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OMC y ALCA:
prioridades en la agenda comercial de ALC
Edición Nº 63
Septiembre - Diciembre 2001
Indice |
Universalidad y globalización:
apuntes preliminares
Eduardo Mayobre
Director de Relaciones Económicas del Sistema Económico Latinoamericano (SELA
I. La globalización como hecho universal
A la globalización se le puede aplicar el viejo dicho de San Agustín sobre el tiempo:
"si se me pregunta que es, no lo sé, pero si no se me lo pregunta, lo sé". Se
trata de una realidad que está ahí, que la sentimos, pero es a la vez inasible. Se
presenta en las áreas más diversas -desde el deslinde de poderes mundiales hasta la vida
cotidiana- y parece ir ganando terreno tanto en amplitud como en profundidad.
El término "globalización" hizo su debut y ha tenido sus éxitos más
celebrados en el campo de la economía. Pero su gravitación es más patente en la
tecnología y las comunicaciones. Por ello, la internet y el correo electrónico son
habitualmente mostrados como demostración de su existencia.
La existencia de la globalización no puede ni debe ponerse en duda. Mucho menos debería
ser motivo de sorpresa. Es el resultado del crecimiento en número y del mayor contacto
entre los seres humanos, así como de los instrumentos que utilizan para comunicarse. La
globalización se viene produciendo -con o sin internet- desde tiempos inmemoriales y, en
la forma que nos es más conocida, por lo menos desde el descubrimiento de América.1
Lo que sí resulta sorprendente son la aceleración y las pretensiones de la
globalización. La globalización ha sido presentada crecientemente -y a medida que el
nombre se hacía más familiar- como un fenómeno histórico y como un sistema de valores.
Pero como la globalización es un proceso que tiende a gravitar en todo el mundo, en todo
el universo, la pretensión se extiende a que se trata de un sistema de valores de
aplicación universal. Se considera que el impacto de la globalización no sólo es justo
o conveniente sino inevitable. Sin embargo, en algunos casos se conceden límites a los
campos de aplicación de la globalización. Por ejemplo, en el de las religiones y los
idiomas se acepta que la globalización debe respetar una diversidad que enriquece al
género humano o que parte de él considera consustancial a su identidad y derechos
básicos. La inevitabilidad le confiere a la globalización, así entendida, una curiosa
peculiaridad: es un sistema de valores que es a la vez un hecho. En este sentido, comparte
ciertas características básicas con conceptos de magnitudes tan grandes como Dios o la
naturaleza. Porque algo que es a la vez un sistema de valores, es inevitable, es un hecho
y es de aplicación universal, no puede ponerse en duda. No puede sino ser aceptado.
Sería insensato oponerse a tal hecho o fenómeno, tratar de modificarlo.
Sin embargo, es preciso hacer una distinción: hay un aspecto de la globalización que
resulta de los avances tecnológicos y del desenvolvimiento de las relaciones económicas,
demográficas y sociales que constituye un fenómeno histórico sobre el cual se tiene
poco control, dadas las causas que lo originan. Pero hay otro aspecto, tanto de valores
como de canalización, organización y distribución de responsabilidades y beneficios de
ese proceso, que es susceptible de intervención humana, que la requiere y sobre el cual
es posible la discusión, el consenso o el disenso.
II. La universalidad como valor
Es aquí donde entra el concepto de universalidad. Es universal algo que nos rige a todos,
de lo cual no podemos escapar. En cuanto tal, tenemos que aceptarlo. Pero transformarlo en
valor, en algo aceptado como positivo, es otro asunto.
La pretensión consiste en la afirmación de que la globalización, por ser universal e
inevitable, es positiva. Según la argumentación, al parecer la globalización no sólo
es un hecho inevitable sino que es positivo porque tendría su propia lógica, la cual al
desplegarse conduce a un sistema coherente de hechos y valores. La imagen sería más o
menos la siguiente: la eficiencia económica requiere que se respeten las leyes de
mercado, lo cual a su vez exige que se adapten otros comportamientos a las exigencias del
mercado (por ejemplo, el respeto a los contratos y el establecimiento de instituciones
políticas "amistosas".
La lógica interna de la eficiencia llevaría a que el imperio de las leyes de mercado se
extendiera más allá de las fronteras nacionales y tendiera a universalizarse, lo que -en
aras de la propia eficiencia- no sólo se debe aceptar, sino que es necesario adoptar y
promover.
La misma lógica de la globalización llevaría a que ésta se expanda en áreas que
rebasan lo económico. Lo jurídico, lo social, lo tecnológico, lo político, lo
cultural, las costumbres e incluso el lenguaje, se irían adaptando a los requisitos y
exigencias de la globalización de manera que en el mundo eficiente que necesita el
mercado -y al cual simultáneamente conduce- el sistema se acoplaría en sus más diversos
aspectos como una totalidad y llevaría a la coincidencia de los sistemas de hechos y
valores.
El valor -o, en otras palabras, el aspecto positivo- se consolidaría por su carácter
universal. Sería un valor de aplicación general dentro de un sistema que también
funciona de manera general. Y así como el valor sería universal por su progresiva
aplicación general mediante el proceso de globalización, la universalidad sería de por
sí un valor que consolidaría al proceso y le conferiría a la globalización el
carácter de hecho.
Esta consolidación de la globalización como valor, como proceso y como hecho de alcance
universal se vería confirmada por el consenso del género humano en torno a las virtudes
de la globalización. De esta manera se interiorizaría al hecho real e histórico y se le
reconocería y daría valor humano. A lo anterior se puede oponer que como para hacer de
un hecho un valor, el ser humano tiene que asumirlo, ganarlo o merecerlo, se requeriría
conocer y desentrañar el significado de la globalización para que pudiera adquirir el
carácter de valor.
III. Globalización y sistema de valores
El problema consiste, entonces, en que junto a la globalización como proceso histórico
se nos presenta otra globalización axiológica y normativa, que pretende tener carácter
universal, en el doble sentido de aplicación general y valorativa. Y se pretende que la
existencia o las manifestaciones del primer tipo de globalización valide las pretensiones
de la segunda.
Aquí entra el problema de la aceleración de la globalización. Porque la misma velocidad
que ha adquirido dificulta entenderla, lo que hace que comprenderla ya sea un logro,
porque impide que seamos arrastrados por el proceso. Pero eso no implica en ningún caso
que tal logro tenga una connotación valórica o que la supuesta inevitabilidad del
proceso lo haga de antemano positivo.
La globalización, en términos de valores, no es algo que se deriva naturalmente de los
procesos de uniformización que se extienden por el mundo, como lo muestran los intentos
por establecer normativas internacionales e instituciones que las hagan cumplir o aseguren
que tales normativas sean operativas. Las discusiones al interior de esas instituciones
encargadas de construir o reafirmar el entramado institucional internacional (o global) es
una demostración de que el sistema de valores de la globalización no está conformado
por verdades auto-evidentes. Una demostración más contundente de lo mismo son las
protestas, provenientes de los más variados orígenes, que han provocado los acuerdos
para promover o imponer esa normativa internacional globalizadora de alcance universal.
El aspecto susceptible de discusión e intervención humana del proceso de globalización
se pretende presentar como un sistema de valores propio de la lógica del proceso e
inseparable de él. Por lo tanto, como ética, intelectual y prácticamente necesario. En
este caso, sin embargo, al contrario de la naturaleza o de Dios, no hay ninguna razón
cosmológica que impida que se pueda por lo menos discutir, tratar de entender o validar
los valores que se pretenden consustanciales a la globalización.
El problema radica en que para que un sistema de valores universales pueda tener
coherencia, vigencia práctica y aceptación tiene que ser formulado por alguien
(individual o colectivo). Y como en este caso no se trata de Dios dándole las Tablas de
la Ley a Moisés o del nivel de las mareas, es de suponer que para que el sistema de
valores universales de la globalización sea algo más que una mera invocación
sentimental -o una acumulación de nociones vagas como la modernidad, las leyes de mercado
o la tradición de Occidente- debe ser formulado de una manera concreta y coherente.
Un sistema de valores de la globalización efectivamente ha sido formulado. Tanto los
gobiernos de los países del G-7, empezando por el más poderoso de ellos, como los
organismos multilaterales -en particular el Banco Mundial- han intentado articular de
manera más o menos coherente, cuáles son los valores universales propios de esa
globalización, los cuales deberían servir de puntos de orientación para las políticas
de los gobiernos del mundo y el comportamiento de las sociedades. Cuando las diversas
formulaciones lograron un mínimo denominador común se llegó al llamado "Consenso
de Washington", que fue un primer intento de expresar, en particular en el área
económica, lo que son los valores universales de la globalización.
Posteriormente, ha habido otros intentos menos exitosos por incorporar en forma coherente
a las áreas de consenso temas tales como la administración de justicia, la lucha contra
la corrupción, la lucha contra la pobreza, la gobernabilidad, etc., como parte de los
valores universales de la globalización.
No sólo los gobiernos de los países más desarrollados y los entes intergubernamentales
quisieron arrogarse el derecho de determinar cuales eran los valores propios del proceso
de globalización. Los principales factores financieros y empresariales del mundo también
han intentado hacerlo (por medio, entre otros, del Foro de Davos).
Pero lo cierto es que estos intentos son realizados por personas de carne y hueso, e
instituciones formadas por ellos, que se creen con el deber y el derecho de formular y dar
concreción a valores de aplicación universal, en este caso los relacionados con el
proceso de globalización.
IV. La Clase Universal 2
Quienes formulan los valores de carácter general del proceso de globalización que
caracteriza a la actual etapa histórica pueden ser llamados, siguiendo a Hegel, "La
Clase Universal".
Hegel introduce el concepto de clase universal en "La Filosofía del Derecho".
Según él, "la clase universal tiene como quehacer suyo los intereses universales de
la situación social" 3. y es "la tercera clase, la pensadora, (la cual) tiene por
ocupación los intereses generales"4.
El concepto de clase universal no contó con muy buena suerte. Al punto de que actualmente
resulta prácticamente desconocido. En parte esto se debe a que fue equiparado con el
concepto de burocracia. Hegel da pie para ello porque, dentro de un sistema extremadamente
formal, asimila los conceptos que expone a la estructura de la monarquía constitucional y
hace corresponder a la clase universal con los servidores del Estado.
Como los fines del Estado son para él los fines universales, la clase universal se hace
cargo de ellos. Pero dentro de la organización monárquica constitucional la
determinación de lo universal corresponde al monarca. En él reside la soberanía. Ahora,
si se desvincula el concepto de clase universal de la institucionalidad de la monarquía
constitucional y se tiene en cuenta el traslado de la soberanía del monarca al pueblo,
como se proclama en nuestra época, la clase universal pasaría a ser ella misma la
determinadora de la universalidad, en cuanto intérprete de la soberanía. Quedaría la
soberanía desvinculada de una institucionalidad determinada y sería a la clase universal
a quien correspondería determinar la institucionalidad, o al menos la legitimidad de la
misma.
En este sentido, cabe la posibilidad de que la clase universal se convierta en una
aristocracia que acapare "los medios de arbitrariedad y dominio". Sin embargo,
en el sistema de Hegel, ésta posibilidad está limitada por las "instituciones de la
soberanía desde arriba y por el derecho de las corporaciones, desde abajo" 5. Pero si no existe esta disciplina, añadimos nosotros, bien puede
la clase universal imponer sus propios criterios.6
La clase universal puede coincidir con la clase dominante, y de hecho históricamente ha
tendido a hacerlo. La clase universal, en cuanto es la que ocupa los intereses generales
de la sociedad, tendría la posibilidad de interpretar y hacer suya la soberanía, que en
principio reside en el pueblo, y establecer los valores y principios de carácter
universal que regirían a la sociedad. Al hacer valer su propia conciencia de clase
(dominante) como conciencia general, la clase universal logra imponer su dominio. Tal ha
sido el caso de los guerreros, los sacerdotes, los monarcas, la nobleza, la burguesía e
incluso el proletariado cuando se han erigido en los únicos miembros posibles de la clase
universal. Cuando en vez de mediar entre las otras clases sociales se han impuesto sobre
ellas.
Pero, para Hegel, la clase universal está abierta a todo ciudadano, lo cual permite
considerarla, en este sentido, una clase "sui generis". Porque está
desvinculada del quehacer económico que determina la pertenencia a las otras clases
sociales. De darse esta apertura, y en la medida en que la clase universal realiza el
desarrollo y la determinación de la soberanía, cumple las funciones que le
corresponderían al Estado, si acaso este fuera expresión de la soberanía popular.
En la globalización, en cuanto ésta se asume como un sistema de valores, hay una clase
que toma para sí "los intereses generales de la sociedad" y que intenta
imponerse como clase universal. Esta clase se podría caracterizar actualmente como la
clase económica internacional: la elite productiva y financiera.
La clase universal de la globalización es una clase económica. Los valores que pretende
imponer son los del mercado. Incluyendo los de los procesos productivos que sirven al
mercado. Esto lo podemos ver, por ejemplo, en un artículo reciente referido a la llamada
guerra contra el terrorismo que libran los Estados Unidos de América, en el que se dice
lo siguiente: "la estrategia actual de América es incompatible con una economía
avanzada de libre mercado. Una de las dos tienen que ceder".7 "En la frase se teme que la estrategia de guerra pueda sacrificar los
valores de mercado.
En el mismo sentido, el mensaje del Secretario General de Naciones Unidas a la IV
Conferencia de Ministros de la Organización Mundial del Comercio (OMC), celebrada en
Doha, Qatar, en Noviembre de 2001, afirma: "Después de los acontecimientos trágicos
del 11 de septiembre, el mundo tiene dos futuros posibles: el choque mutuamente
destructivo de "civilizaciones" o una economía fundada en valores
universales." Esta afirmación suscita la sospecha de que una "economía mundial
fundada en valores universales", bien pudiera equivaler a "unos valores
universales fundados en la economía mundial".
A estos ejemplos recientes se pudiera añadir una infinidad de expresiones referidas a la
preeminencia de los valores del mercado, a la preeminencia de la producción y el
intercambio como motores de la globalización y, en consecuencia, a la necesidad de
subsumir otros valores bajo el manto de las exigencias de la vida económica, llámese
ésta desarrollo o modernización.
V. Los órdenes de la vida social
La clase económica financiera, que hace las veces de clase universal en el proceso de
globalización, tiene como valor supremo la ganancia, que es la clave del orden económico
que la anima. En torno a la ganancia (lo que también quiere decir competitividad y
eficiencia) deberían conformarse los otros valores y modos de proceder.
De acuerdo con André Comte-Sponville, filósofo francés, ésta es una situación
perversa (o barbarismo). Según nos relatan Alfredo Eric Calcagno y Eric Calcagno en su
libro "Para entender la política" 8 Comte-Sponville
señala y enumera la existencia de "los órdenes ético, moral, político y
técnico-económico (con esa jerarquía desde el punto de vista de los valores). El orden
ético se guía por el amor, el moral por el deber ser, el político por el poder y el
económico por la ganancia".9
Explican estos autores que "cada uno de éstos órdenes tienen su lógica de
funcionamiento y no reconoce límites internos: todo lo que pueda hacerse para afirmar el
poder en el orden político o aumentar la ganancia en el económico será hecho. Sin
embargo, para que exista vida civilizada, los órdenes superiores desde el punto de vista
de los valores imponen límites a los inferiores: por ejemplo, que el orden político
respete los derechos humanos; que la técnica no fabrique monstruos y que la economía no
mande a la miseria a la mayoría de la población ni deteriore el medio ambiente".
Tenemos entonces, de acuerdo a esta caracterización, que la lógica de funcionamiento que
se predica como consustancial a la globalización y que se presenta como un sistema de
valores es la del orden técnico-económico que sería el de menor jerarquía en cuanto a
valores se refiere. Agregan los Calcagno: "Las catástrofes en la historia se
producen cuando un nivel inferior manda a otro superior o no acepta los límites que le
impone, tal como ocurre ahora con el predominio del orden económico sobre los
demás".
Si combinamos este enfoque con las consideraciones que hemos realizado anteriormente,
resulta que nos encontramos ante una situación desastrosa. Tenemos un proceso que avanza
-la globalización- cuya interpretación ha sido monopolizada por una clase universal que
considera que el orden axiológico jerárquicamente inferior -el técnico económico-
constituye el sistema de valores propio de ese proceso y es, en consecuencia, el que debe
prevalecer.
El predominio de este orden inferior sobre los órdenes superiores significaría la
degradación de la lógica que guía a estos últimos. Implicaría el debilitamiento de
los factores de poder, que guían a la política; de los del deber ser, que guían a la
moral; y los del amor, que guían a la ética. Tal inversión de valores conduciría casi
necesariamente, como indican los autores citados, a una catástrofe histórica.
Si escuchamos el discurso predominante del "Consenso de Washington" o del Foro
de Davos, oímos los discursos políticos en los principales foros internacionales o
leemos los libros y ensayos que hacen la apología de la globalización, la conclusión
parece ineludible.
Sin embargo, se debe destacar que no se trataría de la consecuencia de un proceso
histórico inevitable, o de un hecho de la naturaleza, sino que sería el resultado de un
sistema de valores que ha sido formulado y que promueve concientemente una clase social
determinada: la clase universal de la globalización, que sería la clase universal
llevada a su máxima expresión.
Aquí debemos detenernos para explicar que toda sociedad tiene su propia clase universal.
Las clases sociales, en general, se determinan con respecto a una unidad social -a una
totalidad- en la que se relacionan unas con otras. Por ejemplo: una clase dominante lo es
de una clase dominada dentro de una sociedad determinada. Lo mismo ocurre con respecto a
la clase universal en relación al resto de una sociedad.
En contraste, la clase universal de la globalización sería, por naturaleza, una clase
universal de todas las sociedades. Constituiría la máxima ratio de la universalidad.
Como toda clase universal dominante, la clase universal de la globalización presentaría
los valores que promueve como algo indisputable originado en una fuente o fuerza que se
encuentra fuera de alcance de las acciones humanas y a la que, en consecuencia, sólo es
posible plegarse y acatar. No sólo posible, sino legítimo y sensato.
La aceptación de los valores propuestos por la clase universal de la globalidad
conduciría, por tanto, al abandono o disminución de los valores de los ordenes ético,
moral y político que Comte-Sponville y los Calcagno consideran axiológicamente
superiores. Y lo que es peor, conduciría a la catástrofe histórica, esta vez
presumiblemente global.
VI. La Globalización y la Clase Universal
Ante una perspectiva tan poco estimulante, resulta necesario detenerse a reflexionar.
En primer lugar, se debe destacar el hecho de que no porque una clase pretenda ser la
clase universal necesariamente ha de serlo. Menos aún si pretende ser una clase universal
global.
Un antecedente histórico relevante es el de la Iglesia Católica, la cual pretendió ser
-como lo indica su nombre- universal y global. A pesar de que tuvo un mayor respeto por
las jerarquías axiológicas de Comte-Sponville que la que se observa actualmente, no
logró su cometido y desde hace mucho tiempo se encuentra en retirada.
Una consecuencia de lo anterior es que, en cuanto la clase universal global no es más que
un conjunto de seres humanos con determinados intereses, costumbres y percepciones que ha
volcado en una serie de normas y preceptos -que expone como inevitables e indubitables-
sus normas y preceptos son susceptibles de ser puestos en duda, refutados o rechazados.
Si nos atenemos al ejemplo histórico mencionado, la Iglesia Católica, muy probablemente
las dudas, la refutación y el rechazo se pueden iniciar desde dentro de la propia clase
universal. Tal fue el caso de la Reforma y de la Iglesia Ortodoxa.
En segundo lugar, y quizás más importante, tenemos que la clase universal global no es
totalmente clase universal en la propia sociedad en la cual se origina. Esto significa que
es o pretende ser clase universal para todas las otras sociedades, pero con respecto a la
suya propia pretende serlo pero no lo es suficientemente. (En otros términos, esto
significa que para la propia clase universal su universalidad no es totalmente
indubitable. Por la simple razón de que para los creadores del dogma, el dogma es una
creación suya. Este problema fue resuelto en la religión católica mediante el concepto
de revelación).
Esto tiene varias consecuencias que analizaremos en el próximo aparte. Pero por ahora nos
permite señalar que la subversión de valores que llevaría a la catástrofe histórica
no se da necesariamente en la sociedad de origen de la clase universal global. Esto es,
que no se trata necesariamente de que la clase universal carezca de valores éticos,
morales y políticos sino que ha interiorizado los valores de este tipo que prevalecen en
su propia sociedad y considera innecesarios, superfluos o anacrónicos los órdenes
éticos, morales y políticos de las otras sociedades. En consecuencia, la imposición que
pretende hacer de la lógica técnico-económica de la ganancia en el resto del mundo se
basa en la extrapolación hacia el resto del mundo de los valores éticos y políticos de
su sociedad de origen.
De esta manera se simplifica enormemente para la clase universal global el problema de los
órdenes sociales, pues la interacción entre ellos se limita a sus sociedades de origen,
mientras que a las otras sociedades se les impone la racionalidad técnico-económica que
ha resultado de esa interacción en las "sociedades madres" -o centrales- y los
órdenes éticos, morales y políticos de las otras sociedades pasan a considerarse
irrelevantes. Por ello, a éstas no les quedaría otro camino que adoptar los valores
éticos, morales y políticos de las sociedades madres o centrales.
El resultado no sería necesariamente la catástrofe histórica sino la concentración del
problema de los valores universales en las sociedades centrales. Este posible desenlace
sería factible por el propio poder de las sociedades centrales, que les permite a una
fracción de ellas tener la pretensión de convertirse en clase universal global.
VII. La globalización en el mundo
La pretendida clase universal global se vuelca al mundo para imponer una manera de actuar
y unos valores propios del orden social técnico-económico. Tales valores, que aspiran a
ser universales, rebasan y disminuyen (o anulan) a los propios de los órdenes sociales
éticos, morales y políticos del resto del mundo pero son compatibles y respetan los
órdenes sociales axiológicamente superiores de sus sociedades de origen. O, al menos,
pretenden hacerlo. Son cristianos, occidentales, liberales y democráticos. Expresan un
mercado -esto es un capitalismo- que se ha originado en esas raíces. E implican, por
tanto, una serie de valores extra-económicos que no quedan explícitos pero son
necesarios para el funcionamiento general de los valores económicos de la globalización.
Esto puede apreciarse si citamos in extenso la frase que sirve de epígrafe a este
trabajo: "El comercio es algo más que eficiencia económica; refleja y estimula un
sistema de valores: apertura, intercambio pacífico, oportunidad, inclusión e
integración, beneficios mutuos a través del intercambio, libertad de elección,
apreciación de diferencias, buen gobierno a través de normas convenidas y la esperanza
de mejoras para todos los pueblos y tierras". Tenemos aquí una enumeración de buena
parte de esos valores extra-económicos, aunque cabe destacar que curiosamente esta
particular enumeración no incluye honestidad, democracia y respeto a los derechos
humanos, quizás por la oportunidad en que fuera expresada.
Con respecto a la globalización, estos valores han podido formularse en términos
operativos como transparencia, separación de poderes, gobernabilidad, respeto a los
contratos y confiabilidad de la justicia. Tales valores se discuten y se tratan de
universalizar de manera concreta como temas de libertad de comercio, competitividad,
inversión, acceso a los mercados, igualdad de trato y propiedad intelectual.
La extensión de estos valores a través de la imposición de criterios económicos puede
significar que se vayan minando, vayan perdiendo peso y significación, los valores
éticos, morales y políticos de otras sociedades que no sean compatibles con ellos. Esto
ha venido sucediendo de hecho y merecería de un análisis más detenido.
La erosión de los valores reales, tradicionales o alternativos, de diversas sociedades
por su incompatibilidad con los valores económicos de la globalización da lugar a un
sentimiento vago de frustración y protesta, particularmente de parte de las clases
universales de esas sociedades, que ven cómo su mensaje pierde influencia y se va
vaciando de contenido.
En el grueso de la población de las sociedades sujetas a la globalización (por
oposición a las originadoras o promotoras de ella) las reacciones son más encontradas.
Por una parte, perciben el peligro de que sus valores y costumbres se vean disminuidos,
pero, por otra, alientan la esperanza de que una reforma de las relaciones sociales pueda
sacarla de las penurias que también son tradicionales y elevarlas a la modernidad.
La comprensión (algo tardía) de este conflicto interior de las sociedades que se intenta
globalizar es lo que ha llevado a la clase universal global a intentar apropiarse del tema
de la pobreza. O, mejor dicho, de la eliminación de la pobreza. Pues en la medida en que
puedan alimentar las esperanzas de eliminación de la pobreza y de salto a la modernidad,
puede disminuir la resistencia a la globalización que provoca la erosión de los valores
y costumbres tradicionales.
Sin embargo, la eficacia del uso de este expediente por parte de la clase universal global
ha resultado efímera. Pues la lógica de la ganancia, la rentabilidad y la acumulación
no conduce de por sí a la eliminación de la pobreza (mucho menos de la desigualdad) por
lo que luego de algunos logros iniciales (pues la lógica económica sí puede conducir al
crecimiento) ha tendido a disminuir la esperanza de la eliminación de la pobreza y la
promesa ha tenido que ser sustituida por casos puntuales y ejemplos de éxito ampliamente
publicitados.
El impacto de la globalización y su tendencia a eliminar los órdenes éticos, morales y
políticos locales -por no ser globales- ha tenido como consecuencias visibles las
siguientes:
- Reemplazo o disminución del papel de las clases dominantes
(universales) tradicionales. Esto se ha dado habitual y doctrinariamente por medio de la
disminución del papel del Estado, el cual la más de las veces era la expresión y el
instrumento de esas clases dominantes. (En algunos pocos casos el intento de reemplazo ha
provocado una reacción que ha significado la reafirmación de las clases dominantes
tradicionales).
- Negación de la importancia de los Estados Nacionales,
independientemente de que hayan sido bien o mal administrados, por el intento de anular su
papel de instrumento de las clases universales locales, sean éstas las tradicionalmente
dominantes o las transformadoras.
- Descentralización de las administraciones públicas, ya que éstas se
conciben como simples gerencias de los asuntos locales de acuerdo con los criterios
técnico-económicos.
- Desprestigio de la política como actividad, debido a que es
precisamente la política la generadora y el conducto de aplicación de los valores
éticos, morales y de poder que están siendo negados en aras de los criterios
técnico-económicos y del predominio de los valores de alcance universal de la
globalización. Esto es un corolario casi necesario del intento de subsumir a las clases
universales locales bajo la égida de la clase universal global, si se toma en cuenta que
la política es el lugar de encuentro de los diferentes componentes de la clase universal
nacional y el lugar preferente de formación de ella.
- Uniformidad ideológica. El intento de eliminación de los órdenes
sociales ético, moral y político locales encuentra un obstáculo en las ideologías, las
cuales tienen como objetivo precisamente la formulación o afirmación de valores en esos
órdenes sociales. Por ello mismo se consideran innecesarias o superfluas a las
ideologías, ya que la coherencia y alcance universal que atribuye la clase universal
global a su propio enfoque supone la existencia y la necesidad de un pensamiento único.
Independientemente del valor o la factibilidad que pueda tener la mera noción de un
"pensamiento único", puede constatarse fácilmente que se ha hecho el intento
de formularlo e imponerlo, tanto por la vía intelectual o como por vías de hecho.
Todas estas consecuencias de la globalización a nivel de valores son fácilmente
observables, particularmente en los intentos de crear normativas e instituciones
destinadas a consolidarlas como reglas o normas de valor internacional o de utilizar a las
organizaciones internacionales existentes para los mismos fines.
Llama la atención en tal intento que se haya demostrado una gran paciencia, y hasta
pudiera decirse una indiferencia, respecto a la implantación de valores como la
democracia y el respeto a los derechos humanos (justamente aquellos que Zoellick omite en
su enumeración). Estos valores, debe reconocerse, son tan propios de los órdenes
sociales éticos y políticos de las sociedades en que se origina la clase universal
global como los otros a los que hemos aludido.
Al respecto es fácil destacar una razón pragmática. No se puede lograr todo a la vez
sin crear un exceso de resistencias y poner en peligro la eficacia de la tarea. Cuando las
condiciones parecen más propicias se ha intentado avanzar también hacia la promulgación
de la democracia y los derechos humanos como valores universales (entendidos, claro está,
desde la óptica de clase universal global). Tal es el caso de América Latina, donde se
intenta fundar una globalización acotada -o hemisférica- sobre los principios de libre
mercado y democracia mediante la creación del Área de Libre Comercio de las Américas
(ALCA). No sucede lo mismo en otras latitudes, como Asia y el Oriente Medio, donde se
considera admisible que puedan coexistir autocracia, globalización y modernización. Esto
último también era considerado posible y conveniente en América Latina, hasta hace
pocos años.
Una razón más de fondo que el simple pragmatismo para tener paciencia en cuanto a la
coexistencia de algunos valores propios de los órdenes sociales éticos y políticos
distintos a los valores universales que propugna la clase universal de la globalización,
es el convencimiento de que con la introducción de los criterios propios del orden
técnico-económico tarde o temprano los otros órdenes tendrán que ceder y adaptar sus
valores éticos y políticos locales a los únicos compatibles con el orden económico
generalizado y global. Esta suerte de "optimismo fatalista", sobre los valores
de la globalización se puede observar, aunque en términos cautelosos, en la cita de
Zoellick con la cual se inicia esta sección. Según ella, el libre comercio llevaría al
imperio del sistema de valores que lo acompaña.
Hay otra razón, de carácter más práctico, que sólo mencionaremos. Es el hecho de que
junto con la difusión de los valores universales de la globalización se han creado y
perfeccionado instrumentos internacionales públicos y privados que inducen a la adopción
de tales valores. Los mecanismos para evaluar la confianza de la comunidad internacional
sobre países y políticas, así como los instrumentos de apoyo y de rescate financiero,
en casos de situaciones económicas difíciles o de crisis, se han orientado cada vez más
a exigir condiciones que conducen a la adopción de los valores de la globalización. A
los económicos, en primera instancia, pero también a los políticos y éticos.
VIII. El mundo ante la globalización
La resistencia incoherente, variada e inconsistente que ha encontrado la globalización en
el mundo se puede explicar por el carácter negativo, destructivo, que supone con respecto
a los valores éticos, morales y políticos tradicionales o alternativos.
Los criterios económicos que intenta introducir la globalización tienen un contenido
claro y una coherencia interna: son las leyes del mercado. Se puede o no estar de acuerdo
con ellas, o evaluar de manera diversa sus posibles impactos negativos o positivos. Pero
se trata de establecer un sistema que aspira a regir de manera general e interconectar las
diferentes formas de producción, intercambio y acumulación a nivel mundial. Se reafirma
la preponderancia del orden técnico-económico sobre los otros órdenes sociales y se
tiene claro cuáles son los criterios que rigen y guían a ese orden, cuál es su lógica.
En el caso de los otros órdenes sociales y valores no se trata de imponer sino de
eliminar. Los valores éticos y políticos que se tengan en cada una de las naciones o
sociedades locales -salvo las centrales- pasan a ser indiferentes o superfluos. Esta
eliminación o degradación afecta a los valores más diversos en las latitudes más
dispersas. Niega tanto al autoritarismo como a la solidaridad. Le resta importancia al
misticismo y al ocio. Considera inútiles todas aquellas actividades incapaces de
contribuir a la ganancia.
En tales circunstancias, las reacciones negativas (de parte de la población de los
países en desarrollo) frente a los valores universales de la globalidad provienen de los
orígenes más variados y hasta contradictorios y difícilmente puedan lograr una
coherencia entre sí.
Las religiones ancestrales, los despotismos, las noblezas tradicionales y los movimientos
populares, entre otros, se sienten amenazados. Las identidades nacionales, cualquiera sea
su sustento, se ven en peligro. Cada uno quiere hacer valer su protesta. Pero como resulta
casi imposible lograr una coalición entre estas formas tan diversas de protesta y para la
clase universal global son solamente molestas o irrelevantes, carecen de toda eficacia.
La reacción, en consecuencia, es casi por necesidad desordenada. No faltan intentos de
proponer una doctrina de la anti-globalización. Pero hasta ahora han resultado
inconsistentes e infortunados y han sido incapaces de producir una respuesta adecuada.
Bien sea porque han carecido de una visión del fenómeno en su totalidad y se han
limitado a reivindicar el motivo específico de agravio o bien porque han sido incapaces
de anudar las diferentes facetas del problema y los diversos intereses en juego en una
posición o una propuesta coherente que pueda servir de contrapeso a las fuerzas de la
globalización. Como consecuencia, éstas últimas ven reafirmadas sus pretensiones de
inevitabilidad. Y en tales circunstancias, el debate y las posibles dudas sobre la
globalización se trasladan a los países desarrollados, a las sociedades centrales.
IX. La globalización en el centro
La clase universal global es en medida apreciable clase universal en su propia sociedad.
Si no lo fuera, no podría intentar serlo a nivel mundial. Pero en su propia sociedad no
es una clase universal indisputada. Sus valores son puestos en duda y a menudo rechazados.
En ella, debe ganarse su legitimidad y enfrentarse a otras clases que también la
pretenden.
Por otra parte, la diseminación de los valores universales de la globalización ha sido
utilizada por la clase universal global para intentar reforzar dichos valores en sus
sociedades de origen y tratar de consolidar de esta manera su posición de clase
universal, en este caso local.
La oposición que ha encontrado la clase universal global en sus propias sociedades ha
sido más difícil de tratar que la encontrada en los países en desarrollo, pues en las
sociedades avanzadas no dispone de los medios de presión -publicitarios o financieros-
que utiliza en los países en desarrollo. No puede despertar ilusiones sobre la entrada en
la modernidad o el alivio de la pobreza ni puede condicionar los auxilios financieros a
que se adopten los valores y políticas de la globalización.
En sus propios países, la clase universal global no es una clase social externa
omnipotente sino una clase social más. Muy poderosa, es cierto, pero que tiene que
habérselas con otros valores y otros proyectos que no aceptan la primacía de los
criterios técnico-económicos o que no consideran válida la interpretación de los
valores ético-políticos que hace la pretendida clase universal global. Las otras clases
no aceptan tal interpretación como algo ajeno que sólo pueda asumirse o rechazarse, sino
que consideran tales valores como propios y en consecuencia como susceptibles de ser
también interpretados o incluso modificados.
En las sociedades avanzadas no se tiene el temor de quedar al margen de la economía
mundial o de las grandes tendencias históricas, pues los diferentes sectores de la
sociedad -las diferentes clases sociales- piensan (no sin razón) que se encuentran en el
centro del devenir histórico y es su acción o falta de acción lo que determinará el
provenir.
Por estas razones el debate sobre la globalización se ha trasladado -en su parte más
relevante- al interior de las sociedades de los países desarrollados. Basta observar
cómo la protesta, que hasta hace poco tiempo constituía casi una exclusividad de los
países en desarrollo, se ha trasladado también a los países desarrollados y es en ellos
donde ocurren los acontecimientos y movimientos en contra la globalización de mayor
envergadura y significación y donde están radicadas las organizaciones más poderosas
que la adversan abiertamente.
Esta protesta está orientada principalmente en contra del intento de conferir a los
valores técnico-económicos una jerarquía mayor que a los éticos, morales y políticos.
Sólo parcialmente se refiere a los valores que puedan tener otras sociedades. Y cuando lo
hace, habitualmente los subsume en valores de carácter general como la preservación del
equilibrio ecológico y la preservación de identidades étnicas o la igualdad de los
géneros. Muy pocas veces se toma en consideración o se le confiere seriedad a los
valores éticos o políticos que puedan tener las clases universales locales de otras
latitudes. Esto es, a las culturas que han evolucionado en los países en desarrollo.
En este sentido, una parte considerable del movimiento de protesta aspira a ser también
una clase universal global, pero de signo diferente. Por ello el debate se concentra en
los países avanzados, recurriendo sólo marginal o tácticamente a lo que pueda pensarse
en los países en desarrollo.
Otra parte del movimiento de protesta es -hablando en términos generales- más bien
aislacionista. La globalización no interesa porque simplemente los países en desarrollo
no interesan. Constituyen una "tierra incógnita" que se puede dejar librada a
sus propios afanes y que, es preferible que tenga la menor incidencia posible en lo que
suceda en los países desarrollados. En este debate, la que hemos llamado clase universal
global, que es predominantemente la clase económica, no tiene la misma fuerza que posee
con respecto a los países en desarrollo. Pues no sólo está obligada a mostrar la
universalidad de los valores que propugna sino que además debe atender a las demandas y
necesidades que las otras clases sociales de los países avanzados exigen a sus propias
sociedades.
Pero se da el caso de que para cumplir con esas demandas, por exigencias de la propia
lógica económica, los factores (o actores) técnico-económicos deben salir hacia fuera
de sus propias sociedades. Y esto crea un impulso que alimenta al proceso de
globalización.
Tal como dijera Hegel hace casi doscientos años -en lo que Hirschman 10 ha caracterizado como una formulación pionera del concepto de imperialismo-
"una sociedad civil no es suficientemente rica a pesar de un exceso de riqueza, es
decir que sus propios recursos son insuficientes para evitar la pobreza excesiva y la
creación de una plebe miserable (....) Esta dialéctica interna de la sociedad civil la
lleva así -o por lo menos a una sociedad civil específica- a traspasar sus propios
límites y buscar mercados, y por lo tanto sus medios de subsistencia necesarios, en otras
tierras, donde sean insuficientes los bienes que la sociedad haya producido en exceso, o
bien que dichas tierras estén en general atrasadas en materia de industria".11 La referencia a "una sociedad específica", alude a la
Inglaterra de la época, que era el imperio industrial por excelencia. Actualmente esta
"sociedad específica" sería los Estados Unidos de América, y si se quiere
rebasar la especificidad habría que añadir a la Unión Europea y a Japón.
La expansión hacia fuera de las economías dominantes no es un capricho, sino que se
origina en las propias necesidades, carencias y exigencias del crecimiento económico y de
los criterios del orden económico imperante. Es por ello también una exigencia que tiene
la clase universal promotora del orden económico en los países avanzados para consolidar
o mantener su posición de clase universal local en su propia sociedad. O por lo menos de
aspirante a serlo.
Esta exigencia de globalización conduce a la clase universal global a intentar introducir
en lo que Comte-Sponville llama los órdenes jerárquicamente superiores a la
globalización como valor. El predomino del poder político de su sociedad de origen pasa
a incorporarse (o se intenta incorporar) en los criterios de orden político. A esto le ha
llamado Albert Schweitzer la "exportación de los nacionalismos". Schweitzer
observaba, a principios del siglo veinte, que "las naciones modernas buscan mercados
para sus civilizaciones, de la misma manera que lo buscan para sus manufacturas"12.
Si se logra introducir el poder sobre otras sociedades como parte de los criterios del
orden social y político, resulta fácil introducir en el debate interno de las sociedades
avanzadas, frente a otros aspirantes a conformar la clase universal local, el recurso al
nacionalismo como manera de ganar adeptos. De ahí a introducir criterios propios de la
expansión -y a la larga, de la globalidad- en los órdenes ético y moral no hay sino un
paso. Se conjugan así en los países más poderosos los valores de nacionalismo y
globalización como complementarios, o al menos así trata de presentarlos la clase
universal global en su afán por ganar legitimidad dentro de su propia sociedad.
Tanto el debate interno como la existencia de más de un polo de poder (de más de una
sociedad o más de una nación) desde donde se generan los impulsos a la globalización,
son los que pueden poner en duda los valores universales que la clase universal global
pretende asociar con el proceso de la globalización. Por estos conflictos, que solo
mencionamos, se resquebraja la identidad entre universalidad y globalización que dicha
clase trata de imponer y que impone hasta que tal resquebrajamiento, o fisura, se hace
evidente e importante.
En tal caso, la globalización debe hacerse de otros valores-incluso de otros valores
universales- por otros medios.
X. Globalización y universalidad
Si existe -como de hecho existe- un proceso de globalización, tarde o temprano tiene que
generar valores propios que le confieran viabilidad. Lo que dicho en términos más
simples significa que si existen procesos de alcance general se necesitan valores, reglas
y normativas de alcance general. E incluso pudiera decirse de alcance universal.
En términos de comercio, la OMC lo dice de la manera más sencilla: se necesita de un
sistema basado en reglas. Dando por sobreentendido que se trata de reglas aceptadas -y en
principio acatadas- por quienes participan en el sistema.
El problema no es que existan prácticas y valores universales, sino el origen y la
legitimidad de los mismos. Y el problema actual consiste en que una determinada clase, la
que hemos llamado clase universal global, ha pretendido arrogarse el monopolio de ellos a
partir de criterios técnico-económicos que subvierten la jerarquía de los órdenes
sociales.
Esto, a su vez, ha distorsionado al proceso de globalización, marginando de la
participación en él a una parte importante de la humanidad, a la cual se le ha
presentado la globalización como un hecho cumplido ante el cual no puede tener ninguna
influencia y al cual sólo le queda aceptar y valorar como positivo. En este caso, los
valores universales que se pretenden atribuir a la globalización son ilegítimos y
producto de una supuesta clase universal que se ha apoderado por sí y ante sí de lo que
pudiera ser el germen de reglas acordadas de carácter general.
Se trata, por tanto, de una clase universal promotora de valores universales que no se ha
ganado su universalidad sino que se ha apoderado de ella. Es eso lo que crea resistencia,
independientemente de los beneficios particulares y el avance que la globalización
pudiera representar. Se ha apoderado del carácter de clase universal mediante la
eliminación de los órdenes éticos y políticos de aquellas sociedades distintas a las
sociedades "madres" -o centrales- en las que se origina la autoproclamada clase
universal global. Esto se ha realizado hasta ahora mediante la promoción de la
globalización como un sistema de valores universales.
El segundo mecanismo por medio del cual se apodera del carácter de clase universal
consiste en el traslado de esos valores supuestamente universales de la globalización
hacia las propias sociedades de origen, como manera de afirmar y consolidar la pretensión
de clase universal que la clase universal global tiene en sus propias sociedades.
El argumento -o la falacia- discurre en dos vías paralelas de dirección opuesta. La
primera -hacia afuera- afirma: "si es beneficioso para nosotros (para nuestra
sociedad, que ha alcanzado los más altos grados de bienestar, civilización y modernidad)
es bueno para todo el mundo". Por tanto, es conveniente y necesario globalizarse. La
segunda -hacia adentro- arguye "si es bueno para todo el mundo, que ha reconocido y
adoptado los valores universales de la globalidad, tiene que ser beneficioso para
nosotros, quienes mediante la afirmación de esos valores hemos logrado el liderazgo
mundial y reafirmado nuestra primacía como nación". Y se agrega: "En caso de
no reconocerlo así, perderíamos el liderazgo que nos ha llevado a ser el más alto
exponente de la civilización y la modernidad".
Una clase que se pretenda universal no es legítima en la medida en que se arrogue para
sí las potestades de la soberanía y la participación en ella no esté abierta a otras
clases sociales. O, en el caso de la clase universal global, a otras clases universales.
La soberanía reside -según se dice en nuestros tiempos- en el pueblo. Pero como "el
pueblo" es una entidad difusa, se expresa a través de las diferentes clases sociales
y actividades en la que ese pueblo se estructura. La función de la clase universal, en
cuanto "se ocupa de los intereses generales de la situación social" y es la
clase "pensadora", consiste en dar concreción y coherencia a las diferentes
expresiones de la soberanía, para lo cual se requiere que sea una instancia mediadora
entre las diferentes clases sociales.
Según Hegel, a la clase universal le corresponde que "El Estado entre en la
conciencia subjetiva del pueblo" para que "éste (el pueblo) comience a
participar en él". Esto lo logra a través de la mediación. Porque "el
elemento de clase se manifiesta orgánicamente, es decir acogido a la totalidad, solamente
mediante la función de la mediación. Con ello la oposición misma es rebajada a una
apariencia. Si esta oposición, en cuanto tiene su apariencia, no concerniera simplemente
a la superficie, sino que llegara a ser una oposición substancial, entonces el Estado
sería concebido en su decadencia".13
Porque "las clases, en cuanto elemento de la vida política, retienen en su función
propia las distinciones de clase que presentaban en las esferas más bajas de la vida
civil (....) Por ejemplo, con respecto al principio general de la monarquía o la corona
(la soberanía, agregamos nosotros) su posición es la de un extremo (la universalidad
empírica). Esta oposición extrema implica la posibilidad -aunque no más que eso- de la
armonía y la posibilidad -igualmente probable- de la hostilidad"14.
La función de la clase universal consiste, en principio, en que predomine la armonía. En
que la universalidad ética y del Estado, por una parte, y la universalidad empírica, por
otra, coexistan y se fecunden la una con la otra. Porque la diferencia entre las clases
sociales y la soberanía "se convierte en una relación racional sólo si la
mediación entre opuestos llega a existencia".
Es esta mediación la que no realiza la que hemos llamado la clase universal global. No la
realiza ni dentro de su propia sociedad ni mucho menos a nivel global. En consecuencia, su
pretensión de establecer valores universales más que a la armonía, conduce a la
hostilidad. Existe también la posibilidad de la armonía. Pero ella requiere de la
superación de la oposición. Lo que a su vez exige el reconocimiento de la diferencia. La
aceptación de la diversidad y la conciencia de que la diversidad puede elevarse a
universalidad a través de la mediación. El consenso y el diálogo, diríamos ahora. La
apertura de algo más que los mercados. La apertura del mundo del poder, del mundo del
deber ser y del mundo de la ética, pudiéramos decir siguiendo los órdenes sociales de
Comte-Sponville. Cuáles son las condiciones de posibilidad para esa apertura y mediación
pudiera ser un tema a explorar si realmente quisiéramos avanzar desde la globalización
hacia la universalidad.
* Representante de Comercio Exterior de Estados Unidos. Discurso ante la IV
Conferencia Ministerial de la OMC, Doha 2001.
1. Ver Aldo Ferrer. Historia de la globalización. Fondo de
Cultura Económica. México. 1995.
2. La presente sección está basada en un trabajo inédito del
autor, del mismo título.
3. Hegel. Filosofía del Derecho. Parágrafo 205. Traducción
de Eduardo Vásquez. Universidad Central de Venezuela. Ediciones de la Biblioteca.
Caracas. 1991. Pág. 224.
4. Hegel. Enciclopedia de Ciencias Filosóficas. Parágrafo
528. Traducción de Eduardo Ovejero y Maury. Juan Pablos Editor, S.A. México. 1974. Pág.
354.
5. Hegel. Filosofía del Derecho. Parágrafo 297.
6. Esto fue detectado por Weber respecto a la burocracia. Por
la asimilación entre burocracia y clase universal, este último concepto perdió toda
vigencia.
7. Tiempo para salvarse, "justo a tiempo". Fared
Zacaria. Newsweek. 12 de Noviembre de 2001.
8. Alfredo Eric Calcagno y Eric Calcagno. Para entender la
política. Editorial Norma. Buenos Aires. 1999. Pág. 17-
9. Ver André Comte-Sponville. Valeur et verité. Presses
Universitaires de France. 1994. Pág. 211.
10. Albert Hirschman. Hegel, el imperialismo y el
estancamiento estructural. En "Política económica en centro y periferia".
Ensayos en homenaje a Felipe Pazos. Fondo de Cultura Económica. México. 1976.
11. Hegel. Filosofía del Derecho. Parágrafos 245 y 246.
12. Albert Schweitzer. The Philosophy o Civilization.
Macmillan Paperbacks. New York.1960. Pag. 22)
13. Hegel. Filosofía del Derecho. Observación al Parágrafo
302.
14. Hegel. Filosofía del Derecho. parágrafo 309.
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