunos países donantes.

Entre las múltiples condicionalidades que en la actualidad afectan la capacidad de gobernar se encuentra la obligación de destinar proporciones excesivas del presupuesto público al servicio de la deuda externa, aunque eso signifique no poder cumplir los compromisos con la deuda social interna. Hay un gran número de países que gastan más en el servicio de la deuda que en implementar su política social. En el caso de los países altamente endeudados existe la oportunidad de acceder a la condonación de la deuda, previo cumplimiento de condicionalidades aun más férreas. Cuando lo logran, generalmente la condonación de la deuda viene en reemplazo de cooperación al desarrollo. Si bien se suele condicionar la condonación de la deuda al aumento del gasto social básico, la condonación no resuelve la necesidad de recursos financieros externos adicionales.

Por otra parte, la cooperación al desarrollo, al fracasar en sus propósitos explícitos, cambia constantemente de modalidad en busca de nuevos caminos. Con justeza se ha abandonado la modalidad de cooperación por proyectos, dado que éstos tenían efectos aislados, contenidos dentro de la comunidad receptora, que podrían ser bastante limitados con relación a la magnitud de los problemas existentes en el ámbito nacional. No resolvían la necesidad de sustentabilidad ni tampoco la de la replicabilidad de los proyectos. Se derivó hacia el enfoque sectorial, que si bien incluye desarrollo institucional y creación de capacidades a todos los niveles, lo que contribuye a su sustentabilidad, no toma en consideración que el desarrollo, por su complejidad, necesariamente habrá de tener un enfoque integral, y que con los enfoques sectoriales se pierde el potencial de la sinergia de la multisectorialidad. También prevalece la modalidad de estrategias de reducción de la pobreza. Lamentablemente, si bien éstas dirigen recursos hacia las peores manifestaciones de la pobreza, suelen enfocarse hacia los síntomas y no hacia las causas, perdiendo así toda posibilidad de efectividad y sustentabilidad.

Finalmente, corresponde ampliar el tema de la cooperación internacional al desarrollo más allá de los efectos positivos que pudiera tener, y analizarlo en conjunto con la imposición de tarifas y otras barreras arancelarias por parte de los países industrializados, así como los subsidios a la agricultura y otros productos del mundo desarrollado. A los países en desarrollo se les obliga a liberalizar el comercio para beneficio de las transnacionales y del consumidor del norte, pero el mundo desarrollado se reserva el privilegio de proteger su producción y con ello a sus trabajadores. Estas asimetrías comerciales tienen un costo muchas veces mayor para los países en desarrollo, en términos de oportunidades perdidas, que los casi 50 mil millones de dólares que reciben en cooperación al desarrollo. Tampoco hay que olvidar que las políticas publicas de los países industrializados, incluidas sus políticas internacionales, no siempre se orientan a la reducción de la pobreza en los países en desarrollo. Al hablar de proteger los bienes globales, correspondería, con justeza, evitar paralelamente los daños globales.


III. Las consecuencias del incumplimiento

Las consecuencias negativas de lo ya expuesto son el aumento de las disparidades y la pobreza, el incumplimiento de las metas acordadas y una tendencia reduccionista respecto a las aspiraciones futuras. Un ejemplo de ello quedó en evidencia en la citada Sesión Especial de Naciones Unidas sobre la Infancia, que reveló resultados preocupantes. Se constataron, afortunadamente, algunos logros, pero también se evidenciaron considerables retos pendientes. Más preocupante aún, se volvieron a establecer metas a cumplir al final de la década presente para abordar dichos retos, pero las metas acordadas fueron menos ambiciosas que las de la década anterior.

  • En el ámbito global, no se cumplió la meta de reducir en 33% la mortalidad infantil para el año 2000. Sólo se redujo un 14% y se vuelve a proponer una reducción del 33% para el año 2002.

  • Tampoco se cumplió globalmente la meta de reducir la desnutrición en  50%, sólo se redujo en   17%. Ya no se propone reducirla en un 50% en esta década, sólo se propone reducirla en 33%.

  • La meta que no tuvo ningún grado de cumplimiento fue la de reducir la mortalidad materna en un 50%. En este caso, también se ha decidido bajar las aspiraciones ya que sólo nos proponemos reducirla en un 33% durante la presente década.

  • La meta de lograr el acceso universal al agua potable, como ya hemos dicho, no se cumplió. El acceso, en el ámbito global, del 79% en 1990, sólo aumentó al 80% en el año 2000. Se ha desistido de lograr el acceso universal para el año 2010. Ahora se plantea reducir en un 33% el número de personas sin acceso.

  • La situación del saneamiento básico es similar. La cobertura incrementó desde el 55% al 60% durante la década. Ya no se busca acceso universal sino 33% de reducción de las personas sin acceso.

  • La meta de acceso universal a la educación primaria tampoco se cumplió. La cobertura se incrementó globalmente desde el 78% al 82%. La nueva meta ya no es la cobertura universal sino sólo el 90%.

Es posible que la prudencia demostrada por la comunidad internacional al comprometerse nuevamente con la niñez se deba a que hay conciencia de que el actual modelo de desarrollo no brinda los frutos que de él se esperan y si lo hace, éstos quedan en muy pocas manos. También cabe suponer que hay conciencia de la necesidad de introducir cambios sustanciales en las estructuras internacionales y nacionales para obtener mayores logros, cambios que la comunidad internacional no parece estar dispuesta a hacer.

Sin embargo, lo positivo del nuevo establecimiento de metas fue el acuerdo de metas en áreas temáticas que anteriormente no se habían incorporado, como por ejemplo:

  • Desarrollo del niño en la primera infancia;

  • Salud de los adolescentes;

  • Salud reproductiva y sexual para las personas de edad apropiada;

  • Protección en contra del abuso, la explotación y la violencia;

  • Combate del VIH/SIDA


IV. Se avanza en el cumplimiento de metas, pero aumentan las disparidades


En el trasfondo del insuficiente avance global en el cumplimiento de metas ha surgido la evidencia de una situación de extrema gravedad. La mayor parte del cumplimiento de metas se ha hecho efectivo entre los niños de los dos quintiles de ingresos superiores. Lo que quiere decir que se apuesta a las metas blandas, las que son fáciles de cumplir, y se abandonan las duras, las que involucran a los niños de los quintiles de menores ingresos. Estas últimas son difíciles de cumplir porque implicaría cambios estructurales en los países y en las relaciones internacionales, para lo que no hay ninguna disposición en esta etapa del desarrollo de la humanidad. Comprobado está que son las disparidades más que la pobreza compartida las que provocan los problemas de salud, de desarrollo, de desintegración social y de violencia, por la injusticia que eso conlleva. Por consiguiente, en un contexto de crecientes disparidades no se podrá avanzar puntualmente en algunas metas sin resolver los problemas que afectan a la sociedad entera.

Algunos ejemplos de incremento de las disparidades, pueden ayudadar a entender la gravedad de la situación expuesta:

  • Respecto a la mortalidad de menores de cinco años, a fines de los años ochenta, la disparidad entre el quintil más pobre y el más rico era mayor que dos en el 60% de los casos, y mayor que tres en el 40% de los casos. A mediados de los noventa, la disparidad había aumentando a casi tres, y sigue aumentando. Por consiguiente, aunque los datos para el año 2000 aún no están disponibles, se ha proyectado por sobre tres.

  • La mortalidad infantil disminuyó en la mayoría de los países, salvo en los africanos afectados por el VIH/SIDA. La disminución de la mortalidad se concentró en los quintiles de ingreso superior. En la mayoría de los casos, los quintiles de ingresos inferiores no mejoraron.



V. América Latina y el Caribe, la región más avanzada

Dentro del panorama global expuesto, América Latina y el Caribe  figura como la región en desarrollo más avanzada en materia de cumplimiento de metas y hay razones concretas para que así sea. En América Latina el compromiso político con la niñez es real, es más fuerte y se ha sostenido a lo largo del tiempo. Lo demuestra el hecho de que durante el transcurso de la década pasada se haya hecho, cada dos años, el seguimiento del cumplimiento de metas, culminando en la Reunión Ministerial de Kingston en el año 2000. El seguimiento constante de los avances hizo posible tomar medidas adicionales para ir contrarrestando los peores rezagos a medida que se iban detectando.

Del mismo modo, el compromiso político se refleja en el hecho de que la X Cumbre Iberoamericana, realizada en Panamá en el año 2000, y el conjunto de sus reuniones ministeriales previas, se hayan dedicado única y exclusivamente al tema de la infancia y la adolescencia. Los acuerdos de Panamá respecto a la niñez tuvieron un rápido seguimiento culminando en la XI Cumbre Iberoamericana, efectuada en 2001 en Lima, Perú, con la aprobación de una Agenda y Plan de Acción para la Infancia y la Adolescencia Iberoamericana. Tanto las resoluciones de Panamá y Lima como el Consenso de Kingston se transformaron en una utilísima herramienta de negociación en manos del Grupo de Río al momento de negociar el documento Un Mundo Apropiado para los Niños, aprobado en la Sesión Especial de Naciones Unidas sobre la Infancia.

Algunos gobiernos se han apresurado en redactar sus propios planes de acción para la infancia y la adolescencia, y los que no lo han hecho están ya en proceso o lo iniciarán próximamente. Interesante es constatar que los países de Latinoámérica y el Caribe se proponen metas más avanzadas y más realistas que otras regiones, porque son más acordes con la realidad que se vive en la región. Para dar un ejemplo, el compromiso global respecto a la educación es únicamente para con la educación primaria y, más recientemente, con la educación inicial. El Análisis de Situación de la Niñez Iberoamericana, emprendido a solicitud de la X Cumbre Iberoamericana, ha afirmado que solamente con educación primaria no se logra combatir la pobreza en la región. Por el contrario, se ha afirmado la necesidad adicional de educación secundaria completa para que los jóvenes tengan opción de salir de la pobreza y para que las sociedades puedan, efectivamente, encaminarse hacia una opción de desarrollo. Por consiguiente, se lo han planteado como una de las metas para la región. Lamentablemente, esta decisión no logró permear los compromisos globales durante la citada Sesión Especial.

Si bien esta región se destaca en materia de compromisos políticos, resta por ver si una región tan amenazada por crisis políticas y financieras podrá cumplir sus promesas y dedicarle a ello suficientes recursos. Los niños y jóvenes de la región, cuya participación activa en la Sesión Especial, en conjunto con sus homólogos del resto del mundo, fue innovadora y a la vez esperanzadora, acuñaron durante el proceso preparatorio la siguiente frase: "Las únicas promesas que sirven son las que se cumplen". Sin duda, ellos se mantendrán vigilantes.


VI. Logros regionales en materia de infancia durante la pasada década y desafíos pendientes para la década actual


Los avances en materia de infancia y adolescencia en América Latina y el Caribe se han centrado principalmente en los siguientes logros:

  • Reducción de la mortalidad infantil de 43 a 30 muertes por mil nacimientos;

  • Reducción de la mortalidad de menores de 5 años de 53 a 37 muertes por mil nacimientos;

  • Cobertura de inmunización cercana al 90%;

  • Reducción de carencia de agua potable del 31% al 16%;

  • Reducción regional de 32% en desnutrición y cercana al 50% en el cono sur;

  • Aumento de la matrícula primaria casi al 90% en la mayoría de los países y en algunos otros, aumento de la educación preescolar y secundaria.


El hecho de que estos avances hayan sido posibles, también permite afirmar que se puede seguir avanzando en otras materias pendientes como, por ejemplo, en el empleo de adultos con salarios dignos, en la erradicación del trabajo infantil, en la reducción de la mortalidad materna, en la mayor cobertura de educación preescolar, en la mejor calidad de la educación primaria, en el aumento en los años de escolaridad, y en el acceso a la vivienda, el agua potable y el saneamiento. Para lograrlo, es necesario reducir las disparidades entre los países de la región, así como también las persistentes desigualdades socioeconómicas, territoriales, étnicas y de género al interior de ellos. Lo anterior entraña aumentar significativamente los recursos que destinan los gobiernos y la ayuda internacional a la inversión social en la infancia y la adolescencia. Los nuevos recursos por año requeridos por esta inversión, que deben garantizar la cobertura universal de servicios sociales básicos, se han estimado ascienden a cerca de US $ 30 per cápita, lo que en la actualidad equivale a un aumento del gasto del orden del 8% del presupuesto público total, es decir, del 2.5% del PIB.

Sin embargo, los recursos existen. América Latina y el Caribe es una región exportadora neta de capitales por obra y gracia de la perversidad de la deuda externa y por el constante deterioro de los términos de intercambio en una región eminentemente agro-exportadora. El auge de la inversión externa no ha revertido nuestra condición, dado su carácter fundamentalmente especulativo y volátil. Es necesario mantener los recursos dentro de la región y utilizarlos bien. Para ello, se necesita establecer una agenda política, económica y social propia, y tener la fortaleza política para abandonar la agenda impuesta. Una agenda propia que deje de servir a los intereses trasnacionales y sirva a nuestros propios intereses, los intereses de nuestros hijos.

Asimismo, es necesario fortalecer la institucionalidad pública, en lugar de continuar con la obligación impuesta de debilitarla para privilegiar al sector privado, al mercado y a la sociedad civil, como lo ha estado haciendo la cooperación al desarrollo en los últimos años. Se necesita de una institucionalidad pública que garantice el cumplimiento de los derechos y que asuma una visión sistémica del desarrollo. El creciente descontento de la población con la situación actual amerita transformaciones urgentes. Sin embargo, no se puede pretender que la sociedad civil sea la que se responsabilice por el gobierno. La sociedad civil es la que elige los gobiernos y la que en definitiva decide sobre la institucionalidad. Tampoco puede ser la empresa privada y el mercado el que gobierne. La primera busca sus utilidades y el segundo ha demostrado su incapacidad para redistribuir y para garantizar justicia, especialmente si se parte de la base de las enormes disparidades ya existentes.

Por otra parte, se necesita evitar que las continuas crisis nos obliguen a dar prioridad a la emergencia por sobre el desarrollo. Ya sean las crisis financieras o los desastres provocados por fenómenos naturales que impactan a poblaciones vulnerables, obligan repetidamente a caer en el asistencialismo, paleando los peores síntomas de las crisis, y a abandonando las aspiraciones respecto al desarrollo. Tanto las crisis financieras como los desastres a causa de fenómenos naturales son evitables por la vía de la adopción de modelos de desarrollo adecuados a los propios intereses de la región. La comunidad internacional tiene la obligación de entenderlo, de reconocer su papel en ello, y de permitir la propia agenda. De lo contrario, su participación en las resoluciones que emanan de las cumbres para el desarrollo quedará en letra muerta.

A pesar de los logros indiscutibles durante la ultima década en materia de infancia, todavía queda una enorme tarea por delante. La pobreza en América Latina y el Caribe aún tiene nombre de infancia. Los menores de 18 años son desproporcionadamente pobres. En una región en la cual el 43% de su población es pobre, más del 50% de los menores de 18 son pobres, aunque sólo constituyen el 40% de la población. Ellos están excluidos de los servicios y de las oportunidades que les corresponde - realidades que perpetuarán la transmisión intergeneracional de la pobreza - porque las políticas públicas aún no están diseñadas para evitarlo.

Si bien hubo períodos de crecimiento en el pasado, las disparidades continuaban aumentando. Esto se debe entre otros factores a que existe una doble crisis: i) de ingresos en las familias; y ii) de reducción, por parte de los gobiernos, de los beneficios sociales y subsidios que otorgan a las familias más vulnerables. Las disparidades que afectan las vidas de los niños y de los adolescentes constituyen indicadores de violación de derechos. Los países que más plenamente garantizan los derechos de la infancia y la adolescencia no son necesariamente los de mayor riqueza acumulada o los que alcanzaron un ingreso por habitante más elevado, sino los que asumieron colectivamente la decisión de protegerlos.

Debido a que el acervo educacional es el principal activo de la mayoría de la población, y que éste a su vez condiciona la transmisión de las oportunidades de bienestar entre generaciones, las inversiones en educación deberían seguir teniendo una alta prioridad en las agendas de los gobiernos, dando énfasis a los aspectos de calidad y equidad, y llevando a cabo políticas tendientes a aumentar la cobertura de educación secundaria y a reducir la deserción escolar en ese ciclo.

Por razones de crisis económicas, continúan aumentando las necesidades de apoyo de los gobiernos a las familias en el cuidado infantil. Contradictoriamente, América Latina y el Caribe se caracteriza negativamente por ser una región de gasto social cíclico. Lo que quiere decir que cuando aumentan las necesidades de apoyo a las familias a consecuencia de las contracciones económicas, el gasto social público también se contrae y se entrega al mercado la responsabilidad de proveer servicios básicos fundamentales. Sin embargo, no se puede cargar a las familias en situación de pobreza el doble peso de la falta de empleo y de ingresos y al mismo tiempo el de la totalidad del cumplimiento de los derechos de sus hijos. La propia Convención sobre los Derechos del Niño así lo estipula al poner sobre el Estado la mayor responsabilidad en esta materia, e incluso al entregarle a los Estados la obligación de crear las condiciones necesarias para que las familias puedan cumplir con su parte.

Afortunadamente, a pesar de la tendencia al gasto social cíclico, ha habido un incremento del 50% en el gasto social promedio en la región durante la década pasada. Se trata de un incremento respecto a la proporción del presupuesto que se dedica a las necesidades de la población. No se trata necesariamente de un incremento del volumen del gasto social básico, dado que en varios casos los presupuestos públicos han disminuido considerablemente. Aún resta la asignatura pendiente de aumentar el volumen total de los presupuestos públicos para que el monto destinado a servicios sociales básicos sea en realidad significativo. Ardua tarea después de dos décadas de reducción de la función del Estado.

La otra buena noticia es que ha habido una leve tendencia hacia un gasto social público más redistributivo. El 20% de la población más pobre participa del 28% del gasto social público, siendo que el 20% de la población más rica sólo participa del 12 %. Habrá que buscar formas de acelerar esta tendencia al gasto redistributivo para frenar el aumento de las disparidades. Los mayores incrementos en el gasto social se han dado en educación (28%) y en salud (16%) lo que indudablemente constituyen prioridades muy acertadas. Lamentablemente, no siempre estos incrementos han sido suficientemente bien utilizados. Sin embargo, el gasto social no es el único factor de redistribución y no puede tratarse aisladamente sin vincularlo también al empleo pleno y los salarios dignos, que constituyen factores decisivos para reducir disparidades.

En materia de empleo, que es el factor que determina el gasto familiar, las noticias no son en nada alentadoras. El desempleo se incrementó durante la década pasada del 6% al 9%, y los períodos de desempleo se hicieron más prolongados, con lo que la pobreza aumentó al 44% de la población. La década estableció el récord de 211 millones de pobres, 90 millones de indigentes y un incremento mayor de hogares pobres que de individuos pobres, lo que viene a corroborar que son los niños y los adolescentes los más afectados por la pobreza. Por otra parte, continúa aumentando la informalidad del empleo. De cada 10 nuevos empleos creados en la década, siete de ellos lo fueron en el sector informal, con menores salarios, sin beneficios sociales y con mayores riesgos para la salud. Adicionalmente a la pobreza de los hogares, el desempleo y la informalización del empleo en la región han creado las condiciones que han impulsado el incremento del trabajo infantil, una de las lacras sociales que más limitan el potencial de desarrollo de los niños y que constituye, sin lugar a dudas, una de las peores tendencias de la década.

Entre las principales tareas pendientes con respecto a la infancia en América Latina y el Caribe, que no se lograrán completar a menos que se aborden las transformaciones estructurales ya señaladas, están las siguientes:

  • El virtual abandono de la niñez y la adolescencia por parte de la cooperación internacional;

  • La pobreza que afecta desproporcionadamente a niños y adolescentes;

  • Aproximadamente el 50% de los pobres e indigentes son menores de 18 años de edad.

  • La desigualdad: el 40% más pobre recibe el 10% de los ingresos y el 20 % de la población más acomodada disfruta del 61% de ellos;

  • La mortalidad infantil: aún mueren aproximadamente 500 mil niños menores de cinco años cada año. La mayoría de estás muertes son evitables;

  • La mortalidad materna: 25 mil mujeres mueren cada año debido a complicaciones con el embarazo y el parto. Muertes en su gran mayoría evitables porque son fundamentalmente causadas por pobreza y por falta de atención especializada;

  •  Disparidades en educación: dos de cada cinco niños rurales no logran completar el ciclo primario;

  • Disparidades en el acceso al agua y al saneamiento: más de la mitad de la población rural vive en viviendas sin agua potable y más del 60% sin saneamiento adecuado;

  •  Registro al nacer: un millón de niños (10% de los nacimientos) dejan de ser inscritos anualmente. La identidad y la nacionalidad es un derecho fundamental que abre las puertas al acceso a la garantía de otros derechos

  • El VIH/SIDA que mata niños o los deja en la orfandad. Se estima que hay más de 1 1/2 millón de casos.

  • El embarazo adolescente: cada año nacen 2 millones de hijos de madres adolescentes, la gran mayoría con alto riego para su supervivencia y desarrollo;

  • El trabajo infantil: se estima en 20 millones el número de niños que trabajan debido a la pobreza de su familia, a pesar de que con ello hipotecan su futuro.

  • La violencia: el 27% de las muertes por homicidio en la región ocurre en niños y adolescentes entre 10 y 19 años. Al menos seis millones de menores de 18 años son víctimas de agresión severa, y de estas, sesenta y cinco mil mueren a causa de la violencia intra-familiar. Sin embargo, se continúa señalando a los jóvenes como los causantes de la violencia porque es más fácil culparlos injustamente que resolver las causas de la violencia.



VII. El enfoque de derechos

   
A manera de conclusión es posible afirmar que los principios de universalidad, interdependencia e indivisibilidad de los derechos, así como el principio del interés superior del niño, contenidos en la Convención sobre los Derechos del Niño, obliga a plantearse la necesidad de generar procesos de cambio social, vinculando la política económica, fiscal y presupuestaria a la política social. Al promover la equidad, el enfoque de derechos transforma a la política social en un instrumento de justicia, de protección integral de la infancia, de integración social y, por consiguiente, en un instrumento de construcción de la democracia.



"Nosotros no somos la fuente de los problemas,
somos los recursos que se necesitan para resolverlos.
No representamos un gasto,
representamos una inversión.
No solamente somos gente joven,
somos personas y ciudadanos de este mundo.
Hasta que otros acepten la responsabilidad que tienen con nosotros,
seguiremos luchando por nuestros derechos.
Ustedes nos llaman el futuro,
Pero también somos el presente"

Mensaje del Foro de la Infancia,
leído ante la Sesión Especial de Naciones Unidas sobre la Infancia,
Nueva York, mayo de 2002

 


Notas

*Las opiniones contenidas en este texto son de la exclusiva responsabilidad de la autora y de ninguna manera comprometen a UNICEF.

1Realizada entre el 11 y 13 de marzo de 2002 en Montevideo, Uruguay, bajo la coordinación del SELA
y el ministerio de Relaciones Exteriores uruguayo.

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