| Titulo |
Las migraciones
internacionales
en América Latina y el Caribe
Edición Nº 65
Mayo-agosto 2002 |
| Autor |
Secretaría Permanente del SELA
Indíce |
Rasgos
sociodemográficos y económicos de la migración
internacional en ALC
Miguel Villa y Jorge Martínez Pizarro
Funcionarios del Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía (CELADE),
División de Población de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe
(CEPAL).
*Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de sus
autores y pueden no coincidir con las de la CEPAL.
Introducción: complejidades de la migración internacional
La migración internacional es uno de los procesos sociales más sostenidos a lo largo de
la historia y su vigencia realza nuevas preocupaciones no exentas de percepciones
disímiles con la realidad que se observa. Es muy importante destacar que, en el pasado,
los movimientos de personas desempeñaron un papel protagónico en las transforma ciones
de los escenarios económicos, sociales y políticos, pues complementaron la expansión
del comercio y la economía mundial, contribuyeron a crear naciones y territorios,
nutrieron la urbanización y abrieron nuevos espacios a la producción.
En la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX, el grueso de la
migración se concentró en dos grandes corrientes contrapuestas: una incluyó el libre
traslado de europeos que cumplieron un papel clave en la convergencia económica de
algunas regiones del Viejo y del Nuevo Mundo; la otra estuvo compuesta por trabajadores de
diversos orígenes, principalmente asiáticos hacia regiones tropicales, cuyo
desplazamiento,en muchos casos forzado, redundó en una ampliación de la desigualdad
socioeconómica en el ámbito internacional. Estas corrientes, promovidas por distintas
fuerzas, abrieron oportunidades, merecieron la aceptación de los países de destino y
aportaron decisivamente al cambio social y cultural (CEPAL, 2002).
En el mundo contemporáneo la migración es objeto de visiones controvertidas y muchas de
las preocupaciones que despierta se fundan en percepciones sobre los aspectos conflictivos
que entraña. Esto es especialmente válido en los países receptores, donde predominan
las inquietudes relacionadas con las distintas formas de migración irregular, las
solicitudes asilo, las posibilidades de integración de los inmigrantes y las necesidades
de regular la admisión de trabajadores; menos frecuente es el reconocimiento de la
contribución económica y cultural de los inmigrantes -como reflejo de sus capacidades
emprendedoras- o la evaluación de las consecuencias para la migración que la actual fase
de globalización trae consigo- como la profundización de las desigualdades del
desarrollo.
En cambio, en los países de origen-que en su mayoría son naciones en desarrollo- se
estima que tanto el efecto de "válvula de escape" que parece provocar la
emigración de trabajadores sobre el mercado laboral como las remesas que envían los
emigrados son elementos positivos; con todo, en estos países existe una inquietud
generalizada por la pérdida de recursos humanos calificados y, en general, por los
riesgos de vulneración de los derechos humanos de los migrantes, a menudo alimentados por
actitudes racistas y xenófobas.
Las visiones contrastadas de la migración son sólo una muestra de la singular
complejidad que adquiere el fenómeno en la actualidad. La globalización contemporánea
se distingue por el hecho de que los Estados -en aras de una mayor fluidez de los
intercambios de bienes y valores- ceden parte de su poder a entidades supranacionales y
reconocen el imperio de instrumentos universales sobre los derechos humanos, pero retienen
sus atribuciones exclusivas en materia de regulación del ingreso y permanencia de los
extranjeros en sus territorios. Ello ha llevado a que algunos autores sostengan que la
migración es la "llave" que acogota la soberanía (Sassen, 2001).
En un estudio reciente, la CEPAL postula que, lejos de una globalización de la
migración, existe en la actualidad una paradoja: la globalización excluye formalmente a
la migración internacional; en un mundo más interconectado que nunca y cuando los flujos
financieros, de información y de comercio se liberalizan, el papel de la movilidad de las
personas, en cambio, se enfrenta a fuertes barreras que la restringen, revelando que las
asimetrías de una globalización limitada involucran riesgos de profundización de las
desigualdades en los niveles de desarrollo (CEPAL, 2002).1 La persistencia
de estas barreras -relacionadas con las prácticas de resguardo de las fronteras y que
incluso operan entre países signatarios de acuerdos de libre comercio- redunda en la
proliferación de situaciones de indocumentación y de los comportamientos delictuales
inherentes al tráfico de personas; para muchos migrantes estas situaciones se traducen en
la desprotección y la vulnerabilidad.
Teóricamente, la migración internacional constituye un componente fundamental de los
procesos de integración profunda entre las naciones que, por definición, exigen la
remoción de barreras; sin embargo, la movilidad de la población no tiene un
reconocimiento explícito en la mayoría de los esquemas de integración vigentes. Esta
exclusión se hace manifiesta en los acuerdos que establecen áreas preferenciales de
mercado, pues en ellos se asume que los flujos de comercio son competitivos o sustitutivos
con los de trabajadores. Sólo en la medida en que la integración comprenda componentes
políticos y sociales, que den lugar a la estructuración de espacios comunitarios -cuyo
ejemplo más nítido es el de la Unión Europea-, será posible garantizar reglas del
juego comunes para el desplazamiento de las personas (Di Filippo, 2000; Hovy y Zlotnik,
1995; Martínez, 2000a).
I. La migración internacional en América Latina y el Caribe
La multiplicidad de aspectos relevantes de la migración internacional impide examinar con
igual sustento cada uno de ellos. Como señala Izquierdo (1996), en el entendimiento de
este fenómeno las imágenes han influido más que mil palabras, incluso aplastando las
evidencias. De allí que sea conveniente intentar el trazado de un "mapa" de
orientación general basado en los antecedentes empíricos sobre las principales
tendencias y patrones que se observan en la región.
1. Grandes tendencias
América Latina y el Caribe, una región de tradicional atracción migratoria, se
transformó en fuente de emigración a lo largo de los últimos decenios y la geografía
de destinos de los flujos se ha ido ensanchando de manera progresiva. Se estima que casi
20 millones de latinoamericanos y caribeños viven fuera de su país de nacimiento; esta
cifra equivale a poco más del 13% de los 150 millones de migrantes internacionales en el
mundo (IOM-United Nations, 2000).2 La mitad de los emigrantes regionales emigró durante el decenio de 1990, en
especial a los Estados Unidos; en el mismo lapso emergieron nuevos flujos -de magnitud
menor, pero con una expansión sin precedentes- dirigidos a Europa. La migración
intrarregional, que acompañó las distintas etapas del desarrollo de los países de
América Latina y el Caribe, mantiene algunos de sus rasgos tradicionales, pero registra
una menor intensidad, asociada en parte a la retracción del carácter atractivo de los
principales países de destino (Argentina y Venezuela) (CEPAL, 2002).
Con arreglo a los límites que la información disponible impone al conocimiento
actualizado de la migración, es posible sostener que tres grandes patrones migratorios
dominaron el mapa regional en la segunda mitad del siglo XX (Villa y Martínez, 2000 y
2001). El primero de ellos corresponde a la inmigración de ultramar, originada
principalmente en el Viejo Mundo. El segundo, cuya persistencia está profundamente
anclada en la historia y antecede a la instalación de fronteras, resulta del intercambio
de población entre los propios países de la región. Finalmente, el tercer patrón
discernible es el de la emigración hacia el exterior de América Latina y el Caribe, cuya
creciente intensidad muestra señales de expulsión. Si bien los tres patrones coexisten,
la importancia cuantitativa de cada uno de ellos ha ido cambiando con el curso del tiempo.
2. Una región con un pasado de inmigración
Entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX la inmigración de ultramar fue
intensa en varios países, aunque fluctuante en el tiempo, y ejerció una decisiva
incidencia -cuantitativa y cualitativa- en la configuración de las sociedades nacionales,
especialmente en las naciones de la vertiente atlántica, que poseían condiciones
favorables para la inserción social y económica de personas migrantes, en su mayoría
provenientes del sur de Europa y en menor medida del Cercano Oriente y Asia.
En particular, la inmigración europea se manifestó con singular fuerza en las zonas más
integradas a los circuitos económicos internacionales que -amén de disponer de
"espacios vacíos"-experimentaron un rápido proceso de modernización
productiva; esta expansión económica conllevó la generación de empleos con salarios
superiores a los imperantes en los países de Europa meridional, hecho que contribuyó
tanto a incentivar la atracción migratoria como a facilitar una rápida movilidad social
ascendente.
De los 11 millones de europeos, 38% de ellos eran italianos, 28% españoles y 11%
portugueses, arribados a la región en el período mencionado, la mitad se asentó en
Argentina y más de un tercio en Brasil (Pellegrino, 2001).
Durante los decenios posteriores a la segunda guerra mundial, Europa fue escenario de una
vigorosa transformación económica, que comenzó en las naciones del norte y occidente
para extenderse después, al amparo de los mecanismos y canales de integración, a los
países del sur del continente; ello contribuyó a afianzar la retención de población en
su origen. De modo concomitante se fue ensanchando la distancia entre el grado de
desarrollo socioeconómico de las naciones europeas y el de los países de América Latina
y el Caribe. Ambos factores redundaron en una disminución sustancial de las corrientes
migratorias a esta región y sirvieron de estímulo a la migración de retorno al viejo
continente. La no renovación de los flujos conllevó un sostenido envejecimiento del
stock inmigratorio europeo; en estas condiciones, la mortalidad (aunada a la migración de
retorno) incidió en una merma progresiva de aquel stock: el total de inmigrantes de
ultramar censados en los países de la región disminuyó de casi cuatro millones de
personas en 1970 a menos de dos y medio millones en 1990.
Si bien la inmigración originada fuera de la región no cesó totalmente, pues todavía
se registran flujos menores, procedentes principalmente de Asia, es manifiesta la declina
ción de su intensidad en los últimos decenios: la proporción de personas de origen
extrarregional dentro del stock de inmigrantes censados en los países latinoamericanos
bajó de algo más de las tres cuartas partes del total en 1970 a poco más de la mitad en
1990 (gráfico Nº 1). Esta evolución indica que el tradicional carácter atractivo de
América Latina para la población de otras regiones mostró claros signos de agotamiento
en el último tercio del siglo XX. Con todo, cabe reiterar que el grueso de esta
atracción se circunscribió a algunos países de la región, y así lo muestra el hecho
de que Argentina, Brasil y Venezuela concentraban el 80% del stock de inmigrantes
extrarregionales censados alrededor de 1990; ello no impide reconocer la presencia de un
número importante de estos inmigrantes en otros países, especialmente Uruguay, Cuba,
Chile y México.3

Fuente: Proyecto IMILA del CELADE.
3. El nutrido intercambio de población entre los países de la región
Los desplazamientos humanos a través de las fronteras nacionales están enraizados en la
historia social y económica de los territorios de América Latina y el Caribe.
Facilitados por la vecindad geográfica y la proximidad cultural, hasta comienzos de los
años noventa, estos desplazamientos encontraban su destino principal en países con
estructuras productivas más favorables para la generación de empleos y que se
distinguían por mayores grados de equidad social. Además de responder a factores
estructurales, la evolución de este patrón migratorio ha sido sensible a las coyunturas
de expansión o retracción económica y a las contingencias de tipo sociopolítico
(Pellegrino, 2001 y 1995); en particular, las rupturas y el restablecimiento de las formas
democráticas de gobierno han repercutido en oleadas de exiliados y
"retornantes" entre naciones vecinas.
La merma de los flujos provenientes desde fuera de la región, el incremento de la
denominada migración fronteriza y los esfuerzos de integración económica contribuyeron
al creciente interés por el estudio de los movimientos migratorios intrarregionales;
algunos de estos movimientos, estrechamente asociados con la articulación de los mercados
laborales entre países vecinos, configuran virtuales extensiones de la migración
intranacional.
Durante el decenio de 1970 hubo un gran aumento de la migración intralatinoamericana;
junto a la persistencia de los factores estructurales, las alteraciones sociopolíticas
llevaron a que el número de migrantes se duplicara (gráfico Nº 1), para llegar en 1980
a casi dos millones de personas. En cambio, en los años ochenta, y tanto a raíz del
impacto de la crisis económica y los subsecuentes programas de reforma estructural,que se
hicieron sentir con especial fuerza en las principales naciones de destino, como del
restablecimiento de las normas de convivencia civil en varios países, el crecimiento del
stock de estos migrantes fue más modesto, ya que el total acumulado sólo aumentó a 2.2
millones de personas.
Si bien ello sugiere una relativa estabilización del número absoluto de migrantes
intralatinoamericanos, los traslados siguieron produciéndose, esta vez con una mayor
incidencia de la migración de retorno; además, es probable que parte de la migración
tradicional fuera reemplazada por formas reversibles de movilidad, desplazamientos de
duración variable que no involucran el traslado de la residencia,, como fruto de la
ampliación de los espacios de vida de una fracción creciente de la población, fenómeno
consonante con los nuevos modelos de estructuración territorial de las economías de la
región y con los mecanismos de flexibilización laboral.
No obstante los cambios del contexto socioeconómico y político, los orígenes y destinos
de las corrientes migratorias dentro de América Latina no se alteraron mayormente entre
1970 y 1990; ello se traduce en una aparente consolidación del mapa migratorio regional.
Así, casi dos tercios de los latinoamericanos que en 1990 residían en países de la
región distintos al de nacimiento se concentraban en Argentina y Venezuela. Argentina ha
sido el destino tradicional de numerosos contingentes de paraguayos, chilenos, bolivianos
y uruguayos; atraídos por las posibilidades de trabajo en la agricultura, la manufactura,
la construcción y los servicios, estos inmigrantes se hicieron más notorios a medida que
fue disminuyendo la inmigración europea.
En Venezuela, bajo el alero de una economía incentivada por la bonanza petrolera, la
principal afluencia de migrantes en el decenio de 1970 fue la de colombianos, seguida por
la de personas del cono sur del continente forzadas a dejar sus países de origen. A lo
largo de la llamada "década perdida" de 1980, Argentina y Venezuela
experimentaron una ostensible declinación de la intensidad de la inmigración: los datos
censales de la ronda de 1990 revelan una disminución del stock total de inmigrantes en
ambos países; sin embargo, un ejercicio de estimación indirecta permite apreciar que en
esos años los dos siguieron recibiendo una no despreciable inmigración neta desde los
países aledaños.4
En igual lapso, algunas naciones tradicionalmente emisoras de población registraron una
importante migración de retorno: la expansión económica de Paraguay en el decenio de
1970, a raíz de la ejecución de grandes obras hidroeléctricas y de un intenso proceso
colonizador, alentó el regreso de emigrantes nacionales desde Argentina y la inmigración
desde los países vecinos, especialmente Brasil; desde mediados de los años noventa,
junto a la migración de retorno, Chile recibió una apreciable inmigración de personas
originarias de otros países de América Latina, en particular de Perú (CEDLA y otros,
2000; Martínez, 1997), Argentina y Ecuador. Los efectos de las crisis económicas de los
últimos años -es decir, una eventual alteración del mapa migratorio intrarregional-
sólo podrán evaluarse una vez que se disponga de los resultados definitivos de los
censos de la ronda de 2000.
En Centroamérica, las graves alteraciones sociopolíticas de los decenios de 1970 y 1980
-aunadas a las históricas insuficiencias estructurales en materia de desarrollo- dieron
lugar a fuertes desplazamientos fuera de las fronteras nacionales. A raíz de ello, el
stock de inmigrantes nicaragüenses y salvadoreños aumentó considerablemente en Costa
Rica entre 1973 y 1984; esta tendencia persistió en los años siguientes: el censo
costarricense de 2000 arroja un total de 300 mil inmigrantes -que equivalen al 8% de la
población del país-, más de un 75% de ellos son nicaragüenses, cuyo número se
quintuplicó en sólo dieciséis años (INEC, 2001).
México fue también un importante receptor de centroamericanos, procedentes especialmente
de Guatemala y El Salvador; algo similar -con cifras menores pero con efectos de gran
trascendencia demográfica, económica, social y cultural- puede decirse respecto de
Belice. Con todo, los acuerdos de paz suscritos por los principales actores sociales de
los países centroamericanos parecen haber contribuido a la reinserción de grupos de
personas exiliadas y refugiadas en México: los datos del censo mexicano de 2000 indican
una sustancial disminución del número de guatemaltecos. La repatriación no estuvo
exenta de dificultades, pues en muchos casos ocurrió en forma precipitada y algunas
poblaciones no pudieron reasentarse en sus lugares de origen (Castillo, 1999).
Los movimientos en tránsito por México, Belice y Guatemala, y cuyo destino ulterior es
los Estados Unidos, son otra faceta de la migración centroamericana. Más allá de la
migración convencional, la movilidad temporal de mano de obra, frecuentemente ligada a la
estacionalidad agrícola, tiene gran importancia y larga tradición en estos países, como
lo pone de manifiesto el flujo de trabajadores guatemaltecos que se desplazan
periódicamente a la región de Soconusco, en el estado mexicano de Chiapas (Castillo,
1990).
En el conjunto de la emigración intrarregional latinoamericana alrededor de 1990, los
colombianos registraron la mayor magnitud absoluta: algo más de 600 mil fueron
empadronados en los censos de otros países latinoamericanos (90% en Venezuela). Los
emigrantes chilenos y paraguayos, con totales cercanos a las 280 mil personas (tres
cuartas partes censadas en Argentina), compartían el segundo lugar entre los emigrantes
intralatinoamericanos. No obstante su magnitud absoluta, estas cifras representaban -salvo
en Paraguay- menos del 3% de las poblaciones de los respectivos países de origen;
mención aparte merece la emigración uruguaya -principalmente a Argentina-, que a
comienzos del decenio de 1970 alcanzó una intensidad similar a la de la mortalidad en el
país de origen (Fortuna y Niedworok, 1985). En Centroamérica, la emigración
intrarregional tiene gran significación en los casos de Nicaragua, El Salvador y
Guatemala.
La migración entre los países de la Comunidad del Caribe anglófono muestra un sello
peculiar, ya que la intensa circulación de personas -favorecida por las condiciones
geográficas- se compone de una proporción relativamente reducida de traslados de
residencia y de otra mayor de movimientos de tipo recurrente (Simmons y Guengant, 1992),
algunos de corta duración (que conllevan el retorno a los países de origen) y otros se
realizan por etapas, con estaciones de parada antes de emprender el traslado a un destino
fuera de la subregión.5
Estudios recientes sugieren que la migración dentro de la Comunidad está alcanzando un
nuevo umbral de dinamismo, vinculado con la elevación de los niveles de vida y el aumento
de la demanda de fuerza de trabajo -propiciada, en parte, por la gran expansión de las
actividades turísticas- en algunos países y con las menores oportunidades de empleo en
otros; se estima que más de la mitad de la inmigración registrada en 1991 procedía de
la misma subregión y su monto equivalía a casi el 4% del total de la población
comunitaria (Mills, 1997). La situación descrita mostraba grandes variaciones entre los
países caribeños en 1991.
En Trinidad y Tobago, Islas Vírgenes de los Estados Unidos y Barbados, tres de las cinco
naciones con mayores stocks inmigratorios, predominaban los inmigrantes de la subregión,
con una incidencia particularmente elevada en las Islas Vírgenes de los Estados Unidos
-donde representaban un tercio de la población total-; en cambio, en Jamaica y Bahamas
¾los dos países restantes del grupo con mayores stocks¾ los inmigrantes originarios del
exterior de la subregión eran una clara mayoría (gráfico Nº 2).
A su vez, la mayor parte de los emigrantes de Granada, San Vicente y las Granadinas y
Guyana se dirigía al resto de la subregión -preferentemente a Trinidad y Tobago-; ellos
equivalían, en los dos primeros países, a casi un quinto de las respectivas poblaciones
nativas. Estos antecedentes ponen de relieve la enorme repercusión de la migración
intrarregional sobre la dinámica demográfica de los países de la Comunidad del Caribe
(Thomas-Hope, 2000).
En el Caribe no anglófono, una de las corrientes más sostenidas en el tiempo es la de
haitianos a República Dominicana; si bien se sabe de períodos de tensión, la línea
demarcatoria entre ambos países no parece haber representado un mayor obstáculo para
estos desplazamientos. Hasta mediados del siglo XX se registraban importantes flujos de
población que se dirigían principalmente desde el noroeste de Haití, densamente poblado
y con una deteriorada base de recursos, a zonas situadas más allá del límite
internacional, cuyo mayor potencial productivo dejaba la imagen de una frontera agrícola.
Gradualmente, estos flujos se fueron convirtiendo en traslados estacionales, con una
temporalidad vinculada a la dinámica de las cosechas en las regiones del norte y oeste de
República Dominicana (Pellegrino, 2000).

Fuente: Mills (1997).
4. Latinoamericanos y
caribeños fuera de su región
En los últimos decenios, a la par que mermaba la inmigración de ultramar y se
estabilizaba el patrón intrarregional, la emigración hacia el exterior de la región
adquirió un papel protagónico. Si bien el destino de esta emigración es diverso -ya que
se advierte una creciente presencia de latinoamericanos y caribeños en países de Europa
(principalmente en el Reino Unido, Países Bajos España e Italia) y Asia (básicamente
Japón) y en Australia-, la gran mayoría se dirige a los Estados Unidos y, en menor
medida, a Canadá.
Si bien la emigración de nativos de la región a los Estados Unidos, nutrida
especialmente por mexicanos y caribeños, es un fenómeno de larga data, con fluctuaciones
asociadas tanto a las coyunturas económicas y sociopolíticas como a los cambios en la
legislación migratoria estadounidense, en años recientes se incrementó
considerablemente. De allí que la migración originada en América Latina y el Caribe sea
vista como un fenómeno social muy relevante para los Estados Unidos; más aun, el debate
sobre sus repercusiones se ha convertido en un asunto de primer orden en sus relaciones
con los países de la región (CEPAL, 2002). Dicha migración contribuye al incremento de
la población que se autoidentifica "latina" o "hispana", y que según
el censo estadounidense de 2000 asciende a 35.3 millones de personas; este conjunto de
inmigrantes y nativos constituye la primera minoría étnica en el país (Grieco y
Cassidy, 2001).
En el período intercensal 1980-1990, el número de latinoamericanos y caribeños censados
en los Estados Unidos se duplicó, alcanzando un total de casi 8.4 millones de personas,
que representaban un 43% del total de la población extranjera presente en aquel país en
1990.6 Este aumento fue acompañado
de una creciente diversificación de los países de origen, puesta de manifiesto por las
corrientes procedentes de América Central y Suramérica (gráfico Nº 3 y cuadro 1).

Fuente: Proyecto
IMILA del CELADE. La información del año 2000 corresponde a la Encuesta Continua
de Población.
Cuadro 1
ESTADOS UNIDOS: POBLACIÓN NACIDA EN PAÍSES DE AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE
CENSADA EN 1970, 1980 y 1990
| Región y país de nacimiento |
1970 |
1980 |
1990 |
Tasa
anual de crecimiento intercensal (%) |
| Población |
Distribución relativa % |
Población |
Distribución relativa % |
Población |
Distribución
relativa % |
1970-1980 |
1980-1990 |
| TOTAL REGIÓN |
1.725.408 |
100.0 |
4.383.000 |
100,0 |
8.370.802 |
100,0 |
8,7 |
6,3 |
| |
|
|
|
|
|
|
|
|
| AMÉRICA LATINA |
1.636.159 |
94,8 |
3.893.746 |
88,8 |
7.573.843 |
90,5 |
8,2 |
6,4 |
| |
|
|
|
|
|
|
|
|
| AMÉRICA DEL SUR |
234.233 |
13,6 |
493.950 |
11,3 |
8.716,78 |
10,4 |
7,1 |
5,5 |
| Argentina |
44,803 |
2,6 |
6.8887 |
1,6 |
77.986 |
0,9 |
4,2 |
1,2 |
| Bolivia |
6.872 |
0,4 |
14.468 |
0,3 |
29.043 |
0,3 |
7,1 |
6,7 |
| Brasil |
27.069 |
1,6 |
40.919 |
0,9 |
82.489 |
1,0 |
4,1 |
6,7 |
| Colombia |
63.538 |
3,7 |
143.508 |
3,3 |
286.124 |
3,4 |
7,7 |
6,6 |
| Chile |
15.393 |
0,9 |
35.127 |
0,8 |
50.322 |
0,6 |
7,8 |
3,6 |
| Ecuador |
36.663 |
2,1 |
86.128 |
2,0 |
143.314 |
1,7 |
8,1 |
5,0 |
| Paraguay |
1.792 |
0,1 |
2.858 |
0,1 |
4.776 |
0,1 |
4,6 |
5,0 |
| Perú |
21.663 |
1,3 |
55.496 |
1,3 |
144.199 |
1,7 |
8,8 |
8,9 |
| Uruguay |
5.092 |
0,3 |
13.278 |
0,3 |
182.11 |
0,2 |
8,9 |
3,1 |
| Venezuela |
11.348 |
0,7 |
33.281 |
0,8 |
352.14 |
0,4 |
9,8 |
0,6 |
| |
|
|
|
|
|
|
|
|
| MESOAMÉRICA |
873.624 |
50,6 |
2.530.440 |
57,7 |
5.391.943 |
64,4 |
9,7 |
7,2 |
| Costa Rica |
16.691 |
1,0 |
29.639 |
0,7 |
39.438 |
0,5 |
5,6 |
2,8 |
| El Salvador |
1.5717 |
0,9 |
94.447 |
2,2 |
465.433 |
5,6 |
14,3 |
13,3 |
| Guatemala |
17.356 |
1,0 |
63.073 |
1,4 |
225.739 |
2,7 |
11,4 |
11,3 |
| Honduras |
27.978 |
1,6 |
39.154 |
0,9 |
108.923 |
1,3 |
3,3 |
9,4 |
| México |
759.711 |
44,4 |
2.199.221 |
50,2 |
4.298.014 |
51,3 |
9,7 |
6,5 |
| Nicaragua |
161.25 |
0,9 |
44.166 |
1,0 |
168.659 |
2,0 |
9,3 |
11,7 |
| Panamá |
20.046 |
1,2 |
60.740 |
1,4 |
85737 |
1,0 |
10,1 |
3,4 |
| |
|
|
|
|
|
|
|
|
| CARIBE Y OTROS |
617.551 |
35,8 |
1.358.610 |
31,0 |
2.107.181 |
25,2 |
7,5 |
4,3 |
| Cuba |
439.048 |
25,4 |
607.814 |
13,9 |
736.971 |
8,8 |
3,2 |
1,9 |
| Barbados |
- |
- |
26.847 |
0,6 |
43.015 |
0,5 |
|
4,6 |
| Guyana |
- |
- |
48.608 |
1,1 |
120.698 |
1,4 |
|
8,5 |
| Haití |
28.026 |
1,6 |
92.395 |
2,1 |
225.393 |
2,7 |
10,7 |
8,4 |
| Jamaica |
68.576 |
4,0 |
196.811 |
4,5 |
334.140 |
4,0 |
9,7 |
5,2 |
| Rep. Dominicana |
61.228 |
3,5 |
169.147 |
3,9 |
347.858 |
4,2 |
9,4 |
6,9 |
| Trinidad y Tobago |
20.673 |
1,2 |
65.907 |
1,5 |
115.710 |
1,4 |
10,4 |
5,5 |
| Otros |
20.673 |
1,2 |
65.907 |
1,5 |
115.710 |
1,4 |
10,4 |
5,5 |
| Otros |
- |
- |
151.081 |
3,4 |
183.396 |
2,2 |
|
1,9 |
Fuente: Proyecto IMILA de
CELADE
Así, algo más de la mitad de ese total procedía de México y una cuarta parte del
Caribe (principalmente, de Cuba, Jamaica y República Dominicana); el cuarto restante se
distribuía en proporciones parecidas entre centroamericanos y sudamericanos No obstante
el predominio de los mexicanos-los 4 millones censados en 1990 duplicaron el número
registrado en 1980-, el stock de inmigrantes que exhibió la mayor tasa de crecimiento en
los años ochenta fue el de los salvadoreños (470 mil personas en 1990), que
quintuplicaron el número registrado diez años antes. En el mismo decenio, los
nicaragüenses y guatemaltecos más que se triplicaron, los hondureños, peruanos y
guyaneses se multiplicaron por un factor de 2.8 y los haitianos, bolivianos y paraguayos
se duplicaron. Si bien el aumento de cubanos fue pequeño, con casi 740 mil personas
constituían el segundo grupo entre los oriundos de América Latina y el Caribe y
presentaban la más alta proporción de nacionalizados en los Estados Unidos.
La información proporcionada por la Encuesta Continua de Población (Current Population
Survey) de los Estados Unidos -fuente sujeta a errores muestrales y a la que se acude en
subsidio de los datos aún no disponibles del censo de 2000- indica que el total de
inmigrantes latinoamericanos y caribeños ascendió a 13.1 millones de personas en 1997 y
a 14.5 millones en 2000. Estas cifras equivalen a poco más de la mitad del stock total de
inmigrantes en ese país e implican que los originados en la región se incrementaron en
un 57% entre 1990 y 1997 (Schmidley y Gibson, 1999) y en un 73% entre 1990 y 2000
(Lollock, 2001). Según esta fuente, los mexicanos, con casi 8 millones de efectivos,
representaban el 54% de los inmigrantes latinoamericanos y caribeños presentes en los
Estados Unidos en 2000; les seguían en importancia relativa los cubanos, dominicanos y
salvadoreños, con guarismos menores al millón de personas en cada caso (www.census.gov).
Como contrapartida de este aumento de la emigración de latinoamericanos y caribeños a
los Estados Unidos, en algunos países de la región se observan indicios de una creciente
migración de retorno; por ejemplo, el stock de nacidos en el exterior contabilizado por
el censo de 2000 en México se elevó a 520 mil personas -un 50% más que en 1990-, en su
mayoría menores de 20 años y nacidas en los Estados Unidos.
¿Cuál es la magnitud de los inmigrantes regionales indocumentados en los Estados Unidos?
La falta de datos apropiados hace de la cuantificación del fenómeno un motivo de
especulación; sin embargo, los antecedentes recabados por el Immigration and
Naturalization Service permiten estimar que casi un quinto de la población extranjera
presente (unos cinco millones de personas) en 1996 era inmigrante indocumentada y que los
mexicanos constituían el 54% del total, seguidos de salvadoreños y guatemaltecos (con
proporciones inferiores al 10% en cada caso) (INS, 2000).
Aunque la insuficiencia de información impide trazar un panorama nítido, es probable que
la magnitud de la emigración de latinoamericanos y caribeños a destinos extrarregionales
distintos de los Estados Unidos haya alcanzado a poco más de 2 millones de personas en el
año 2000 (cuadro A.2). Entre esos destinos se destaca Canadá, donde el número de
inmigrantes oriundos de la región aumentó de poco más de 320 mil personas en 1986 a
casi 525 mil en 1996; si bien los caribeños (principalmente jamaiquinos, guyaneses,
trinitarios y haitianos) componían la mitad de tal monto, los centroamericanos (en su
mayoría salvadoreños) experimentaron un mayor crecimiento en ese decenio, pues su
número pasó de menos de 19 mil en 1986 a casi 70 mil en 1996. Varios países europeos
albergan población oriunda de América Latina y el Caribe; las mayores concentraciones se
registran en el Reino Unido, Países Bajos, España e Italia.
La presencia de personas nacidas en la Comunidad del Caribe es muy importante en el Reino
Unido, aunque su número disminuyó de 625 mil personas en 1980 a menos de 500 mil en 1991
(datos de OPCS Labour Force Surveys and Census, citados por Thomas-HopHope, 2000).7 En los Países
Bajos se estima que los inmigrantes originarios de la región ascendían a 150 mil
personas en 2000; la gran mayoría de ellos procedía de Antillas Neerlandesas (www.statline.cbs.nl ).
España, en cambio, reúne fundamentalmente población nacida en los países
latinoamericanos; su magnitud se incrementó de 50 mil personas en 1981 (Palazón, 1996) a
más de 150 mil en 2000 (estimación basada en datos de la reciente regularización
migratoria efectuada en España, www.mir.es). 8
Asimismo, la gran mayoría de las 116 mil personas provenientes de la región y presentes
en Italia en 2000 eran oriundos de los países de América Latina (www.istat.it).9 En ese mismo
año poco más de 70 mil latinoamericanos y caribeños fueron empadronados en Australia y
un número similar en Israel: en el primero de estos países predominaban los chilenos (www.immi.gov.au) y en el segundo, los
argentinos (www.cbs.gov.il).
Por último, según información proporcionada por la Oficina de Inmigración del
Ministerio de Justicia de Japón (http://jim.jcic.or.jap/stat/stats/21MIG22.html),
más de 300 mil de los no nativos residentes en 2000 eran latinoamericanos; los
brasileños constituían más del 80% de ese total y los peruanos un 14%.
El examen de la emigración regional hacia una gama tan amplia de destinos exige tener en
cuenta que, además del impulso generado por las redes de migrantes que comenzaron a
operar desde los años setenta en varios países de Europa, su incremento se vio
facilitado por el flujo de retorno de antiguos inmigrantes de ultramar y el de aquellos
que obtuvieron el reconocimiento de su derecho de ciudadanía en el país de origen de sus
parientes y antepasados (retorno diferido). De igual modo, es muy probable que gran parte
de las personas nacidas en Brasil y Perú que se encuentran en Japón sean descendientes
de inmigrantes japoneses (nisei) llegados a esos países en decenios pasados.
Desde un punto de vista estrictamente demográfico, es posible sostener que la evolución
del patrón migratorio extrarregional revela que la región se ha convertido en expulsora
neta de población. Con todo, esta afirmación tiene un alcance limitado, pues si bien la
mayoría de los países registra un saldo migratorio negativo, y en varios, en especial El
Salvador, Guatemala y Nicaragua, se elevó considerablemente a contar de los años
setenta, las estimaciones para la región en su conjunto indican magnitudes relativas
menores (Villa y Martínez, 2001). Así, en el decenio de 1980, la tasa media anual de
migración neta (negativa) de América Latina fue de sólo casi dos por mil; las
proyecciones nacionales de población asumen que esa tasa se redujo gradualmente, llegando
a un valor (negativo) cercano a uno por mil en el segundo quinquenio de los años noventa
(CELADE, 1998).10
Notas
1La libre movilidad de las personas entre países
se circunscribe a una de las regiones del mundo (la Unión Europea); también es objeto de
negociaciones caso a caso en el marco de acuerdos internacionales vinculados con
movimientos temporales de personas que reúnen las calificaciones requeridas directamente
para actividades económicas (o relacionadas con los negocios o el suministro de
servicios) específicas (CEPAL, 2002).
2. Estas estimaciones no contabilizan una cantidad
indeterminada de personas que migra y trabaja en condición irregular o indocumentada ni a
quienes se desplazan por períodos breves de tiempo o participan de movimientos circulares
o de retorno (CEPAL, 2002).
3. En el Caribe no hispano parlante se registran inmigrantes de
las antiguas potencias coloniales (Reino Unido, Francia y Países Bajos) y de India.
4. Mediante el uso de relaciones de supervivencia intercensales
por sexo y edad, para el período 1980-1990, se obtuvo un saldo inmigratorio neto de 147
mil y 60 mil en Argentina y Venezuela, respectivamente.
5. Un ejemplo de esta situación es el de las Bahamas que,
además de recibir un importante contingente de inmigrantes con fines de residencia, es el
destino transitorio de un gran número de personas provenientes del resto del ámbito
caribeño, en particular haitianos.
6. El fuerte ritmo de aumento del
stock de latinoamericanos y caribeños en los Estados Unidos en el decenio de 1980 se vio
influido por la amnistía concedida por la Ley de Control y Reforma Migratoria adoptada
por ese país en 1986.
7. La corriente de caribeños al Reino Unido fue muy intensa
hasta 1962, año en que este país decidió terminar su política de libre admisión de
los ciudadanos de la Comunidad del Caribe.
8. Los ecuatorianos (29 mil), peruanos (28 mil), dominicanos
(27 mil), colombianos (25 mil), argentinos (19 mil) y cubanos (17 mil) conformaban el
grueso de este último conjunto (www.elpais.es).
9. Los peruanos (33 mil), brasileños (19 mil) y ecuatorianos
(10 mil) constituían los grupos más numerosos.
10. Las tasas mencionadas son inferiores a un décimo de la de
crecimiento natural de la población regional y equivalen a una pérdida neta anual media
de 560 mil efectivos en el período 1980-1995 (CELADE, 1998).
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