Titulo OMC y ALCA: prioridades en la agenda comercial de ALC
Edición  Nº 63

Septiembre - Diciembre 2001

Indice

La experiencia de México en el libre comercio mundial

Jesús Puente Leyva*
Ex embajador de México en Venezuela

Introducción

Historia harto conocida: en la década pasada -apenas superada la crisis de la deuda externa, y la debacle del mercado petrolero mundial- México entendió que la mundialización era desafío al que debía enfrentar estratégicamente. Transitar del nacionalismo proteccionista a la convivencia en la llamada aldea global, planteó interrogantes técnicas y desafíos políticos sin precedentes.

Breve reseña: a tres lustros de su incorporación al GATT, y a seis años de que entrara en vigor el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, comprometido con la apertura económica y con la competencia de mercados, México -entre todos los países- es el que está más integrado al mercado internacional. Habiendo concertado nueve acuerdos de libre comercio que le involucran con más de 30 países, en los últimos siete años triplicó su comercio con el exterior reduciendo substantivamente su dependencia de las divisas petroleras.**

De esta manera, actualmente las exportaciones de México -166 mil millones de dólares en el año 2000- representan casi la mitad de las que llevan a cabo, en conjunto, todos los países de América Latina.
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I. La estrategia de México frente al TLCAN

Anticipemos conclusiones: desde mediados de los noventa, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) ha sido estrategia económica fundamental del país. El argumento relevante que condujo al Tratado fue la convicción de que incrementaría la eficiencia productiva de sus miembros aprovechando complementariedades económicas -destacadamente entre México y Estados Unidos. Con esta premisa se consideraba previsible que, a mediano y largo plazos, los tres países de América del Norte se encausarían en un proceso de convergencia con favorables consecuencias para México en el ámbito de las exportaciones, inversión extranjera, generación de empleo y nivel de salarios -esto último, además, con positivos efectos para reducir la migración mexicana a Estados Unidos. Como contraparte se expresaban reservas sobre la baja productividad y desventajas tecnológicas de México; así mismo, en lo que concierne a la desproporción económica entre los tres países. El dato -por no decir el argumento- era innegable: a principios de los años noventa, el producto nacional bruto de México representaba sólo 4% del de Estados Unidos. En este entorno -con alguna exageración-, se comentaba el riesgo de que el TLCAN pudiera generar en México un oneroso proceso de desindustrialización.

Algunos analistas consideraban que la creciente competencia generalizada, y los efectos de la reducción arancelaria en el mercado interno provocarían quiebra de empresas, mayor desempleo, e incluso, reducción de los salarios reales.
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Sin embargo, ya se puede hacer alguna evaluación objetiva al respecto. En primer lugar -cabe reiterar- es un hecho que en los últimos siete años el comercio exterior de México se multiplicó por tres (experiencia sin precedente histórico en América Latina). En consecuencia, las exportaciones del país, que representaban -en promedio- 10% del PIB a principios de los 80, ascienden a 30% en nuestros días. En ese lapso, de manera consistente México logró mantener con sus socios del TLCAN una favorable balanza comercial: entre 1994 (año que entró en vigencia el Tratado) y el año 2000, el superávit con esos países totalizó casi 80.400 millones de dólares (consúltese el Cuadro 2 anexo).

Sin embargo, a pesar del ambicioso proceso de integración con que México despidió el siglo XX, su balance externo global exhibe aspectos desfavorables; destacadamente, que en el lapso 1994/2000 el intercambio comercial con el exterior le dejó al país un déficit acumulado total de casi 26.000 millones de dólares (consúltese el Cuadro 1 anexo). Pero este es un dato menor; lo importante es que en esos años el saldo de balanza de pagos en cuenta corriente -incluidos el servicio de la deuda externa, y remisión de utilidades al exterior- registró un déficit de 90.000 millones de dólares, el cual se pudo financiar con entradas de capital que en ese lapso representaron inversiones directas de 80.000 millones de dólares, a las cuales se sumaron créditos del exterior y entradas de capital de corto plazo, todo lo cual -sumado- arrojó un saldo superavitario en cuenta de capital que, en el lapso 1994-2000, sumó 133.000 millones de dólares (consúltense los cuadros 5 y 5/a, anexos).

Virtudes y defectos del proceso: Estados Unidos es -con mucho- el principal destino de las ventas mexicanas en el exterior, de las cuales casi 90% se coloca en ese mercado, que se ha convertido en factor esencial del crecimiento económico del país (consúltese el Cuadro 1 anexo). En este entorno México es ya el segundo proveedor comercial de Estados Unidos, superado solamente por Canadá.

La capacidad competitiva de México para exportar se afianza, de manera substantiva, en la inversión extranjera directa: un promedio de casi 12.000 millones de dólares anuales que logró captar en el curso del último lustro; de más está decir que el grueso de dicha inversión -60% aproximadamente- procede de Estados Unidos (consúltese el Cuadro 5, anexo).

México es ya el primer proveedor de su vecino del norte en renglones específicos como ropa para hombre (camisas y pantalones de algodón); camiones de carga y vehículos familiares; televisores; autopartes y accesorios para automóvil (aparatos de radio, cinturones de seguridad, volantes, columnas y cajas de dirección, bolsas de aire, etc.). México es, también, principal proveedor de Estados Unidos en café; igualmente en tomate y otros vegetales frescos y congelados, con un monto que se acerca a los 2.000 millones de dólares anuales (dato interesante: el país exporta, anualmente, casi 700.000 toneladas de tomate). En algunos rubros específicos los datos son impresionantes: hace dos décadas la industria automotriz de México prácticamente no vendía en el exterior, actualmente exporta más de un millón de automóviles y camiones por año (las exportaciones totales en el ramo automotriz -vehículos terminados, autopartes y accesorios- se acerca a los 30.000 millones de dólares anuales: más de tres veces las exportaciones petroleras del país).

Sin embargo, según algunos analistas, no todos los aspectos del TLCAN serían favorables, sobre todo porque la mayor integración económica con Estados Unidos implica una creciente dependencia de oscilaciones coyunturales para la economía mexicana, la cual se está dejando sentir severamente, con la desaceleración económica que este año enfrenta el vecino país del norte.
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Por otra parte, la actividad exportadora de México está concentrada en muy pocas empresas, principalmente extranjeras (un solo dato es revelador: a fines de la década pasada un reducido grupo de empresas -poco más de 3.400- generaba 94% de las exportaciones del país y participaba, apenas, con 6% del empleo nacional de mano de obra). Además, algunos analistas afirman que el auge exportador de México no se asocia, necesariamente, con aumentos significativos del empleo y de los salarios reales en el conjunto de la economía. Según esto, después de la severa crisis de los años 1994-95, el PIB por habitante y los salarios reales (promedio) prácticamente no se han recuperado. Sin embargo, considerando los datos hasta el año 2000 esta aseveración, en términos globales, no corresponde a la realidad.
4 De hecho, la información disponible indica que el PIB per cápita de México, en los últimos siete años, creció 15% en términos reales... lo cual, por modesto que sea es crecimiento, y no sería ajeno al TLCAN (consúltese el Cuadro 3, anexo).

En este entorno, el problema del empleo en México no concierne, solamente, al número de plazas de trabajo que demanda el crecimiento demográfico de un país con 100 millones de habitantes, tiene que ver también con la creación de empleos adecuadamente remunerados. Al respecto, se estima que 70% de las nuevas ocupaciones que se crearon en el país, en el curso de la década pasada, corresponden al empleo de no asalariados y a ocupaciones en establecimientos muy pequeños o de baja productividad. En consecuencia, dos terceras partes de la población económicamente activa -asalariada y no asalariada- recibe como máximo dos salarios mínimos (poco más de doscientos dólares mensuales) o no percibe ingreso.
5  La migración de mano de obra que fluye secularmente de México a Estados Unidos, es un tema capital que no figuró en las negociaciones del TLCAN; problema sin solución de corto plazo que sin embargo, por primera vez, la administración del Presidente Fox ha puesto en la Agenda Bilateral México/Estados Unidos.

Por último, algo revelante: las exportaciones mexicanas demandan un alto y creciente contenido de insumos importados, lo cual es un obstáculo para sustentar el crecimiento económico sobre la base del mercado externo. En otras palabras, la elevada elasticidad de las importaciones respecto del crecimiento del PIB implica dificultades para que el país crezca "hacia adentro", considerando los requerimientos del aparato productivo y del consumo directo. Al respecto, dos datos son elocuentes: en los últimos siete años (1993-2000) el PIB de México creció 28% en términos reales; en tanto, la importación de mercancías creció 167% (consúltense los cuadros 1, y 3/a, anexos).

Esto plantea un importante desafío para México: la necesidad -inaplazable- de que la actividad exportadora genere encadenamientos crecientes con el resto de la economía. Según diversas estimaciones, la producción mexicana aporta -solamente- entre 2% y 4% de los insumos totales requeridos por la industria exportadora (a lo cual, se añadiría el valor agregado por la mano de obra).
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II. Un balance del camino recorrido

Con todo, evaluaciones y análisis autorizados permiten concluir que en términos generales, atendiendo a las premisas y propuestas que le dieron origen, el TLCAN ha sido exitoso para la economía mexicana -incluso, por encima de lo que hubieran previsto los pronósticos más optimistas. Sin embargo, una incógnita elemental es si las exportaciones mexicanas podrán mantener un acelerado ritmo de crecimiento, y duplicar su participación en el PIB cada cinco o seis años, como prácticamente sucedió en el curso de la década pasada; pero aunque esto ocurriera, el problema es que las exportaciones -su dinámica y monto- le permitan al país adquirir las importaciones requeridas a través del tiempo, cubrir los altos costos de la deuda externa -pública y privada-, y remitir utilidades al exterior.

En este entorno, y de manera calificada, se ha afirmado que "el Tratado no resolverá por sí mismo los problemas estructurales de la economía mexicana"... cabe añadir que, muy probablemente, sin el Tratado México tendría mayores dificultades para resolver esos problemas. Corolario elemental: en el siglo XXI, el desarrollo económico y social del país hace más que necesario mantener la dinámica exportadora; pero al mismo tiempo, diversificar sus mercados internacionales y fomentar el mercado interno con una actualizada estrategia competitiva de sustitución de importaciones (sobre todo en lo que concierne a insumos y materias primas industriales).

Ciertamente, plantea problemas que el avance económico del país dependa significativamente de variables externas. Después de todo, si bien es cierto que las ventas al exterior representan 30% del PIB del país, el valor agregado respectivo -descontando insumos importados, y considerando el costo de mano de obra- se podría estimar (orden de magnitud) en 15%, o poco más. Sin embargo -ahora como nunca- las divisas que generan las exportaciones tienen un alto costo de oportunidad... tan alto, que sin ellas no sería viable el crecimiento de la economía en su conjunto. Conclusión reiterativa: sensiblemente, el crecimiento económico de México descansa en ámbitos de producción atados al exterior, en los cuales se genera -solamente- una sexta parte del PIB. Esto es importante porque en el curso de los últimos años el mercado interno del país ha estado sujeto a severas condicionantes de política económica -entre otras, muy escaso financiamiento con elevadas tasas de interés- cuya preocupación esencial es mantener bajo control las variables macroeconómicas fundamentales: destacadamente, el comportamiento general de los precios y el tipo de cambio. Dicha política expresa la convicción de que, sin equilibrio macro, la viabilidad económica del país estaría negada. Sin embargo se debe considerar que ese equilibrio es, apenas, precondición del crecimiento económico, de la creación de empleo, y del bienestar social, lo cual no ocurrirá de manera sostenida si no se fomenta el mercado interno.

La evidencia es clara: a pesar de su innegable dinamismo, el modelo exportador de México no ha sido capaz de generar un crecimiento económico de pleno empleo, como lo hizo el modelo industrial de sustitución de importaciones en las décadas 1950-80. De conformidad con una calificada consideración -lacónica y concluyente- el actual "modelo industrial exportador" de México es "dinámico", pero tiene "bajo poder de arrastre" y "lento motor de crecimiento interno", lo cual es consecuencia de "la desarticulación productiva" y de la "desustitución ineficiente de importaciones".

En consecuencia, urge articular competitivamente los eslabones de las cadenas productivas porque sólo así, en el mediano plazo, se podría cerrar la brecha comercial del país... sólo así se podrían superar las debilidades de una "liberalización comercial acelerada", pero "ineficiente", que caracterizó a México en las postrimerías del siglo XX.
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III. México y su vecindad con ALCA

Sin embargo, el interés de México no se agota en los ámbitos del TLCAN; en el amplio escenario de la globalidad se desplazan las relaciones económicas con los países de América Latina y el Caribe, los cuales, ciertamente, luchan por superar el subdesarrollo. Sin embargo, a ellos no les favoreció el flujo masivo de inversiones directas que precedieron y acompañaron al proceso de apertura económica, haciendo posible la reconversión industrial del país.

En estas circunstancias, los países de la región no estaban, y algunos -tal vez la mayoría- no están preparados, todavía, para incorporarse a un mercado hemisférico de exigente competencia. En consecuencia, el Acuerdo de Libre Comercio para las Américas (ALCA) nació como convocatoria y promesa entusiasta convirtiéndose, de prisa, en un proyecto de complejas posibilidades mediatas. Así se explica que, desde hace años, ningún país de América Latina y el Caribe -con excepción de Chile- solicite a Estados Unidos un procedimiento fast track para negociar su incorporación al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (arranque fáctico del ALCA). En estas circunstancias, la idea de apresurar las negociaciones para la integración hemisférica, que ofreciera recientemente el Presidente de los Estados Unidos como expresión de renovado interés en América Latina, es irrelevante e ingenua, considerando que muchos países de la región no podrían enfrentar los desafíos exigentes de una competencia hemisférica abierta en el año 2003, ni en el 2005. De manera realista -preparándose afanosamente-, requerirían una década para llevar a cabo la reconversión industrial, y alcanzar los niveles de productividad para competir en el ámbito continental.

En consecuencia, alternativamente, los países de América Latina han debido adoptar estrategias integracionistas de "regionalismo abierto", basadas -afirma la CEPAL- en la percepción de que todos los procesos de liberalización unilaterales, regionales y multilaterales pueden fundamentarse uno sobre otro, si los gobiernos tienen un claro panorama de los intereses y de las oportunidades en juego. En otras palabras: considerando las dificultades de lograr en el corto plazo los objetivos del "óptimo económico", se trata de concebir e impulsar la integración regional como la "segunda mejor opción posible" para nuestros países.
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Esto es importante, para no imaginar lo que algunos pudieran considerar como una amenazante "atomización" de América Latina en bloques subregionales, y para no afirmar que -amén de otros agrupamientos- en la región conviven, con intereses enfrentados, dos grandes apartados económicos y geopolíticos: uno, pegado a la locomotora de la economía estadounidense, y otro que está al sur.

Ciertamente, los países del MERCOSUR -por destacar el caso de una importante subregión- están comprometidos con un esquema de integración distante y diferente al de México; pero esto no ha impedido que, nuestro país -amén del Tratado del Norte- haya negociado tratados de libre comercio con Chile, con Costa Rica, con Bolivia, con Nicaragua, y con el Triángulo del Norte en Centroamérica (Guatemala, Honduras y El Salvador); además, que haya consumado avances relevantes de liberalización comercial con Argentina y con Perú; y que, en un propicio marco bilateral, sus negociaciones con Brasil sigan avanzando pragmáticamente. Asimismo -con mayores alcances y cobertura- México tiene interés de negociar un esquema de libre comercio con el MERCOSUR.

Suscrito el Tratado de Libre Comercio con el Triángulo del Norte en Centroamérica, el firmado recientemente con Uruguay, y negociado un Acuerdo de Complementación Económica con Cuba, México -visionaria y pragmáticamente- se mantiene como vecino, socio y compañero de viaje de los países que, todavía, requieren tiempo para afirmarse en su reducto subregional, hacer convergencia con el resto de la región, y para incorporarse -eventualmente- al ambicioso proyecto del mercado hemisférico.

Mientras tanto, es importante avanzar y no descuidar lo que hemos logrado: es urgente dar nuevo y comprometido impulso al Tratado de Libre Comercio del Grupo de los Tres, considerando que el mercado que integran Venezuela y Colombia es el más importante para México en América Latina (donde nuestro país coloca más de 20% de las exportaciones que hace a la región); esos dos países, como mercado integrado, figuran entre el cuarto y quinto destino de las exportaciones de México en el mundo (después de Estados Unidos y Canadá, compitiendo con Alemania, España y Japón). Por otra parte, actualmente, Colombia y México se suman como el principal mercado para las exportaciones no tradicionales de Venezuela.
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En más amplio contexto, consumado el Tratado de Libre Comercio con la Unión Europea, México es ámbito de convergencia de los dos más grandes mercados del mundo, ofreciendo grandes oportunidades a los países de América Latina. El hecho es que, desde ahora, México brinda a estos países la posibilidad de establecer tratados bilaterales de integración con los cuales -agregando el valor correspondiente en México- su producción podría colocarse en los mercados de Norte América y Europa, sin necesidad de negociaciones complejas y prolongadas, y sin pagar un oneroso "peaje" de concesiones arancelarias para acceder al TLCAN o al futuro mercado hemisférico.

En este amplio entorno se abren los caminos de la integración: los de la globalidad que sabemos ineludible, pero queremos favorable... con "rostro humano". En este proceso le urge a México diversificar sus mercados y disponer de contrapesos frente a sus socios del norte. Para ello, nuestro país está recuperando su protagonismo histórico en América Latina, confirmando y fortaleciendo sus compromisos regionales con el reconocimiento de que la integración es cooperación, cultura, política y memoria histórica... algo más que la negociación de reducciones arancelarias; que la cuantiosa inversión privada de México, dispersa en toda la región, ya es -destacadamente en Venezuela- vigoroso elemento de integración que rebasa al comercio, y se afirma en la base productiva; que las "pequeñas economías" de la región merecen un "trato especial y diferenciado" en este proceso; y que, finalmente, es necesario actualizar y compartir -con renovado aliento- un proyecto político integrador para América Latina y el Caribe, porque en esto -con mucho- descansa la credibilidad que merece nuestro país en la región; porque más allá de las negociaciones comerciales, y sin perjuicio de otros intereses, cualquier iniciativa internacional de México requiere -antes que nada- el consenso y apoyo de sus vecinos cercanos... porque al final del camino, geográficamente México es el Norte, pero cultural, histórica y emocionalmente es y seguirá siendo América Latina.

         CUADRO 1     

México: Comercio Exterior por Regiones,  1993/2000

(Millones de dólares)

IMPORTACIONES 1993 1994 1995 1996 1997 1998 1999 2000
Estados Unidos

45.295

54.791

53.829

67.536

82.002

93.258

105.267

127.566

Unión Europea

7.799

9.058

6.732

7.741

9.917

11.699

12.743

14.745

Latinoamérica

2.285

2.738

1.503

1.904

2.474

2.782

3.152

4.323

Resto del Mundo

9.988

12.760

10.389

12.288

15.414

17.633

20.813

27.840

Total

65.367

79.346

72.453

89.469

109.808

125.373

141.975

174.473

 

 

 

 

 

 

 

 

EXPORTACIONES

1993

1994

1995

1996

1997

1998

1999

2000

Estados Unidos

42.851

51.645

66.273

80.574

94.185

102.924

120.393

147.640

Unión Europea

2.789

2.806

3.354

3.510

3.988

3.889

5.203

5.621

Latinoamérica

2.104

2.159

3.575

4.346

4.884

4.313

3.470

4.088

Resto del Mundo

4.089

4.207

6.339

7.574

7.180

6.333

7.326

9.075

Total

51.832

60.817

79.541

96.004

110.237

117.460

136.391

166.424

 

 

 

 

 

 

 

 

COMERCIO TOTAL

1993

1994

1995

1996

1997

1998

1999

2000

Estados Unidos

88.146

106.436

120.101

148.110

176.187

196.182

225.660

275.206

Unión Europea

10.587

11.864

10.086

11.250

13.905

15.589

17.946

20.366

Latinoamérica

4.389

4.897

5.078

6.251

7.359

7.095

6.621

8.411

Resto del Mundo

14.077

16.967

16.729

19.861

22.595

23.967

28.139

36.915

Total

117.199

140.163

151.994

185.473

220.045

242.833

278.366

340.897

 

Crecimiento porcentual, 1993/2000

País

Importaciones

Exportaciones

Com. Total

Estados Unidos

182

245

212

Unión Europea

89

102

92

Latinoamérica

89

94

92

Resto del Mundo

179

122

162

Total

167

221

191

Fuente: Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI),
Secretaría de Economía


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(*) La base 100 corresponde al año en que entró en vigencia cada Tratado. El comercio que se registra en esta gráfica es la suma de exportaciones e importaciones (anual) de México con sus socios del Tratado respectivo

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CUADRO 2
México: Intercambio Comercial a través de los tratados de
integración en los que participa 1993/2000
(Millones de dólares)
IMPORTACIONES Año de Entrada 1993 1994 1995 1996 1997 1998 1999 2000 Crecimiento porcentual (*)
Chile 1993 130 230 154 171 372 552 684 894 944%
TLCAN 1994 46.470 56.411 55.203 69.280 83.970 95.549 108.216 131.582 183%
G-3 1995 311 418 312 331 545 455 518 696 66%
Costa Rica 1995 22 28 16 58 77 87 191 180 553%
Bolivia 1995 16 19 5 8 10 7 8 13 -30%
Nicaragua 1998 11 11 8 12 11 14 15 27 136%
Triángulo Norte/CA 2000 83 106 63 101 111 119 109 124 ----
Unión Europea 2000 7.799 9.058 6.732 7.741 9.917 11.699 12.743 14.745 ----
Israel 2000 45 85 47 79 112 137 173 297 ----
Total (**) 2000 65.367 79.346 72.453 89.469 109.808 125.373 141.975 174.473 167%
EXPORTACIONES Año de Entrada 1993 1994 1995 1996 1997 1998 1999 2000 Crecimiento porcentual (*)
Chile 1993 200 204 490 689 842 625 366 431 179%
TLCAN 1994 44.420 53.128 68.260 82.746 96.341 104.443 122.784 150.994 240%
G-3 1995 467 480 833 862 1.188 995 804 981 105%
Costa Rica 1995 100 95 142 188 221 282 251 286 203%
Bolivia 1995 17 13 24 30 32 35 32 27 99%
Nicaragua 1998 21 21 31 53 64 58 65 93 45%
Triángulo Norte/CA 2000 355 417 527 615 829 944 944 984 ----
Unión Europea 2000 2.789 2.806 3.354 3.510 3.988 3.889 5.203 5.621 ----
Israel 2000 104 3 11 10 30 18 38 55 ----
Total (**) 2000 51.832 60.817 79.541 96.004 110.237 117.460 136.391 166.424 221%
COMERCIO TOTAL Año de Entrada 1993 1994 1995 1996 1997 1998 1999 2000 Crecimiento porcentual (*)
Chile 1993 330 435 644 860 1.215 1.177 1.050 1.325 429%
TLCAN 1994 90.890 109.539 123.463 152.026 180.311 199.992 231.000 282.576 211%
G-3 1995 778