Titulo Las migraciones internacionales
en América Latina y el Carib
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Edición Nº 65
Mayo-agosto 2002

 

Autor Secretaría Permanente del SELA

                                                                                                            Indíce

Rasgos sociodemográficos y económicos de la migración internacional en ALC

Miguel Villa y Jorge Martínez Pizarr
o
Funcionarios del Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía (CELADE),
División de Población de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).


II. Perfiles y repercusiones de la migración de latinoamericanos y caribeños

Los antecedentes reunidos por el Proyecto de Investigación sobre Migración Internacional en Latinoamérica (IMILA) muestran que, además de su magnitud creciente, la migración internacional de latinoamericanos y caribeños -tanto entre los países de la región como hacia el resto del mundo- experimentó cambios cualitativos, que se reflejan, por ejemplo, en su composición según sexo y en la participación de personal calificado entre los migrantes insertos en la fuerza de trabajo.

En buena medida, tales cambios encuentran su explicación en las persistentes tensiones económicas experimentadas por los países de la región; estas tensiones, profundizadas por la prolongada crisis de la "década perdida" de 1980 y los efectos inmediatos de los programas de ajuste estructural, repercutieron sobre el funcionamiento de los mercados de trabajo. No menos importante fue el impacto de las serias convulsiones del escenario sociopolítico que, en algunos casos, resultaron en la militarización de los conflictos y en la ruptura de las normas de convivencia civil.

Las modificaciones en las disposiciones normativas de los países de destino también pueden haber incidido en los cambios de la composición de los migrantes; la rigurosa aplicación de normas restrictivas de ingreso y permanencia parece haber dado mayor visibilidad a los fenómenos de "indocumentación" y a que algunos movimientos de tipo itinerante y recurrente se convirtiesen en traslados de carácter definitivo (acarreando consigo un incremento de la práctica de reunificación familiar en los países de destino). Además de sus rasgos cualitativos, los patrones de migración de latinoamericanos y caribeños entrañan repercusiones de gran importancia y una de ellas es la transferencia de un caudal importante de recursos financieros, fenómeno que cobra vigencia en las remesas.
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1. Especificidades de género y visibilidad de las mujeres


El examen de los índices de masculinidad de los migrantes regionales en todo el continente americano permite advertir el paso de una situación de predominio femenino en 1970 y 1980 a otra de mayoría masculina en 1990; en cambio, la migración intrarregional acusa una sostenida "feminización" (gráfico Nº 4).12 Esta aparente paradoja es imputable al aumento del índice de masculinidad del stock de inmigrantes latinoamericanos en los Estados Unidos, que refleja básicamente el efecto de las corrientes más numerosas (especialmente la originada en México), puesto que la mayoría de los flujos restantes presenta un predominio femenino.
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Un análisis detallado muestra que la composición según género de las diversas corrientes migratorias es muy heterogénea. Dicha heterogeneidad no guarda una relación sistemática con el origen o el destino de los migrantes ni con la distancia recorrida, sino que parece obedecer a otros factores. Uno de ellos es la aparente complementariedad entre los mercados de trabajo de los países emisores y receptores, puesto que algunos circuitos migratorios parecen verse afectados por la demanda laboral en determinados sectores de actividad y ocupación.

Así, en las corrientes de mexicanos a los Estados Unidos y de bolivianos y chilenos a Argentina se aprecia un predominio masculino, presumiblemente originado en la fuerte demanda por trabajadores para las tareas agroextractivas de los países de destino; distinto es el caso de los colombianos en Venezuela y de los paraguayos en Argentina, que presentan una mayoría femenina, atribuible a su inserción en actividades de servicios, incluidos los de tipo doméstico.

En lo que se refiere a la migración que tiene lugar dentro de la Comunidad del Caribe, los datos censales del conjunto de países presentan un ligero predominio femenino, tal vez asociado con las ocupaciones de la industria turística (Thomas-Hope, 2000). No obstante, es inapropiado imputar la preeminencia de mujeres en algunos flujos exclusivamente a su modalidad de incorporación en la fuerza de trabajo de las sociedades de destino; otros factores, como el papel de las redes y comunidades de migrantes o las expectativas de reagrupación familiar, afectan también los índices de masculinidad de la migración.

Son muchas las razones que avalan la importancia de investigar con mayor acuciosidad la diferente participación de hombres y mujeres en la migración (United Nations, 2000 y 1996). En primer término, es necesario explorar la hipótesis de que la migración de las mujeres no siempre encuentra su origen en tentativas o racionalidades laborales; con todo, tampoco es válido sostener que las mujeres se desplazan sólo en virtud de su condición económicamente dependiente (por ejemplo, al amparo de mecanismos de reunificación familiar), ya que muchas lo hacen con autonomía y en consonancia con las transformaciones de los mercados de trabajo, los vaivenes de los esquemas de integración regional y el ritmo de la apertura externa de las economías.
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En segundo lugar, a pesar de la alta participación laboral que se observa entre las migrantes hacia los Estados Unidos, existen indicios de que la "feminización" de las corrientes migratorias suele asociarse a una escasa diversidad de oportunidades laborales para las migrantes (ilustrada por la preeminencia del servicio doméstico y de otros rubros del sector terciario, que la construcción cultural del género reserva a las mujeres); este fenómeno incide tanto en el aprovechamiento de los recursos humanos como en las expectativas de pleno desarrollo personal que deparan las sociedades de destino.

En tercer término, la migración internacional involucra cambios en las estructuras familiares, como sucede cuando las personas que migran son jefes de hogar y dejan tras de sí a sus parientes más directos; en particular, las relaciones que se establecen entre las mujeres migrantes y sus familias en los lugares de origen afectan decisivamente el funcionamiento de las redes migratorias, que operan como mecanismos retroalimentadores de la migración.

En cuarto lugar, las evidencias de la creciente trata internacional de mujeres y niñas ponen de manifiesto una situación compleja -indisolublemente ligada a la vulnerabilidad de las migrantes-, que debilita el supuesto de que la migración constituye un factor de potenciación de la mujer o un mecanismo coadyuvante de la equidad de género (Lim, 1998). No menos importante que el estudio de la migración de las mujeres es el de la condición de las que no migran, especialmente cuando la emigración de sus cónyuges las lleva a asumir el liderazgo de sus hogares y la administración de las remesas que muchas veces perciben.

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Fuente: Proyecto IMILA del CELADE

2. Participación de personal calificado


De acuerdo con los datos reunidos por IMILA, el número total de técnicos, profesionales y afines que integran el stock de migrantes regionales en el continente se duplicó entre 1970 y 1980, involucrando 220 mil personas; en el decenio siguiente la magnitud absoluta del aumento fue algo menor, pues su total llegó a poco más de 300 mil efectivos en 1990, dos tercios de los cuales se encontraban en los Estados Unidos.
15 Como resultado, la proporción de personal calificado entre los migrantes económicamente activos a escala continental disminuyó de 8% en 1970 a 6% en 1990; esta declinación fue aun más marcada entre los latinoamericanos censados en los Estados Unidos. Distinta fue la situación en el patrón migratorio intrarregional, puesto que la participación de profesionales, técnicos y afines aumentó de 6% a 8% de los migrantes económicamente activos entre 1970 y 1990 (en valores absolutos, el número de estas personas se triplicó en esos veinte años) (gráfico Nº 5).

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Fuente: Proyecto IMILA del CELADE.

Es probable que el carácter masivo que adquirió la emigración a los Estados Unidos durante el decenio de 1980 haya repercutido en la declinación relativa del personal calificado; con todo, cabe anotar dos observaciones: a) en este país siempre han existido dificultades para una inserción laboral de los latinoamericanos y caribeños acorde con el grado de calificación; y b) la magnitud absoluta del personal calificado regional es muy importante para las disponibilidades nacionales en varios países (Pellegrino y Martínez, 2001). A su vez, el hecho de que el personal calificado sea una fracción creciente de las personas que migran entre los países de la región latinoamericana es importante, puesto que contribuye a valorizar este patrón migratorio y pone en entredicho la percepción de que tales migrantes carecen de suficiente capacitación; además, esta tendencia es un estímulo poderoso para diseñar esfuerzos de cooperación en el empleo compartido de los recursos humanos, particularmente en el marco de los esquemas de integración subregional.


Como ocurre con la dimensión de género, la composición de las corrientes migratorias específicas se distingue por una gran heterogeneidad. Así, entre los inmigrantes latinoamericanos en los Estados Unidos, los porcentajes de profesionales, técnicos y afines entre las personas procedentes de América del Sur duplican los que registran las corrientes provenientes de México y algunos países caribeños y centroamericanos. Un distingo similar se aprecia en Argentina y Venezuela cuando se contrasta la proporción relativamente baja de personal calificado en las corrientes voluminosas procedentes de las naciones limítrofes (salvo Uruguay) con la que se advierte en las corrientes originadas en el resto de América Latina. En general, se observa que la participación relativa de profesionales, técnicos y afines tiende a ser menor en los países de elevada emigración, con excepción de Cuba y Uruguay; por el contrario, los emigrantes de las naciones latinoamericanas de alta inmigración (Argentina y Venezuela) se distinguen por un elevado grado de selectividad (en favor del personal calificado).

Este último rasgo también se aprecia en el caso de la migración entre los países de la Comunidad del Caribe, donde destaca la corriente recibida por Jamaica, en la que algo más de la mitad de los inmigrantes son profesionales y técnicos (Mills, 1997). En promedio, el nivel de educación de los migrantes intracaribeños de habla inglesa supera el de las poblaciones de origen y destino; por ejemplo, en Antigua, Bahamas y las Islas Vírgenes Británicas la proporción de inmigrantes del resto de la Comunidad que cuentan con estudios universitarios supera en más de dos veces aquella de la población nacional, y en Barbados esa relación es de más de siete veces (Thomas-Hope, 2000).
Si bien el nivel educativo de los emigrantes latinoamericanos a los Estados Unidos es inferior al de la población nativa de este país, Pellegrino (2000) advierte -con arreglo a un esquema de Sassen (1988)- que su perfil de calificación se polariza en dos extremos: un conjunto de personas, que se distingue por un alto grado de calificación, se inserta en ocupaciones gerenciales y de ciencia y tecnología, pero el grupo más numeroso se concentra en los subsectores económicos de baja productividad (donde quedan incluidos individuos que pudieran estar sobrecalificados para el cumplimiento de determinadas funciones).

Esta polarización permite advertir que si bien los menos calificados predominan en el stock de inmigrantes de la región en los Estados Unidos -condición que puede verse exagerada por el tipo de ocupación declarada-, el número de aquellos que poseen un grado relativamente alto de calificación es considerablemente elevado en relación con la disponibilidad de tales recursos humanos en los países de origen; así lo pone en evidencia el hecho de que los profesionales y técnicos constituyen más del 15% de los migrantes procedentes de Argentina, Venezuela y Chile.

También el stock de inmigrantes caribeños en los Estados Unidos se distingue por una participación de profesionales superior a la que se registra en los países de origen; ello es interpretado como un rasgo de selectividad que puede ocasionar un impacto negativo en las frágiles economías de estos países, puesto que la emigración los despoja de muchos de sus trabajadores más calificados. Tal efecto se ve acrecentado por el hecho de que estos emigrantes son, en general, adultos jóvenes, parte de los cuales retorna a sus naciones de origen cuando tienen más de 50 años de edad (Thomas-Hope, 2000).

Como indica Alba (2000), en el último cuarto del siglo XX los flujos migratorios de México a los Estados Unidos, junto con reflejar una mayor difusión geográfica en cuanto a su origen, se hicieron menos cíclicos o circulares y más de carácter permanente. Esta masificación de la migración (el promedio anual de emigrantes "permanentes" se decuplicó entre los decenios de 1970 y 1990) fue concomitante con la profunda reestructuración experimentada por la economía mexicana en virtud de su integración más intensa a la de los Estados Unidos y entre sus efectos se destaca una gran transformación de la dinámica de la demanda laboral, que se expresó de manera diferenciada entre los sectores, categorías de ocupación y niveles de calificación.

Por ende, la menor selectividad de los migrantes según su perfil de calificación parece explicarse por la masificación de la emigración a los Estados Unidos. En lo que se refiere a Centroamérica, el mismo autor (Alba, 2000) apunta que en apenas un par de décadas se consolidó un sistema emigratorio de proporciones masivas a los Estados Unidos; las crisis económicas, las convulsiones sociopolíticas y los desastres naturales contribuyeron a este proceso, otorgando un carácter más "definitivo" y extendido a desplazamientos que antes fueron principalmente temporales y a corta distancia.

Los mercados laborales domésticos, afectados tanto por el estancamiento de las economías nacionales como por su inserción internacional en calidad de productores primarios, fueron incapaces de absorber una oferta de mano de obra, brecha que se vio ensanchada por los efectos del proceso de transición demográfica (Castillo y Palma, 1999; CEPAL/CELADE/OIM, 1999). Así, las fuerzas que contribuyeron a la gran expansión emigratoria de México y Centroamérica (principalmente de El Salvador, Guatemala y Nicaragua) a los Estados Unidos se encuentran detrás de la disminución que se observa en la proporción de personal calificado en el stock inmigratorio regional registrado en este último país hacia 1990. Con todo, la emigración de personal calificado sigue representando una erosión importante de las masas críticas nacionales; ello permite indicar que el problema del brain drain sigue estando presente en todos los países de la región (Pellegrino y Martínez, 2001).

3. Otras repercusiones de la emigración y el caso
de las remesas

Las repercusiones de la migración internacional son múltiples y se hacen sentir en los diversos planos de la realidad social, económica y cultural. Así, en varios países de América Latina y el Caribe este fenómeno parece haber contribuido a aliviar el impacto de las tensiones entre las tendencias demográficas y la generación de empleo, de las originadas en conflictos sociopolíticos, étnicos y religiosos, y de las asociadas con formas agudas de degradación ambiental; a escala individual, la emigración constituye una opción para la búsqueda de oportunidades laborales y de formación personal no disponibles en los países de origen.

Sin embargo, en el otro platillo de la balanza, la hipótesis de la "válvula de escape" se confronta con la erosión de recursos humanos, que puede tener consecuencias adversas para el desarrollo económico y social de los países de origen. A ello se añaden los problemas de la indocumentación, resultantes de la aplicación de las normas legales nacionales que rigen el ingreso y permanencia de las personas, y que pueden enrarecer las relaciones entre los países de origen y destino de los migrantes.

Además, en el plano individual, la emigración puede ser fuente de vulnerabilidad, frustración y trato discriminatorio. Asimismo, es sabido que en algunos países receptores cobran fuerza las percepciones negativas frente a los costos de la utilización que hacen los inmigrantes de servicios sociales subsidiados (salud, educación, salud, seguridad social) o respecto de la competencia "desleal" por puestos de trabajo; con todo, tales países derivan beneficios de la inmigración, como la oferta continua de mano de obra barata o el aprovechamiento de personal altamente calificado, sin que ello implique asumir los costos de su capacitación.
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Otra repercusión de la migración es la conformación de redes y comunidades migratorias. Aunque la existencia de organizaciones de migrantes no es algo nuevo en los países receptores -pues se sabe que las asociaciones acompañaron la llegada de los flujos de inmigrantes de ultramar-, en los últimos años adquirieron notoria visibilidad entre los latinoamericanos y caribeños presentes en los Estados Unidos. Varios estudios destacan el carácter transnacional de las comunidades y las conciben como nuevas formas de identidad que viabilizan el relacionamiento continuo y sostenido de los migrantes con sus áreas de origen, facilitan la acumulación de capital social (Portes, 1997) y generan impulsos retroalimentadores de los flujos migratorios.

La condición transnacional de las comunidades se reafirma por el hecho de que su operación traspasa las fronteras políticas y culturales (Canales y Zlolniski, 2000), definiendo una geografía reticulada de interacciones. Estas comunidades configuran, en buena medida, el ámbito de la reproducción social de los migrantes, ya que en ellas se materializan expresiones solidarias de diverso tipo y se produce una intensa difusión cultural que comprende danzas, formas plásticas, artesanías, gastronomía y festividades latinoamericanas y caribeñas. Su papel es bastante complejo, ya que potencian la transferencia de remesas colectivas y cumplen un papel central en la acción afirmativa de los propios migrantes frente a las prácticas de rechazo social que les afectan en las sociedades de destino (CEPAL, 2002).

Las observaciones precedentes sirven de marco de referencia para comprender el papel de las remesas. La emigración -además de abrir la posibilidad para establecer vínculos favorables a la incorporación de tecnología y la inversión productiva en los países de procedencia- aporta también una fuente de divisas para los países, comunidades y familias de origen.

Una estimación de la CEPAL, basada en las series de la balanza de pagos de los países, ubica el monto total de las remesas transferidas por los emigrantes a América Latina y el Caribe en unos US$ 18 000 millones en 2000 (más de un tercio se dirigieron a México). Como muestra de su importancia, la tasa media anual de crecimiento de dichos ingresos durante los años noventa fue mayor al 13%, superando el 20% en Ecuador, Honduras, Nicaragua y Perú (CEPAL, 2002).
17 Con relación al impacto macroeconómico de las remesas, puede señalarse que en las economías de El Salvador, Nicaragua, República Dominicana, Ecuador y Jamaica representan entre el 8% y el 14% del PIB (y equivalen al 48% del valor de las exportaciones salvadoreñas) (CEPAL, 2002).

Samuel (2000) sostiene que las remesas pueden concebirse como parte de un arreglo contractual diferido en el tiempo, que confiere beneficios al migrante y al hogar en el país de origen. Tal arreglo involucra la inversión que la familia efectúa en uno de sus miembros -cuando afronta los costos de su educación- con la expectativa de que su migración permitirá obtener una compensación mediante las remesas; se trata de una inversión de riesgo, cuya incertidumbre disminuirá en la medida en que ese miembro migre.

Los estudios de la CEPAL (2000b) en Centroamérica revelan que la mayor parte de las remesas se destina al consumo de las familias, aunque también al mejoramiento de la vivienda y la compra de tierras y capital de trabajo; por ende, las remesas juegan un papel importante en el sostenimiento de las familias. Dado este fuerte énfasis en el consumo, muchas veces se desestima el impacto económico y social que estas transferencias tienen más allá del ámbito familiar (Torres, 2000).

Sin duda que si este consumo fuese únicamente superfluo, el aporte al desarrollo sería escaso, pudiendo propiciar la dependencia de los hogares (y las comunidades locales) respecto de una fuente de ahorro externo, cuya estabilidad (regularidad en los montos y continuidad temporal de los flujos) no está garantizada. En cambio, si estos recursos se emplearan para costear una educación de mayor calidad, mejorar la salud o elevar el nivel de vida y de la productividad, la contribución de las remesas al desarrollo sería significativa.

La información sobre el uso de las remesas familiares no es sistemática y presenta ambivalencias; con todo, los más recientes estudios realizados en México (1999) y República Dominicana (1997) muestran que la proporción destinada a inversión varía entre 15% y 23% del total de los recursos enviados por los emigrantes a sus familias de origen. Si la última cifra se toma como referencia para los cinco países antes individualizados, se obtiene una estimación del monto global de la inversión de casi US$ 1 400 millones en 1999, magnitud similar a la que los fondos de inversión social asignaron ese año en infraestructura social (Torres, 2000).

Dada la gran cuantía de recursos movilizados por las remesas familiares, en algunos estados de México se crearon instrumentos de inversión local, que se emplean para financiar obras de infraestructura y proyectos productivos dirigidos a retener población en zonas de fuerte emigración; dichos instrumentos son mecanismos de financiación compartida, pues se nutren de aportes de las agencias de intermediación financiera (con cargo a una parte de las utilidades que obtienen en el envío de las remesas), de los mismos estados y de los propios emigrantes.

En República Dominicana se han establecido programas orientados al fomento de obras comunitarias y microempresas con la participación de las familias receptoras de remesas. Además de las remesas familiares, hay otras de naturaleza colectiva, habitualmente reunidas por las asociaciones de emigrantes con el objeto de financiar obras comunitarias en los lugares de origen; para potenciar el efecto de estas inversiones, en México se creó un mecanismo de financiación en el que participan tanto los emigrantes como los niveles central, estadual y municipal del sector público (CEPAL, 2000b y 2002).

Más allá de las iniciativas orientadas a facilitar el envío de remesas y fomentar su utilización en inversiones productivas, un tema complejo de estas transferencias es su incidencia sobre los patrones de distribución de ingreso. Como afirma Samuel (2000), si el supuesto teórico de que las remesas son mayores para los hogares pobres fuese efectivo, una consecuencia lógica de su flujo sería una mejora en la distribución del ingreso. No obstante, los antecedentes disponibles -si bien insuficientes- no permiten validar tal supuesto. Dado que la propensión migratoria parece más alta entre los grupos no pobres, y que el monto de las remesas guarda relación estrecha con la posición en la ocupación en la sociedad de destino, es probable que estas transferencias no contribuyan a un mayor grado de equidad socioeconómica en los países de origen; esta apreciación parece encontrar su corroboración en el hecho de que, durante los años noventa, la desigualdad en la distribución del ingreso y la pobreza aumentaron en varios países que recibieron importantes flujos de remesas y que registran los menores índices de gasto social per cápita.

En suma, es claro que el debate acerca de los efectos de las remesas -y, en general, de la migración- sobre la distribución del ingreso, la pobreza y el bienestar todavía está lejos de cerrarse. No menos claro es que las iniciativas dirigidas a propiciar un uso productivo de las remesas se deben entender como complementarias de los esfuerzos de desarrollo de los países; además, tales iniciativas deben resguardar el pleno respeto de las decisiones de las personas involucradas (CEPAL, 2002).

III. Una nota acerca del futuro de la migración internacional
y de su gobernabilidad


El panorama que se ha expuesto se basa en los antecedentes empíricos más generales disponibles sobre la situación migratoria en América Latina y el Caribe hasta el decenio de 1990. Como la información se refiere a desplazamientos de personas que han cambiado de país de residencia habitual (migrantes propiamente tales), este panorama no es suficientemente nítido respecto del efecto de otras formas de movilidad internacional de la población que pudieran haber surgido o incrementado su importancia relativa en los últimos años.

Es probable que la creciente apertura de las economías nacionales, aunada a los cambios en la tecnología de los transportes y comunicaciones -con la consiguiente reducción de las fricciones impuestas por la distancia física y cultural-, facilitara los movimientos de tipo temporal, cíclico o circulatorio, que no implican traslados de residencia, y que llevan a una transnacionalización de la migración contemporánea. Así, la situación actual de la movilidad internacional abarca situaciones muy diversas, que tal vez se superponen de modo muy complejo a los tres grandes patrones identificados.
Es decir, la falta de información apropiada limita el horizonte de estudio de la migración internacional; esto es particularmente cierto en lo que se refiere a la evaluación de los eventuales efectos de los procesos de integración regional impulsados durante los años noventa. No obstante lo dicho, las restricciones de naturaleza factual no impiden reflexionar (si bien de manera un tanto especulativa) acerca de las incertidumbres que rodean las tendencias futuras y de las posibilidades que se abren para que los países puedan avanzar por un camino que conduzca a una gobernabilidad de la migración.

1.    Migración y globalización


Aun cuando es difícil predecir los efectos futuros de las reformas económicas liberalizadoras -incluso en subregiones insertas en esquemas de integración-, es verosímil suponer que si se mantienen las grandes desigualdades en el grado de desarrollo relativo de los países, la propensión migratoria se incrementará, por lo menos a corto y mediano plazo (CEPAL, 2002; Tuirán, 1998).

La creciente intensidad de las interacciones económicas entre los países y la cada vez mayor densidad de comunicaciones a escala global contribuirán a que esas desigualdades se hagan más visibles a los ojos de la población, estimulando sus aspiraciones a migrar; además, es posible que las redes sociales establecidas por los migrantes coadyuven a incentivar y materializar tales expectativas (Alba, 1998). A más largo plazo, si las brechas de desarrollo se atenúan, es probable que la propensión migración se haga menos intensa; el supuesto forzoso que subyace a esta apreciación es que la convergencia económica socioeconómica (y cultural) terminará por desestimular la migración.

Con todo, algunos especialistas sostienen que ello sólo podría ocurrir en un horizonte lejano, pues a corto y mediano plazo los esquemas de integración de mercados pueden incentivar la migración, ya que las oportunidades laborales que conllevan contribuirán a que las personas dispongan de medios para financiar su traslado
18; más aun, si la operación de esos esquemas de integración se tradujera en una desarticulación de las unidades de producción intensivas en mano de obra, el efecto neto resultante será un impulso de las propensiones migratorias (Working Group on International Migration, 1998).

Como en la actual globalización no existen condiciones que favorezcan una genuina disminución de las grandes desigualdades en el grado de desarrollo relativo de los países -y las redes y comunidades de migrantes muestran un gran vigor en su accio-nar-, todo hace prever que un eventual aumento de las oportunidades laborales (incluidas las mejoras de salarios) en un mundo más informado e intercomunicado servirá de acicate a las propensiones migratorias. Así, bajo el influjo de la inversión externa directa, el crecimiento económico de los países tradicionalmente emisores de fuerza de trabajo puede generar un ambiente propicio para la emigración (Alba, 1998; Rowlands y Weston, 1996; Tuirán, 1998; Working Group on International Migration, 1998).

En este sentido, la cadena lógica que enlaza mayor desarrollo con más migración, y que más tarde podría desembocar en un descenso de las propensiones migratorias, fue descrita hace tiempo mediante la metáfora de la "joroba migratoria" (migration hump), que alude a un proceso transicional de la migración asociado a las estrategias de crecimiento económico con incorporación del cambio tecnológico y superación de las condiciones de bajos salarios y desempleo (Ghosh, 1997; Stalker, 2000). Un corolario de lo dicho es que, a largo plazo y sólo en la medida en que se atenúen las brechas de desarrollo, la migración podrá mermar en intensidad. Esta hipótesis parece tener mayor relevancia para la corriente hacia el exterior de la región (un típico caso de migración sur-norte) que para el patrón intrarregional, cuyas tendencias futuras dependerán más de la forma en que se desarrollen los grandes espacios de integración subregional.

Las observaciones precedentes sugieren que, por lo menos a corto plazo, la migración tenderá a seguir aumentando. En estas condiciones resulta particularmente notoria la inconsistencia que hoy se registra entre la creciente liberalización de la circulación de bienes y servicios y el rigor de las restricciones administrativas que se imponen al desplazamiento de las personas; dicho rigor se ve impulsado -y probablemente reforzado en la actual coyuntura internacional- por la existencia de un ambiente social negativo respecto de la inmigración en los países de mayor grado de desarrollo.
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Frente a los procesos económicos contemporáneos, las políticas migratorias unilaterales tradicionales basadas en controles parecen perder legitimidad y eficacia (Escobar, 1998; Moulier-Boutang y Papademetriou, 1994; Pellegrino, 1995). Tapinos y Delaunay (2000), tras examinar la evolución de los stocks, flujos y sistemas migratorios en el mundo contemporáneo, concluyen que la persistencia de restricciones (explícitas o implícitas) a la movilidad se contrapone a la operación de las fuerzas del mercado (que propician la migración) y resulta en la ausencia de una globalización migratoria.

Ello es particularmente visible en el caso de la migración de recursos humanos de alto grado de calificación que, no obstante estar en mejor pie para participar en la movilidad contemporánea,
20 se estrella con la férrea defensa de los intereses de poderosos grupos gremiales, lo que redunda en una aplicación extrema de la "regla de prioridad" e impide el efectivo aprovechamiento del potencial involucrado (CEPAL, 2002; Iredale, 1998); éstos, y otros factores, imponen una nota de cautela sobre la formación de un mercado global de recursos humanos calificados (CEPAL, 2002; Pellegrino y Martínez, 2001).21

La inquietud y aparente resistencia que despierta la migración, especialmente en las naciones desarrolladas, puede inhibir las potencialidades de la liberalización de los mercados para promover un desarrollo más equitativo a escala global. Esta misma inquietud parece explicar la casi sistemática omisión del tema de la migración en las negociaciones conducentes a la suscripción de acuerdos multinacionales de comercio y aranceles, lo que implica hacer abstracción de una realidad -el intercambio de recursos humanos- cuyas manifestaciones entrañan problemas que podrían abordarse mediante esfuerzos conjuntos, como los relativos a la mejora de las condiciones laborales y la genuina vigencia de los derechos de las personas migrantes. Por ello es que Tapinos y Delaunay (2000) afirman que la migración, a diferencia de lo que ocurrió en el pasado -cuando cumplió un papel fundamental en la articulación económica y social entre las naciones-, está excluida de la globalización contemporánea.

2. Migración e integración en el marco de la globalización

En virtud de las expectativas e incertidumbres que despiertan las iniciativas en favor de la integración económica de los países americanos, de la experiencia acumulada en materia de acuerdos subregionales y del reconocimiento del marco de creciente apertura de la región al resto del mundo, cobran fuerza las propuestas en favor de un regionalismo abierto.
22 Tales propuestas concitan la aceptación generalizada de los gobiernos y actores civiles de las sociedades de la región y abren la posibilidad de abordar, de manera explícita, los problemas y potencialidades de la migración; dicha posibilidad se verá acrecentada si los esquemas de integración, en lugar de circunscribirse a "una concepción mercadista", se encaminan a utilizar "todas las oportunidades económicas, culturales y políticas" involucradas (Di Filippo, 1998).

Además de beneficiarse de las grandes ventajas de la vecindad -geográfica, económica, cultural y política- y de reforzar los regímenes democráticos, el regionalismo abierto puede alentar la articulación de intereses comunes frente a otras regiones, garantizando el resguardo de los derechos humanos de los migrantes y propiciando la reducción de las formas de indocumentación, el combate a la trata de personas, el establecimiento de sistemas comunes de información, la armonización de las políticas migratorias, la suscripción de acuerdos en áreas como la protección laboral y la transferencia (y empleo compartido) de recursos humanos calificados, y, en general, la aplicación de convenios sobre el tratamiento de los migrantes.

El diseño de políticas en materia de movilidad de la población es una tarea pendiente, y su prioridad se evidencia en la dificultad para reconocer y enfrentar realidades que comprometen a la comunidad internacional. Tal tarea exige la cooperación y el esfuerzo mancomunado de los países para conducir adecuadamente los procesos migratorios en un contexto amplio de equidad social.
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Dentro del ámbito de los esfuerzos de integración subregional, esta labor puede complementarse fortaleciendo mecanismos institucionales que propicien la armonización de las políticas nacionales de migración. Una señal de avance en esta dirección es la Conferencia Regional sobre Migración (establecida en Puebla, México, en 1996), instancia de consulta y comunicación en que participan los países de América del Norte y Centroamérica; una iniciativa similar de los países de América del Sur está en vías de consolidación.

Si se acepta, como un principio básico, que el derecho de cada Estado a controlar el ingreso de extranjeros es sólo un aspecto de la migración internacional, y que ese derecho no se contrapone de manera absoluta con criterios de admisión comunes a los países de la región, es posible examinar la factibilidad de acuerdos sobre otros campos de la migración, como los relacionados con el mundo del trabajo, las prestaciones sociales y la reagrupación familiar (CEPAL/CELADE, 1995).

El tratamiento de los numerosos asuntos de la migración internacional obliga a superar las visiones normativas oficiales y unilaterales, de carácter esencialmente restrictivo -que se extienden a parte importante de la opinión pública y alimentan los prejuicios sobre el fenómeno. Como sostiene Sassen (2001), lo dicho implica asumir el reto de examinar la naturaleza del control que ejerce el Estado; también implica impulsar una progresiva flexibilidad que contribuya decisivamente a un tipo de gestión migratoria que facilite los movimientos migratorios y proteja a las poblaciones involucradas (CEPAL, 2002).

Así, por ejemplo, las políticas dirigidas a favorecer las transferencias internacionales de recursos humanos podrán convertirse en un medio útil para fomentar la difusión e internalización del cambio tecnológico como parte de un mercado común en materia de ciencia y tecnología, que auspiciado por la cooperación internacional abre posibilidades para la participación de agentes públicos y privados (OIM, 1993; Pellegrino, 2000).

Es decir, los esfuerzos conjuntos pueden contribuir a hacer más coherentes las normas nacionales con las orientaciones económicas y políticas del contexto internacional contemporáneo y a lograr un mejor aprovechamiento de los aportes de la migración al crecimiento económico y al desarrollo socialmente sustentable. Por tanto, más allá de su dominio administrativo específico, las políticas en materia de migración deben propender a un estilo de gobernabilidad de la movilidad de la población que se inscriba de lleno en el contexto de las estrategias de desarrollo (Mármora, 1997), estilo que los países de América Latina y el Caribe deberán preservar firmemente frente a cualquier amenaza.

Antes de encapuchar la pluma, es bueno reiterar la oportunidad que significan los acuerdos de integración subregional para avanzar en estas materias, asumiendo el carácter multisectorial de los asuntos relativos a la migración internacional y adoptando políticas guiadas por principios de convergencia. Esto establece principios comunes para abordar negociaciones en la escala continental.


Notas

11. Tales repercusiones varían, entre otros factores, según las características de los emigrantes (grado de calificación, tipo de inserción laboral, condición jurídica de la residencia), los vínculos con sus hogares y comunidades de origen, la participación en asociaciones de migrantes en los países de acogida y el tiempo de permanencia en el exterior.

12. En la emigración extrarregional las evidencias disponibles indican una mayoría femenina en los casos de Australia, Italia y España.

13. Esta situación aparece confirmada por los datos de la Encuesta Continua de Población de 2000 de los Estados Unidos (Schmidley, 2001).

14. Que la inmigración latinoamericana se escriba
en femenino en países como España, no da recibo tampoco para sustentar la hipótesis de que se trate de proyectos definitivos, como apunta Izquierdo (2001) respecto de los estudios llevados a cabo en comunidades de inmigrantes de la región.

15. Aunque los datos no son estrictamente comparables, la Encuesta Continua de Población de los Estados Unidos de 2000 arroja una cifra del orden de 1 millón de profesionales y técnicos latinoamericanos y caribeños, un 12% de la fuerza de trabajo inmigrante de ese origen (Schmidley, 2001, p. 41).

16. En los Estados Unidos, la inmigración de latinoamericanos y caribeños indocumentados parece haber propiciado la flexibilización laboral requerida para afianzar la competitividad de su economía (Escobar, 1998); el carácter sostenido de la demanda por mano de obra barata, incluso en épocas recesivas, es interpretado como una muestra de la funcionalidad de aquella inmigración (Bustamante, 1994).

17. En 1999, el valor per cápita de las remesas se elevó a US$ 218 en El Salvador y a US$ 179 en República Dominicana (Torres, 2000).

18. Varios autores sostienen incluso  que el desarrollo de los países tradicionalmente emisores de fuerza de trabajo estimulará, a corto plazo, la emigración, y que aun si el intercambio comercial ayudara a generar empleos, esta estrategia no será suficiente  -por sí sola- para retener la población en sus lugares de origen (Rowlands y Weston, 1996).

19. Señales palmarias de este ambiente social adverso son el debate sobre migración sostenido en la última reunión de la Unión Europea (celebrada en junio de 2002 en Sevilla) y la aprobación de una nueva Ley de Inmigración en Italia (julio de 2002), cuyas severas exigencias para las condiciones de entrada y permanencia y las sanciones para quienes violen las normas la coloca en una posición de singular endurecimiento (así, por ejemplo, el derecho a la reunificación familiar se restringe sólo a los hijos menores o a los que son minusválidos (sic) (www.elmundo.es).

20. Muchos países desarrollados cuentan con disposiciones francamente agresivas para favorecer la "importación de capital humano"; además, el Acuerdo General sobre el Comercio de Servicios (AGCS) contempla el desplazamiento temporal de personas naturales que satisfacen algunos requisitos de calificación (CEPAL, 2002).

21. Con todo, la "migración calificada" no muestra atisbos de reducción y ello impone retos a los países de origen. Frente a las iniciativas tradicionales dirigidas a retener a los potenciales participantes del
brain drain - y  ­que, amén de poner en riesgo los derechos de las personas, tuvieron escaso impacto en la región- parece más realista reconocer la conveniencia de   estimular la circulación y el intercambio de tal tipo de personal (brain circulation y brain exchange) con el propósito de convertir a los migrantes en nexos entre las redes locales y globales de desarrollo científico y tecnológico, y en agentes de transferencia de conocimiento y tecnología (CEPAL, 2002; Pellegrino, 2000; Pellegrino y Martínez, 2001).

22. El regionalismo abierto se concibe como "un proceso de creciente interdependencia económica a nivel regional, impulsado tanto por acuerdos preferenciales de integración como por otras políticas en un contexto de apertura y desreglamentación, con el objeto de aumentar la competitividad de los países de la región" (CEPAL, 1994, p.8).

23. Entre los desafíos que la migración impone a los países cabe mencionar: la evaluación de sus determinaciones económicas (factores desencadenantes) y socioculturales (factores de perpetuación); la identificación de sus externalidades (transferencia de recursos humanos calificados, indocumentación, reagrupación familiar y flujos de remesas); el examen de sus distintas formas (tradicionales y novedosas); el análisis de las diversas opciones de intervención (fomento al arraigo, canalización de los flujos, segmentación temporal de los movimientos); la convergencia, en sentido amplio, de las políticas sociales, que incidirá directamente en la situación de las personas migrantes.


 
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