| Titulo |
Oportunidades y
riesgos
del ALCA
Edición Nº 62
Mayo - Agosto 2001 |
América
Latina y la formación de un orden mundial multipolar
Helio Jaguaribe
Decano del Instituto de Estudios Políticos y Sociales de Brasil
Introducción
La comprensión de la posición de América Latina en el mundo, a comienzos del siglo XXI,
particularmente en lo que se refiere a corrientes o posibles procesos de integración,
requiere una doble reflexión previa. Por un lado, importa analizar las principales
características del sistema internacional presente y de sus tendencias evolutivas,
principalmente en lo que concierne a la formación de un nuevo orden mundial, en
sustitución del precedente régimen bipolar. Por otro lado, es necesario analizar las
distintas situaciones en que se encuentran los países latinoamericanos, especialmente en
lo que se refiere a México, países centroamericanos y caribeños, por un lado y a
Suramérica, por el otro. Importa, igualmente, en ese contexto, considerar las principales
características y consecuencias del actual proceso de globalización.
I. Sistema internacional
1. Unimultipolaridad
La implosión de la Unión Soviética, en 1991, dejó a Estados Unidos como única
superpotencia. Entre las muchas consecuencias de ese hecho habría que subrayar dos de
ellas. En primer lugar, el hecho de que la condición de única superpotencia proporcionó
a Estados Unidos un status que se aproxima, corrientemente, a la hegemonía mundial, pero
que no la configura plenamente, en virtud de resistencias internas y externas.
El ejercicio de una efectiva hegemonía mundial requiere, de parte de la potencia
hegemónica, capacidad de imponer su hegemonía y disposición para emplear al efecto, los
medios necesarios. Estados Unidos dispone de condiciones económico-tecnológicas y
militares suficientes para ejercer una hegemonía mundial. No dispone, todavía, de
condiciones psico-culturales e institucionales adecuadas para utilizar todos los medios
que puedan ser necesarios para imponer tal hegemonía.
Desde el punto de vista psicológico y cultural, los valores de la sociedad americana son
contrarios a las formas discriminatorias y arbitrarias de ejercicio de la violencia,
aunque sea en beneficio del interés nacional. Por esa razón, Estados Unidos necesita de
legitimación internacional para actuar coercitivamente sobre otros países. El Consejo de
Seguridad de Naciones Unidas confirió tal legitimidad a la intervención americana en la
Guerra del Golfo. En grado menos aceptable, pero en el límite de lo tolerable, la OTAN
legitimó la intervención americana en Kosovo. Asimismo, como en los casos referidos, la
legitimación de la intervención, ante los ojos del propio público americano, requirió,
previamente, la "demonización" del enemigo (Sadam Husseim o Milosevic).
Por otro lado, aún con relación a las limitaciones domésticas, el pleno ejercicio de
una hegemonía es poco compatible con instituciones democráticas. Todos los imperios
históricos fueron ejercidos por sociedades no democráticas. Es interesante observar, en
el caso del Imperio Británico, que se inició bajo una democracia aristocrática
autoritaria en el siglo XVIII y principios del XIX, cómo en la medida en que Inglaterra
se tornaba una democracia de clase media, con Galdstone, se fue inviabilizando
domésticamente la práctica del imperio. Eso resultó imposible bajo Attlee y la
democracia de masas.
Además de limitaciones domésticas, Estados Unidos sufre limitaciones externas para el
ejercicio de una abierta hegemonía mundial. La Unión Europea, aunque siga básicamente
el liderazgo americano, se opone a que asuma un aspecto unilateral y hegemónico. Así
mismo, contrastando con el amplio "atlanticismo" de Gran Bretaña y,
básicamente de los nórdicos, los demás miembros de la UE son más bien
"europeístas" y favorecen el desarrollo de una política externa y de defensa
independiente.
A las resistencias europeas a una desinhibida hegemonía americana hay que agregar la
resistencia, todavía más acentuada, de países como China, Rusia e India y, con menor
peso, Irán y otros países islámicos.
Ante ese conjunto de impedimentos, Samuel Huntington caracterizó la actual situación
americana como de "unimultipolaridad". Representa el status de una
semi-hegemonía mundial que se ejerce con bastante amplitud en ciertas áreas del mundo y,
mucho más restrictivamente, en otras.
Las características domésticas e internacionales precedentemente referidas hacen que lo
que suele llamarse "imperio americano" resulte ser algo muy distinto de los
imperios tradicionales. Se trata, en verdad, de un "campo", en sentido análogo
al que empleamos cuando hablamos de "campo magnético" o "campo
gravitacional". Además de no ser global, el campo de predominio americano, donde
actúa -en partes de América Latina, de Asia y de Africa- lo hace por condicionamientos
económico-tecnológicos y sólo en casos limitados (Panamá, Grenada, Somalia), por
directa intervención militar.
2. Globalización
Conexo con la existencia de un campo de condicionamiento americano, hay que considerar el
corriente fenómeno de globalización. Como lo señaló Aldo Ferrer, se trata de la
tercera y más completa ola de un proceso que se inició con los descubrimientos
marítimos y la revolución mercantil, prosiguió con la revolución industrial y alcanzó
su actual nivel con la revolución tecnológica de las últimas décadas del siglo XX.
Esta nueva etapa del proceso de globalización resultó de las innovaciones en los medios
de información, comunicación y transporte. No fue deliberado de ninguna potencia o grupo
económico. Sin embargo, en la medida en que conduzca a la supresión de barreras
aduaneras y a la minimización del área de actuación del Estado, favorece el creciente
control del mercado mundial por un reducido número de empresas multinacionales, de
procedencia americana o fuertemente influenciadas por los capitales americanos. La
globalización, en la práctica, equivale a la americanización del mercado mundial.
3. Una nueva estratificación internacional
Como resultado de los procesos antes referidos, el mundo actual se enfrenta con una nueva
estratificación internacional. En la cumbre se encuentra Estados Unidos, acompañado, en
grado de menor influencia, por la Unión Europea y Japón. En la base se encuentran los
países dependientes, o sea, la mayor parte de los países. En nivel intermedio se sitúan
algunos países que no participan de la cumbre directiva pero que disponen de
significativa capacidad de resistencia a la hegemonía americana. Es el caso, en primer
lugar, de China, seguida por Rusia y, en grado menor, India. Irán se aproxima a ese nivel
y también, a su modo, Brasil en el ámbito de MERCOSUR.
4. Tendencias evolutivas
La presente situación internacional no se reviste de larga estabilidad. A largo plazo, o
bien Estados Unidos logra consolidar su hegemonía, pasando del status de
"unimultipolaridad" al de "unipolaridad", o bien se desarrollan
fuerzas independientes formativas de uno o más polos alternativos de poder, generándose
un régimen mundial de efectiva multipolaridad.
El escenario de consolidación de Estados Unidos depende de que, por un lado, no prosperen
las tendencias independentistas en Europa y, por otro, que países como China, Rusia,
India y otros no logren, aún a largo plazo, un nivel de equivalencia con Estados Unidos.
El escenario de futura multipolaridad depende de la medida en que se acentúe la
independencia de la política externa y de defensa de la UE y de la medida en que China
logre alcanzar un nivel de equivalencia con Estados Unidos en la segunda mitad del siglo;
en que Rusia recupere, posiblemente a más corto plazo, su precedente condición de
superpotencia y en qué importantes desarrollos ocurran en países como India, Brasil,
Irán y otros.
Aunque sea imposible prever cuál de los dos escenarios se verificará, diversas
indicaciones hacen suponer como más probable que se configure un sistema multipolar en la
segunda mitad del siglo.
La formación de un sistema mundial multipolar deberá repetir, como sucedió con el
precedente sistema bipolar, la imposibilidad de una solución militar, porque conduciría
a un suicidio planetario. Así, es de suponerse que, después de un período, más o menos
largo, de grandes tensiones, el mundo sea compelido a una convivencia pacífica, aunque en
régimen de recíproca vigilancia, lo que, a lo largo tenderá a desembocar, como ya lo
preveía Kant, en las distintas condiciones del siglo XVIII, en una Pax Universalis.
La actual estratificación internacional presenta, frente a las tendencias evolutivas del
sistema internacional, alternativas de suprema gravedad para los países que se encuentren
en nivel intermedio -que denominaremos de nivel de resistencia- y en nivel de dependencia.
Los países en nivel de resistencia, como en los casos típicos de China y Rusia, disponen
de plazos relativamente cortos, que se agotan en mediados del siglo, para consolidar su
desarrollo y sus potencialidades, so pena de caer en un estado de dependencia,
probablemente sufriendo serios procesos disruptivos. Si tienen éxito, tendrán acceso al
nivel superior y participarán de un directorio mundial que, formal o informalmente,
regulará el nuevo orden mundial.
A su vez, los países actualmente en nivel de dependencia se confrontan, a plazos todavía
más cortos, del orden de un par de décadas, con la alternativa de o bien completar su
desarrollo e incrementar significativamente su capacidad económico-tecnológica,
elevándose al nivel de resistencia, o perder el margen del que todavía dispongan de
autonomía interna y externa. Se tornarán -aunque conservando la parafernalia formal de
la soberanía- meros segmentos del mercado internacional, dirigidos exógenamente por
multinacionales y grandes potencias. Esa alternativa es particularmente grave para los
países subdesarrollados de grandes poblaciones, como India, Indonesia, Brasil o México,
casos en los cuales ese proceso de degradación acarreará terribles efectos sociales y
fuertes tendencias disruptivas.
II. América Latina
América Latina presenta un elevado grado de unidad cultural que deviene de su
colonización ibérica, en que las diferencias entre la colonización portuguesa y la
española, aunque significativas, son poco relevantes si se confrontan con el resto del
mundo. Es cierto que distintos factores, además de los resultantes de diferencias
geoclimáticas, operaron en el sentido de aumentar diferencias, como las que resultaron de
la más o menos grande influencia de preexistentes poblaciones indígenas, o del posterior
ingreso de pueblos negros y otros. La evolución histórico-social de América Latina, sin
embargo, siguió un camino semejante, lo que acentuó las comunes características
culturales de la región.
Tales circunstancias y condiciones condujeron a su tiempo a la CEPAL, bajo Raúl Prebisch,
y al BID, bajo Felipe Herrera, a preconizar la integración económica de toda América
Latina. Diversos esfuerzos se han hecho en esa dirección, como la ALALC y la ALADI, pero
con resultados modestos, además de intentos de integración subregional o temática más
exitosos, como, principalmente, el MERCOSUR.
Decisivas circunstancias geoeconómicas, sin embargo, condujeron a Latinoamérica, en las
últimas décadas del siglo XX, a una división en términos económicos. México entró
en TLCAN, con Canadá y Estados Unidos. Centroamérica y el Caribe sufren una irresistible
atracción hacia el polo norteamericano. En cambio, en Suramérica se constituyó una
importante integración subregional con MERCOSUR, reuniendo a Argentina, Brasil, Paraguay
y Uruguay. Se constituyó, igualmente, otra integración subregional, la Comunidad Andina.
Están en marcha, asimismo, diversas otras propuestas. MERCOSUR aspira a incorporar otros
participantes, estando en vías de concretar la adhesión de Venezuela. Entendimientos
entre MERCOSUR y el Pacto Andino, como la cúpula presidencial que se reunió en Brasilia
en julio-agosto de 2000, conducen al proyecto de un sistema suramericano de cooperación y
de libre comercio, programado para concretar antes de 2002 y emprender, hasta el año
2010, con asistencia del BID, la integración física del continente, con una comprensiva
red de energía eléctrica, de carreteras y ferrovías y de telecomunicaciones. Caminando
en dirección opuesta, Estados Unidos propone, con el ALCA, un sistema panamericano de
libre comercio que implicaría, aunque retóricamente se pretenda negarlo, la supresión
de las demás formas de integración de América Latina. ¿Qué consecuencias hay que
sacar de todo eso? Hay que diferenciar, en este caso, tres aspectos que integran círculos
bastante autónomos: el económico, el cultural y el político. En las líneas siguientes
se intentará, en forma breve, discutir esos tres círculos.
1. Círculo económico
La polarización económica de América Latina entre el norte y el sur resulta un hecho
con características estables, aunque pueda cambiar de sentido si el proyecto ALCA llega a
realizarse plenamente, o sea, con la inclusión de Brasil.
La integración económica de toda América Latina en el sistema de ALCA, como propone
Estados Unidos, en vista de su evidente interés nacional, presenta indudables
dificultades resultantes de la gigantesca asimetría entre la economía estadounidense y
la latinoamericana. Un régimen de libre comercio entre la más competitiva economía del
mundo y las subcompetitivas economías de América Latina tendría por inevitable efecto
la reducción del sistema productivo latinoamericano al nivel de productos primarios o de
"commodities", de bajo valor agregado, como el acero. Mientras tanto, los
productos de alto valor agregado, producidos en Estados Unidos, tendrían libre acceso a
los mercados latinoamericanos, eliminando su subcompetitiva concurrencia.
Esos efectos adquirirán características todavía más catastróficas si, como casi
inevitablemente ocurrirá, el Congreso americano se negara a suprimir las barreras no
tarifarias que protegen, bajo varias modalidades, los sectores en que Estados Unidos es
menos competitivo que los latinoamericanos, desde el acero y el azúcar, a jugos de
frutas, artefactos de cuero, textiles y otros. Podría ocurrir, para países
latinoamericanos de pequeña población, como los centroamericanos, los del Caribe y
algunos pocos más, que la apertura del mercado americano para algunos rubros de su
producción, no discriminados por barreras no aduanales, resulte ventajosa. Pero al precio
de renunciar a la posibilidad de su futura industrialización. Son esas las razones que
llevan a MERCOSUR, en general, y a Brasil, en particular, a oponerse, de una manera
general al ALCA y, en particular, a un ALCA que mantenga barreras no aduanales.
La integración económica de México con Estados Unidos, sin embargo, obedece a
condiciones distintas y, por tal razón, presenta un saldo favorable, aunque a un elevado
precio en otras dimensiones. En efecto, reduciendo la cuestión a sus aspectos esenciales,
se observa que, en virtud de la larguísima frontera territorial entre México y Estados
Unidos, atravesada por excelentes carreteras y ferrovías y medios de comunicación, la
integración condujo a importantes industrias estadounidenses a desplazar, algunos
kilómetros al sur de la frontera, sus unidades productivas, gozando así de condiciones
más baratas de producción. Con tal ventaja, exportan masivamente sus productos hacia el
norte, contribuyendo para que se eleve a la significativa cifra de 150 mil millones de
dólares las exportaciones mexicanas (comparada a los 60 mil millones de Brasil), más de
80% destinadas a Estados Unidos.
El régimen del ALCA, aunque manteniendo discriminaciones no tarifarias, podría ser
favorable para Centroamérica y el Caribe, porque ampliaría significativamente sus
exportaciones de bienes primarios, que son los únicos que hacen y les proporcionaría
productos americanos más baratos, además de facilidades financieras. Pero en ese caso se
trataría, más bien, de una ampliación de TLCAN. ¿Tales ventajas serán extensibles a
países de Surámérica?
En lo que se refiere a Suramérica, es importante hacer distinciones entre tres casos: (1)
el de los países de avanzada industrialización; (2) el de los que se encuentran
insertados en una integración subregional que podría abrirles espacios apropiados para
su industrialización y (3) el de países que podrían ingresar en una integración
subregional y disponer de las facilidades antes mencionadas.
El caso del país de avanzada industrialización se aplica, en primer lugar, a Brasil. Eso
explica el porqué ese país duda de ingresar en ALCA y se niega a hacerlo si todas las
barreras no aduanales no fueren suprimidas, lo que difícilmente ocurrirá. Es también el
caso de Argentina, aunque ese país, insensatamente, haya sacrificado importantes
segmentos de su industria durante el período militar. Las excelentes condiciones de
Argentina para tener alta competitividad en industrias livianas o de relevante cuota de
"design", como en el caso de Italia, hacen muy fácil y rápida la recuperación
industrial de Argentina en el ámbito de MERCOSUR, siempre que adopte firmemente esa
política y que Brasil, como no puede dejar de hacerlo, le dé total respaldo.
El caso de países como Paraguay y Uruguay, insertados en MERCOSUR, presenta grandes
oportunidades para una concertada especialización industrial en el ámbito del sistema.
Importa, por tanto, que los países miembros abandonen sus más recientes conductas
neoliberales, asumidas por influencia americana, y vuelvan a la postura originaria de
MERCOSUR -que pasa ahora por una seria crisis- postura esa que es la de crear,
concertadamente, condiciones para la optimización económica de todos los miembros. Una
vez más, Brasil y Argentina, necesariamente, deberán respaldar tal política.
Es en función de esas consideraciones que debe ser visto el próximo posible ingreso de
Venezuela en MERCOSUR y la deseable reconversión de Chile a MERCOSUR. Un acuerdo de libre
comercio entre Chile y Estados Unidos, como ahora pretende aquél país, consiste en
cambiar por un confortable presente mediocre un viable excelente futuro. Chile puede ser
una gran Costa Rica y tenderá a serlo ingresando a TLCAN, pero también podría ser una
Suecia del sur, si se articula adecuadamente con MERCOSUR.
Las consideraciones precedentes se aplican, mutatis mutandi, a los demás países andinos.
Convendría reconocer, para Colombia, Ecuador y Perú, la conveniencia de pasar por un
estadio previo, como se anticipó en la cúpula presidencial de Brasilia. Un acuerdo de
libre comercio de esos países con MERCOSUR les daría una gigantesca ampliación de sus
mercados y permitiría la concertación de una futura política de espacios industriales
preferenciales en el sistema de MERCOSUR. Cabría, concomitantemente, proceder a una
amplia reorganización de MERCOSUR, haciendo de él un sistema de equitativa optimización
económica para todos los partícipes.
Resta a esos países la alternativa de ALCA. En esa alternativa tendrían las ventajas que
se abren para Centroamérica y el Caribe. Pero esos países tienen poblaciones más
grandes que los precedentemente referidos y significativas posibilidades industriales a
medio plazo en su articulación con un MERCOSUR debidamente reestructurado, posibilidades
a la que renunciarían, definitivamente, ingresando al ALCA.
El ALCA, sin embargo, puede dejar de ser un acucioso instrumento al servicio de las
exportaciones americanas si, en lugar de un régimen de libre comercio, instituye un
ecuánime régimen de intercambio. Se trata, en lo fundamental, de abrir el mercado
norteamericano a las exportaciones latinoamericanas, a cambio de una equilibrada apertura
de América Latina a inversiones americanas productivas, que incrementen la capacidad
tecnológica y exportadora de Latinoamérica. Una más extensa discusión de esa cuestión
requeriría, entretanto, un estudio propio.
2. Círculo cultural
América Latina presenta un alto nivel de unidad cultural. Ninguna otra región del mundo
ostenta esa condición. Inútil subrayar la pluralidad cultural y lingüística de Europa
que, sin embargo, logró su integración en la Unión Europea. Lo mismo cabe decir de
África y Asia. Y si es cierto que el Islam proporciona a los países que lo integran un
elevado nivel de unidad cultural, hay que reconocer que sus lenguas no permiten un
recíproco (como ocurre básicamente entre el portugués y el español) directo
entendimiento oral. Solo son inteligibles por escrito. La unidad cultural de América
Latina es un raro tesoro de que disponen sus países y que obviamente hay que cultivar.
¿Qué problemas y qué tareas se imponen a América Latina frente a su unidad cultural?
Hay que distinguir dos cuestiones fundamentales: la relativa a la preservación de esa
unidad cultural y la relativa a la utilización que convenga darle.
Todas las culturas contemporáneas están expuestas, en mayor o menor grado, a la
influencia cultural del inglés que se tornó, como el latín en la Edad Media o el
francés en la Ilustración, en la lengua franca del mundo civilizado. Esa influencia es
mucho más fuerte en Latinoamérica por causa de la poderosa influencia americana y la
inmediata vecindad de Estados Unidos con el norte de América Latina. ¿Y entonces, qué
pasa y qué hacer?
La experiencia histórica muestra que, a largo plazo, las culturas que pierden su
independencia política pierden el comando de su propia cultura y son colonizadas por la
cultura políticamente predominante. Eso pasó con la dominación de las culturas
orientales antiguas por la cultura griega, después de las conquistas de Alejandro. Y
pasó una vez más con el latín, en la secuencia de la formación del Imperio Romano.
¿Estará eso pasando en América Latina? La respuesta, al presente, comporta una
cautelosa reserva. En el caso más inmediatamente expuesto que es el de México,
particularmente en las regiones fronterizas, se observa que, entre las dos culturas, a
nivel popular, la americana predomina en el dominio de los "gadgets" y la
mexicana en el dominio de los usos y valores. Los instrumentos domésticos,
"freezer", "washing machine" y otros, son fácilmente denominados en
inglés, en el lado mexicano de la frontera. Pero en el lado americano de la frontera la
gente hace comida mexicana y baila y canta música mexicana.
Algo distinto ocurre en la cultura erudita. Los latinoamericanos cultivados mantienen en
buen nivel su propio idioma pero se encuentran obligados a usar el inglés para sus
comunicaciones internacionales. Eso, sin embargo, también ocurre con los europeos de
lengua no inglesa. La universalización del inglés, como ocurrió con el francés y el
latín, en sus respectivos períodos de predominio, es inevitable y constituye uno entre
muchas señales del actual predominio americano.
Ante tal situación, lo que importa es lo que hay que hacer para la preservación en
América Latina de su propia cultura y, aún más, para su posible y deseable proyección
internacional.
Sin extender demasiado esta cuestión, que comportaría un amplio estudio propio, tres
aspectos merecen breve referencia: (1) la intercomunicación en América Latina; (2) el
uso internacional del español, y (3) la específica contribución de la cultura
latinoamericana al mundo.
La particular ventaja de América Latina con respecto a otras regiones del mundo, consiste
en la recíproca y directa comunicación oral de sus dos idiomas. Ese hecho, proveniente
de las raíces comunes de las dos lenguas, mediatamente derivadas del latín, pero
inmediatamente procedentes del gallego arcaico, requiere un consciente y deliberado
fortalecimiento por la gente cultivada de la región. El hábito de leer directamente el
español, generalizado entre la gente cultivada de Brasil, no encuentra correspondiente
práctica entre los fono-hispanos de América Latina, con la relativa excepción de
Argentina y Uruguay. Esa práctica necesita de incentivo por parte de las autoridades
públicas y de los intelectuales.
El segundo aspecto a considerar deviene del hecho de que, en términos efectivos, el
español se constituyó como la segunda lengua internacional de Occidente. Este hecho, que
no fue provocado deliberadamente pero que se constituyó en algo corriente, merece
sustentación por los latinoamericanos, incluso los de habla portuguesa, sin restricciones
provocadas por infundados celos. Este breve estudio, escrito en español es una
manifestación práctica de las convicciones a ese respecto por parte del intelectual
brasileño que lo escribió.
El tercer aspecto es el más importante. ¿Qué contribución puede dar la cultura
latinoamericana al mundo? Es evidente que la literatura, la música y las artes plásticas
de América Latina ocupan, merecidamente, un amplio espacio en el mundo. Hay que proseguir
en esa influencia y desarrollarla. Sin embargo, todavía hay algo más de lo que los
latinoamericanos, y el mundo en general, no se han enterado debidamente. Se trata del
hecho de que América Latina dispone, en su cultura, tanto a nivel popular como a nivel
erudito, de una de las contribuciones que más necesita el mundo: el humanismo.
Simplificando, al extremo, una cuestión muy compleja, se puede afirmar que el mundo
contemporáneo y, más aún, el porvenir del mundo , dependen de una feliz articulación
entre el progreso científico-tecnológico y el humanismo. Estados Unidos, más que todos
los países, contribuye, actualmente, para el progreso científico-tecnológico del mundo,
pero carece, dramáticamente, de algo que otorgue un significado y un valor superior a la
vida: un nuevo humanismo. América Latina tiene y contiene ese humanismo,
espontáneamente, a nivel del pueblo y articuladamente, a nivel de sus mejores
intelectuales. Carece, sin embargo, para ultimar su modernización, de mejor desarrollo
científico-tecnológico. En el mundo americano se dispone de un gigantesco acervo de
instrumentos y procesos al servicio de la vida (y también del exterminio de la vida) pero
no se sabe lo que hacer de la vida. La gente es esclava del "gadge" y de una
tecnología vacía de contenido propio. El mundo latinoamericano abunda, tanto a nivel
popular como a nivel erudito, de humanismo, de ese humanismo nuevo, social y ecológico,
del que depende la sobrevivencia del mundo, pero carece de más competencia
científico-tecnológica. Allí se encuentra el grande intercambio cultural que necesita
el mundo: la modernización científico-tecnológica de América Latina y la humanización
de Estados Unidos y del mundo, en general.
La verdadera ALCA no debe consistir en un artificioso montaje de una libertad de comercio
que sólo favorecerá a Estados Unidos. Debe constar de un amplio acuerdo cultural en que
Estados Unidos contribuya con su precioso legado científico-tecnológico y América
Latina con su aún más precioso legado humanista.
3. Círculo político
Contrariamente a las apariencias y al entendimiento corriente de la cuestión, es en el
círculo político, más que en el económico, donde residen los intereses más
fundamentales de América Latina y de sus procesos de integración. El asunto presenta dos
aspectos principales: el que se relaciona con la autonomía de los países
latinoamericanos y el que se relaciona con su posible contribución para la formación de
un nuevo orden mundial, más equitativo y racional.
El proceso de globalización, en general, notoriamente en el caso de América Latina,
tiene poderosos y terribles efectos desnacionalizantes, particularmente sobre los países
menos desarrollados. La minimización del Estado, la apertura del mercado a las fuerzas
internacionales y la supresión de regulaciones, bajo la suposición de que el mercado se
auto-regula de forma optimizante para la economía, conducen a la desnacionalización de
los países, tanto más fuertemente cuanto más subdesarrollados y periféricos sean.
Persiste, en tales países, la soberanía formal: himno, bandera, ejércitos de parada y
la elección, cuando democráticos, de sus dirigentes. Todas las decisiones relevantes,
entretanto, son exógenas, dictadas por multinacionales y por la potencia hegemónica.
Esos países se convierten en meros segmentos del mercado mundial y sus autoridades,
subordinadas a las conveniencias de ese mercado son, independientemente de su voluntad
(cuando tal voluntad exista), meros administradores de fuerzas exógenas. ¿Qué puede
hacer América Latina ante el rol compresor de la globalización?
El problema resulta muy complicado por el hecho de que, en las actuales condiciones, el
antiguo proteccionismo, además de prácticamente fuera del poder de los países débiles,
presenta efectos negativos por exacerbar el retraso tecnológico y la carencia de
capitales. Por otra parte, la apertura neoliberal conduce a la liquidación del Estado y
la dominación exógena de tales países. ¿Qué se puede hacer entonces?
La respuesta, que todavía no es disponible para todos los países subdesarrollados (caso
de muchos países africanos), consiste en la preservación del más amplio margen posible
de su autonomía interna a través de procesos de integración regional o subregional. Esa
es la principal contribución de MERCOSUR (con su posible y necesario perfeccionamiento)
para sus partícipes. Será la principal contribución de un sistema suramericano de
cooperación y libre comercio, como ha sido propuesto por la cumbre de presidentes
suramericanos en Brasilia. En el ámbito de tales sistemas los países dispondrán de
condiciones para un desarrollo satisfactoriamente autónomo y, así, de condiciones para
generar y perfeccionar sectores productivos que alcancen competitividad internacional.
La preservación, mediante apropiados mecanismos integracionistas, del más amplio margen
posible de su autonomía constituye, para los países subdesarrollados, notablemente en el
caso de América Latina, el modo por el cual pueden mantener su identidad nacional en el
curso de las próximas décadas, cuando estarán bajo fuerte presión hegemónica por
parte de Estados Unidos.
Si logran hacerlo, en el caso más probable de que el mundo venga a ser regulado, en la
segunda mitad del siglo, por un orden multipolar, esos países podrán superar su actual
condición de dependencia y elevarse a aquél nivel intermedio de resistencia,
precedentemente referido. Procediendo así, dispondrían de un margen de autonomía mucho
más satisfactorio, si se constituyera en el mundo un régimen multipolar. Si se
configurara la consolidación de la hegemonía mundial estadounidense, los países que,
mientras tanto, hayan preservado márgenes significativos de autonomía, ingresarían en
el nuevo régimen en condiciones mucho más favorables que los que desde ahora están
satelizados.
Es por tal razón que hay que consolidar, profundizar, perfeccionar y expandir MERCOSUR y
constituir un sistema suramericano de cooperación y libre comercio, fuera de la trampa
del ALCA, tal como está presente en la propuesta de Estados Unidos.
La otra relevante dimensión de la cuestión política para América Latina consiste en la
posibilidad de contribuir, mediante mecanismos de integración que preserven el más
amplio margen posible de su autonomía y adopción de políticas consensuadas, en la
configuración de un nuevo orden mundial multilateral más equitativo, sin hegemonías
dominantes.
La contribución latinoamericana a ese objetivo tiene una relevancia de la cual no se
tiene todavía una debida apreciación. Esa relevancia tiene dos aspectos
interrelacionados. Por un lado, deviene del hecho de que una posición de autonomía
internacional por una América Latina respaldada por apropiados mecanismos de
integración, ejercerá poderosa influencia en el sentido de fomentar las tendencias a una
política externa independiente por parte de la Europa "europeísta". Con eso,
contribuirá, significativamente, para la edificación de un orden mundial multilateral y
más equitativo.
Por otro lado, una política latinoamericana, apropiadamente respaldada, de autonomía
internacional, concertada con los sectores europeizantes de la Unión Europea, tendrá un
decisivo efecto en la formación de un nuevo orden mundial multipolar. Ese efecto
consistirá en la formación de un importante polo, en el ámbito de ese nuevo sistema,
que sea independiente de Estados Unidos pero no antiamericano, ni anti-occidental.
En efecto, el mundo corre el riesgo de que la hegemonía mundial estadounidense, ahora en
avanzado estado de expansión, pueda ser contenida, exclusiva o predominantemente, por
fuerzas potencialmente antiestadounidenses, como sería el caso de un orden mundial
multipolar predominantemente fundado en la futura condición de super potencias de China y
de Rusia.
Si es cierto que la hegemonía estadounidense no es compatible con la libertad de los
demás países, incluso con la preservación, en los propios Estados Unidos, de su
libertad interna -porque toda hegemonía se convierte necesariamente en un sistema
autoritario- no es menos cierto que un orden mundial efectivamente ecuánime y racional no
puede ser anti-estadounidense, ni contrario a otro país.
La formación de un sistema internacional independiente, comprendiendo a América Latina y
la Unión Europea, es la condición necesaria para que un futuro orden mundial multipolar,
en que China, Rusia y otros países no occidentales tendrán importante peso, no quede
exclusiva o predominantemente bajo la influencia de países hostiles a Estados Unidos.
En ese sentido, contrariamente a la impresión superficial que predomina en Estados
Unidos, una posición de independencia y autonomía de América Latina y de la Unión
Europea viene al encuentro de los bien entendidos intereses americanos. Una hegemonía
completa americana, tan cara a su élite de poder, sería incompatible con la
preservación de la libertad interna y de una efectiva democracia en Estados Unidos. Si en
los países dominados la soberanía se convirtiera en una mera apariencia, con ejércitos
de parada y políticos compelidos a atender a intereses exógenos, en Estados Unidos su
hegemonía mundial convertiría a la democracia americana también en un régimen de
parada, en que las autoridades electivas estarían compelidas a seguir los designios de la
élite de poder. A la democracia americana y al mundo, en general, el único orden mundial
deseable y razonable es uno en que el sistema multipolar resultante no sea ni
anti-americano ni anti-chino o anti-ruso.
III. La particularidad mexicana
Aunque un breve estudio como este tenga que limitarse a un restringido número de
páginas, es indispensable, para el caso de América Latina, discutir, de forma
extremadamente sucinta, la situación particular de México. ¿Cómo puede México
compatibilizar su condición de miembro de TLCAN con la preservación de su identidad
cultural y su autonomía interna y externa? Sobre la cuestión de la identidad cultural de
México y su profundo carácter latinoamericano, no parece necesario agregar nada a lo que
fue brevemente dicho en el tópico sobre el ámbito cultural. México y Argentina, entre
los fono-hispanos y Brasil, por el otro lado, son los tres principales pilares de la
cultura latinoamericana. Consta en el tópico sobre el círculo cultural lo más relevante
que habría que mencionar a ese respecto.
Lo que exige una breve aclaración final es la cuestión de cómo México pueda preservar
satisfactorios márgenes de autonomía interna y externa, en el ámbito de TLCAN. Esta
cuestión tiene varios aspectos, además del político. En lo esencial, las autoridades
mexicanas ya lo comprendieron muy bien, al intentar, dentro de lo posible, diversificar
sus relaciones de comercio. A ese respecto cabe a MERCOSUR y a los países andinos
establecer con México regímenes equitativos de comercio, independientemente de TLCAN y
en caso de que se concrete el ALCA.
Es en la dimensión política donde reside la esencia del problema. Y esa dimensión
depende, predominantemente, del propio México. Se trata, en suma, de lo siguiente: si
México, en el ámbito de TLCAN y siguiendo la orientación ideológica de Estados Unidos,
adopta domésticamente una política neoliberal, como supuesta condición para mantenerse
atractivo a los capitales estadounidenses, su autonomía interna irá gradual pero
aceleradamente desapareciendo y, con ella, su autonomía externa. Si por el contrario,
México, más allá de preservar condiciones adecuadas para atraer capitales extranjeros
-y no solamente norteamericanos- mantuviera, no obstante, un Estado fuerte, autónomo y
con satisfactoria capacidad regulatoria, sustentaría, concomitantemente, su autonomía
interna y externa.
A ese respecto, una vez más, compete a los países suramericanos mantener una estrecha
relación de cooperación internacional con México, orientada al objetivo de contribuir a
la formación de un orden mundial multipolar, ni anti-norteamericano ni anti-chino, pero
equitativo y racional. Si tal actitud refuerza las condiciones de autonomía en México,
también reforzará la autonomía del conjunto latinoamericano. No puede haber América
Latina sin México, como no la puede haber sin Argentina o Brasil.
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