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OMC y ALCA:
prioridades en la agenda comercial de ALC
Edición Nº 63
Septiembre - Diciembre 2001
Indice |
Reflexiones en torno a Doha
Jeffrey J. Schott*
Miembro principal del Instituto de Economía Internacional de EE UU.
Introducción
Luego de tres años de preparativos y cinco agotadores días de noviembre, en Doha, Qatar,
los ministros de Comercio de los 142 países miembros de la Organización Mundial del
Comercio (OMC) terminaron su maratón acordando cruzar la línea de partida de nuevas
negociaciones comerciales multilaterales.
De la reunión de Doha surgieron tres documentos importantes:
- una declaración ministerial que establece los términos de referencia
y los objetivos de negociación de las nuevas conversaciones comerciales, al igual que las
directivas para guiar la labor de los comités y grupos de trabajo de la OMC.
- una declaración sobre aspectos de los Derechos de Propiedad
Intelectual Relacionados con el Comercio (TRIPS) y la Salud Pública, que confirman que
las actuales provisiones de la OMC conceden a los países flexibilidad en la atención de
los problemas de salud pública en general, y el acceso a las medicinas en particular.
- una decisión que se ocupa de los problemas que han surgido al ponerse
en práctica los acuerdos de comercio de la Ronda Uruguay de 1994.
Además, la ministerial de Doha aprobó los protocolos de adhesión de China y Taiwán,
que se convirtieron en miembros de la OMC a mediados de diciembre de 2001.
* Reproducido con autorización. Copyright 2002. Institute for
International Economies.
I. Porqué Doha no fue como Seattle
Hay varias razones por las cuales la reunión de Doha no compartió el mismo destino de la
anterior realizada en Seattle.
Primero, los principales comerciantes del mundo -Estados Unidos y la Unión Europea-
cooperaron entre sí más extensamente y estuvieron dispuestos a hacer concesiones en
cuestiones claves que son de interés prioritario para los países en desarrollo. El
representante de Comercio de Estados Unidos, Robert Zoellick, y el comisionado europeo,
Pascal Lamy, comprendieron que ninguno de los dos lados podía alcanzar sus objetivos si
trabajaban con propósitos encontrados.
La cooperación entre Estados Unidos y la Unión Europea empezó a comienzos de 2001 con
el arreglo de la antigua disputa bilateral en torno a las bananas y el acuerdo tácito de
evitar nuevas distorsiones en cuestiones como los subsidios a la exportación de la U.S.
Foreign Sales Corporation.
Estos actos demostraron que los problemas del comercio transatlántico podían resolverse
de una manera pragmática, sin la animosidad y los resultados de "el ganador se lo
lleva todo" que derivan de los litigios comerciales. Establecieron también un
precedente firme para colaborar en la agenda de Doha. Cada lado reconoció que, a pesar de
sus diferencias substanciales en cuestiones claves como la agricultura y el medio
ambiente, en las nuevas conversaciones de la OMC ninguno de los dos podía alcanzar sus
objetivos generales sin obtener concesiones del otro.
En Doha, la Unión Europea accedió a las demandas de Estados Unidos y otros países de un
mandato firme para reducir y, en último término, eliminar los subsidios a las
exportaciones agrícolas. En compensación, los negociadores estadounidenses alentaron a
los otros países a que apoyaran las propuestas europeas de entablar de inmediato nuevas
negociaciones sobre el medio ambiente, y también sobre políticas de inversión y
competitividad (aplazadas hasta la próxima ministerial de 2003). Sin estas concesiones
recíprocas, ninguna superpotencia comercial podría haber aceptado la Declaración de
Doha.
Segundo, la reunión de Doha estuvo mejor preparada y mejor organizada que la de Seattle.
A lo largo del año, todos los miembros de la OMC intervinieron en extensas consultas. Los
países en desarrollo participaron activamente mediante sus propias conferencias sur-sur,
norte-sur (tales como el Grupo Cairns de exportadores agrícolas), las ministeriales
informales en los meses que precedieron al encuentro en Doha y frecuentes consultas
bilaterales con Estados Unidos y la Unión Europea. Esta red de consultas se benefició
con los esfuerzos y la guía del director general de la OMC, Mike Moore, y del presidente
del consejo de la OMC, Stuart Harbinson, quienes dirigieron los preparativos de la OMC
para la reunión.
En 1999 las conversaciones de la OMC no lograron zanjar las diferencias entre las
delegaciones y produjeron un documento sin valor e impracticable para la acción
ministerial. En 2001, el proceso preparatorio de la OMC dio resultados más constructivos.
Moore y Harbinson prepararon proyectos de declaraciones que se consideraron equilibrados y
objetivos y que resolvieron la mayoría de las disputas subsidiarias en torno a puntos de
la agenda. Donde a los diplomáticos de Ginebra no les fue posible llegar a un acuerdo,
prepararon opciones para un número limitado de cuestiones políticamente delicadas, para
que los ministros pudieran componer un conjunto de compromisos que les permitían a cada
cual volver su país con "trofeos" que presentar ante sus sostenedores
políticos.
En ese sentido, las concesiones estadounidenses hechas al principio de la reunión de Doha
en relación con cuestiones delicadas como el antidumping y la declaración sobre los
TRIPS y la salud pública, al igual que la concesión de la UE en materia de agricultura,
demostraron ser invalorables para asegurar un resultado que equilibrara los intereses de
los países desarrollados y en desarrollo.
Tercero, los costos de un fracaso en Doha habrían sido mayores que los del fracaso en
Seattle. En medio de desaceleraciones económicas, que se van haciendo más profundas, en
Estados Unidos, Europa y Japón, el fracaso en el inicio de nuevas conversaciones
comerciales habría enviado una señal en el sentido de que era menos probable que los
países resistieran las demandas proteccionistas de sus propios cabilderos, lo que habría
desatado una reacción pesimista en los mercados financieros.
Además, luego de la experiencia de Seattle, otro desastre habría suscitado dudas en
torno a la eficacia de la nueva institución comercial y la voluntad de las principales
naciones comerciantes de utilizar la OMC, en lugar de nuevas iniciativas bilaterales y
regionales, para avanzar hacia sus objetivos comerciales. El comercio no es como el
béisbol, donde, por lo general, después de dos lanzamientos errados uno queda fuera de
juego.
Finalmente, y tal vez lo más importante, un fracaso en Doha se habría reflejado
desfavorablemente en la alianza internacional de naciones occidentales e islámicas que
colaboran para enfrentar el flagelo de las redes terroristas mundiales. Los trágicos
acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 unieron a muchos países que previamente
habían disentido en cuestiones importantes de comercio y política exterior. De hecho,
los países que habían mostrado más renuencia a participar en las nuevas conversaciones
de la OMC se han vuelto aliados claves en la guerra contra el terrorismo y han recibido de
los países industrializados, en reconocimiento a sus contribuciones, ayuda económica
sustancial. Un fracaso en Doha habría planteado dudas en cuanto a la subsistencia de esta
nueva alianza.
II. El mandato de Doha
Primero, la Declaración de Doha es un acuerdo de negociar. Con excepción de unas pocas
decisiones de aplicación, sólo establece objetivos de negociación y no requiere que en
los acuerdos finales se alcancen esos objetivos, total o parcialmente. Cada país que
participa determinará el nivel máximo de obligaciones que asumirá en cada aspecto, y el
nivel mínimo de obligaciones de parte de los otros países que considera suficiente para
producir un conjunto de acuerdos recíprocos.
Segundo, la Declaración establece una agenda de base amplia que abarca las negociaciones
en curso en materia de agricultura y servicios, temas tradicionales del Acuerdo General
sobre Aranceles Aduaneros y Comercio GATT/OMC, cuestiones nuevas como la inversión, la
política competitiva y el medio ambiente, y una gama limitada de temas institucionales
(primordialmente la reforma del arreglo de disputas).
La declaración establece un proceso en dos etapas en el cual las nuevas negociaciones en
los llamados "temas de Singapur", tales como la inversión y la política
competitiva, no comenzarán hasta después de la próxima ministerial de la OMC,
probablemente en el otoño de 2003, sobre la base de modalidades a ser acordadas en ese
momento. Los países en desarrollo, que en un principio se mostraron renuentes a ampliar
la agenda de la OMC para incluir estos nuevos temas, querían asegurar que las
conversaciones iniciales se concentraran en las cuestiones tradicionales de acceso a los
mercados, y que el fracaso en lograr un avance en ese terreno podría poner en peligro las
conversaciones sobre temas nuevos.
La agenda de negociación no es algo imposible de modificar. En otras ocasiones se han
agregado a las conversaciones otros temas que no se mencionaban en la declaración
ministerial que daba comienzo a la ronda (por ejemplo, la falsificación comercial en la
Ronda Tokio y la propia OMC en la Ronda Uruguay). En las nuevas negociaciones no sería
sorprendente que se revisara el Acuerdo sobre Salvaguardias, teniendo en cuenta las
discusiones que derivan del Artículo VI del GATT (antidumping) y de las cláusulas de
balanza de pagos del Artículo XVIII del GATT. Sin embargo, es muy difícil incluir temas
que han quedado excluidos de la agenda original. En la Declaración de Doha, la cuestión
de "comercio y trabajo" fue la única excluida explícitamente de las
negociaciones.
Tercero, los países acordaron que las negociaciones de Doha se lleven a cabo como un
todo. Es difícil exagerar la importancia de este compromiso. Dada la regla de la OMC
sobre el consenso, el requisito de todo o nada significa que hay que lograr bastante
progreso en todas las cuestiones claves o, de lo contrario, no se consigue nada. Y todos
los temas nuevos deben incluirse en ese todo o nada.
La exigencia de llevar a cabo las negociaciones como un todo le provee, por lo tanto, a la
Unión Europea, la seguridad de que la India y otros países no bloquearán el comienzo de
las negociaciones sobre inversión y política competitiva, negándose a convenir las
modalidades de esas conversaciones. Si la India o cualquier otro país tratara de bloquear
esas conversaciones, esto suscitaría acciones recíprocas para detener conversaciones en
curso en torno a otras cuestiones que son prioritarias para el país que bloquea. Toda la
negociación de la OMC se derrumbaría rápidamente, y la India quedaría implicada en el
crimen tal como lo hubiera estado de haber bloqueado unilateralmente el comienzo de las
conversaciones en Doha.
Finalmente, la Declaración de Doha reconoce el hecho fundamental de que los acuerdos
comerciales crean oportunidades pero no garantizan que haya ventas. Si los países en
desarrollo son capaces de sacar partido de los nuevos acuerdos en perspectiva,
necesitarán ayuda para fortalecer su administración macroeconómica, su infraestructura
económica y sus capacidades administrativas. Gran parte del esfuerzo requerido queda
fuera de la competencia de la OMC.
Pero en Doha los ministros de Comercio se comprometieron a brindar a los países en
desarrollo la ayuda técnica y la creación de capacidad necesarias para que puedan
participar y beneficiarse plenamente de la ronda. Tal apoyo puede hacer de las nuevas
negociaciones de la OMC una proposición en la que todos ganan, tanto los países
desarrollados como los en desarrollo.
* Reproducido con autorización. Copyright 2002.
Institute for International Economies.
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