Titulo Las migraciones internacionales
en América Latina y el Caribe

Edición Nº 65
Mayo-agosto 2002

 

Autor Secretaría Permanente del SELA 

                                                                                                         Indíce

Rasgos sociodemográficos y económicos de la migración
internacional en ALC


Miguel Villa y Jorge Martínez Pizarro

Funcionarios del Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía (CELADE),
División de Población de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).

*Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de sus autores y pueden no coincidir con las de la CEPAL.


Introducción: complejidades de la migración internacional

La migración internacional es uno de los procesos sociales más sostenidos a lo largo de la historia y su vigencia realza nuevas preocupaciones no exentas de percepciones disímiles con la realidad que se observa. Es muy importante destacar que, en el pasado, los movimientos de personas desempeñaron un papel protagónico en las transforma ciones de los escenarios económicos, sociales y políticos, pues complementaron la expansión del comercio y la economía mundial, contribuyeron a crear naciones y territorios, nutrieron la urbanización y abrieron nuevos espacios a la producción.

En la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX, el grueso de la migración se concentró en dos grandes corrientes contrapuestas: una incluyó el libre traslado de europeos que cumplieron un papel clave en la convergencia económica de algunas regiones del Viejo y del Nuevo Mundo; la otra estuvo compuesta por trabajadores de diversos orígenes, principalmente asiáticos hacia regiones tropicales, cuyo desplazamiento,en muchos casos forzado, redundó en una ampliación de la desigualdad socioeconómica en el ámbito internacional. Estas corrientes, promovidas por distintas fuerzas, abrieron oportunidades, merecieron la aceptación de los países de destino y aportaron decisivamente al cambio social y cultural (CEPAL, 2002).

En el mundo contemporáneo la migración es objeto de visiones controvertidas y muchas de las preocupaciones que despierta se fundan en percepciones sobre los aspectos conflictivos que entraña. Esto es especialmente válido en los países receptores, donde predominan las inquietudes relacionadas con las distintas formas de migración irregular, las solicitudes asilo, las posibilidades de integración de los inmigrantes y las necesidades de regular la admisión de trabajadores; menos frecuente es el reconocimiento de la contribución económica y cultural de los inmigrantes -como reflejo de sus capacidades emprendedoras- o la evaluación de las consecuencias para la migración que la actual fase de globalización trae consigo- como la profundización de las desigualdades del desarrollo.

En cambio, en los países de origen-que en su mayoría son naciones en desarrollo- se estima que tanto el efecto de "válvula de escape" que parece provocar la emigración de trabajadores sobre el mercado laboral como las remesas que envían los emigrados son elementos positivos; con todo, en estos países existe una inquietud generalizada por la pérdida de recursos humanos calificados y, en general, por los riesgos de vulneración de los derechos humanos de los migrantes, a menudo alimentados por actitudes racistas y xenófobas.

Las visiones contrastadas de la migración son sólo una muestra de la singular complejidad que adquiere el fenómeno en la actualidad. La globalización contemporánea se distingue por el hecho de que los Estados -en aras de una mayor fluidez de los intercambios de bienes y valores- ceden parte de su poder a entidades supranacionales y reconocen el imperio de instrumentos universales sobre los derechos humanos, pero retienen sus atribuciones exclusivas en materia de regulación del ingreso y permanencia de los extranjeros en sus territorios. Ello ha llevado a que algunos autores sostengan que la migración es la "llave" que acogota la soberanía (Sassen, 2001).

En un estudio reciente, la CEPAL postula que, lejos de una globalización de la migración, existe en la actualidad una paradoja: la globalización excluye formalmente a la migración internacional; en un mundo más interconectado que nunca y cuando los flujos financieros, de información y de comercio se liberalizan, el papel de la movilidad de las personas, en cambio, se enfrenta a fuertes barreras que la restringen, revelando que las asimetrías de una globalización limitada involucran riesgos de profundización de las desigualdades en los niveles de desarrollo (CEPAL, 2002).1 La persistencia de estas barreras -relacionadas con las prácticas de resguardo de las fronteras y que incluso operan entre países signatarios de acuerdos de libre comercio- redunda en la proliferación de situaciones de indocumentación y de los comportamientos delictuales inherentes al tráfico de personas; para muchos migrantes estas situaciones se traducen en la desprotección y la vulnerabilidad.

Teóricamente, la migración internacional constituye un componente fundamental de los procesos de integración profunda entre las naciones que, por definición, exigen la remoción de barreras; sin embargo, la movilidad de la población no tiene un reconocimiento explícito en la mayoría de los esquemas de integración vigentes. Esta exclusión se hace manifiesta en los acuerdos que establecen áreas preferenciales de mercado, pues en ellos se asume que los flujos de comercio son competitivos o sustitutivos con los de trabajadores. Sólo en la medida en que la integración comprenda componentes políticos y sociales, que den lugar a la estructuración de espacios comunitarios -cuyo ejemplo más nítido es el de la Unión Europea-, será posible garantizar reglas del juego comunes para el desplazamiento de las personas (Di Filippo, 2000; Hovy y Zlotnik, 1995; Martínez, 2000a).

I.    La migración internacional en América Latina y el Caribe


La multiplicidad de aspectos relevantes de la migración internacional impide examinar con igual sustento cada uno de ellos. Como señala Izquierdo (1996), en el entendimiento de este fenómeno las imágenes han influido más que mil palabras, incluso aplastando las evidencias. De allí que sea conveniente intentar el trazado de un "mapa" de orientación general basado en los antecedentes empíricos sobre las principales tendencias y patrones que se observan en la región.

1. Grandes tendencias


América Latina y el Caribe, una región de tradicional atracción migratoria, se transformó en fuente de emigración a lo largo de los últimos decenios y la geografía de destinos de los flujos se ha ido ensanchando de manera progresiva. Se estima que casi 20 millones de latinoamericanos y caribeños viven fuera de su país de nacimiento; esta cifra equivale a poco más del 13% de los 150 millones de migrantes internacionales en el mundo (IOM-United Nations, 2000).
2 La mitad de los emigrantes regionales emigró durante el decenio de 1990, en especial a los Estados Unidos; en el mismo lapso emergieron nuevos flujos -de magnitud menor, pero con una expansión sin precedentes- dirigidos a Europa. La migración intrarregional, que acompañó las distintas etapas del desarrollo de los países de América Latina y el Caribe, mantiene algunos de sus rasgos tradicionales, pero registra una menor intensidad, asociada en parte a la retracción del carácter atractivo de los principales países de destino (Argentina y Venezuela) (CEPAL, 2002).

Con arreglo a los límites que la información disponible impone al conocimiento actualizado de la migración, es posible sostener que tres grandes patrones migratorios dominaron el mapa regional en la segunda mitad del siglo XX (Villa y Martínez, 2000 y 2001). El primero de ellos corresponde a la inmigración de ultramar, originada principalmente en el Viejo Mundo. El segundo, cuya persistencia está profundamente anclada en la historia y antecede a la instalación de fronteras, resulta del intercambio de población entre los propios países de la región. Finalmente, el tercer patrón discernible es el de la emigración hacia el exterior de América Latina y el Caribe, cuya creciente intensidad muestra señales de expulsión. Si bien los tres patrones coexisten, la importancia cuantitativa de cada uno de ellos ha ido cambiando con el curso del tiempo.

2. Una región con un pasado de inmigración


Entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX la inmigración de ultramar fue intensa en varios países, aunque fluctuante en el tiempo, y ejerció una decisiva incidencia -cuantitativa y cualitativa- en la configuración de las sociedades nacionales, especialmente en las naciones de la vertiente atlántica, que poseían condiciones favorables para la inserción social y económica de personas migrantes, en su mayoría provenientes del sur de Europa y en menor medida del Cercano Oriente y Asia.

En particular, la inmigración europea se manifestó con singular fuerza en las zonas más integradas a los circuitos económicos internacionales que -amén de disponer de "espacios vacíos"-experimentaron un rápido proceso de modernización productiva; esta expansión económica conllevó la generación de empleos con salarios superiores a los imperantes en los países de Europa meridional, hecho que contribuyó tanto a incentivar la atracción migratoria como a facilitar una rápida movilidad social ascendente.
De los 11 millones de europeos, 38% de ellos eran italianos, 28% españoles y 11% portugueses, arribados a la región en el período mencionado, la mitad se asentó en Argentina y más de un tercio en Brasil (Pellegrino, 2001).

Durante los decenios posteriores a la segunda guerra mundial, Europa fue escenario de una vigorosa transformación económica, que comenzó en las naciones del norte y occidente para extenderse después, al amparo de los mecanismos y canales de integración, a los países del sur del continente; ello contribuyó a afianzar la retención de población en su origen. De modo concomitante se fue ensanchando la distancia entre el grado de desarrollo socioeconómico de las naciones europeas y el de los países de América Latina y el Caribe. Ambos factores redundaron en una disminución sustancial de las corrientes migratorias a esta región y sirvieron de estímulo a la migración de retorno al viejo continente. La no renovación de los flujos conllevó un sostenido envejecimiento del stock inmigratorio europeo; en estas condiciones, la mortalidad (aunada a la migración de retorno) incidió en una merma progresiva de aquel stock: el total de inmigrantes de ultramar censados en los países de la región disminuyó de casi cuatro millones de personas en 1970 a menos de dos y medio millones en 1990.

Si bien la inmigración originada fuera de la región no cesó totalmente, pues todavía se registran flujos menores, procedentes principalmente de Asia, es manifiesta la declina ción de su intensidad en los últimos decenios: la proporción de personas de origen extrarregional dentro del stock de inmigrantes censados en los países latinoamericanos bajó de algo más de las tres cuartas partes del total en 1970 a poco más de la mitad en 1990 (gráfico Nº 1). Esta evolución indica que el tradicional carácter atractivo de América Latina para la población de otras regiones mostró claros signos de agotamiento en el último tercio del siglo XX. Con todo, cabe reiterar que el grueso de esta atracción se circunscribió a algunos países de la región, y así lo muestra el hecho de que Argentina, Brasil y Venezuela concentraban el 80% del stock de inmigrantes extrarregionales censados alrededor de 1990; ello no impide reconocer la presencia de un número importante de estos inmigrantes en otros países, especialmente Uruguay, Cuba, Chile y México.
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Fuente: Proyecto IMILA del CELADE.


3. El nutrido intercambio de población entre los países de la región


Los desplazamientos humanos a través de las fronteras nacionales están enraizados en la historia social y económica de los territorios de América Latina y el Caribe. Facilitados por la vecindad geográfica y la proximidad cultural, hasta comienzos de los años noventa, estos desplazamientos encontraban su destino principal en países con estructuras productivas más favorables para la generación de empleos y que se distinguían por mayores grados de equidad social. Además de responder a factores estructurales, la evolución de este patrón migratorio ha sido sensible a las coyunturas de expansión o retracción económica y a las contingencias de tipo sociopolítico (Pellegrino, 2001 y 1995); en particular, las rupturas y el restablecimiento de las formas democráticas de gobierno han repercutido en oleadas de exiliados y "retornantes" entre naciones vecinas.

La merma de los flujos provenientes desde fuera de la región, el incremento de la denominada migración fronteriza y los esfuerzos de integración económica contribuyeron al creciente interés por el estudio de los movimientos migratorios intrarregionales; algunos de estos movimientos, estrechamente asociados con la articulación de los mercados laborales entre países vecinos, configuran virtuales extensiones de la migración intranacional.

Durante el decenio de 1970 hubo un gran aumento de la migración intralatinoamericana; junto a la persistencia de los factores estructurales, las alteraciones sociopolíticas llevaron a que el número de migrantes se duplicara (gráfico Nº 1), para llegar en 1980 a casi dos millones de personas. En cambio, en los años ochenta, y tanto a raíz del impacto de la crisis económica y los subsecuentes programas de reforma estructural,que se hicieron sentir con especial fuerza en las principales naciones de destino, como del restablecimiento de las normas de convivencia civil en varios países, el crecimiento del stock de estos migrantes fue más modesto, ya que el total acumulado sólo aumentó a 2.2 millones de personas.

Si bien ello sugiere una relativa estabilización del número absoluto de migrantes intralatinoamericanos, los traslados siguieron produciéndose, esta vez con una mayor incidencia de la migración de retorno; además, es probable que parte de la migración tradicional fuera reemplazada por formas reversibles de movilidad, desplazamientos de duración variable que no involucran el traslado de la residencia,, como fruto de la ampliación de los espacios de vida de una fracción creciente de la población, fenómeno consonante con los nuevos modelos de estructuración territorial de las economías de la región y con los mecanismos de flexibilización laboral.

No obstante los cambios del contexto socioeconómico y político, los orígenes y destinos de las corrientes migratorias dentro de América Latina no se alteraron mayormente entre 1970 y 1990; ello se traduce en una aparente consolidación del mapa migratorio regional. Así, casi dos tercios de los latinoamericanos que en 1990 residían en países de la región distintos al de nacimiento se concentraban en Argentina y Venezuela. Argentina ha sido el destino tradicional de numerosos contingentes de paraguayos, chilenos, bolivianos y uruguayos; atraídos por las posibilidades de trabajo en la agricultura, la manufactura, la construcción y los servicios, estos inmigrantes se hicieron más notorios a medida que fue disminuyendo la inmigración europea.

En Venezuela, bajo el alero de una economía incentivada por la bonanza petrolera, la principal afluencia de migrantes en el decenio de 1970 fue la de colombianos, seguida por la de personas del cono sur del continente forzadas a dejar sus países de origen. A lo largo de la llamada "década perdida" de 1980, Argentina y Venezuela experimentaron una ostensible declinación de la intensidad de la inmigración: los datos censales de la ronda de 1990 revelan una disminución del stock total de inmigrantes en ambos países; sin embargo, un ejercicio de estimación indirecta permite apreciar que en esos años los dos siguieron recibiendo una no despreciable inmigración neta desde los países aledaños.
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En igual lapso, algunas naciones tradicionalmente emisoras de población registraron una importante migración de retorno: la expansión económica de Paraguay en el decenio de 1970, a raíz de la ejecución de grandes obras hidroeléctricas y de un intenso proceso colonizador, alentó el regreso de emigrantes nacionales desde Argentina y la inmigración desde los países vecinos, especialmente Brasil; desde mediados de los años noventa, junto a la migración de retorno, Chile recibió una apreciable inmigración de personas originarias de otros países de América Latina, en particular de Perú (CEDLA y otros, 2000; Martínez, 1997), Argentina y Ecuador. Los efectos de las crisis económicas de los últimos años -es decir, una eventual alteración del mapa migratorio intrarregional- sólo podrán evaluarse una vez que se disponga de los resultados definitivos de los censos de la ronda de 2000.

En Centroamérica, las graves alteraciones sociopolíticas de los decenios de 1970 y 1980 -aunadas a las históricas insuficiencias estructurales en materia de desarrollo- dieron lugar a fuertes desplazamientos fuera de las fronteras nacionales. A raíz de ello, el stock de inmigrantes nicaragüenses y salvadoreños aumentó considerablemente en Costa Rica entre 1973 y 1984; esta tendencia persistió en los años siguientes: el censo costarricense de 2000 arroja un total de 300 mil inmigrantes -que equivalen al 8% de la población del país-, más de un 75% de ellos son nicaragüenses, cuyo número se quintuplicó en sólo dieciséis años (INEC, 2001).

México fue también un importante receptor de centroamericanos, procedentes especialmente de Guatemala y El Salvador; algo similar -con cifras menores pero con efectos de gran trascendencia demográfica, económica, social y cultural- puede decirse respecto de Belice. Con todo, los acuerdos de paz suscritos por los principales actores sociales de los países centroamericanos parecen haber contribuido a la reinserción de grupos de personas exiliadas y refugiadas en México: los datos del censo mexicano de 2000 indican una sustancial disminución del número de guatemaltecos. La repatriación no estuvo exenta de dificultades, pues en muchos casos ocurrió en forma precipitada y algunas poblaciones no pudieron reasentarse en sus lugares de origen (Castillo, 1999).

Los movimientos en tránsito por México, Belice y Guatemala, y cuyo destino ulterior es los Estados Unidos, son otra faceta de la migración centroamericana. Más allá de la migración convencional, la movilidad temporal de mano de obra, frecuentemente ligada a la estacionalidad agrícola, tiene gran importancia y larga tradición en estos países, como lo pone de manifiesto el flujo de trabajadores guatemaltecos que se desplazan periódicamente a la región de Soconusco, en el estado mexicano de Chiapas (Castillo, 1990).

En el conjunto de la emigración intrarregional latinoamericana alrededor de 1990, los colombianos registraron la mayor magnitud absoluta: algo más de 600 mil fueron empadronados en los censos de otros países latinoamericanos (90% en Venezuela). Los emigrantes chilenos y paraguayos, con totales cercanos a las 280 mil personas (tres cuartas partes censadas en Argentina), compartían el segundo lugar entre los emigrantes intralatinoamericanos. No obstante su magnitud absoluta, estas cifras representaban -salvo en Paraguay- menos del 3% de las poblaciones de los respectivos países de origen; mención aparte merece la emigración uruguaya -principalmente a Argentina-, que a comienzos del decenio de 1970 alcanzó una intensidad similar a la de la mortalidad en el país de origen (Fortuna y Niedworok, 1985). En Centroamérica, la emigración intrarregional tiene gran significación en los casos de Nicaragua, El Salvador y Guatemala.

La migración entre los países de la Comunidad del Caribe anglófono muestra un sello peculiar, ya que la intensa circulación de personas -favorecida por las condiciones geográficas- se compone de una proporción relativamente reducida de traslados de residencia y de otra mayor de movimientos de tipo recurrente (Simmons y Guengant, 1992), algunos de corta duración (que conllevan el retorno a los países de origen) y otros se realizan por etapas, con estaciones de parada antes de emprender el traslado a un destino fuera de la subregión.
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Estudios recientes sugieren que la migración dentro de la Comunidad está alcanzando un nuevo umbral de dinamismo, vinculado con la elevación de los niveles de vida y el aumento de la demanda de fuerza de trabajo -propiciada, en parte, por la gran expansión de las actividades turísticas- en algunos países y con las menores oportunidades de empleo en otros; se estima que más de la mitad de la inmigración registrada en 1991 procedía de la misma subregión y su monto equivalía a casi el 4% del total de la población comunitaria (Mills, 1997). La situación descrita mostraba grandes variaciones entre los países caribeños en 1991.

En Trinidad y Tobago, Islas Vírgenes de los Estados Unidos y Barbados, tres de las cinco naciones con mayores stocks inmigratorios, predominaban los inmigrantes de la subregión, con una incidencia particularmente elevada en las Islas Vírgenes de los Estados Unidos -donde representaban un tercio de la población total-; en cambio, en Jamaica y Bahamas ¾los dos países restantes del grupo con mayores stocks¾ los inmigrantes originarios del exterior de la subregión eran una clara mayoría (gráfico Nº 2).
A su vez, la mayor parte de los emigrantes de Granada, San Vicente y las Granadinas y Guyana se dirigía al resto de la subregión -preferentemente a Trinidad y Tobago-; ellos equivalían, en los dos primeros países, a casi un quinto de las respectivas poblaciones nativas. Estos antecedentes ponen de relieve la enorme repercusión de la migración intrarregional sobre la dinámica demográfica de los países de la Comunidad del Caribe (Thomas-Hope, 2000).

En el Caribe no anglófono, una de las corrientes más sostenidas en el tiempo es la de haitianos a República Dominicana; si bien se sabe de períodos de tensión, la línea demarcatoria entre ambos países no parece haber representado un mayor obstáculo para estos desplazamientos. Hasta mediados del siglo XX se registraban importantes flujos de población que se dirigían principalmente desde el noroeste de Haití, densamente poblado y con una deteriorada base de recursos, a zonas situadas más allá del límite internacional, cuyo mayor potencial productivo dejaba la imagen de una frontera agrícola. Gradualmente, estos flujos se fueron convirtiendo en traslados estacionales, con una temporalidad vinculada a la dinámica de las cosechas en las regiones del norte y oeste de República Dominicana (Pellegrino, 2000).

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Fuente: Mills (1997).

4. Latinoamericanos y caribeños fuera de su región

En los últimos decenios, a la par que mermaba la inmigración de ultramar y se estabilizaba el patrón intrarregional, la emigración hacia el exterior de la región adquirió un papel protagónico. Si bien el destino de esta emigración es diverso -ya que se advierte una creciente presencia de latinoamericanos y caribeños en países de Europa (principalmente en el Reino Unido, Países Bajos España e Italia) y Asia (básicamente Japón) y en Australia-, la gran mayoría se dirige a los Estados Unidos y, en menor medida, a Canadá.

Si bien la emigración de nativos de la región a los Estados Unidos, nutrida especialmente por mexicanos y caribeños, es un fenómeno de larga data, con fluctuaciones asociadas tanto a las coyunturas económicas y sociopolíticas como a los cambios en la legislación migratoria estadounidense, en años recientes se incrementó considerablemente. De allí que la migración originada en América Latina y el Caribe sea vista como un fenómeno social muy relevante para los Estados Unidos; más aun, el debate sobre sus repercusiones se ha convertido en un asunto de primer orden en sus relaciones con los países de la región (CEPAL, 2002). Dicha migración contribuye al incremento de la población que se autoidentifica "latina" o "hispana", y que según el censo estadounidense de 2000 asciende a 35.3 millones de personas; este conjunto de inmigrantes y nativos constituye la primera minoría étnica en el país (Grieco y Cassidy, 2001).

En el período intercensal 1980-1990, el número de latinoamericanos y caribeños censados en los Estados Unidos se duplicó, alcanzando un total de casi 8.4 millones de personas, que representaban un 43% del total de la población extranjera presente en aquel país en 1990.
6 Este aumento fue acompañado de una creciente diversificación de los países de origen, puesta de manifiesto por las corrientes procedentes de América Central y Suramérica (gráfico Nº 3 y cuadro 1).

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Fuente: Proyecto IMILA del CELADE. La información del año 2000 corresponde a la Encuesta Continua
de Población.


Cuadro 1
ESTADOS UNIDOS: POBLACIÓN NACIDA EN PAÍSES DE AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE
CENSADA EN 1970, 1980 y 1990

 

Región y país de nacimiento

1970 1980 1990 Tasa anual de crecimiento intercensal (%)
Población Distribución relativa % Población Distribución relativa % Población Distribución relativa % 1970-1980 1980-1990
TOTAL REGIÓN 1.725.408

100.0

4.383.000 100,0 8.370.802

100,0

8,7

6,3

                 
AMÉRICA LATINA 1.636.159

94,8

3.893.746 88,8 7.573.843

90,5

8,2

6,4

                 
AMÉRICA DEL SUR 234.233 13,6 493.950 11,3 8.716,78 10,4

7,1

5,5
Argentina 44,803 2,6 6.8887 1,6 77.986 0,9 4,2 1,2
Bolivia 6.872 0,4 14.468 0,3 29.043 0,3 7,1 6,7
Brasil 27.069 1,6 40.919 0,9 82.489 1,0 4,1 6,7
Colombia 63.538 3,7 143.508 3,3 286.124 3,4 7,7 6,6
Chile 15.393 0,9 35.127 0,8 50.322 0,6 7,8 3,6
Ecuador 36.663 2,1 86.128 2,0 143.314 1,7 8,1 5,0
Paraguay 1.792 0,1 2.858 0,1 4.776 0,1 4,6 5,0
Perú 21.663 1,3 55.496 1,3 144.199 1,7 8,8 8,9
Uruguay 5.092 0,3 13.278 0,3 182.11 0,2 8,9 3,1
Venezuela 11.348 0,7 33.281 0,8 352.14 0,4 9,8 0,6
                 
MESOAMÉRICA 873.624 50,6 2.530.440

57,7

5.391.943 64,4 9,7 7,2
Costa Rica 16.691 1,0 29.639 0,7 39.438 0,5 5,6 2,8
El Salvador 1.5717 0,9 94.447 2,2 465.433 5,6 14,3 13,3
Guatemala 17.356 1,0 63.073 1,4 225.739 2,7 11,4 11,3
Honduras 27.978 1,6 39.154 0,9 108.923 1,3 3,3 9,4
México 759.711 44,4 2.199.221 50,2 4.298.014 51,3 9,7 6,5
Nicaragua 161.25 0,9 44.166 1,0 168.659 2,0 9,3 11,7
Panamá 20.046 1,2 60.740 1,4 85737 1,0 10,1 3,4
                 
CARIBE Y OTROS 617.551 35,8 1.358.610 31,0 2.107.181 25,2 7,5 4,3
Cuba 439.048 25,4 607.814 13,9 736.971 8,8 3,2 1,9
Barbados - - 26.847 0,6 43.015 0,5   4,6
Guyana - - 48.608 1,1 120.698 1,4   8,5
Haití 28.026 1,6 92.395 2,1 225.393 2,7 10,7 8,4
Jamaica 68.576 4,0 196.811 4,5 334.140 4,0 9,7 5,2
Rep. Dominicana 61.228 3,5 169.147 3,9 347.858 4,2 9,4 6,9
Trinidad y Tobago 20.673 1,2 65.907 1,5 115.710 1,4 10,4 5,5
Otros

20.673

1,2 65.907 1,5 115.710 1,4 10,4 5,5
Otros - - 151.081 3,4 183.396 2,2   1,9

Fuente: Proyecto IMILA de CELADE

Así, algo más de la mitad de ese total procedía de México y una cuarta parte del Caribe (principalmente, de Cuba, Jamaica y República Dominicana); el cuarto restante se distribuía en proporciones parecidas entre centroamericanos y sudamericanos No obstante el predominio de los mexicanos-los 4 millones censados en 1990 duplicaron el número registrado en 1980-, el stock de inmigrantes que exhibió la mayor tasa de crecimiento en los años ochenta fue el de los salvadoreños (470 mil personas en 1990), que quintuplicaron el número registrado diez años antes. En el mismo decenio, los nicaragüenses y guatemaltecos más que se triplicaron, los hondureños, peruanos y guyaneses se multiplicaron por un factor de 2.8 y los haitianos, bolivianos y paraguayos se duplicaron. Si bien el aumento de cubanos fue pequeño, con casi 740 mil personas constituían el segundo grupo entre los oriundos de América Latina y el Caribe y presentaban la más alta proporción de nacionalizados en los Estados Unidos.

La información proporcionada por la Encuesta Continua de Población (Current Population Survey) de los Estados Unidos -fuente sujeta a errores muestrales y a la que se acude en subsidio de los datos aún no disponibles del censo de 2000- indica que el total de inmigrantes latinoamericanos y caribeños ascendió a 13.1 millones de personas en 1997 y a 14.5 millones en 2000. Estas cifras equivalen a poco más de la mitad del stock total de inmigrantes en ese país e implican que los originados en la región se incrementaron en un 57% entre 1990 y 1997 (Schmidley y Gibson, 1999) y en un 73% entre 1990 y 2000 (Lollock, 2001). Según esta fuente, los mexicanos, con casi 8 millones de efectivos, representaban el 54% de los inmigrantes latinoamericanos y caribeños presentes en los Estados Unidos en 2000; les seguían en importancia relativa los cubanos, dominicanos y salvadoreños, con guarismos menores al millón de personas en cada caso (www.census.gov). Como contrapartida de este aumento de la emigración de latinoamericanos y caribeños a los Estados Unidos, en algunos países de la región se observan indicios de una creciente migración de retorno; por ejemplo, el stock de nacidos en el exterior contabilizado por el censo de 2000 en México se elevó a 520 mil personas -un 50% más que en 1990-, en su mayoría menores de 20 años y nacidas en los Estados Unidos.

¿Cuál es la magnitud de los inmigrantes regionales indocumentados en los Estados Unidos? La falta de datos apropiados hace de la cuantificación del fenómeno un motivo de especulación; sin embargo, los antecedentes recabados por el Immigration and Naturalization Service permiten estimar que casi un quinto de la población extranjera presente (unos cinco millones de personas) en 1996 era inmigrante indocumentada y que los mexicanos constituían el 54% del total, seguidos de salvadoreños y guatemaltecos (con proporciones inferiores al 10% en cada caso) (INS, 2000).

Aunque la insuficiencia de información impide trazar un panorama nítido, es probable que la magnitud de la emigración de latinoamericanos y caribeños a destinos extrarregionales distintos de los Estados Unidos haya alcanzado a poco más de 2 millones de personas en el año 2000 (cuadro A.2). Entre esos destinos se destaca Canadá, donde el número de inmigrantes oriundos de la región aumentó de poco más de 320 mil personas en 1986 a casi 525 mil en 1996; si bien los caribeños (principalmente jamaiquinos, guyaneses, trinitarios y haitianos) componían la mitad de tal monto, los centroamericanos (en su mayoría salvadoreños) experimentaron un mayor crecimiento en ese decenio, pues su número pasó de menos de 19 mil en 1986 a casi 70 mil en 1996. Varios países europeos albergan población oriunda de América Latina y el Caribe; las mayores concentraciones se registran en el Reino Unido, Países Bajos, España e Italia.

La presencia de personas nacidas en la Comunidad del Caribe es muy importante en el Reino Unido, aunque su número disminuyó de 625 mil personas en 1980 a menos de 500 mil en 1991 (datos de OPCS Labour Force Surveys and Census, citados por Thomas-HopHope, 2000).7 En los Países Bajos se estima que los inmigrantes originarios de la región ascendían a 150 mil personas en 2000; la gran mayoría de ellos procedía de Antillas Neerlandesas (www.statline.cbs.nl ).

España, en cambio, reúne fundamentalmente población nacida en los países latinoamericanos; su magnitud se incrementó de 50 mil personas en 1981 (Palazón, 1996) a más de 150 mil en 2000 (estimación basada en datos de la reciente regularización migratoria efectuada en España, www.mir.es). 8

Asimismo, la gran mayoría de las 116 mil personas provenientes de la región y presentes en Italia en 2000 eran oriundos de los países de América Latina (www.istat.it).9 En ese mismo año poco más de 70 mil latinoamericanos y caribeños fueron empadronados en Australia y un número similar en Israel: en el primero de estos países predominaban los chilenos (www.immi.gov.au) y en el segundo, los argentinos (www.cbs.gov.il).

Por último, según información proporcionada por la Oficina de Inmigración del Ministerio de Justicia de Japón (http://jim.jcic.or.jap/stat/stats/21MIG22.html), más de 300 mil de los no nativos residentes en 2000 eran latinoamericanos; los brasileños constituían más del 80% de ese total y los peruanos un 14%.

El examen de la emigración regional hacia una gama tan amplia de destinos exige tener en cuenta que, además del impulso generado por las redes de migrantes que comenzaron a operar desde los años setenta en varios países de Europa, su incremento se vio facilitado por el flujo de retorno de antiguos inmigrantes de ultramar y el de aquellos que obtuvieron el reconocimiento de su derecho de ciudadanía en el país de origen de sus parientes y antepasados (retorno diferido). De igual modo, es muy probable que gran parte de las personas nacidas en Brasil y Perú que se encuentran en Japón sean descendientes de inmigrantes japoneses (nisei) llegados a esos países en decenios pasados.

Desde un punto de vista estrictamente demográfico, es posible sostener que la evolución del patrón migratorio extrarregional revela que la región se ha convertido en expulsora neta de población. Con todo, esta afirmación tiene un alcance limitado, pues si bien la mayoría de los países registra un saldo migratorio negativo, y en varios, en especial El Salvador, Guatemala y Nicaragua, se elevó considerablemente a contar de los años setenta, las estimaciones para la región en su conjunto indican magnitudes relativas menores (Villa y Martínez, 2001). Así, en el decenio de 1980, la tasa media anual de migración neta (negativa) de América Latina fue de sólo casi dos por mil; las proyecciones nacionales de población asumen que esa tasa se redujo gradualmente, llegando a un valor (negativo) cercano a uno por mil en el segundo quinquenio de los años noventa (CELADE, 1998).10


Notas

1La  libre  movilidad de las personas entre países se circunscribe a una de las regiones del mundo (la Unión Europea); también es objeto de negociaciones caso a caso en el marco de acuerdos internacionales vinculados con movimientos temporales de personas que reúnen las calificaciones requeridas directamente para actividades económicas (o relacionadas con los negocios o el suministro de servicios) específicas (CEPAL, 2002).

2. Estas estimaciones no contabilizan una cantidad indeterminada de personas que migra y trabaja en condición irregular o indocumentada ni a quienes se desplazan por períodos breves de tiempo o participan de movimientos circulares o de retorno (CEPAL, 2002).

3. En el Caribe no hispano parlante se registran inmigrantes de las antiguas potencias coloniales (Reino Unido, Francia y Países Bajos) y de India.

4. Mediante el uso de relaciones de supervivencia intercensales por sexo y edad, para el período 1980-1990, se obtuvo un saldo inmigratorio neto de 147 mil y 60 mil en Argentina y Venezuela, respectivamente.

5. Un ejemplo de esta situación es el de las Bahamas que, además de recibir un importante contingente de inmigrantes con fines de residencia, es el destino transitorio de un gran número de personas provenientes del resto del ámbito caribeño, en particular haitianos.

6. El fuerte ritmo de aumento del
stock de latinoamericanos y caribeños en los Estados Unidos en el decenio de 1980 se vio influido por la amnistía concedida por la Ley de Control y Reforma Migratoria adoptada por ese país en 1986.

7. La corriente de caribeños al Reino Unido fue muy intensa hasta 1962, año en que este país decidió terminar su política de libre admisión de los ciudadanos de la Comunidad del Caribe.

8. Los ecuatorianos (29 mil), peruanos (28 mil), dominicanos (27 mil), colombianos (25 mil), argentinos (19 mil) y cubanos (17 mil) conformaban el grueso de este último conjunto (www.elpais.es).

9. Los peruanos (33 mil), brasileños (19 mil) y ecuatorianos (10 mil) constituían los grupos más numerosos.

10. Las tasas mencionadas son inferiores a un décimo de la de crecimiento natural de la población regional y equivalen a una pérdida neta anual media de 560 mil efectivos en el período 1980-1995 (CELADE, 1998).


    
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