Titulo OMC y ALCA: prioridades en la agenda comercial de ALC
Edición  Nº 63

Septiembre - Diciembre 2001

Indice

¿Cómo mejorar nuestra respuesta a la globalización?

Aldo Ferrer

Ex ministro de Economía de Argentina

La siguiente es una transcripción de la conferencia dictada por Aldo Ferrer el 12 de septiembre de 2001 en la sede del SELA.

El término globalización, de uso relativamente reciente pues tradicionalmente hablábamos de relaciones económicas internacionales u orden mundial, se ha impuesto como una expresión de uso permanente cuando tratamos estas cuestiones. Yo diría que es una expresión que transmite un cierto mensaje que debemos explorar con detenimiento porque, en definitiva, se refiere a la existencia de un orden global, de un orden de relaciones internacionales en el campo del comercio, de las inversiones, de las corrientes financieras y, desde luego, de las corporaciones trasnacionales.

La existencia de ese orden global -como siempre ha sucedido, sólo que ahora sucede de una manera un poco distinta- confronta a cada país con una serie de desafíos y oportunidades. Uno podría explicar la evolución económica de los países, su historia general y su situación contemporánea en virtud de la calidad de las respuestas, de la eficacia de las respuestas dadas a esos desafíos y oportunidades de la globalización. Por ejemplo ¿Qué tipo de inserción se va a tener en el comercio internacional? ¿Un país se va a vincular al comercio mundial como proveedor de alimentos y materias primas, como ha sido tradicional en América Latina, o lo hará participando plenamente en la revolución tecnológica, diversificando su estructura productiva, su oferta y formando parte de las corrientes más dinámicas del comercio mundial que, desde hace bastante, se refieren esencialmente a las manufacturas de alto contenido tecnológico y valor agregado? Entonces, el perfil, la forma de inserción en la división del trabajo tiene una enorme influencia en la captación del cambio técnico. Una estructura productiva relativamente simple, asociada esencialmente a los recursos naturales, tiende a tener un horizonte mucho más estrecho de asimilación del cambio técnico y de generación del cambio técnico. Lo mismo sucede en el proceso de acumulación de capital, donde una estructura simple tiene menos posibilidades de usar eficientemente los recursos para aumentar la productividad y crecer.

El estilo de inserción internacional tiene mucho que ver con los equilibrios macroeconómicos. Los países que no tienen la prudencia de poner la casa en orden, de equilibrar su presupuesto y sus pagos internacionales, tienden a endeudarse exageradamente y, en un escenario financiero internacional tan volátil, con cambios tan bruscos, incluso en las cotizaciones de las monedas y de las tasas de interés, esto puede generar una situación de extrema vulnerabilidad, de endeudamiento excesivo, que puede llevar a una restricción de la libertad de maniobra de la política económica al punto de llegar a una situación límite -y creo que por lo menos hay un país, que es el mío, que está tal vez en ese grado difícil de problemas- donde el objetivo dominante de la política económica es pagar deuda y tratar de generar en los mercados financieros respuestas favorables para conseguir las nuevas fuentes de financiamiento que permitan cubrir los déficit del balance de pagos y del presupuesto.

Entonces, una mala respuesta, una imprudente respuesta en términos de desequilibrio macroeconómico, presupuestario y de balance de pago puede poner a un determinado país --y creo que en América Latina esto ha pasado y pasa- en una situación de extrema vulnerabilidad y de muy difícil posibilidad de mantener los equilibrios de largo plazo. Entonces deberíamos -yo de hecho lo he intentado en mis trabajos sobre la historia de la globalización- ver a lo largo del tiempo, considerando que la globalización es un fenómeno muy antiguo -aunque la expresión sea nueva- he tratado de ver este tema, las respuestas dadas a la globalización, los factores que la han determinado y por qué algunos países han respondido bien a las fuerzas globalizadoras, convirtiéndose el contexto externo en sí mismo en un estímulo del crecimiento, o aquellos otros en los cuales las malas respuestas -por diversas razones- han configurado un cuadro de desequilibrios y de subordinaciones incompatibles con el crecimiento de largo plazo.

Observando la experiencia histórica y la actualidad creo que pueden sacarse algunas conclusiones con respecto de este tema de las respuestas. Una muy clara es que las buenas respuestas a la globalización en términos, por ejemplo, de transformar la estructura productiva y el perfil exportador para participar en las corrientes más dinámicas del comercio internacional, no se producen por el juego espontáneo del mercado. Cuando uno observa la historia advierte que todos aquellos países de desarrollo industrial tardío en el siglo XIX -como los Estados Unidos, Alemania, Japón y en la segunda mitad del siglo XX el caso notorio de los países exitosos de Asia- tuvieron que vencer ciertas barreras de atraso relativo respecto de quienes estaban en la frontera del conocimiento de la tecnología y de la industria. Estos fenómenos nunca se dieron espontáneamente por el libre juego de la fuerza de mercado, sino que tuvieron una muy importante presencia de la política pública y del Estado. En todo caso, hubo una combinación virtuosa entre decisiones políticas, iniciativas privadas y de juego del mercado.

Ese es el caso de los Estados Unidos, que en el siglo XIX fue la nación más proteccionista, el país que tuvo la barrera de protección de su mercado interno más alto hasta la primera guerra mundial; el caso de la formación del segundo Reich, primero bajo el liderazgo prusiano, la consolidación de Prusia, después la unificación de Alemania, donde hubo políticas explícitas de desarrollo industrial, tecnológico, de integración social. Y esto pasa siempre así. Es el caso de Japón tras su restauración después de la Segunda Guerra Mundial, y la de países exitosos de Asia (Corea, Taiwán y otros más en la segunda mitad del siglo XX). El comportamiento de estos países y la calidad de sus respuestas a la globalización es indivisible de este contrapunto dinámico virtuoso entre el mercado y las políticas públicas.

Otra conclusión que surge de este análisis comparativo de los países en virtud de la calidad de las respuestas a la globalización, es que en todos los casos han resultado ser exitosos aquellos que han tenido la capacidad de vincularse estrechamente al sistema global manteniendo el comando de su propio destino y la capacidad de organizar sus propios recursos. No hay excepción a ese criterio general. No hay ningún país que haya sido exitoso aislándose del sistema internacional, ni ninguno que haya sido o sea exitoso abriéndose incondicionalmente al libre juego de la fuerza del mercado y a las tendencias que existen en el orden mundial.

Una tercera conclusión tiene que ver con la complejidad de los factores que determinan la calidad de las respuestas, como el de la cohesión social. Las sociedades más integradas tienen más posibilidad de dar buenas respuestas a la globalización. La distribución de la riqueza del ingreso y el acceso a las oportunidades es otro requisito que está presente en los países exitosos. De tal manera que hay una serie de factores estructurales de las sociedades vinculados a su trayectoria histórica y sus patrones culturales, que también influyen.

Desde luego, la estabilidad institucional de largo plazo -y este es un dato muy claro - es uno de los elementos que está siempre presente en los países exitosos. La estabilidad institucional de largo plazo, no necesariamente bajo los regímenes democráticos -un ejemplo muy claro es el del desarrollo alemán en el siglo XIX, bajo un régimen aristocrático pero estable- es un factor muy importante.

Otro elemento que está presente también en los países exitosos es la capacidad de mantener en el largo plazo los equilibrios macroeconómicos fundamentales. No hay ningún caso de un país que realmente haya dado buenas respuestas a la globalización en el contexto de desequilibrios crónicos de balance de pagos, de déficit persistentes en la cuenta corriente, de déficit presupuestarios. Mantener la casa en orden es uno de los requisitos que está siempre presente. Desde luego, en algún momento un país puede presentar variaciones en esta condición, pero en el largo plazo está muy claro que la estabilidad política y los equilibrios macroeconómicos son condiciones de las buenas respuestas a la globalización.

En mi opinión, estas reflexiones previas tienen algún interés porque nos permiten abordar la situación actual de América Latina y observarla, incluso, en perspectiva histórica ¿Qué podemos decir nosotros? El nuevo mundo, incluyendo, desde luego, a América del Norte, es el caso más extraordinario de la globalización de todos los tiempos. La globalización empieza en la última década del siglo XV con el desembarco de Cristóbal Colón en Guanahaní y de Vasco da Gama en Kalicut, en la costa occidental de la India. Esa es la primera vez -bajo el liderazgo de los pueblos cristianos de Europa, a los que después llamaremos las potencias atlánticas con las naciones ibéricas en primer lugar y después Inglaterra, Francia y Holanda- que se configura un sistema de alcance planetario. La globalización empieza cuando se da, por primera vez en la historia, un sistema abarcativo del conjunto del planeta. Lo que pasó en esos dos o tres siglos inmediatos después fue un hecho extraordinario. Cuando llegaron acá los descubridores y conquistadores, ya había en América algo así como sesenta millones de habitantes. Un siglo después sobrevivía aproximadamente el diez por ciento, pues la mayor parte de la población fue exterminada por las plagas que trajeron los europeos y, desde luego, las condiciones de destrucción y de desorganización de las culturas primarias. A este hecho se suma después el extraordinario fenómeno de la esclavitud, donde se incorporan, entre el siglo XVI y XIX, más de diez millones de africanos traídos como esclavos, configurándose así nuevas civilizaciones en el espacio americano. Esto no pasó nunca en ningún lado, porque en Asia, África y Medio Oriente, el europeo penetró, dominó y conquistó, como el caso, por ejemplo, del dominio británico en la India, pero nunca demolieron las civilizaciones preexistentes. Los chinos siguieron siendo chinos, los hindúes siguieron siendo hindúes, los malayos, malayos, los árabes, árabes. En América no. En América se formaron nuevas civilizaciones y este es el caso más extraordinario, insisto, de la globalización de todos los tiempos. Y creo que, de alguna manera, nuestra región sigue siendo una región fuertemente influida, probablemente más que otros países, por esta tradición y esta particular relación con el orden global.

Después de la independencia, en las primeras décadas en que se trató de reconstruir la legitimidad del poder y la organización de las nuevas nacionalidades, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, la región recibió masivamente el impacto de la revolución industrial (el ferrocarril, los navíos a vapor, las comunicaciones, el telégrafo, etc.) y también recibió el impacto de la demanda creciente de cosas que podíamos producir acá: cereales, carnes, cobre, café, azúcar, minerales preciosos, nitratos, convirtiéndose así nuestra región, en poco tiempo, en una protagonista considerable del mercado mundial en expansión.

En 1913 las exportaciones de origen latinoamericano representaban el 8% de las mundiales y éramos el destino del 20% de las corrientes migratorias de casi 40 millones de europeos que emigraron esencialmente hacia el nuevo mundo entre 1850 y 1903. También éramos destinatarios de una proporción semejante de la inversión internacional, lo que se llama la inversión privada directa, que era algo así como el 20%. Es decir, estábamos plenamente integrados al sistema internacional ¿Y cómo nos integramos? Nos integramos, esencialmente, como productores y exportadores de productos primarios. No logramos, tempranamente, lo que sí hicieron otros países, y no me refiero sólo a Estados Unidos, sino a algunas dependencias británicas como Canadá y Australia que, tempranamente, y aún siendo nominalmente posesiones coloniales, lograron configurar estructuras productivas diversificadas, industriales y complejas desde prácticamente principios del siglo XX. A nosotros no nos pasó esto. Nuestra inserción fue esencialmente como productores de bienes primarios, como importadores de manufacturas de capital. El proceso de modernización en América Latina fue un proceso parcial que dejó fuera del ámbito de la transformación y de la modificación de las condiciones de vida a segmentos fundamentales de nuestras sociedades.

Podríamos agregar, entonces, que nuestras malas respuestas a la globalización realmente no son de ahora, sino que obedecen y reconocen antecedentes remotos en el tiempo. Pero sucede que ahora las fuerzas globalizadoras son de una gran intensidad. El desarrollo extraordinario que han registrado los mercados financieros, por el cual los recursos líquidos están esencialmente vinculados al arbitraje de tasas de interés, de tipos de cambio, de expectativas de modificaciones de los valores en las bolsas, ha adquirido una dimensión muchísimo mayor que la economía del mundo real. Estamos en presencia también de un desarrollo vertiginoso de las corporaciones transnacionales, en parte ligado a la posibilidad, en virtud de la revolución informática, de realizar el proceso productivo en varias localizaciones y que ha dado lugar a que, por ejemplo, algo así como un 30% más del comercio mundial consista en transacciones intrafirma al interior de las mismas corporaciones, lo que significa la internacionalización del proceso de agregación de valor al interior de una sola firma de carácter trasnacional.

Las filiales han crecido de una manera espectacular pero de una manera muy diferente de lo que fue la experiencia antes de la primera guerra mundial, donde sin duda había también mucha inversión privada directa, pero estaba básicamente ligada a la construcción de la infraestructura, como los ferrocarriles o los puertos y también a la explotación de los recursos primarios. Hoy en día, la mayor parte de estas inversiones se vinculan a la industria, a las manufacturas y a los servicios y, desde luego, en materia de comercio se profundizó el fenómeno de transformación de la composición del comercio con un predominio creciente de la participación de las manufacturas de alto valor agregado y de contenido tecnológico.

Todos estos son fenómenos que confrontan desafíos frente a estas finanzas globalizadas ¿Nos vamos a insertar como países vulnerables, endeudados, sin equilibrios macroeconómicos, que necesitamos andar pidiendo plata todo el tiempo para cerrar las cuentas frente a la expansión de las corporaciones trasnacionales? ¿Llas vamos a admitir indiscriminadamente o las vamos a utilizar para integrarlas al proceso interno, acceder a terceros mercados e incorporar tecnología? ¿Lo vamos hacer de esa manera como lo hicieron, por ejemplo, los países exitosos de Asia o lo vamos hacer como lo ha hecho Argentina, que es un caso paradigmático, de traer inversión extranjera en grandes cantidades para ocupar el mercado interno, sustituir la producción nacional por importaciones y generar un enorme déficit de divisas? Porque estas empresas venden esencialmente en pesos en el mercado interno, pero transmiten muchas divisas al exterior por concepto de importaciones y de remisión de utilidades. Esto no es un fenómeno de la globalización. Las corporaciones, sin duda, tienen su estrategia de carácter global, pero la forma en que se insertan en cada espacio está fuertemente determinado por el marco regulatorio al cual se vinculan y nosotros -insisto claramente en el caso de mi país- creo que no hemos dado buenas respuestas en este sentido.

Finalmente diría que el otro elemento muy importante -sobre todo desde la instalación, a principios de la década del setenta, de los esquemas de fluctuación de las monedas frente a un universo de variables cambiantes de tasas de interés, de tipos de cambio, de corrientes financieras, incluso de precios de ciertos productos, de las llamadas comodities- es cómo se maneja un país en un escenario de variables cambiantes.

Yo diría que esta fuerza tan intensa de la globalización contemporánea coincide, hacia la década de 1970, con cambios importantes en el paradigma teórico y en la política dominante en los centros. El viejo paradigma keynesiano (la intervención pública como fórmula para mantener la demanda agregada y el pleno empleo) es sustituido por una versión distinta que le llamamos ahora neoliberal (el recorte del Estado, el énfasis en las fuerzas libres del mercado, la desregulación de los mercados, las privatizaciones), instalándose, entonces, esta visión muy asociada a los gobiernos de Ronald Reagan, en Estados Unidos, y de Margaret Thatcher, en Gran Bretaña.

En la experiencia reciente -diría que a partir de la década los setenta y del ochenta en particular- nos encontramos con que llegamos a esta nueva fase de la globalización en una situación vulnerable, donde los viejos modelos de sustitución de importaciones que habían logrado transformaciones profundas en las estructuras de varios países, conservaban, sin embargo, vicios estructurales muy profundos en sus sociedades, como la concentración del ingreso, la estratificación social y los desequilibrios macroeconómicos. No en balde, América Latina era la región en la que había prevalecido por más tiempo una inflación intensa que fue característica de buena parte de nuestros países. Entonces entramos a esta fase globalizadora con un proceso de transformación interno pero claramente insuficiente y claramente vulnerables, y caímos, simultáneamente, frente a la influencia de estas intensas fuerzas renovadas de las globalización con el cambio del paradigma en los centros. Allí estalla la crisis de la deuda a principios de la década del ochenta (al anunciar México la suspensión de los pagos de su deuda externa) y se produce este fenómeno extraordinario de la crisis de la deuda, que trajo lo que después se llamó, y luego de un proceso de ajuste extremadamente costoso, la década perdida, proceso también altamente inflacionario ligado a la dificultad que tenían los Estados de generar los excedentes para el pago de la deuda. Esto condujo a un desequilibrio fiscal y de balance de pagos y de alta inflación y caímos en esta situación de extrema vulnerabilidad que nos llevó a ese ajuste tan duro de la década del ochenta y que modifico la relación de nuestros países incluso con los organismos multilaterales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), en particular.

Los que tenemos alguna edad y hemos sido testigos y a veces partícipes de los procesos de ajuste previos a la crisis de la deuda externa de los años ochenta, recordamos que la presencia del FMI era muy importante en América Latina, pero era transitoria. Nuestros países entraban en desequilibrios por circunstancias externas, a veces por las malas políticas, y entonces, en muchos casos, entraban en acuerdos contingentes con el FMI para restablecer el equilibrio. Esto llevaba al ajuste en el tipo de cambio, a la contención del gasto, en definitiva, a recuperar el equilibrio, y una vez que recuperábamos el equilibrio, el FMI se iba a Washington y nosotros nos quedábamos en casa, a veces cometiendo los mismos errores que nos habían llevado al problema que había dado lugar a la presencia del FMI. Estos procesos de ajuste dieron lugar a la famosa polémica estructuralismo-monetarismo en América Latina, donde los estructuralistas más pluralistas criticábamos al FMI porque en esas circunstancias particulares aplicaban un enfoque demasiado ortodoxo y no tomaban en cuenta los factores estructurales determinantes de la inflación y del desequilibrio. Fue un debate muy rico que tuvo lugar en las décadas del cincuenta al setenta. Pero, como dije, la presencia de los organismos multilaterales era siempre transitoria.

Esto ha cambiado de una manera extraordinaria. Una vez que entramos en una situación de tanta vulnerabilidad y subordinación, el ajuste se convirtió no sólo en un ajuste para el balance del equilibrio, la balanza de pagos y de presupuestos, sino en lo que se llamó el ajuste estructural, es decir, junto con el ajuste y el apoyo financiero para solucionar el desequilibrio, venía la sabiduría de qué es lo que había que hacer para crecer en el largo plazo y resolver nuestros problemas de una buena vez. Y de allí viene la propuesta del "Consenso de Washington", que incluyó la transferencia a América Latina del paradigma dominante en los centros, pero con mucha mayor intensidad y rigor porque, en definitiva, los propios centros, tanto en materia comercial como de presencia del sector público, distaron mucho de hacer las cosas que nos aconsejaron hacer en América Latina en términos de desmantelamiento del sector público, apertura, liberación de los mercados, etc.

Y lo cierto es que bajo esta vulnerabilidad existente frente a nuestra insuficiencia para mantener la casa en orden y tener una relación simétrica no subordinada con el orden mundial, se incorporó en el escenario latinoamericano un conjunto de ideas que, naturalmente, no se transplantaron en el vacío. Se asentaron porque había en el medio latinoamericano fuerzas de cierta influencia capaces de asumir el mensaje céntrico y poner en marcha una serie de políticas que en mayor o menor medida se aplicaron en América Latina.

Sucede, sin embargo, que este pensamiento que algunos llaman hegemónico o pensamiento único -según el cual este conjunto de ideas es la verdad revelada, es la sabiduría, es la experiencia, que no tiene alternativa, en donde realmente no hay espacio para la discusión porque las cosas son así, no son de otra manera- que este tipo de enfoque tiene una dificultad: los resultados no son buenos. Después de un conjunto de reformas más o menos profundas a diversos planos no salimos del atraso, ha aumentado el desempleo, aumentado la insatisfacción social, surgido amenazas a la democracia reconquistada. Es decir, nos encontramos con que América Latina es la región con algo de importancia en el mundo con el peor comportamiento relativo internacional. No terminamos de salir de la dificultades sino más bien se han agravado. Y agregaría que tal vez la causa de este resultado insatisfactorio la podemos explicar en los mismos términos que intenté de hacerlo al principio: porque estas no son buenas respuestas a la globalización. Las respuestas que hemos dado a esta globalización contemporánea no han sido buenas. Somos excesivamente dependientes de la situación financiera. En algunos casos hemos cometido errores garrafales, como por ejemplo, Argentina, que tal vez es el caso más importante en este sentido al abrir la economía con tipos de cambios sobrevaluados, lo cual destruyó la competitividad de buena parte de la producción nacional y generó dificultades sociales y económicas graves. Es decir, hemos dado malas respuestas a la globalización en el campo del comercio, en el campo de las finanzas, en el campo de la asimilación de las inversiones externas.

Estudios comparativos sobre la incorporación de la inversión extranjera en países América Latina y en algunos de Asia revelan muy claramente la diferencia de postura entre estas naciones. En el caso de los países asiáticos exitosos, la incorporación de la inversión fue utilizada no para comprar cosas que ya existían en esos países, sino para ampliar capacidad productiva, para acceder a terceros mercados, traer tecnología, integrarse al tejido productivo. Nosotros no hicimos esto. Tuvimos más bien una política de puertas abiertas indiscriminadas que nos ha llevado a una situación en la cual la inversión extranjera, en vez de prestar la colaboración y la contribución sustantiva que puede hacer énfasis en otras circunstancias, termina configurándose en sí misma en un problema hasta llegar a niveles de desnacionalización del sistema económico realmente notables. Porque el otro rasgo que está siempre presente en los países exitosos es que siendo cierto que la apertura y la incorporación de elementos foráneos es muy importante, también lo ha sido el mantener el liderazgo de los intereses propios. Las empresas nacionales, la capacidad de orientación del sector público sigue siendo esencial. Cuando esta dimensión endógena se sustituye por elementos externos, lo más probable es que se configuren cuadros que proporcionan respuestas insatisfactorias a la globalización.

Es claro que uno puede preguntar el porqué damos malas respuestas a la globalización. Pero aquí ya se me acaba el libreto, porque esto trasciende al análisis económico. No obstante, no es difícil advertir algunas circunstancias. Yo creo que no es casual que nosotros demos malas respuestas, y que haya una relación muy estrecha entre el hecho de que demos malas respuestas a la globalización y que seamos la región más injusta del mundo. Todos sabemos que el perfil de la distribución del ingreso y la riqueza en América Latina es el peor en el escenario internacional. Tenemos los peores indicadores de distribución del ingreso y de la riqueza y esto está fuertemente ligado a la estratificación social, que muchas veces tiene color en nuestros países, como consecuencia del proceso de poblamiento y de organización de nuestras sociedades. Entonces, creo que hay elementos muy importantes que son las razones estructurales, profundas, que tienden a generar malas respuestas y que ciertamente no son de fácil remoción. Esto influye, por ejemplo, en la calidad del comportamiento de las elites, lo que el polítólogo brasileño Elio Jaguaribe llama la funcionalidad de las elites. Nuestras elites dejan de ser funcionales a menudo, entendiendo por funcionalidad la capacidad de liderar una sociedad acumulando poder, pero generando espacios de bienestar y de participación al conjunto de la sociedad. Raúl Prebish se ocupó de este tema en sus últimos trabajos sobre el capitalismo periférico y señaló cómo la excesiva concentración del ingreso en América Latina daba lugar a un desperdicio de recursos del excedente.

Hay otro rasgo, que fue analizado por otro observador, Oswaldo Sunkel, que señala que este hecho mismo también tiende a generar en algunos grupos influyentes de nuestros países, una adhesión mayor con los intereses céntricos que en los propios intereses domésticos de nuestras sociedades. Entonces, hay una serie de factores complejos que no son de fácil remoción y que en parte también explican cómo este pensamiento céntrico ha ido tan lejos y ha echado raíces tan profundas en el seno de nuestras sociedades. Pero lo cierto es que acá no se trata de llorar sobre la leche derramada ni quejarse de hechos inexorables: si las sociedades aprenden de la experiencia, tal vez seamos capaces de reflexionar sobre nuestra trayectoria y nuestra realidad y encontrar respuestas más lúcidas, más eficaces a los desafíos y oportunidades de la globalización.

En este sentido, nuestra propia trayectoria, nuestra propia historia ofrece algunos elementos alentadores. Por ejemplo, después de la Segunda Guerra Mundial se desarrolló en América Latina un pensamiento creativo, crítico, extremadamente rico. Una figura dominante de esa renovación de pensamiento económico fue, sin duda, el economista argentino Raúl Prebish, quien formuló una serie de interpretaciones. Prebish y otras personas que estaban en esa línea de pensamiento decían que no había que ver al mundo con los ojos con los que lo ven los países centrales, porque ellos ven el mundo desde su propia perspectiva y desde sus propios intereses. Ahora -diríamos- analicemos la globalización y el funcionamiento del sistema internacional a partir de nuestros propios enfoques, de nuestra propia realidad, y encontremos, a partir de allí, respuestas originales que permitan mejorar la calidad de nuestras respuestas a la globalización.

Yo creo que se abre así para el pensamiento latinoamericano -y para la necesaria reflexión para poder inducir políticas y decisiones que resuelvan nuestros problemas- una agenda de temas sobre los que tenemos que trabajar. Uno es la comprensión de la misma globalización, del pensamiento que ahora llamamos neoliberal, de esta visión según la cual el juego espontáneo de los mercados produce las soluciones deseables. Traducido en otros términos, podríamos decir que es una visión fundamentalista de la globalización. Lo que nos está diciendo esta perspectiva que tanta influencia ejerce en América Latina, es que, en las actuales condiciones del mundo contemporáneo, han dejado de ser posibles los caminos con algún grado de autonomía. Según este enfoque, el poder ha sido transferido al espacio trasnacional, a las grandes corporaciones, a los mercados financieros, a las grandes potencias, en primer lugar Estados Unidos. En estas condiciones, la capacidad que teníamos, en principio, de diseñar nuestro propio proyecto en un escenario mundial, ha desaparecido y, en tal caso, la única política posible es la política adaptativa a los criterios dominantes en los centros.

Esto es, en mi opinión, el pensamiento profundo del neoliberalismo y de esto que llamamos la adhesión fundamentalista de la globalización. Según este mensaje, lo que hay que hacer es transmitir señales amistosas a los mercados y con eso, esencialmente, estamos en el buen rumbo. Desde luego que hay que transmitir buenas señales a los mercados, pero esto sólo no alcanza. Uno podría decir que el intentar transmitir buenas señales con políticas que agraven la realidad económica y social de los países, termina siendo, en definitiva, la peor señal posible, porque en el largo plazo, y aún en el corto, lo que puede atraer, lo que puede generar atractivo en el exterior es la seguridad jurídica, es el desarrollo, es la expansión del mercado, es la capacidad competitiva. Si estas políticas que constituyen malas respuestas a la globalización afectan a estos factores estructurales del desarrollo, terminan transmitiendo pésimas señales a los mercados internacionales.

Uno también puede decir que esta visión fundamentalista es una enorme exageración de cómo funciona el sistema internacional, porque es cierto que el comercio mundial es esencial y tenemos que estar intensamente insertos en él. Pero los mercados internos siguen siendo el destino fundamental de la producción de bienes y servicios. En el promedio mundial, más del 80% de la producción se vende en los mercados internos de los países y en América Latina este porcentaje es similar. En Argentina es mayor y en Brasil es de 90%. Aún en países muy abiertos como Chile, dos tercios de su producción se vende en el mercado interno. Entonces hacer políticas que atiendan solamente la dimensión externa implica desconocer esta realidad de la dimensión endógena. En el caso de las corporaciones trasnacionales observamos que la inversión de las filiales no contribuye con más del 6,7% de la acumulación de capital fijo en el mundo, es decir, más del 90% de la inversión se financia con ahorro interno. De tal manera que la dimensión endógena sigue siendo esencial y desconocerla en un planteamiento a ultranza de apertura y regulación, implica desconocer el hecho del necesario equilibrio entre la dimensión endógena y la dimensión internacional.

Por otra parte, no hace falta ser economista para darse cuenta de que el desarrollo de una sociedad es un fenómeno complejo. El crecimiento se da en una trayectoria histórica de transformación de la sociedad, de integración de la sociedad, de modernización del Estado, de capacitación de los recursos humanos, de incorporación de ciencia y tecnología, de integración entre los diversos sectores de la actividad económica y social, de la cohesión del poder negociador en una sociedad frente al escenario internacional. Todo esto es producto en primer lugar, de un proceso endógeno de transformación. Nosotros no podemos ir a Nueva York, a Frankfurt, a Londres a buscar un libro que nos diga qué es lo que tenemos que hacer. Cada experiencia histórica es singular y resulta de la capacidad de cada sociedad de movilizar su potencial, de organizarse, de aumentar la productividad y, en definitiva, de dar buenas respuestas a la globalización.

La visión fundamentalista de la globalización es una enorme exageración y, observando el debate actual en el escenario internacional, nos damos cuenta que estas cosas se están diciendo con el mismo énfasis que yo, aunque tal vez con otros términos, mucho más en Estados Unidos y Europa que en la propia América Latina. Hay un conjunto de economistas americanos de excelente nivel académico que está advirtiendo que la dimensión endógena es fundamental. No hay vías para el desarrollo a partir de la adhesión incondicional a acontecimientos externos. El desarrollo es, esencialmente, un proceso de construcción nacional interno y, en nuestro caso, ciertamente también lo lleva a una dimensión regional muy importante porque, por ejemplo, en el caso de MERCOSUR, si nosotros logramos, en el espacio regional, cuestionar nuestras políticas, multiplicamos nuestra capacidad de mejorar la capacidad y la calidad de nuestras respuestas a la globalización.

De tal manera que el primer punto de la agenda de la revisión de este escenario es observar con mucho realismo y desapasionamiento, cómo funciona realmente el sistema internacional. En definitiva, la responsabilidad de lo que pasa descansa en nuestras propias manos y nuestra propia capacidad. No hay duda de que hay un orden asimétrico en el sistema internacional como siempre fue: los países desarrollados inclinan el campo de juego a su favor. Es como si jugáramos un partido de fútbol con la cancha inclinada, y en la parte de arriba están los países desarrollados y abajo estamos nosotros, por lo que naturalmente le resulta más fácil marcar goles a los que están arriba que a los que están abajo. Esto se advierte en las normas comerciales, en las restricciones de acceso a los mercados, en la forma de funcionamiento del sistema financiero, del régimen de propiedad intelectual y de transferencia tecnológica.

Pero aún en este contexto y en este escenario con estas asimetrías, la responsabilidad de cómo se inserta y cómo se asimilan este conjunto de reglas de juego descansa esencialmente en nuestra propia capacidad. Este es otro hecho que tenemos que destacar. No es realista, no es acertado, delegar en el exterior la responsabilidad de nuestros males. Ciertamente el sistema internacional nos plantea desafíos. Es asimétrico. Muchas veces es injusto. Pero, al mismo tiempo, no hay duda, la responsabilidad primaria descansa en nuestros países. Por ejemplo, si un país sostiene un tipo de cambio sobrevaluado y debilita la competitividad de su economía, no es fruto de conspiración externa, sino de una serie de factores domésticos y, en todo caso, de una asimilación incorrecta de señales que ven en el sistema internacional. Hay que mirar más hacia adentro que hacia fuera para encontrar la raíz profunda de esas malas respuestas a la globalización.

En América Latina estamos en un proceso de transición donde las reformas inducidas por el proceso de Consenso de Washington y todas estas políticas de cuño neoliberal que se han instalado en mayor o menor medida en nuestros países, comienzan a revelar -y ya no tanto comienzan, porque hace tiempo que lo sabemos- a presentar sus dificultades en términos de empleo, en términos de bienestar, en términos de seguridad. No es casual que estas sociedades tan injustas sean también tan inseguras desde tantos puntos de vista. En muchas de nuestras bellas ciudades hasta hace no mucho tiempo podíamos caminar de noche, a cualquier hora, con absoluta seguridad, pero eso ya no lo podemos hacer hoy en día. Estamos, efectivamente, en una fase de revisión crítica de transición y esa transición es difícil porque los Estados nacionales, por lo menos algunos, están en una situación extremadamente vulnerable por el endeudamiento, por el peso de la deuda sobre los presupuestos públicos. Nuestros países están agobiados por la presión social, por la demanda justificada de segmentos muy importantes de nuestras sociedades por revertir la situación que se está viviendo. Hay una situación -insisto- de extrema debilidad de la capacidad de acción pública y de la política misma. De tal manera que la transición no es fácil pero tenemos que realizarla y debemos tener un norte con alguna claridad para recuperar la capacidad de comando sobre nuestro propio destino, porque si no somos capaces efectivamente de recuperar la capacidad de administrar la política económica y de poder orientar la organización de nuestros recursos conforme nuestros objetivos: responsables, ordenados, pero en definitiva fuertemente arraigados a nuestras propias necesidades; si no podemos hacer esto, el futuro no será bueno en América Latina. Y no es casual que todavía hoy nuestra región sea la que tiene peores perspectivas en el escenario internacional, siendo un continente gigantesco con recursos naturales formidables, con poblaciones de extrema riqueza creativa y que, sin embargo, no ha logrado, a lo largo de la historia, aglutinarse para transformar su situación en el mundo.

Yo creo que este es el gran desafío de la democracia de los sistemas políticos de América Latina. Aprender de la experiencia y fortalecer lo que hemos logrado en materia de normalidad institucional y juego democrático con sistemas que sean al mismo tiempo capaces de movilizar el potencial de nuestros países en beneficio de nuestras sociedades, o dicho en los términos que empleé acá, de mejorar la calidad de nuestras respuestas a la globalización para ser activos partícipes del orden mundial, manteniendo el comando de nuestro propio destino.

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