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OMC y ALCA:
prioridades en la agenda comercial de ALC
Edición Nº 63
Septiembre - Diciembre 2001
Indice |
¿Cómo mejorar nuestra respuesta a la globalización?
Aldo Ferrer
Ex ministro de Economía de Argentina
La siguiente es una transcripción de la
conferencia dictada por Aldo Ferrer el 12 de septiembre de 2001 en la sede del SELA.
El término globalización, de uso relativamente reciente pues tradicionalmente
hablábamos de relaciones económicas internacionales u orden mundial, se ha impuesto como
una expresión de uso permanente cuando tratamos estas cuestiones. Yo diría que es una
expresión que transmite un cierto mensaje que debemos explorar con detenimiento porque,
en definitiva, se refiere a la existencia de un orden global, de un orden de relaciones
internacionales en el campo del comercio, de las inversiones, de las corrientes
financieras y, desde luego, de las corporaciones trasnacionales.
La existencia de ese orden global -como siempre ha sucedido, sólo que ahora sucede de una
manera un poco distinta- confronta a cada país con una serie de desafíos y
oportunidades. Uno podría explicar la evolución económica de los países, su historia
general y su situación contemporánea en virtud de la calidad de las respuestas, de la
eficacia de las respuestas dadas a esos desafíos y oportunidades de la globalización.
Por ejemplo ¿Qué tipo de inserción se va a tener en el comercio internacional? ¿Un
país se va a vincular al comercio mundial como proveedor de alimentos y materias primas,
como ha sido tradicional en América Latina, o lo hará participando plenamente en la
revolución tecnológica, diversificando su estructura productiva, su oferta y formando
parte de las corrientes más dinámicas del comercio mundial que, desde hace bastante, se
refieren esencialmente a las manufacturas de alto contenido tecnológico y valor agregado?
Entonces, el perfil, la forma de inserción en la división del trabajo tiene una enorme
influencia en la captación del cambio técnico. Una estructura productiva relativamente
simple, asociada esencialmente a los recursos naturales, tiende a tener un horizonte mucho
más estrecho de asimilación del cambio técnico y de generación del cambio técnico. Lo
mismo sucede en el proceso de acumulación de capital, donde una estructura simple tiene
menos posibilidades de usar eficientemente los recursos para aumentar la productividad y
crecer.
El estilo de inserción internacional tiene mucho que ver con los equilibrios
macroeconómicos. Los países que no tienen la prudencia de poner la casa en orden, de
equilibrar su presupuesto y sus pagos internacionales, tienden a endeudarse exageradamente
y, en un escenario financiero internacional tan volátil, con cambios tan bruscos, incluso
en las cotizaciones de las monedas y de las tasas de interés, esto puede generar una
situación de extrema vulnerabilidad, de endeudamiento excesivo, que puede llevar a una
restricción de la libertad de maniobra de la política económica al punto de llegar a
una situación límite -y creo que por lo menos hay un país, que es el mío, que está
tal vez en ese grado difícil de problemas- donde el objetivo dominante de la política
económica es pagar deuda y tratar de generar en los mercados financieros respuestas
favorables para conseguir las nuevas fuentes de financiamiento que permitan cubrir los
déficit del balance de pagos y del presupuesto.
Entonces, una mala respuesta, una imprudente respuesta en términos de desequilibrio
macroeconómico, presupuestario y de balance de pago puede poner a un determinado país
--y creo que en América Latina esto ha pasado y pasa- en una situación de extrema
vulnerabilidad y de muy difícil posibilidad de mantener los equilibrios de largo plazo.
Entonces deberíamos -yo de hecho lo he intentado en mis trabajos sobre la historia de la
globalización- ver a lo largo del tiempo, considerando que la globalización es un
fenómeno muy antiguo -aunque la expresión sea nueva- he tratado de ver este tema, las
respuestas dadas a la globalización, los factores que la han determinado y por qué
algunos países han respondido bien a las fuerzas globalizadoras, convirtiéndose el
contexto externo en sí mismo en un estímulo del crecimiento, o aquellos otros en los
cuales las malas respuestas -por diversas razones- han configurado un cuadro de
desequilibrios y de subordinaciones incompatibles con el crecimiento de largo plazo.
Observando la experiencia histórica y la actualidad creo que pueden sacarse algunas
conclusiones con respecto de este tema de las respuestas. Una muy clara es que las buenas
respuestas a la globalización en términos, por ejemplo, de transformar la estructura
productiva y el perfil exportador para participar en las corrientes más dinámicas del
comercio internacional, no se producen por el juego espontáneo del mercado. Cuando uno
observa la historia advierte que todos aquellos países de desarrollo industrial tardío
en el siglo XIX -como los Estados Unidos, Alemania, Japón y en la segunda mitad del siglo
XX el caso notorio de los países exitosos de Asia- tuvieron que vencer ciertas barreras
de atraso relativo respecto de quienes estaban en la frontera del conocimiento de la
tecnología y de la industria. Estos fenómenos nunca se dieron espontáneamente por el
libre juego de la fuerza de mercado, sino que tuvieron una muy importante presencia de la
política pública y del Estado. En todo caso, hubo una combinación virtuosa entre
decisiones políticas, iniciativas privadas y de juego del mercado.
Ese es el caso de los Estados Unidos, que en el siglo XIX fue la nación más
proteccionista, el país que tuvo la barrera de protección de su mercado interno más
alto hasta la primera guerra mundial; el caso de la formación del segundo Reich, primero
bajo el liderazgo prusiano, la consolidación de Prusia, después la unificación de
Alemania, donde hubo políticas explícitas de desarrollo industrial, tecnológico, de
integración social. Y esto pasa siempre así. Es el caso de Japón tras su restauración
después de la Segunda Guerra Mundial, y la de países exitosos de Asia (Corea, Taiwán y
otros más en la segunda mitad del siglo XX). El comportamiento de estos países y la
calidad de sus respuestas a la globalización es indivisible de este contrapunto dinámico
virtuoso entre el mercado y las políticas públicas.
Otra conclusión que surge de este análisis comparativo de los países en virtud de la
calidad de las respuestas a la globalización, es que en todos los casos han resultado ser
exitosos aquellos que han tenido la capacidad de vincularse estrechamente al sistema
global manteniendo el comando de su propio destino y la capacidad de organizar sus propios
recursos. No hay excepción a ese criterio general. No hay ningún país que haya sido
exitoso aislándose del sistema internacional, ni ninguno que haya sido o sea exitoso
abriéndose incondicionalmente al libre juego de la fuerza del mercado y a las tendencias
que existen en el orden mundial.
Una tercera conclusión tiene que ver con la complejidad de los factores que determinan la
calidad de las respuestas, como el de la cohesión social. Las sociedades más integradas
tienen más posibilidad de dar buenas respuestas a la globalización. La distribución de
la riqueza del ingreso y el acceso a las oportunidades es otro requisito que está
presente en los países exitosos. De tal manera que hay una serie de factores
estructurales de las sociedades vinculados a su trayectoria histórica y sus patrones
culturales, que también influyen.
Desde luego, la estabilidad institucional de largo plazo -y este es un dato muy claro - es
uno de los elementos que está siempre presente en los países exitosos. La estabilidad
institucional de largo plazo, no necesariamente bajo los regímenes democráticos -un
ejemplo muy claro es el del desarrollo alemán en el siglo XIX, bajo un régimen
aristocrático pero estable- es un factor muy importante.
Otro elemento que está presente también en los países exitosos es la capacidad de
mantener en el largo plazo los equilibrios macroeconómicos fundamentales. No hay ningún
caso de un país que realmente haya dado buenas respuestas a la globalización en el
contexto de desequilibrios crónicos de balance de pagos, de déficit persistentes en la
cuenta corriente, de déficit presupuestarios. Mantener la casa en orden es uno de los
requisitos que está siempre presente. Desde luego, en algún momento un país puede
presentar variaciones en esta condición, pero en el largo plazo está muy claro que la
estabilidad política y los equilibrios macroeconómicos son condiciones de las buenas
respuestas a la globalización.
En mi opinión, estas reflexiones previas tienen algún interés porque nos permiten
abordar la situación actual de América Latina y observarla, incluso, en perspectiva
histórica ¿Qué podemos decir nosotros? El nuevo mundo, incluyendo, desde luego, a
América del Norte, es el caso más extraordinario de la globalización de todos los
tiempos. La globalización empieza en la última década del siglo XV con el desembarco de
Cristóbal Colón en Guanahaní y de Vasco da Gama en Kalicut, en la costa occidental de
la India. Esa es la primera vez -bajo el liderazgo de los pueblos cristianos de Europa, a
los que después llamaremos las potencias atlánticas con las naciones ibéricas en primer
lugar y después Inglaterra, Francia y Holanda- que se configura un sistema de alcance
planetario. La globalización empieza cuando se da, por primera vez en la historia, un
sistema abarcativo del conjunto del planeta. Lo que pasó en esos dos o tres siglos
inmediatos después fue un hecho extraordinario. Cuando llegaron acá los descubridores y
conquistadores, ya había en América algo así como sesenta millones de habitantes. Un
siglo después sobrevivía aproximadamente el diez por ciento, pues la mayor parte de la
población fue exterminada por las plagas que trajeron los europeos y, desde luego, las
condiciones de destrucción y de desorganización de las culturas primarias. A este hecho
se suma después el extraordinario fenómeno de la esclavitud, donde se incorporan, entre
el siglo XVI y XIX, más de diez millones de africanos traídos como esclavos,
configurándose así nuevas civilizaciones en el espacio americano. Esto no pasó nunca en
ningún lado, porque en Asia, África y Medio Oriente, el europeo penetró, dominó y
conquistó, como el caso, por ejemplo, del dominio británico en la India, pero nunca
demolieron las civilizaciones preexistentes. Los chinos siguieron siendo chinos, los
hindúes siguieron siendo hindúes, los malayos, malayos, los árabes, árabes. En
América no. En América se formaron nuevas civilizaciones y este es el caso más
extraordinario, insisto, de la globalización de todos los tiempos. Y creo que, de alguna
manera, nuestra región sigue siendo una región fuertemente influida, probablemente más
que otros países, por esta tradición y esta particular relación con el orden global.
Después de la independencia, en las primeras décadas en que se trató de reconstruir la
legitimidad del poder y la organización de las nuevas nacionalidades, a partir de la
segunda mitad del siglo XIX, la región recibió masivamente el impacto de la revolución
industrial (el ferrocarril, los navíos a vapor, las comunicaciones, el telégrafo, etc.)
y también recibió el impacto de la demanda creciente de cosas que podíamos producir
acá: cereales, carnes, cobre, café, azúcar, minerales preciosos, nitratos,
convirtiéndose así nuestra región, en poco tiempo, en una protagonista considerable del
mercado mundial en expansión.
En 1913 las exportaciones de origen latinoamericano representaban el 8% de las mundiales y
éramos el destino del 20% de las corrientes migratorias de casi 40 millones de europeos
que emigraron esencialmente hacia el nuevo mundo entre 1850 y 1903. También éramos
destinatarios de una proporción semejante de la inversión internacional, lo que se llama
la inversión privada directa, que era algo así como el 20%. Es decir, estábamos
plenamente integrados al sistema internacional ¿Y cómo nos integramos? Nos integramos,
esencialmente, como productores y exportadores de productos primarios. No logramos,
tempranamente, lo que sí hicieron otros países, y no me refiero sólo a Estados Unidos,
sino a algunas dependencias británicas como Canadá y Australia que, tempranamente, y
aún siendo nominalmente posesiones coloniales, lograron configurar estructuras
productivas diversificadas, industriales y complejas desde prácticamente principios del
siglo XX. A nosotros no nos pasó esto. Nuestra inserción fue esencialmente como
productores de bienes primarios, como importadores de manufacturas de capital. El proceso
de modernización en América Latina fue un proceso parcial que dejó fuera del ámbito de
la transformación y de la modificación de las condiciones de vida a segmentos
fundamentales de nuestras sociedades.
Podríamos agregar, entonces, que nuestras malas respuestas a la globalización realmente
no son de ahora, sino que obedecen y reconocen antecedentes remotos en el tiempo. Pero
sucede que ahora las fuerzas globalizadoras son de una gran intensidad. El desarrollo
extraordinario que han registrado los mercados financieros, por el cual los recursos
líquidos están esencialmente vinculados al arbitraje de tasas de interés, de tipos de
cambio, de expectativas de modificaciones de los valores en las bolsas, ha adquirido una
dimensión muchísimo mayor que la economía del mundo real. Estamos en presencia también
de un desarrollo vertiginoso de las corporaciones transnacionales, en parte ligado a la
posibilidad, en virtud de la revolución informática, de realizar el proceso productivo
en varias localizaciones y que ha dado lugar a que, por ejemplo, algo así como un 30%
más del comercio mundial consista en transacciones intrafirma al interior de las mismas
corporaciones, lo que significa la internacionalización del proceso de agregación de
valor al interior de una sola firma de carácter trasnacional.
Las filiales han crecido de una manera espectacular pero de una manera muy diferente de lo
que fue la experiencia antes de la primera guerra mundial, donde sin duda había también
mucha inversión privada directa, pero estaba básicamente ligada a la construcción de la
infraestructura, como los ferrocarriles o los puertos y también a la explotación de los
recursos primarios. Hoy en día, la mayor parte de estas inversiones se vinculan a la
industria, a las manufacturas y a los servicios y, desde luego, en materia de comercio se
profundizó el fenómeno de transformación de la composición del comercio con un
predominio creciente de la participación de las manufacturas de alto valor agregado y de
contenido tecnológico.
Todos estos son fenómenos que confrontan desafíos frente a estas finanzas globalizadas
¿Nos vamos a insertar como países vulnerables, endeudados, sin equilibrios
macroeconómicos, que necesitamos andar pidiendo plata todo el tiempo para cerrar las
cuentas frente a la expansión de las corporaciones trasnacionales? ¿Llas vamos a admitir
indiscriminadamente o las vamos a utilizar para integrarlas al proceso interno, acceder a
terceros mercados e incorporar tecnología? ¿Lo vamos hacer de esa manera como lo
hicieron, por ejemplo, los países exitosos de Asia o lo vamos hacer como lo ha hecho
Argentina, que es un caso paradigmático, de traer inversión extranjera en grandes
cantidades para ocupar el mercado interno, sustituir la producción nacional por
importaciones y generar un enorme déficit de divisas? Porque estas empresas venden
esencialmente en pesos en el mercado interno, pero transmiten muchas divisas al exterior
por concepto de importaciones y de remisión de utilidades. Esto no es un fenómeno de la
globalización. Las corporaciones, sin duda, tienen su estrategia de carácter global,
pero la forma en que se insertan en cada espacio está fuertemente determinado por el
marco regulatorio al cual se vinculan y nosotros -insisto claramente en el caso de mi
país- creo que no hemos dado buenas respuestas en este sentido.
Finalmente diría que el otro elemento muy importante -sobre todo desde la instalación, a
principios de la década del setenta, de los esquemas de fluctuación de las monedas
frente a un universo de variables cambiantes de tasas de interés, de tipos de cambio, de
corrientes financieras, incluso de precios de ciertos productos, de las llamadas
comodities- es cómo se maneja un país en un escenario de variables cambiantes.
Yo diría que esta fuerza tan intensa de la globalización contemporánea coincide, hacia
la década de 1970, con cambios importantes en el paradigma teórico y en la política
dominante en los centros. El viejo paradigma keynesiano (la intervención pública como
fórmula para mantener la demanda agregada y el pleno empleo) es sustituido por una
versión distinta que le llamamos ahora neoliberal (el recorte del Estado, el énfasis en
las fuerzas libres del mercado, la desregulación de los mercados, las privatizaciones),
instalándose, entonces, esta visión muy asociada a los gobiernos de Ronald Reagan, en
Estados Unidos, y de Margaret Thatcher, en Gran Bretaña.
En la experiencia reciente -diría que a partir de la década los setenta y del ochenta en
particular- nos encontramos con que llegamos a esta nueva fase de la globalización en una
situación vulnerable, donde los viejos modelos de sustitución de importaciones que
habían logrado transformaciones profundas en las estructuras de varios países,
conservaban, sin embargo, vicios estructurales muy profundos en sus sociedades, como la
concentración del ingreso, la estratificación social y los desequilibrios
macroeconómicos. No en balde, América Latina era la región en la que había prevalecido
por más tiempo una inflación intensa que fue característica de buena parte de nuestros
países. Entonces entramos a esta fase globalizadora con un proceso de transformación
interno pero claramente insuficiente y claramente vulnerables, y caímos,
simultáneamente, frente a la influencia de estas intensas fuerzas renovadas de las
globalización con el cambio del paradigma en los centros. Allí estalla la crisis de la
deuda a principios de la década del ochenta (al anunciar México la suspensión de los
pagos de su deuda externa) y se produce este fenómeno extraordinario de la crisis de la
deuda, que trajo lo que después se llamó, y luego de un proceso de ajuste extremadamente
costoso, la década perdida, proceso también altamente inflacionario ligado a la
dificultad que tenían los Estados de generar los excedentes para el pago de la deuda.
Esto condujo a un desequilibrio fiscal y de balance de pagos y de alta inflación y
caímos en esta situación de extrema vulnerabilidad que nos llevó a ese ajuste tan duro
de la década del ochenta y que modifico la relación de nuestros países incluso con los
organismos multilaterales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial
(BM), en particular.
Los que tenemos alguna edad y hemos sido testigos y a veces partícipes de los procesos de
ajuste previos a la crisis de la deuda externa de los años ochenta, recordamos que la
presencia del FMI era muy importante en América Latina, pero era transitoria. Nuestros
países entraban en desequilibrios por circunstancias externas, a veces por las malas
políticas, y entonces, en muchos casos, entraban en acuerdos contingentes con el FMI para
restablecer el equilibrio. Esto llevaba al ajuste en el tipo de cambio, a la contención
del gasto, en definitiva, a recuperar el equilibrio, y una vez que recuperábamos el
equilibrio, el FMI se iba a Washington y nosotros nos quedábamos en casa, a veces
cometiendo los mismos errores que nos habían llevado al problema que había dado lugar a
la presencia del FMI. Estos procesos de ajuste dieron lugar a la famosa polémica
estructuralismo-monetarismo en América Latina, donde los estructuralistas más
pluralistas criticábamos al FMI porque en esas circunstancias particulares aplicaban un
enfoque demasiado ortodoxo y no tomaban en cuenta los factores estructurales determinantes
de la inflación y del desequilibrio. Fue un debate muy rico que tuvo lugar en las
décadas del cincuenta al setenta. Pero, como dije, la presencia de los organismos
multilaterales era siempre transitoria.
Esto ha cambiado de una manera extraordinaria. Una vez que entramos en una situación de
tanta vulnerabilidad y subordinación, el ajuste se convirtió no sólo en un ajuste para
el balance del equilibrio, la balanza de pagos y de presupuestos, sino en lo que se llamó
el ajuste estructural, es decir, junto con el ajuste y el apoyo financiero para solucionar
el desequilibrio, venía la sabiduría de qué es lo que había que hacer para crecer en
el largo plazo y resolver nuestros problemas de una buena vez. Y de allí viene la
propuesta del "Consenso de Washington", que incluyó la transferencia a América
Latina del paradigma dominante en los centros, pero con mucha mayor intensidad y rigor
porque, en definitiva, los propios centros, tanto en materia comercial como de presencia
del sector público, distaron mucho de hacer las cosas que nos aconsejaron hacer en
América Latina en términos de desmantelamiento del sector público, apertura,
liberación de los mercados, etc.
Y lo cierto es que bajo esta vulnerabilidad existente frente a nuestra insuficiencia para
mantener la casa en orden y tener una relación simétrica no subordinada con el orden
mundial, se incorporó en el escenario latinoamericano un conjunto de ideas que,
naturalmente, no se transplantaron en el vacío. Se asentaron porque había en el medio
latinoamericano fuerzas de cierta influencia capaces de asumir el mensaje céntrico y
poner en marcha una serie de políticas que en mayor o menor medida se aplicaron en
América Latina.
Sucede, sin embargo, que este pensamiento que algunos llaman hegemónico o pensamiento
único -según el cual este conjunto de ideas es la verdad revelada, es la sabiduría, es
la experiencia, que no tiene alternativa, en donde realmente no hay espacio para la
discusión porque las cosas son así, no son de otra manera- que este tipo de enfoque
tiene una dificultad: los resultados no son buenos. Después de un conjunto de reformas
más o menos profundas a diversos planos no salimos del atraso, ha aumentado el desempleo,
aumentado la insatisfacción social, surgido amenazas a la democracia reconquistada. Es
decir, nos encontramos con que América Latina es la región con algo de importancia en el
mundo con el peor comportamiento relativo internacional. No terminamos de salir de la
dificultades sino más bien se han agravado. Y agregaría que tal vez la causa de este
resultado insatisfactorio la podemos explicar en los mismos términos que intenté de
hacerlo al principio: porque estas no son buenas respuestas a la globalización. Las
respuestas que hemos dado a esta globalización contemporánea no han sido buenas. Somos
excesivamente dependientes de la situación financiera. En algunos casos hemos cometido
errores garrafales, como por ejemplo, Argentina, que tal vez es el caso más importante en
este sentido al abrir la economía con tipos de cambios sobrevaluados, lo cual destruyó
la competitividad de buena parte de la producción nacional y generó dificultades
sociales y económicas graves. Es decir, hemos dado malas respuestas a la globalización
en el campo del comercio, en el campo de las finanzas, en el campo de la asimilación de
las inversiones externas.
Estudios comparativos sobre la incorporación de la inversión extranjera en países
América Latina y en algunos de Asia revelan muy claramente la diferencia de postura entre
estas naciones. En el caso de los países asiáticos exitosos, la incorporación de la
inversión fue utilizada no para comprar cosas que ya existían en esos países, sino para
ampliar capacidad productiva, para acceder a terceros mercados, traer tecnología,
integrarse al tejido productivo. Nosotros no hicimos esto. Tuvimos más bien una política
de puertas abiertas indiscriminadas que nos ha llevado a una situación en la cual la
inversión extranjera, en vez de prestar la colaboración y la contribución sustantiva
que puede hacer énfasis en otras circunstancias, termina configurándose en sí misma en
un problema hasta llegar a niveles de desnacionalización del sistema económico realmente
notables. Porque el otro rasgo que está siempre presente en los países exitosos es que
siendo cierto que la apertura y la incorporación de elementos foráneos es muy
importante, también lo ha sido el mantener el liderazgo de los intereses propios. Las
empresas nacionales, la capacidad de orientación del sector público sigue siendo
esencial. Cuando esta dimensión endógena se sustituye por elementos externos, lo más
probable es que se configuren cuadros que proporcionan respuestas insatisfactorias a la
globalización.
Es claro que uno puede preguntar el porqué damos malas respuestas a la globalización.
Pero aquí ya se me acaba el libreto, porque esto trasciende al análisis económico. No
obstante, no es difícil advertir algunas circunstancias. Yo creo que no es casual que
nosotros demos malas respuestas, y que haya una relación muy estrecha entre el hecho de
que demos malas respuestas a la globalización y que seamos la región más injusta del
mundo. Todos sabemos que el perfil de la distribución del ingreso y la riqueza en
América Latina es el peor en el escenario internacional. Tenemos los peores indicadores
de distribución del ingreso y de la riqueza y esto está fuertemente ligado a la
estratificación social, que muchas veces tiene color en nuestros países, como
consecuencia del proceso de poblamiento y de organización de nuestras sociedades.
Entonces, creo que hay elementos muy importantes que son las razones estructurales,
profundas, que tienden a generar malas respuestas y que ciertamente no son de fácil
remoción. Esto influye, por ejemplo, en la calidad del comportamiento de las elites, lo
que el polítólogo brasileño Elio Jaguaribe llama la funcionalidad de las elites.
Nuestras elites dejan de ser funcionales a menudo, entendiendo por funcionalidad la
capacidad de liderar una sociedad acumulando poder, pero generando espacios de bienestar y
de participación al conjunto de la sociedad. Raúl Prebish se ocupó de este tema en sus
últimos trabajos sobre el capitalismo periférico y señaló cómo la excesiva
concentración del ingreso en América Latina daba lugar a un desperdicio de recursos del
excedente.
Hay otro rasgo, que fue analizado por otro observador, Oswaldo Sunkel, que señala que
este hecho mismo también tiende a generar en algunos grupos influyentes de nuestros
países, una adhesión mayor con los intereses céntricos que en los propios intereses
domésticos de nuestras sociedades. Entonces, hay una serie de factores complejos que no
son de fácil remoción y que en parte también explican cómo este pensamiento céntrico
ha ido tan lejos y ha echado raíces tan profundas en el seno de nuestras sociedades. Pero
lo cierto es que acá no se trata de llorar sobre la leche derramada ni quejarse de hechos
inexorables: si las sociedades aprenden de la experiencia, tal vez seamos capaces de
reflexionar sobre nuestra trayectoria y nuestra realidad y encontrar respuestas más
lúcidas, más eficaces a los desafíos y oportunidades de la globalización.
En este sentido, nuestra propia trayectoria, nuestra propia historia ofrece algunos
elementos alentadores. Por ejemplo, después de la Segunda Guerra Mundial se desarrolló
en América Latina un pensamiento creativo, crítico, extremadamente rico. Una figura
dominante de esa renovación de pensamiento económico fue, sin duda, el economista
argentino Raúl Prebish, quien formuló una serie de interpretaciones. Prebish y otras
personas que estaban en esa línea de pensamiento decían que no había que ver al mundo
con los ojos con los que lo ven los países centrales, porque ellos ven el mundo desde su
propia perspectiva y desde sus propios intereses. Ahora -diríamos- analicemos la
globalización y el funcionamiento del sistema internacional a partir de nuestros propios
enfoques, de nuestra propia realidad, y encontremos, a partir de allí, respuestas
originales que permitan mejorar la calidad de nuestras respuestas a la globalización.
Yo creo que se abre así para el pensamiento latinoamericano -y para la necesaria
reflexión para poder inducir políticas y decisiones que resuelvan nuestros problemas-
una agenda de temas sobre los que tenemos que trabajar. Uno es la comprensión de la misma
globalización, del pensamiento que ahora llamamos neoliberal, de esta visión según la
cual el juego espontáneo de los mercados produce las soluciones deseables. Traducido en
otros términos, podríamos decir que es una visión fundamentalista de la globalización.
Lo que nos está diciendo esta perspectiva que tanta influencia ejerce en América Latina,
es que, en las actuales condiciones del mundo contemporáneo, han dejado de ser posibles
los caminos con algún grado de autonomía. Según este enfoque, el poder ha sido
transferido al espacio trasnacional, a las grandes corporaciones, a los mercados
financieros, a las grandes potencias, en primer lugar Estados Unidos. En estas
condiciones, la capacidad que teníamos, en principio, de diseñar nuestro propio proyecto
en un escenario mundial, ha desaparecido y, en tal caso, la única política posible es la
política adaptativa a los criterios dominantes en los centros.
Esto es, en mi opinión, el pensamiento profundo del neoliberalismo y de esto que llamamos
la adhesión fundamentalista de la globalización. Según este mensaje, lo que hay que
hacer es transmitir señales amistosas a los mercados y con eso, esencialmente, estamos en
el buen rumbo. Desde luego que hay que transmitir buenas señales a los mercados, pero
esto sólo no alcanza. Uno podría decir que el intentar transmitir buenas señales con
políticas que agraven la realidad económica y social de los países, termina siendo, en
definitiva, la peor señal posible, porque en el largo plazo, y aún en el corto, lo que
puede atraer, lo que puede generar atractivo en el exterior es la seguridad jurídica, es
el desarrollo, es la expansión del mercado, es la capacidad competitiva. Si estas
políticas que constituyen malas respuestas a la globalización afectan a estos factores
estructurales del desarrollo, terminan transmitiendo pésimas señales a los mercados
internacionales.
Uno también puede decir que esta visión fundamentalista es una enorme exageración de
cómo funciona el sistema internacional, porque es cierto que el comercio mundial es
esencial y tenemos que estar intensamente insertos en él. Pero los mercados internos
siguen siendo el destino fundamental de la producción de bienes y servicios. En el
promedio mundial, más del 80% de la producción se vende en los mercados internos de los
países y en América Latina este porcentaje es similar. En Argentina es mayor y en Brasil
es de 90%. Aún en países muy abiertos como Chile, dos tercios de su producción se vende
en el mercado interno. Entonces hacer políticas que atiendan solamente la dimensión
externa implica desconocer esta realidad de la dimensión endógena. En el caso de las
corporaciones trasnacionales observamos que la inversión de las filiales no contribuye
con más del 6,7% de la acumulación de capital fijo en el mundo, es decir, más del 90%
de la inversión se financia con ahorro interno. De tal manera que la dimensión endógena
sigue siendo esencial y desconocerla en un planteamiento a ultranza de apertura y
regulación, implica desconocer el hecho del necesario equilibrio entre la dimensión
endógena y la dimensión internacional.
Por otra parte, no hace falta ser economista para darse cuenta de que el desarrollo de una
sociedad es un fenómeno complejo. El crecimiento se da en una trayectoria histórica de
transformación de la sociedad, de integración de la sociedad, de modernización del
Estado, de capacitación de los recursos humanos, de incorporación de ciencia y
tecnología, de integración entre los diversos sectores de la actividad económica y
social, de la cohesión del poder negociador en una sociedad frente al escenario
internacional. Todo esto es producto en primer lugar, de un proceso endógeno de
transformación. Nosotros no podemos ir a Nueva York, a Frankfurt, a Londres a buscar un
libro que nos diga qué es lo que tenemos que hacer. Cada experiencia histórica es
singular y resulta de la capacidad de cada sociedad de movilizar su potencial, de
organizarse, de aumentar la productividad y, en definitiva, de dar buenas respuestas a la
globalización.
La visión fundamentalista de la globalización es una enorme exageración y, observando
el debate actual en el escenario internacional, nos damos cuenta que estas cosas se están
diciendo con el mismo énfasis que yo, aunque tal vez con otros términos, mucho más en
Estados Unidos y Europa que en la propia América Latina. Hay un conjunto de economistas
americanos de excelente nivel académico que está advirtiendo que la dimensión endógena
es fundamental. No hay vías para el desarrollo a partir de la adhesión incondicional a
acontecimientos externos. El desarrollo es, esencialmente, un proceso de construcción
nacional interno y, en nuestro caso, ciertamente también lo lleva a una dimensión
regional muy importante porque, por ejemplo, en el caso de MERCOSUR, si nosotros logramos,
en el espacio regional, cuestionar nuestras políticas, multiplicamos nuestra capacidad de
mejorar la capacidad y la calidad de nuestras respuestas a la globalización.
De tal manera que el primer punto de la agenda de la revisión de este escenario es
observar con mucho realismo y desapasionamiento, cómo funciona realmente el sistema
internacional. En definitiva, la responsabilidad de lo que pasa descansa en nuestras
propias manos y nuestra propia capacidad. No hay duda de que hay un orden asimétrico en
el sistema internacional como siempre fue: los países desarrollados inclinan el campo de
juego a su favor. Es como si jugáramos un partido de fútbol con la cancha inclinada, y
en la parte de arriba están los países desarrollados y abajo estamos nosotros, por lo
que naturalmente le resulta más fácil marcar goles a los que están arriba que a los que
están abajo. Esto se advierte en las normas comerciales, en las restricciones de acceso a
los mercados, en la forma de funcionamiento del sistema financiero, del régimen de
propiedad intelectual y de transferencia tecnológica.
Pero aún en este contexto y en este escenario con estas asimetrías, la responsabilidad
de cómo se inserta y cómo se asimilan este conjunto de reglas de juego descansa
esencialmente en nuestra propia capacidad. Este es otro hecho que tenemos que destacar. No
es realista, no es acertado, delegar en el exterior la responsabilidad de nuestros males.
Ciertamente el sistema internacional nos plantea desafíos. Es asimétrico. Muchas veces
es injusto. Pero, al mismo tiempo, no hay duda, la responsabilidad primaria descansa en
nuestros países. Por ejemplo, si un país sostiene un tipo de cambio sobrevaluado y
debilita la competitividad de su economía, no es fruto de conspiración externa, sino de
una serie de factores domésticos y, en todo caso, de una asimilación incorrecta de
señales que ven en el sistema internacional. Hay que mirar más hacia adentro que hacia
fuera para encontrar la raíz profunda de esas malas respuestas a la globalización.
En América Latina estamos en un proceso de transición donde las reformas inducidas por
el proceso de Consenso de Washington y todas estas políticas de cuño neoliberal que se
han instalado en mayor o menor medida en nuestros países, comienzan a revelar -y ya no
tanto comienzan, porque hace tiempo que lo sabemos- a presentar sus dificultades en
términos de empleo, en términos de bienestar, en términos de seguridad. No es casual
que estas sociedades tan injustas sean también tan inseguras desde tantos puntos de
vista. En muchas de nuestras bellas ciudades hasta hace no mucho tiempo podíamos caminar
de noche, a cualquier hora, con absoluta seguridad, pero eso ya no lo podemos hacer hoy en
día. Estamos, efectivamente, en una fase de revisión crítica de transición y esa
transición es difícil porque los Estados nacionales, por lo menos algunos, están en una
situación extremadamente vulnerable por el endeudamiento, por el peso de la deuda sobre
los presupuestos públicos. Nuestros países están agobiados por la presión social, por
la demanda justificada de segmentos muy importantes de nuestras sociedades por revertir la
situación que se está viviendo. Hay una situación -insisto- de extrema debilidad de la
capacidad de acción pública y de la política misma. De tal manera que la transición no
es fácil pero tenemos que realizarla y debemos tener un norte con alguna claridad para
recuperar la capacidad de comando sobre nuestro propio destino, porque si no somos capaces
efectivamente de recuperar la capacidad de administrar la política económica y de poder
orientar la organización de nuestros recursos conforme nuestros objetivos: responsables,
ordenados, pero en definitiva fuertemente arraigados a nuestras propias necesidades; si no
podemos hacer esto, el futuro no será bueno en América Latina. Y no es casual que
todavía hoy nuestra región sea la que tiene peores perspectivas en el escenario
internacional, siendo un continente gigantesco con recursos naturales formidables, con
poblaciones de extrema riqueza creativa y que, sin embargo, no ha logrado, a lo largo de
la historia, aglutinarse para transformar su situación en el mundo.
Yo creo que este es el gran desafío de la democracia de los sistemas políticos de
América Latina. Aprender de la experiencia y fortalecer lo que hemos logrado en materia
de normalidad institucional y juego democrático con sistemas que sean al mismo tiempo
capaces de movilizar el potencial de nuestros países en beneficio de nuestras sociedades,
o dicho en los términos que empleé acá, de mejorar la calidad de nuestras respuestas a
la globalización para ser activos partícipes del orden mundial, manteniendo el comando
de nuestro propio destino.
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