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Titulo Seminario: "Los Procesos de Integración Regional
¿Convergentes o Divergentes?"
GRULAC/SELA/CAF
Caracas, 17 de septiembre de 2002

 

Transcripción de la intervención del Embajador Juan Francisco Rojas Penso,
Secretario General de la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI)

Hablar de convergencia y divergencia de la integración en América Latina y el Caribe es hablar de un tema muy complicado. Para ello, tendríamos que responder antes a dos preguntas: ¿Que es la convergencia? Y en función de ello ¿Para qué la hacemos? Esto es importante, sobre todo en un momento tan difícil para la región, donde, además se ponen en evidencia tantos factores encontrados que hacen todavía más complicado un proceso de convergencia, y donde, incluso, pueden haber innecesariamente traslaciones de crisis entre los distintos países que conforman nuestra región.

Y evidentemente, en función del contenido que le demos a esas definiciones tendríamos que ver qué podemos hacer para hacer de todos los procesos de integración un solo movimiento con características multilaterales, que era como se había soñado, en los años sesenta, cuando se creó la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC), sueños estos que luego consiguen una expresión más real cuando se suscribe el Tratado de Montevideo de 1980, el 12 de agosto de ese mismo año, por el cual se creó la ALADI.

    Evidentemente, cuando hablamos de esta convergencia, se debe tener como punto de partida el concepto de qué es la integración, qué estamos haciendo y qué está pasando con la integración en nuestra región en estos momentos. Si partimos de la base que todos estos acuerdos de integración se hicieron para lograr una mejor inserción o una inserción más competitiva de la región en el sistema económico mundial, y que además esa inserción la hemos estructurado sobre la base de una apertura unilateral y sin compensaciones frente al mundo desarrollado, entonces allí surge un primer elemento que es importante analizar: si esta convergencia trata exclusivamente de armonizar los procesos de liberación del intercambio y de tratar de coordinar o lograr una mayor homogenización de las distintas disciplinas que regulen el intercambio comercial intra-regional.

Si de esto se trata, tendríamos entonces que forzar a los países latinoamericanos a establecer un programa de liberalización acelerado y muy parecido, y esto no es muy difícil lograrlo. Tal vez sea una tarea mucho más difícil hablar de las disciplinas comerciales, de normas origen, de cláusulas de salvaguardia, de mecanismos para defendernos de la competencia desleal. Allí probablemente sea más complicado la temática de la convergencia. ¿Pero es ese tipo de convergencia lo que nosotros queremos para la integración de América Latina? ¿Es eso lo que necesitamos para la integración?

    La integración no ha dado una respuesta clara ni precisa a la crisis que ahora enfrenta la región. Por el contrario, hasta se habla de disolución de los procesos de integración. Ya hubo una experiencia cuando la crisis de la deuda de los años ochenta, cuando se desvirtuaron los compromisos que habían adquirido los países, y si bien es cierto que en la crisis actual los compromisos se mantienen, se mantienen pero en un status de no más negociación, de no más profundización.


La prioridad es la atención al tema interno, y por ello algunos países, y con cierta lógica, están optando por buscarse mercados fuera de la región que compensen la pérdida de los mercados regionales. Entonces, frente a esa realidad, nuevamente surge el problema de si ese es el tipo de integración que nosotros estamos buscando; si esa es la integración que verdaderamente nosotros pensamos en los años ochenta, la que debería llevarse a la práctica dentro de los países latinoamericanos.

    La integración, en su devenir, ha tenido grandes éxitos desde el punto de vista comercial, sin ningún lugar a dudas. A comienzo de los años noventa, el comercio entre los países de la ALADI, más México y Cuba, se situaba en torno a los 13 mil millones de dólares, y en el año 1997 ese comercio pasó a ser de casi 46 mil millones de dólares. Eso fue producto, evidentemente, de las aperturas que unilateralmente realizaron los países y que profundizaron con sus distintos socios con los cuales establecieron acuerdos fundamentalmente de carácter comercial.

Ese crecimiento del comercio, que era muy importante, empezó a desvirtuarse en el año 1999, cuando emergió la crisis de Brasil. Entonces hubo una caída similar a la misma que se presentó en el trienio 1980-1983 cuando la crisis de la deuda externa. Y en estos momentos el comercio para el primer semestre de este año decreció en 20% con relación al mismo período del año pasado. Estamos hablando de una caída cercana a los 5.000 millones de dólares, lo cual es impactante, sobre todo para varios de los países miembros de la ALADI.

En el año 1990 el comercio intrarregional apenas representaba el 10% del total del comercio global de los doce países de la ALADI y hoy día es el 17%. El problema es que para cuatro países de América Latina su mercado es la región. Me estoy refiriendo a Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay. Son países que efectivamente hicieron una inserción dentro de la región latinoamericana con base en los distintos acuerdos de integración que suscribieron. Y mucho más importante es la calidad de ese comercio, porque se trata de un comercio de manufactura, no es un comercio de "commodities", sino un comercio con valor agregado, no tanto como el que deberíamos aspirar, uno en el que efectivamente se hiciera un comercio con un alto grado de contenido tecnológico, con un grado de complejidad tecnológico mayor.

Sin embargo, a pesar de esa característica de que se exportan muchas manufacturas, se trata de manufacturas, digamos, de primera generación, con bajo valor agregado, con excepción del comercio que hacen el Brasil y Méjico, que sí tiene un grado de complejidad tecnológica mayor en su intercambio y promueve esto una mayor complementariedad.

    Se han dado avances importantes con los programas de liberación que están pactados, por lo menos, en el marco del Tratado de Montevideo. Podemos observar que hacia el año 2007 el 80% del intercambio comercial estará liberado plenamente entre los doce países miembros de ALADI. Esto podría ser incluso mucho mayor, si culminaran exitosamente las negociaciones entre la Comunidad Andina y el MERCOSUR en el lapso previsto de diciembre de este año, y ojalá así fuera.

Sin embargo, tenemos que reconocer que ese 80% del comercio es básicamente el comercio inter-andino, es básicamente el comercio intra-MERCOSUR y es el comercio entre Méjico con Colombia y Venezuela. Es decir, que no ha habido un efecto multilateral del comercio, sino que el comercio se ha hecho básicamente entre pares y grupos de países. Probablemente habría que mencionar también en esa línea de los más importantes, el importante acuerdo comercial que existe entre Chile y los países miembros del Mercado Común del Sur (MERCOSUR)

    Frente a esta realidad que no es precisamente la más alegre ni la más esperanzadora posible, y frente al desafío del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), nos embarcamos, sorpresivamente, en una nueva ronda de negociaciones comerciales multilaterales. Y digo sorpresivamente porque muchos países latinoamericanos y del Caribe, y en general muchos países en vías de desarrollo, todavía no han instrumentado los acuerdos alcanzados en el marco de la Ronda de Uruguay que dio nacimiento a la Organización Mundial del Comercio (OMC).
   
    Frente a esta serie de desafíos, ¿Qué tenemos que hacer o qué pensamos que debemos hacer? Es evidente que no podemos continuar con una integración exclusivamente de pactos comerciales, que no podemos continuar en una integración de pactos comerciales. Tenemos frente a nosotros ese desafío grande que es la creación del ALCA donde, con las dificultades que tienen los dos grandes acuerdos subregionales, la Comunidad Andina y el MERCOSUR, de alcanzar definiciones en materia del arancel externo común, probablemente se diluirán las preferencias comerciales que se han tranzado en ambos acuerdos.

    Es evidente que la liberalización plena que se ha logrado no ha traído los efectos suficientes sobre la estructura productiva y sobre la estructura de distribución de ingresos al interior de nuestros esquemas de integración comercial; no ha generado un proceso permanente de crecimiento y desarrollo lo suficientemente sustentable de manera tal de hacer de la integración un eje importante del desarrollo y del crecimiento de los países latinoamericanos.

    Pensamos, entonces, que es necesario generar un nuevo consenso a nivel regional, un consenso político entre los gobiernos, los empresarios, los trabajadores y sobre todo los líderes políticos, que necesariamente deben tener una mayor y activa participación en este proceso de integración, que ha estado alejada de ese sector, de ese segmento de la sociedad. Frente a esta realidad que estamos viviendo de limitaciones de la integración, pensamos que es un momento muy importante para hacer una reflexión.

En nuestra opinión, entendemos que hay cinco líneas de acción que deberían llevarse a la práctica y que deberían constituirse en los elementos centrales de ese trabajo de reflexión.

El primer elemento o línea de acción se refiere a la integración productiva. No se trata de ir a los esquemas del pasado sobre programación industrial que se generaron en el Pacto Andino. Pero si es importante actuar sobre el sector productivo y, sobre todo, en dos materias que son fundamentales y que están íntimamente relacionadas con la actividad productiva de cualquier país del mundo: la educación y la ciencia y la tecnología. Los presupuestos más exiguos de los países latinoamericanos están dirigidos a la educación y a la ciencia y la tecnología y a las cancillerías. Los negociadores, los que tienen que generar la verdadera integración, son los que están más abandonados en las estrategias de nuestro desarrollo.

Un segundo elemento pasa por la armonización de políticas. Es necesario un mínimo de coordinación de política para poder dar estabilidad suficiente al proceso de integración. Esa armonización de políticas pasa por mecanismos que deben procurar dos elementos fundamentales: la estabilidad del comercio y la estabilidad de los flujos financieros. En la región latinoamericana hemos actuado muy bien a través de la CAF, sobre todo, y en menor medida con el FONPLATA, en la generación de un mecanismo financiero para el financiamiento de proyectos. Hemos dejado a un lado al Fondo Latinoamericano de Reservas (FLAR), por una parte, y en materia comercial, el único mecanismo de financiamiento para el comercio con el que contábamos, que era el Convenio de Pagos y Créditos Recíprocos, se acabó.

    El tercer elemento pasa por la necesidad de darle la mayor transparencia posible a las disciplinas comerciales. Hay que trabajar seriamente sobre las disciplinas comerciales, pues esto atenta contra los costos de la comercialización. Los empresarios saben que para exportar a México deben llenar un certificado de origen; otro al MERCOSUR; otro a los andinos y, por supuesto, con terceros países también hay otras fórmulas para exportar que son bastante engorrosas.

No es lo mismo la norma de origen vigente para México que la norma de origen para exportar, por ejemplo, al Uruguay, o para exportar entre los países andinos. Son totalmente diferentes. El tema de la integración física ha encontrado un pie de apoyo muy bueno en el ámbito de la Cumbre Suramericana a través del proyecto IIRSA, en el cual está participando la CAF conjuntamente con el BID y FONPLATA.

Hay dos temas adicionales que podían ser objeto de análisis más profundos, para un debate más amplio que el tiempo que nos ofrece este foro. Uno es el tema de la cultura, y no se trata de la liberalización de los bienes y servicios culturales, sino de hacer políticas culturales en el marco de la integración. En varias ocasiones hemos hablado de la "macdonalización" de América Latina. En muchos de nuestros países, McDonald se ha convertido en el eje de la cultura gastronómica.

    El otro es el de la cooperación política. Y aquí me quiero referir a dos experiencias muy buenas: una que se ha vivido dentro de la Comunidad Andina y el MERCOSUR, referida a la cláusula democrática, de permanente uso. La otra registró avances en la II Cumbre Suramericana, realizada en julio en Guayaquil, pero que ya existía en el MERCOSUR, que es la Declaración de la Zona de Paz.

Definitivamente, entre los países miembros del MERCOSUR y sus dos asociados, Chile y Bolivia, cambió el concepto de seguridad y defensa, que ahora tiene una nueva orientación. Creo que es un tema que tiene mucha trascendencia y mucha significación. Tanta significación e importancia tiene que contribuyó eficazmente, por ejemplo, a resolver 23 hipótesis de conflictos limítrofes entre un país miembro del MERCOSUR, Argentina, y un país asociado, Chile, en menos de seis años. Y eso, en parte, fue gracias a esa Declaración de Zona Paz. Desde el punto de vista político tal vez sea esto el mayor elemento de sustentabilidad que tiene el MERCOSUR en estos momentos.

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