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Titulo Seminario: Perspectivas Económicas
y Agenda de América Latina y el Caribe
GRULAC/SELA/CAF
Caracas, 12 de septiembre de 2002

 

Transcripción verbatim de la intervención del Presidente Ejecutivo de la CAF,
Enrique García



Luego de un proceso de optimismo que se experimentó en América Latina después de la llamada década perdida que se extendió hasta 1997, a partir del año 1998 las circunstancias cambiaron dramáticamente en la región, lo que condujo a que el optimismo pasara a convertirse en un pesimismo que se ha visto agravado por hechos recientes, en especial a partir del último año.

A partir de la década de los 50 se presentó un modelo de sustitución de importaciones, que tuvo sus méritos, pero que llegó a desarrollarse de una manera tal que concluye precisamente con la llamada crisis de los 80. Viene más adelante un cambio de paradigma y se establece un modelo de mercado que más tarde será conocido como el consenso de Washington, dentro del cual los países realizan un proceso muy amplio de reformas luego del cual -si se mide lo que ha sucedido hasta ahora- lamentablemente las noticias no son halagüeñas.

Sin embargo, las impresiones que se han dado en el corto plazo no deben hacer sombra sobre los problemas estructurales existentes, dado que hay una tendencia grande entre los economistas a hacer referencia permanente al "sube y baja"; es decir, si subió o bajó el ingreso per cápita, si las exportaciones subieron o bajaron, pero a veces no nos preguntamos cuáles son las raíces que están detrás de esta situación.

Una de las preguntas que yo quisiera tratar de responder es: ¿Qué es lo que se ha hecho mal? ¿Por qué no podemos avanzar? ¿Cómo se explica que después de haber hecho experimentos de todo tipo, América Latina esté hoy en día en un posición relativa mundial inferior a la que tenía a principios de los años 50?

Al respecto hay algunos datos que vale la pena destacar: América Latina era, al inicio de la década del 50, la tercera región más importante en el mundo entre cinco. Actualmente es la quinta entre siete lo que ha implicado una pérdida de importancia relativa. Otro indicador es -si se toman los últimos veinte años- el ingreso per cápita de América Latina, comparado al ingreso per cápita del resto del mundo, lo que tampoco ha tenido un desarrollo satisfactorio. En efecto, mientras a principios de la década de los 80 el ingreso per cápita de los países de la OECD era el doble del de América Latina, hoy en días es casi cuatro veces.

Otro dato interesante es que mientras el ingreso per cápita -en términos constantes- se mantiene prácticamente sin cambio en los últimos 20 años en América Latina, para los países de los OECD aumenta considerablemente, como se destacó con anteroridad. Y si se toman los países asiáticos se ve cómo casi se triplica. Lo anterior claramente ayuda a demostrar que estamos en una situación desmejorada.

¿Qué significa lo anterior? Que se requiere mucho esfuerzo para cerrar la brecha con respecto a los demás países del mundo, en especial los industrializados. Hay una reflexión interesante al respecto: ¿Cuántos años tomaría lograr el ingreso per cápita de los países de la OECD, en el supuesto de que estos se estancaran, es decir que se quedaran en el nivel constante que tienen hoy, y que América Latina creciese a la mejor tasa que tuvo en la década de los 90, que fue entre 1991 y 97? Tomaría   aproximada- mente 70 años. Pero si crece a la tasa promedio de la totalidad de la década de los 90, entonces tomaría más de cien años.

¿Por qué ha sucedido esta situación? Hay varias razones que hay que enfatizar y que son esencialmente de carácter estructural. En la medida que esas razones -que son las raíces del problema- no sean atacadas en forma clara y precisa a nivel nacional, regional e internacional, se estará repitiendo la misma historia. Es decir, que cada de dos o tres años se produzca una nueva crisis en alguno de los países de la región, luego hay que hacer ajustes, se retoma el crecimiento, transcurren tres años y se regresa a lo mismo.

¿Cuáles son las razones principales? La primera es que América Latina no ha cambiado sustancialmente su patrón de producción de exportaciones. La región sigue siendo esencialmente -con muy pocas excepciones, como en el caso de México- una región exportadora de materias primas o de genéricos industriales que lamentablemente tienen un gran problema, y es que están sujetos a los choques externos y son vulnerables en los términos de intercambio. Al ver las cifras, el 50% de las exportaciones totales de América Latina tiene estas características. En los países andinos es más dramático, pues llega al 70% de productos como el petróleo, los minerales o la soya.

El caso de México es diferente. Hasta hace diez años tenía una situación similar a la de la mayoría de los países de la región. Sin embargo, hoy en día menos del 10% de sus exportaciones realmente están vinculadas a lo que llamaríamos materias y primas y genéricos, lo que implica un sustancial proceso de cambio hacia actividades con valor agregado y con tecnología. Es posible que se argumente que al ser parte de un acuerdo como el NAFTA, México haya podido encontrar los mercados y lograr esa transferencia de tecnología así como dicho tipo de modalidad de producción.

De ahí que la primera realidad que hay que tener presente es que si América Latina no transita de una economía basada principalmente en recursos naturales, a economías de ventajas competitivas donde estemos creando nichos o cadenas de producción y de comercialización, donde se incentive el conocimiento o la tecnología, así como el valor agregado en actividades vinculadas a dichas áreas, va a ser muy difícil seguir adelante. Un ejemplo claro es el de Venezuela, donde la alta dependencia del petróleo en algunos momentos se vuelve una bendición pero puede ser lo contrario en otra coyuntura, lo que lleva a que otros sectores que son fundamentales para la transformación de una sociedad no puedan desarrollarse por haberse focalizado demasiado en este campo.

El segundo elemento, íntimamente vinculado al anterior, es un factor exógeno importante: se trata de las asimetrías que existen a nivel internacional. Mientras en América Latina se han logrado avances sustanciales en el proceso de reforma, de apertura al comercio y a la inversión, lamentablemente esa actitud no ha sido simétrica a nivel internacional por lo que se presenta un importante proteccionismo en productos en los cuales la región ha tenido tradicionalmente ventajas comparativas.
Esta situación se debe a acciones de la Unión Europea y Estados Unidos que ha venido a agravarse con los aumentos en subsidios agrícolas -que se han incrementado en una forma dramática en Estados Unidos-, así como la dificultad de convencer a los estados europeos para que hagan una mayor apertura en esta materia y, también, algunas otras prácticas de proteccionismo que tienen que ver con el acero y con otros productos en los cuales la región tiene una gran posibilidad de desarrollo.

De aquí se desprende un segundo elemento clave, dado que si no se puede exportar es porque no hay acceso a los mercados y más aún, si los precios tienen fluctuaciones evidentemente esta es una de las raíces que plantean los ciclos macroeconómicos adversos en los que a veces se ve inmersa la región.

Un tercer elemento -que es en parte culpa de lo anterior, pero también tiene una parte de culpa nuestra- es la bajísima capacidad de ahorro interno de la región. América Latina, en promedio, tiene una capacidad de ahorro interno del 18% del Producto Interno Bruto. Si se coloca en términos más simples, el ahorro total -es decir el ahorro de los hogares, las empresas y los gobiernos- representa que por cada dólar de ingreso tan solo se ahorran US$ 0.18 centavos. Ese es el promedio. Pero si se excluyen algunos países que tienen promedios más altos, se aprecia que muchos de ellos, la mayor parte, están con capacidades de ahorro inferior al 15 y 14%. Si se realiza una comparación con los países exitosos en materia de desarrollo la situación sería la siguiente: los asiáticos con US$ 0.35 ó US$ 0.40 centavos de ahorro por cada dólar; o casos exitosos en América Latina, como el de Chile, que ha llegado a tener un US$ 0.25. Ahora, si se toma ese 14%, 15% ó 18% y se le compara con las necesidades de inversión requeridas para tener un crecimiento económico adecuado del 4% al 5% -como mínimo- se requiere invertir por lo menos un 22% al 23%.

Si se ahorran US$ 0.18 pero se necesitan US$ 0.22 para invertir, y además hay que servir amortizaciones de la deuda, se genera una brecha muy grande, lo que demuestra que hay en la región -debido a la baja capacidad de ahorro interno- una alta dependencia de financiamiento externo. Lo anterior está claramente demostrado pues en los años en los cuales los recursos externos son abundantes, el crecimiento económico es alto. Como ilustración está el hecho de que entre 1990 y 1997 el flujo neto de recursos externo hacia América Latina fue de US$ 57 mil millones anuales en promedio.
El crecimiento promedio de esos siete años estuvo cerca del 3.8%. Sin embargo entre 1998 y 2000 ese flujo neto bajó a US$ 37 mil millones. Y si se observa lo que sucedió en los años siguientes, se está por debajo de US$ 20 mil millones. En consecuencia, el promedio de los últimos cinco años baja del 3.8% a menos del 2%.

De aquí surge otro tema crítico pues dichos recursos externos dependen en gran medida de la disponibilidad de los mismos hacia los países. ¿Cuáles son las fuentes? Son en esencia las bilaterales o las multilaterales como el BID, el Banco Mundial, la CAF, o los privados representados por los mercados de capital o mercados que pueden ser bancarios o mercados de bonos y, desde luego, la inversión extranjera directa.
En circunstancias como las vividas en el último año, donde ha habido una gran crisis de confianza a nivel internacional y una percepción muy grande de riesgo de todas las economías, si se une la baja capacidad de ahorro con la aversión al riesgo -en la cual se ve que es muy difícil para los dos países tener acceso a los mercados de capital, que los recursos de los multilaterales no son suficientes para cubrir todo esto y que además por una serie de factores la percepción de la inversión extranjera también ha asumido una actitud de percepción de mayor riesgo-, se encuentra que lo que está sucediendo en este momento es una prueba clara de una interrelación de todos los factores que se han señalado.

El cuarto elemento también tiene que ver con los anteriores. Nuestra región tiene una competitividad baja, entendiendo ésta como un conjunto de políticas, instituciones, procesos y actitudes que hacen que una economía tenga aumentos -o no tenga aumentos sostenidos en productividad- que a su vez es base fundamental para el incremento del ingreso del producto per cápita y del crecimiento económico.
En este sentido, no es posible hablar de resolver los otros problemas estructurales, como los de índole social, si las economías no tienen un crecimiento alto, sostenido y de buena calidad. Regresando al tema de la competitividad, de 75 países que están en el índice de competitividad que calcula anualmente el Foro Económico de Davos y la Universidad de Harvard, América Latina está en promedio de la posición 57. Lo anterior demuestra que la región está en una mala posición. Hay un sólo país por debajo de la posición 30, que es Chile. Hay dos países que están debajo de la posición 40: Chile más Costa Rica. Todos los demás están por encima la 40.

¿Qué es lo que se mide dentro del concepto de competitividad? Varios elementos: percepción sobre el ambiente macroeconómico en un país o una región; la percepción que existe sobre la institucionalidad, es decir las reglas del juego -¿son continuas, son permanentes, son creíbles, son cambiables o no son cambiables?-; la independencia de poderes que existe en un país; la gobernabilidad existente; las reglas que aseguran o no aseguran la competencia. Es decir que si alguien tiene un problema por dirimir y acude a los canales de justicia ¿puede contar con reglas de juego estables y claras, o no?; mercados financieros y de capital nacionales, regionales que den acceso a la gente; logística e infraestructura; tecnología; cómo es el recurso humano, la educación, etc. Estos elementos son en esencia percepciones, lo cual no quiere decir que la situación sea exactamente así, sin embargo es lo que piensan los diversos actores que han sido encuestados. Puede ser que la medición sea o no cierta, pero demuestra que hay un problema que América Latina tiene que resolver y tiene que ver estrictamente con nuestra responsabilidad como región.

El quinto elemento es la falta de equidad. Evidentemente la región es inequitativa los que se traduce en algunos hechos significativos: el 5% de la población se lleva el 25% del ingreso de América Latina. Lo anterior se compara con el hecho de que en un país industrializado, ese 5% se lleva menos del 12%. Lo anterior está vinculado al tema de pobreza. En América Latina todavía uno de cada tres latinoamericanos vive con menos de US$ 2 al día. Existe aproximadamente un 18%, en promedio, que está en la condición de indigencia.

¿Cómo salir de esta situación? Hay que pensar en una agenda renovada que parte de la premisa de que el esfuerzo comienza en la casa y de que lo que viene de afuera es importante, pero complementario. Esperar a que todo venga de afuera es un gran error, pues lo importante es que se haga un gran esfuerzo interno. De ahí la trascendencia que le atribuimos al proceso de integración Latinoamericana y del Caribe. Lo anterior permite lograr sinergias valiosas en materia de crecimiento y desarrollo, así como una capacidad de negociación significativa en un mundo que se hace cada vez mas complejo en dichas materias, como se ha podido observar en las cumbres de Monterrey o Johannesburgo.

Esta agenda debe estar basada en los principios de estabilidad, competitividad, sostenibilidad, integración regional e inserción internacional. El primer elemento es lograr un enfoque mucho más de carácter micro que de carácter macro. La macroeconomía es fundamental, dado que si no hay estabilidad macroeconómica no es posible crecer, pero la macroeconomía por si sola no hace crecer. El crecimiento viene de las empresas, de los gobiernos, que son elementos de carácter micro. Sin embargo una mala macroeconomía destroza cualquier posibilidad de crecimiento.

El segundo elemento es que hay que aumentar la competitividad: pasar de economía de recursos naturales puros a economías de ventajas competitivas, todas basadas en tecnología, cadenas productivas, etc.

El tercero es la Institucionalidad: si no se construyen instituciones claras, idóneas, transparentes, con separación en las acciones entre los distintos actores, se hace muy difícil tener la reacción de los agentes económicos en una forma positiva para el desarrollo. Esto tiene que ver no únicamente con los gobiernos sino con el sector privado. Es muy importante la gobernabilidad en el sector privado, la apertura de las empresas, la buena contabilidad. Las recientes experiencias de lo que se ha visto con Enron y Worldcom es un ejemplo claro de lo que puede pasar en materia de corrupción en las empresas a nivel multinacional. Dichas normas y conductas de comportamiento deben aplicarse tanto al sector público como al privado para que asuman su responsabilidad en esta materia.

El cuarto, al cual ya se hizo referencia, es el del aumento del ahorro interno y fortalecer los sistemas financieros. Como medio para acelerar el proceso de desarrollo.

El quinto se refiere al Capital Social, dado que a través del mismo se crean las condiciones de confianza en una sociedad para que haya interlocutores del gobierno, del sector privado, de los diversos estratos que tengan mecanismos de consenso, disenso y participación adecuados. Que se generen canales de solidaridad. que se estimule el de la sociedad tomando conciencia de que un tema central en la región no solamente es la inequidad sino la exclusión.

Por último, ningún esfuerzo nacional o regional tendrá éxito si no se produce un cambio en la actitud de los países industrializados con respecto al tema del proteccionismo y otras asimetrías en el comercio, las finanzas y las relaciones internacionales. De hecho par resolver este tema -en el ámbito bilateral y multilateral- se requiere un enfoque más cohesivo por parte de los países latinoamericanos en sus procesos de negociación con Estados Unidos y otros países industrializados.

Para concluir, hay que señalar que si el esfuerzo no comienza en la casa, si no se hacen las reformas que faltan, si no se toma conciencia de que no hay manera de eliminar la pobreza y la inequidad social, si no se tiene una economía de crecimiento sostenido, eficiente y equitativo, definitivamente las situaciones que se han planteado en la región en forma repetitiva -ayer en México, hoy en Argentina con el impacto que ha tenido sobre Uruguay y la desaceleración del crecimiento económico en toda la región- se repetirán. Con toda seguridad se saldrá de esta crisis en un año o en dos y seguramente se tendrá una bonanza de dos, tres o cuatro años, pero en cinco o seis años se repetirá el ciclo y se volverá a la crisis. Este es un momento de reflexión y de cambio, en el cual la integración, a la que a veces se le ve como una cosa romántica, se vuelve una necesidad.

Yo siempre digo, y con esto concluyo, que la integración en este contexto no es un lujo sino una necesidad.

Gracias.

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