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OMC y ALCA:
prioridades en la agenda comercial de ALC
Edición Nº 63
Septiembre - Diciembre 2001
Indice |
Por una América Latina y caribeña libre de terrorismo
Otto Boye
Secretario Permanente del Sistema Económico Latinoamericano (SELA)
"El mundo agoniza." Estas palabras encabezan la Declaración Final del
Parlamento de la Religiones del Mundo aprobada en Chicago en 1993.1 Sus firmantes describen la situación global en términos no menos dramáticos:
"La paz nos da la espalda. El planeta está siendo destruido. Los vecinos viven en el
temor mutuo. Hombres y mujeres se distancian entre sí. Los niños mueren."
En ese entonces, en el contexto esperanzador del fin de la guerra fría, este cuadro
sombrío pudo percibirse, tal vez, como algo lejano. Ya no. Los sucesos del 11 de
septiembre del 2001 -y también los posteriores- han confirmado y agravado esta
descripción.
Las preguntas en nuestra zona latinoamericana y caribeña son las mismas que se hacen en
todos los rincones del planeta: ¿Qué hacer? ¿Existe, en medio de la oscuridad reinante,
alguna oportunidad, alguna esperanza?
No debemos ceder a la tentación de la pasividad y el pesimismo. Hay esfuerzos a llevar a
cabo en varias direcciones, tanto dentro de los límites de la región, como más allá de
la misma. La profunda crisis puede -y debe- ayudarnos a acelerar la búsqueda de caminos.
Reflexionar, es una buena vía para avanzar en esa dirección.
Lo que viene es un simple grano de arena.
El terrorismo ha logrado ocupar finalmente un lugar central del mundo y de su agenda. Su
espacio a partir del 11 de septiembre último es de tal magnitud, que todos los demás
problemas parecieran haber quedado de lado. Cuidado. Esta es una trampa en la que podemos
quedar atrapados por larguísimo tiempo, con consecuencias graves e incalculables, sobre
todo para regiones menos desarrolladas, como es la nuestra. No olvidando en ningún
instante -¡detalle importante!- que el terrorismo es en esencia un delito grave, hay una
sola manera de no caer en la mencionada trampa. Consiste en no quedarnos en la pura etapa
de condena y combate al terrorismo, sino en ir decididamente más allá, intentando
también su erradicación.
La condena es siempre la etapa más sencilla y rápida. En esta ocasión fue categórica e
instantánea. Hubo pocos ausentes. El combate, en cambio, aunque comenzó inmediatamente,
no pasará de la fase de la represalia a los responsables directos de los hechos de Nueva
York y Washington durante un tiempo todavía imposible de definir.2 Trascender ambos momentos y avanzar hacia un mundo sin terrorismo es una meta
ambiciosa, pero que abre una perspectiva mucho más rica en posibilidades de enfrentar los
problemas globales y poder secar así los caldos de cultivo que generan este mal. En esta
reflexión libre navegaré por las complejas aguas de esta exigencia. Ella se hace
especialmente necesaria desde América y el Caribe, zona que querrá sin duda hacer su
propio aporte en este tema sin dejar de avanzar en la solución de sus problemas más
agudos.
Una política latinoamericana y caribeña que trabaje para erradicar el terrorismo,
convirtiendo a la zona en territorio libre de este mal, deberá someterse a dos
orientaciones metodológicas básicas:
1. Lo primero es siempre el diagnóstico. En este caso, deben identificarse con precisión
las raíces o causas del terrorismo, mientras se combaten sus efectos.3 Hay que identificar los llamados "caldos de cultivo" que alimenta la
existencia del delito. Ya lo hemos insinuado: el combate al terrorismo no garantiza su
erradicación. En determinadas circunstancias históricas hasta podría contribuir a su
aumento o reproducción indefinida.4
2. Nuestro espacio latinoamericano y caribeño constituye el lugar para hacer un aporte
sustantivo en el enfrentamiento al terrorismo. Existe trabajo de sobra dentro de estos
límites, pues hay aquí manifestaciones de terrorismo muy actuales (narcoterrorismo, por
ejemplo) y bastantes "caldos de cultivo" propios a enfrentar (miseria,
inequidad, tensiones socio-culturales...), para evitar que esta "planta
perversa" crezca y se desarrolle.
A la vez, vislumbro al menos cinco grandes líneas de acción para nuestra región:
Primero: Diálogo intercultural. En nuestro ámbito propio tenemos tareas pendientes en
este delicado tema. A la luz de lo que está sucediendo, debemos hacer esfuerzos para que
se desarrolle un respeto profundo y una convivencia fraternal entre todos los habitantes
de América Latina y el Caribe, sin distinciones de ninguna especie.
Segundo: Métodos pacíficos de lucha por los derechos humanos, económicos y sociales.
Debemos defender y promover su uso y disuadir a los que desean acudir a la violencia, por
justas que pudieran parecer sus luchas, destacando la inmensa capacidad de los medios no
violentos de obtener resultados positivos sin contribuir a aumentar la espiral de
violencia en la que estamos envueltos.5
Tercero: Difusión y promoción del consenso ético mundial alcanzado en 1993 en Chicago
por el Parlamento de las Religiones del Mundo. Su Declaración, ya aludida al comienzo de
esta breve reflexión, contiene normas éticas en las que se pusieron de acuerdo
representantes de todas las grandes religiones del mundo actual. Frente a ellas definieron
cuatro "orientaciones inalterables" o compromisos "a favor de una
cultura": 1) "de la no violencia y respeto a toda vida", 2) "de la
solidaridad y de un orden económico justo", 3) "de la tolerancia y un estilo de
vida honrada y veraz", y 4) "de igualdad y camaradería entre hombre y
mujer". Firmaron juntos, en un acto solemne, budistas, cristianos, hinduistas,
judíos, musulmanes, taoístas y muchos más. A la luz de lo que hemos estado viviendo
-aún desde antes del último 11 de septiembre-, este acto adquiere hoy una suprema
importancia.6
Cuarto: Integración latinoamericana y caribeña. Este tema vuelve a ser central. La
región debe cerrar filas para superar sus debilidades, acelerar su desarrollo y preservar
su rica y múltiple identidad cultural. Debe hacerlo, además, porque ya tiene una serie
de problemas que los Estados nacionales no pueden resolver solos. El propio caso del
terrorismo ya desborda muchas fronteras. Una decidida convergencia de los esquemas
subregionales de integración es urgente y necesaria y constituye un camino para avanzar
hacia una empresa de más envergadura, peso y alcance en el nuevo contexto internacional.
Quinto: Política exterior concertada para hacer gobernable y equitativa la actual
globalización, que parece estar fuera de todo control. Hay quienes se adelantan y creen
ver que podríamos encontrarnos ya ante la posibilidad de organizar un gobierno mundial.7 Sin descartar esta alternativa en un futuro lejano, no la creo
viable en este momento. En cambio, adquiere todo su sentido avanzar deliberadamente, con
acentuada voluntad política, hacia la creación de grandes bloques políticos,
económicos, sociales y culturales que garanticen la gobernabilidad de la globalización,
tan dañada en este momento. Una política exterior concertada en nuestra región no
solamente le daría más impulso a nuestro propio proceso de integración. También
favorecería la paz en el mundo.
Nuestra zona no debe quedarse combatiendo sólo los efectos del terrorismo y buscando
culpables para juzgarlos. No puede gastarse todos sus escasos recursos en esta única
dimensión, sin comprometer gravemente las tareas de su desarrollo, que son, en
definitiva, las únicas que ofrecen el horizonte de la erradicación de dicho mal. Se
requiere una política completa, que contenga, a lo menos, los puntos arriba enunciados.
Se trata de un enorme esfuerzo, a la altura de los tiempos que corren y de estadistas
visionarios. Varias generaciones, sobre todo las más jóvenes, podrían darle sentido a
sus vidas aceptando este reto.
Volvamos a preguntarnos si existen oportunidades en medio de esta crisis.
Pienso que sí. Hace poco, el analista Agustín Amaro escribió en el diario "El
Nacional" de Caracas lo siguiente:
"La globalización del terror desmitificó la presunción de que la tecnología
bélica podía hacer invulnerable a Estados Unidos. También ilustró que la superioridad
militar no es suficiente para enfrentar la convicción suicida de fundamentalistas
político-religiosos, lo cual sugiere que la eliminación de Bin Laden para extirpar el
terrorismo es tan ilusa como la de matar a Pablo Escobar para acabar con el narcotráfico.
Hay que idear otra estrategia."
"Lo positivo que nos dejó fue que debe germinar una conciencia de solidaridad global
y nuevas formas de soberanía para atacar problemas comunes y que ni siquiera los más
poderosos pueden arreglar las cosas individualmente. El bien común no es obra de una
voluntad solitaria, es el fruto de la solidaridad y la convivencia." 8
Comparto esta visión estimulante y esperanzadora.
1. Cf. Hans Küng y Karl-Josef Kuschel: Hacia una ética mundial.
Declaración del parlamento de las religiones del mundo, Editorial Trotta, Madrid 1994.
2. América Latina y el Caribe, con excepción de la excluida Cuba, aceptó en la
OEA formar parte de la alianza mundial contra el terrorismo. En efecto, el 21 de
septiembre, en la XXIII Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores
celebrada en Washington, D. C., ellos expresaron su compromiso, en honor de las víctimas,
de mantenerse "unidos contra el terrorismo". Invocaron incluso el casi olvidado
Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), considerando que los ataques
terroristas del 11 de septiembre habían sido dirigidos "contra todos los Estados
americanos".
3. El derecho de toda sociedad a la legítima defensa y al castigo de los
delincuentes, base del derecho penal en el mundo, debe ejercerse vigorosamente.
4. El conocido cientista político noruego Johan Galtung graficó esta idea cuando
declaró a Spiegel Online, el 19 de septiembre de 2001: "Si matan a Bin Laden
aparecen 10 nuevos." Esta puede ser una hipótesis exagerada, pero subraya la idea de
que el mero enfrentamiento violento del terrorismo puede derrotar a los terroristas
existentes en determinado momento, sin derrotar definitivamente (o erradicar) al
terrorismo en cuanto tal.
5. Cf. Otto Boye, La no violencia activa: camino para conquistar la democracia.
Santiago de Chile 1984.
6. Los textos completos de este documento de 1993 y, también, el de la
Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, pueden consultarse en la página
web del SELA (www.sela.org). Mientras el primero se refiere a la ética, el segundo se
desarrolla en el plano del derecho. Ambos se complementan.
7. Cf. Javier Tussel: Una ocasión histórica, en: El País, 26.10.2001. El autor
habla de "un gobierno mundial que imponga la construcción de la paz". Para él,
esto "ya no es una utopía, sino que parece lo más funcional imaginable, incluso en
el corto plazo."
8. Cf. Agustín Amaro: Un nuevo paradigma, un futuro cada vez más presente, en:
El Nacional de Caracas, 28.10.2001.
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