Titulo

Los nuevos paradigmas de la Cooperación Internacional
Edición  Nº 64

Enero - Abril  2002
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Cooperación internacional, un concepto de dimensión política

Didier Opertti
Ministro de Relaciones Exteriores de Uruguay.

Discurso pronunciado en la inauguración de la XV Reunión de Directores de Cooperación Internacional de América Latina y el Caribe realizada entre el 11 y 13 de marzo de 2002 en Montevideo, Uruguay, organizada por la Secretaría Permanente del SELA y el Gobierno de Uruguay.


      Hablar de la cooperación internacional es, en definitiva, hablar de espacios que todavía no están cubiertos por lo que debe constituir el modo habitual de relacionamiento entre los Estados, entre las Naciones, que es el vinculo del funcionamiento del comercio internacional, del desarrollo de las relaciones internacionales en los terrenos de equivalencia que ese comercio y el acceso al mercado suponen. Es decir, hablar de cooperación internacional, en muchos aspectos, no en todos lógicamente, significa cubrir vacíos, colmar lagunas que el propio funcionamiento de la sociedad internacional no es capaz de solucionar por sí misma.

      Vale la pena hacer un breve repaso que no tiene por objeto sino identificar cuál es nuestra visión de la cooperación internacional. Hay algunos aspectos que son de base, que son conceptuales, que tienen que ver con la cooperación como la relación emergente entre quienes pueden prestarla y quienes están en condición o aptitud de recibirla y esa es, sin duda, una constante que no debemos abandonar por cuanto da cuenta, ella misma, del diferente grado de desarrollo científico, tecnológico, económico, financiero, cultural de los países en que la sociedad internacional se organiza.

      En segundo lugar hay aspectos operativos, vale decir, los agentes de esa cooperación, quienes la motorizan, quienes la movilizan, quienes están legitimados para llevarla a cabo y quienes, de consiguiente, generan expectativas razonables y fundadas en cuanto a la eficacia de su propia acción. Y luego están los aspectos instrumentales, vale decir, los medios de los cuales se vale la cooperación, variados, no uniformes, muchas veces regionales, otras veces globales, internacionales, muchas veces públicos, otras veces privados, a veces con mayor o menor componente estatal, otras veces con mayor componente no institucional.

      Pero en definitiva -y esto me importa subrayarlo-, la cooperación internacional no es un concepto o una categoría lógica ubicada en el terreno del pensamiento abstracto o estructuralista, sino que es una categoría dinámica de naturaleza esencialmente política. La cooperación es un concepto político, no es un concepto ni preñado de asistencialidad ni de voluntarismo ni de finalismo coyuntural, sino que la cooperación es, sin ninguna duda, uno de los capítulos en que la organización política diseña y tramita su asistencia y sus relaciones internacionales.

      Es importante a esta altura reconocer que hay algunos factores que inciden sobre el modo de prestación de esa cooperación. Voy a dar dos o tres datos no para incurrir en el vicio de dar cifras y datos que muestran de frente y perfil la evolución de la pobreza, sino para mostrar que aunque ellas por sí mismas no son directamente indicativas de pobreza, ni de marginalidad, sí son indicativas de que detrás de ellas se ocultan situaciones de injusticia, de desequilibrio, de falta de equidad, porque en definitiva, en último término, los grandes problemas del mundo contemporáneo y los de siempre se resuelven en términos de equidad, en términos de justicia.

      Cuando nació la Ronda Uruguay, en Punta del Este, en 1986, ella fue positiva por la creación de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y abrió perspectivas auspiciosas para todos los Estados tanto industriales como productores de materias primas. Sin embargo, los resultados de la Ronda Uruguay a pesar de haber generado entre 170 mil y 210 mil millones de dólares de comercio adicional anual -fíjense ustedes en esta cifra- no hubo una distribución equitativa de los resultados de este comercio y los países altamente especializados en bienes agrícolas, muchos de los cuales estamos aquí representados, siguen teniendo una participación más que reducida en ese incremento y en el bienestar consiguiente que ese incremento genera.

      La agricultura ha quedado prácticamente al margen de los procesos de liberación comercial en las siete rondas que precedieron a la de Uruguay y sigue siendo el rubro mas distorsionado y mas protegido a nivel internacional. Este tema es, sin ninguna duda, una asignatura más que pendiente. Por lo tanto, hablar de la cooperación como si ésta fuera el sucedáneo de la equidad o la justicia o el sustitutivo natural de la solidaridad es, de alguna manera, consolidar, es también, al menos, no denunciar con voz clara, firme y con un concepto categórico que el origen de la necesidad de la cooperación anida no estrictamente en el seno de esta, sino en lo que le es ajeno en la exterioridad pero íntimamente ligado en el concepto, lo que es el desequilibrio, la desigualdad, la no distribución equitativa del comercio.

      Por eso me parece más que prudente que a ese concepto, originalmente sólo asistencial o esencialmente asistencial de la cooperación, le pongamos una contracara: la de que no hay mejor manera de cooperación que el acceso al mercado efectivo real sin cortapisas, sin proteccionismos ocultos, sin doble discurso, sin subsidios encubiertos, sin ayudas internas a la producción que en muchos casos no hacen sino poner a competir a productores netos con las contadurías o contabilidades -que incluyan lo financiero- de cada uno de los países.

      Por eso hay momentos en que pienso -y esta es una opinión personal que naturalmente no tiene más valor que el de registrarla aquí en el seno de estos amigos que son ustedes- que muchas veces mediante el esfuerzo por desarrollar la cooperación quizás estemos legitimando de alguna manera la desigualdad, legitimando el desequilibrio, legitimando la falta de equidad. Por eso debemos cuidarnos muy bien de no mirar el tema de la cooperación exclusivamente en sus aspectos operativos o instrumentales sino mirarlos desde del punto de vista de la naturaleza política que él encierra.

      Por ultimo, tres palabras para señalar la oportunidad de esta reunión. Tendremos en pocos días la reunión de Monterrey. Confieso que cuando el año pasado (2001) en la Asamblea General de Naciones Unidas y particularmente en el G77 se habló de la Conferencia Internacional sobre Financiación para el Desarrollo y sus preparativos a la luz de la tragedia vivida pocas semanas antes - el 11 de septiembre de 2001, del cual se cumplen hoy seis meses y que evocamos profundamente conmovidos - estábamos no sólo bajo el impacto de esa situación y la comprobación de la fragilidad de todo lo que ha construido el hombre en el mundo contemporáneo, sino que también estábamos bajo el impulso de buscar nuevas y mejores formas de relacionamiento humano que desactiven esa evocación de la violencia como alternativa para encontrar mejores soluciones a los problemas, impulsados quizás por el sentimiento generoso de pensar y, de, a la vez, sentir que ante dramas de esa magnitud el hombre vuelve sobre sí mismo y tiene una sobredosis de atención a los problemas que ya no se aligera o resuelve en lo puramente procesal, sino que se concentra detenida y profundamente en los problemas que hacen a la esencia misma del ser humano y sus condiciones básicas de vida.

      Por eso abrimos un crédito importante a Monterrey. Por eso le damos una suerte de expectativa generosa y vigilante a la vez, para mirar cómo quienes puedan estar en condiciones de dar financiamiento para el desarrollo, se dispongan no a darla en términos simplemente bancarios o financieros sino a darla en términos de civilización, en términos de progreso, en términos de mantenimiento de la paz, en términos de mantenimiento de la equidad internacional.

      No habrá una sociedad pacífica sin equidad, no habrá un hábitat reservado para ningún país del mundo capaz de preservar su propia paz y consistencia si no existe un medio ambiente, si no hay una suerte generalizada de detenimiento sobre cuáles son los temas que tenemos que resolver. Por eso no es casual que en esa reunión de Naciones Unidas y en paralelo con ella, un tema central fuese el dialogo de civilizaciones. Y el dialogo de civilizaciones lo que planteaba no era simplemente un problema filosófico, un problema conceptual de interpretación de la vida y del sentimiento de la existencia misma y de su referentes histórico-culturales. ¡No! Lo que planteaba era la necesidad de encontrar fórmulas de entendimiento, fórmulas que hagan que el individuo sienta que tiene el derecho a desarrollar sus potencialidades, que los Estados tienen el derecho a organizarse conforme al mandato soberano de sus pueblos y que la sociedad internacional no puede ser sino reflejo de esa diversidad. Allí estaba el corazón mismo del tema.

      Entonces cooperación como un capitulo, no cooperación como un sucedáneo, no cooperación como un sustitutivo, no cooperación como el remedio mágico que, como decía Carnelutti respecto de las demoras del proceso, no llegue tan tarde como para que cuando llegue el enfermo ya esté muerto. Se trata, por lo tanto, de que trabajemos con la idea de que sólo avivando la cooperación desde el ángulo del planteamiento de la necesidad de equilibrar factores y no simplemente de hacer requerimientos, estaremos situados en el verdadero terreno donde a nuestro juicio este asunto, en nuestra opinión personal, debe colocarse.

      Les agradezco mucho la posibilidad de haber compartido con ustedes estas reflexiones y de convocarlos a que pensemos que Monterrey no puede quedarse como un discurso político de corte epidérmico sino que debe ser un discurso compromisorio. Es decir que esta no sea una conferencia mas.

      Países vecinos y hermanos viven hoy una situación dramática que por momentos hasta parece apuntar hacia la disolución, y que todos esperamos que felizmente ello no ocurra. Pero veamos el tema, abramos los esquemas, abramos nuestra mente, abramos las ideas, no nos quedemos con los viejos y socorridos tics con los que muchas veces respondemos a los problemas internacionales e internos.

      Quisiera, por último, reiterarles que Uruguay, mi país, mi Gobierno, le asigna a esta Reunión de Directores en el marco del SELA, toda la importancia que ella tiene no sólo por la materia que la convoca, sino por la oportunidad de su convocatoria. Es bueno que de aquí emerja materia prima de primera mano para llevarla fresca e inalterada a la reunión de Monterrey. Asumo el compromiso de que si de aquí emerge ese discurso, ese mandato, esa sugerencia, esa indicación, allí estaremos también nosotros, con otros hermanos de la región y de otras regiones, levantando con claridad el porqué de la búsqueda acuciosa de mejores y mas equitativas relaciones en el mundo.

  

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