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Integración: ahora o nunca
Edición Nº 61.

Enero - Abril 2001
Algunos principios generales para alcanzar el crecimiento sostenido
Robert Solow
Premio Nobel de Economía 1987

Algunos principios generales para alcanzar el crecimiento sostenido

El estadounidense Robert Solow obtuvo el Premio Nobel de Economía por sus contribuciones a la teoría del crecimiento económico, y ello le da la autoridad para asegurar sin ambages que no existe ninguna receta universal que permita producir un crecimiento sostenido de la productividad y los ingresos de la misma manera en todas partes del mundo, “como si fuese un pollo horneado, el cual se prepara más o menos de la misma forma en cualquier lugar”. Sin embargo, sí existen, en su opinión, ciertos principios generales –a los cuales se refiere en el siguiente texto– que representan un buen punto de partida para alcanzar tan deseado objetivo.

Some General Principles to Attain Sustained Development

Robert Solow, of the United Sates, was awarded the Nobel Prize in Economics for his contributions to the theory of economic development. It is with authority, then, that he states directly that there is no universal recipe for obtaining sustained growth in productivity and income throughout the world, “as if it were a broiled chicken that is cooked more or less the same way in all places”. Nevertheless, he adds that there are some general principles that can provide a starting point to achieve the desired objectives. In this article he reviews these general guidelines.

Quelques principes généraux pour parvenir à une croissance soutenue

L’américain Robert Solow s’est vu décerner le prix Nobel d’économie pour sa contribution à la théorie de la croissance économique, ce qui l’autorise à affirmer sans ambages qu’il n’existe aucune recette universelle permettant une hausse soutenue de la productivité et des revenus dans toutes les régions du monde «comme s’il s’agissait d’un poulet rôti au four, dont le mode de préparation est pratiquement le même partout». Il juge toutefois que certains principes généraux, auxquels il se réfère dans le texte ci-après, constituent un bon point de départ pour atteindre cet objectif si convoité.

Alguns princípios gerais para atingir o crescimento sustentável

O norte-americano Robert Solow ganhou o prêmio Nobel de Economia por suas contribuições à teoria do crescimento econômico; isso lhe permite assegurar que não existe nenhuma receita universal que permita um crescimento sustentável da produtividade e da receita igual em todas as partes do mundo, “como se fosse um frango assedo que se prepara mais ou menos da mesma maneira em qualquer lugar”. No entanto, o que existe sem dúvida são certos princípios gerais –aos quais se refere no seguinte texto– que representam um bom ponto de partida para atingir tão desejado objetivo.


Es un gran honor para mi dirigirme a esta importante asamblea, en primer lugar en mi calidad de economista activo y en segundo lugar en mi carácter de presidente en ejercicio de la Asociación Económica Internacional (IEA). A diferencia de la Asociación Nacional de Economistas de Cuba y las restantes asociaciones que se encuentran representadas aquí, la IEA no está constituida por economistas individuales, sino que sus miembros son asociaciones nacionales de economistas, entre las que se cuenta la asociación cubana. Espero que las demás asociaciones nacionales de la región de América Latina y el Caribe se adhieran a la IEA en caso de que no sean aún miembros de la misma.

Durante mucho tiempo, la IEA fue casi completamente una actividad de economistas académicos de Europa y Norteamérica. Auspiciaba pequeñas conferencias de especialistas, publicaba libros y celebraba numerosos debates de relevancia sobre temas ubicados en la frontera intelectual de la economía. Esta función parece menos importante ahora, porque ha sido absorbida por asociaciones nacionales y por la publicación de revistas académicas y distintos documentos de trabajo que se leen en todas partes del mundo. No fue hace mucho que la IEA llegó a la conclusión de que la función más útil que podría desempeñar consistía en contribuir a mejorar las condiciones de la investigación económica en Africa, Asia, el Medio Oriente, América Latina, el Caribe y las economías en transición de Europa Oriental y actuar como una especie de cámara de compensación para la integración continua de los economistas profesionales de esos lugares en la comunidad mundial de economistas. El aislamiento es sumamente perjudicial para el progreso intelectual, por lo que espero que la IEA pueda contribuir a vencerlo en aquellos sitios en donde existe.

La IEA aún celebra ocasionalmente pequeñas conferencias de expertos y pretende continuar auspiciando su serie ordinaria de congresos mundiales, que tienen lugar todos los años. El más reciente se celebró en Buenos Aires en 1999. Imagino que algunos de quienes nos acompañan hoy aquí participaron en esa reunión. El próximo congreso mundial ha sido programado para el año 2002, posiblemente en Portugal, y espero que muchos de ustedes tengan la oportunidad de asistir.

La IEA también ha comenzado a trabajar con las Redes Regionales de Desarrollo del Banco Mundial en la formación de una Red Mundial para el Desarrollo. Este proyecto está bien encaminado. Las Redes Regionales de Desarrollo son simplemente lo que sugiere su nombre: redes de economistas de distintos países de una región que ofrecen una manera organizada de compartir ideas, reflexionar acerca de los problemas de los demás y dedicarse a proyectos conjuntos de investigación. Por su parte, la Red Mundial para el Desarrollo espera incentivar las mismas actividades en todas las regiones. Ya se ha iniciado el primer proyecto conjunto de investigación, el cual se refiere a las Fuentes de Crecimiento Económico. Por medio de estudios paralelos ejecutados en cada región donde se empleen métodos comunes, esperamos que la comparación de resultados ponga al descubierto algunas generalizaciones útiles sobre el proceso de crecimiento económico que se ha manifestado en circunstancias sumamente diferentes y que, por ende, sugiera maneras exitosas de plantear políticas. La IEA ha participado en la planificación y revisión de los primeros documentos. Actualmente, se está preparando un libro que los contiene y tengo intenciones de escribir su capítulo introductorio una vez que esté listo.

Una de las cosas que he aprendido como observador de esta primera etapa de la Red Mundial para el Desarrollo es que el conocimiento proviene del uso de un marco teórico común y un procedimiento empírico común cuando se estudia el desarrollo de distintas economías nacionales. Sin esta disciplina, nunca sabremos si surgen conclusiones contrastantes, puesto que los detalles de la realidad difieren de un lugar a otro y los sesgos metodológicos generan resultados distintos incluso cuando se aplican al mismo material.

Sin embargo, también he aprendido que la flexibilidad inteligente es necesaria en este tipo de análisis comparativo. La realidad puede diferir de un lugar a otro en formas que no pueden percibirse con tan sólo variar los parámetros de algún modelo dúctil. Por ejemplo, dos economías pueden responder de manera diferente al mismo shock, principalmente porque han tenido historias diferentes que han dejado en sus instituciones distintos reflejos y capacidades y en su gente diferentes formas de interpretar lo que ven y decidir cómo reaccionar.

Un ejemplo evidente de ello es la manera en que las decisiones que se adoptaron tras el desmembramiento de la Unión Soviética prestaron muy poca atención a la necesidad de reconstruir una infraestructura institucional que fuese capaz de sobrellevar el peso de una economía de mercado y desempeñar las funciones que un sistema de mercado requiere para poder funcionar eficiente y equitativamente.

No existe ninguna receta universal que permita producir un crecimiento sostenido de la productividad y los ingresos de la misma manera en todas partes del mundo, como si fuese un pollo horneado, el cual se prepara más o menos de la misma forma casi en cualquier lugar. No obstante, considero que existen ciertos principios bastante generales, enraizados tanto en la teoría como en la práctica de la economía, que vale la pena analizar. Y deben ser generales, precisamente porque habrán de aplicarse de distinta manera dependiendo de las circunstancias. Sin embargo, representan un buen punto de partida.

El primero de estos principios ya ha sido mencionado indirectamente. Una sociedad que desea registrar un progreso económico sostenido necesita una infraestructura legal (o consuetudinaria) que permita hacer valer contratos de buena fe, proteger a las personas y los grupos de interferencias arbitrarias, garantizar la disponibilidad de información necesaria y establecer claramente los límites de las conductas económicas permisibles. Dichas reglas no tienen que ser las mismas en todas partes, aunque cierta cantidad de armonía podría resultar saludable para el comercio y la inversión extranjera.

La realidad más profunda es que cualquier economía moderna necesariamente implica una red compleja de transacciones conjuntas útiles, que por lo general se extiende hacia el futuro. Probablemente es inevitable que el resultado final sea en cierta medida incierto. Las reglas del juego se establecen para evitar incertidumbre innecesaria. Quizás yo no sepa si mi cliente, prestatario o empleador podrán pagar, lo cual se denomina riesgo comercial. El sistema legal me puede dar cierta seguridad de que, si la persona puede pagar, lo hará. Dado que la incertidumbre puede inhibir acciones y transacciones que de otro modo serían productivas, siempre le convendrá a la actividad económica que mantengamos la incertidumbre al mínimo nivel que lo permitan la tecnología y la naturaleza humana.

Toda infraestructura legal está aunada a una infraestructura administrativa y eso, de hecho, es burocracia. Todo lo que he manifestado se aplica igualmente a la necesidad de contar con una burocracia confiable, imparcial y bastante honesta que pueda hacer cumplir las leyes y normas. Decir esto es como recordarles que toda institución social es manejada por personas de carne y hueso y no podrá funcionar mejor en la medida en que ellas no lo permitan.

El segundo principio general que deseo mencionar es que la competencia suele ser saludable para la economía. Un sistema donde se suprime la competencia probablemente no experimentará una productividad elevada y de rápido crecimiento. Todo economista conoce los argumentos de los libros de texto que muestran cómo y por qué el monopolio tiende a desperdiciar recursos y restringir la producción. Esos argumentos son ciertos, pero yo tengo en mente un costo económico más importante ligado a la ausencia de la presión de la competencia sobre los productores.

Son contundentes las evidencias de que las empresas que se protegen de la competencia tienden a ser menos activas. Puede que sean lentas adoptando nuevas tecnologías y logran una productividad inferior a la que podrían tener con la tecnología que emplean. Organizan la producción ineficientemente, escogen una combinación de productos que no se corresponde muy bien con los deseos del consumidor y no son muy eficaces controlando la calidad. La competencia las obliga a mejorar para sobrevivir. Hace mucho tiempo, John Hicks comentó que “el mejor beneficio que aporta el monopolio es una vida tranquila” y esa observación encierra una gran verdad.

El tipo de presión competitiva que se requiere puede provenir de numerosas fuentes: adversarios locales, importaciones, trasplantes de empresas extranjeras que han alcanzado buenos hábitos de producción, o proveedores de capital de inversión, quienquiera que sea.

El tercer principio general se desprende de estas consideraciones: las economías abiertas se desempeñan mejor que las protegidas, fundamentalmente porque la apertura impone una disciplina competitiva. Las ganancias clásicas del comercio son suficientemente reales, pero me inclino a pensar que los mayores beneficios de la apertura se derivan de la adquisición de nuevas tecnologías y conocimientos técnicos industriales, así como del acceso al capital.

Todos han aprendido la lección en virtud de la cual la inversión directa es mejor que la inversión extranjera en carteras. Evidentemente, los países en desarrollo tienen derecho a protegerse de esa suerte de corriente de fondos a corto plazo que fluyen en ambas direcciones. Estas naciones tienen poco que ganar de aquella inversión extranjera que no participa a largo plazo en el éxito de la economía local. Es importante lograr esa protección usando medios que favorezcan la eficiencia interna. Por ejemplo, parece más conveniente limitar el ingreso que la salida de capitales –Chile ha experimentado en este sentido– y hacerlo de manera que se propicie la inversión directa por encima de la inversión en carteras. Aquello que se haga no debería ser, y mucho menos parecer, una forma de protección disfrazada. La experiencia nos enseña que la protección de la industria local de las importaciones y trasplantes tiende a ser una receta para el nepotismo y la corrupción y una perenne baja productividad. Obviamente, destaco la productividad interna, porque es el único factor determinante permanente del nivel de vida local.

El cuarto comentario que deseo hacer es que todo país en desarrollo (y toda nación desarrollada, si a ver vamos) necesita contar con un sistema tributario que satisfaga ciertos criterios generales. Naturalmente, el primero es que debería recaudar suficientes ingresos y de manera equitativa, de acuerdo con la capacidad de pago. También resulta de vital importancia que se defienda a este sistema tributario de la corrupción. Este es un aspecto sumamente importante de la infraestructura legal a la cual hice referencia anteriormente.

A menos que el sistema tributario produzca suficientes ingresos para financiar las funciones gubernamentales importantes, probablemente se demostrará que es irresistible la tendencia a tratar de cerrar la brecha mediante una expansión monetaria excesiva, con sus consiguientes consecuencias inflacionarias y desviación de los recursos de la actividad productiva hacia la especulación y búsqueda de renta. Me temo que es cierta esta parte del saber convencional, lo que hace aún más importante para el desarrollo el establecimiento de un sistema tributario adecuado y equitativo.

Existe aún otra consideración. Un sistema fiscal en la vida real creará incentivos que favorezcan algunas actividades y desalienten otras, que las ubiquen en un sitio en lugar de otro y así sucesivamente. Estos efectos deben tomarse en cuenta en el diseño de un sistema tributario. No es de extrañar que diseñar un buen sistema fiscal sea una tarea difícil para la cual no existe ninguna regla universal. Este es otro tema donde la historia y cultura local, así como las actitudes, pueden tener peso. A veces me pregunto porqué más países en desarrollo y naciones en transición no consideran más seriamente la posibilidad de aplicar un impuesto a las tierras. Las economías avanzadas experimentan dificultades obvias que aparentemente serían débiles en las etapas tempranas del desarrollo.

El quinto y último principio que deseo proponer es la necesidad de ofrecer alguna suerte de red de seguridad a aquellos que queden rezagados en el proceso de desarrollo o transición. Esta no es una idea secundaria, sino una parte absolutamente esencial de cualquier estrategia de desarrollo rápido. El daño que ocasiona el descuido tiene su manifestación más patente en la desaparecida Unión Soviética, pero la necesidad está presente en todos aquellos lugares donde se produce un cambio masivo rápido. Obviamente, ésta es una de las razones principales por las cuales los gobiernos necesitan ingresos. En este caso también, el tema de los incentivos diferenciales debe considerarse como parte del problema del diseño. El contexto que mejor conozco es el de mi país, por lo que tomo ejemplos de allí. Si un objetivo social consiste en estimular el trabajo, entonces un crédito tributario por ingresos devengados es mucho mejor que cualquiera otra modalidad de asistencia pública. Si la limitación del crecimiento demográfico es un objetivo social importante, entonces ello deberá tomarse en cuenta al diseñar las políticas de asistencia social y la forma en que ésta afecta a hombres y mujeres, por ejemplo. Se podría agregar mucho más sobre este tema de lo que mis conocimientos me permiten decir.

Me detendré aquí, no porque no existan otros principios generales que ameriten ser divulgados, sino porque no conozco suficientemente los problemas del desarrollo y la transición para plantearlos cuidadosamente. Sin embargo, sólo porque soy un extraño, y particularmente un extraño estadounidense, deseo hacer un comentario más. Quisiera recordarles que aunque existen varios principios generales por los cuales vale la pena regirse, no es necesario que otras sociedades adopten exactamente las alternativas políticas e institucionales por las que optaron Estados Unidos o las naciones europeas.

En efecto, según mis patrones, Estados Unidos ha sido un muy mal ejemplo en algunos aspectos. Por ejemplo, su sistema tributario no es muy progresista y a la nueva administración le gustaría que lo fuese aún menos si pudiese lograrlo. Resta aún ver si el gobierno de Bush logrará la aprobación por votación de una gran reducción de impuestos que favorecería a la clase pudiente. Para referirnos a otro ejemplo, Estados Unidos crea y permite más desigualdad y pobreza que la necesaria o deseable. El sistema de educación primaria, secundaria y profesional funciona mal; son demasiadas las personas, tanto niños como adultos, que no poseen un acceso satisfactorio a la atención médica y la frágil y errática red de salud resulta insuficiente para las dimensiones del problema que persiste en un país tan rico.

Cada una de las áreas de política que he mencionado puede manejarse con base en preferencias y experiencias. Es importante que, de alguna manera, ustedes mantengan una posición de apertura ante el comercio y los movimientos de capital a largo plazo, que den cabida a la competencia, que produzcan algunas leyes y normas claras y seguras que ofrezcan la transparencia y garantía contractual que la industria requiere para desarrollarse, que introduzcan alguna forma de tributación progresista que estimule a las empresas, que velen de alguna manera por aquellos que se encuentran seriamente en desventaja por la obsolescencia de sus habilidades o rezagados por los cambios inesperados en la naturaleza y ubicación de la industria.

Existe más de una manera de alcanzar dichos objetivos y las distintas culturas nacionales preferirán naturalmente formas distintas de hacerlo. No obstante, cada sociedad deberá asegurarse de que realmente esté dedicándose a su búsqueda de manera eficaz y no evadiendo decisiones difíciles refugiándose en lemas vacíos que suenan bien.

El tema de esta conferencia es globalización y desarrollo. El único aspecto en el que la globalización cumple con los principios que he estado planteando es en lo que respecta a la importancia de la apertura. ¿Es en realidad la globalización más importante que eso? No estoy seguro. No cabe duda de que la globalización ha magnificado y acelerado la intrusión del comercio internacional y las finanzas en el proceso de desarrollo y tendrá tendencia ciertamente a atraer la atención. Sin embargo, no es menos cierto que el factor determinante del nivel de ingresos de una nación o región continúa siendo su propio nivel de productividad. El éxito en la adaptación a la globalización proviene del hallazgo y el aprovechamiento de las oportunidades de emplear el acceso a productos y capitales extranjeros para incrementar la productividad interna. Ese debe ser el objetivo de la política económica en esta área.

Al igual que prácticamente todos los economistas, considero que el comercio internacional abierto y competitivo es positivo para un país que recorre el camino hacia el desarrollo económico; la protección casi siempre ocasiona más problemas que los que resuelve. Sin embargo, es importante no reclamar demasiado. En un mundo de rápidos cambios tecnológicos, y especialmente con un comercio activo de bienes intermedios, siempre es posible que una industria importante de un país resulte perjudicada por acontecimientos que estén fuera de su control: el ingreso al mercado de un nuevo competidor de menor costo o la aparición de una nueva tecnología que reduce la demanda de un bien intermedio que solía exportarse. No obstante, tanto en la teoría como en la práctica, el compromiso para con el libre comercio sigue siendo la mejor política a mediano y largo plazo. Permítanme repetir: el factor determinante del bienestar económico de un país es su propia productividad, incluso en un mundo de comercio y flujos de capitales activos.

Por último, me gustaría retomar los principios generales que estaba analizando anteriormente, a fin de señalar una forma estratégica más en que se relacionan entre sí. Antes de venir a La Habana, naturalmente traté de aprender un poco sobre la economía cubana. Como casi todas las personas que lo hacen, sentí una profunda admiración por la prolongada y exitosa inversión que Cuba ha realizado en sus recursos humanos. La generalización del alfabetismo y de la educación general y técnica, así como el acceso universal a la atención médica, con su consiguiente reducción impresionante de la mortalidad infantil, son logros motivo de orgullo. Otras naciones de América Latina, por no mencionar Estados Unidos, harían bien en aprender del éxito cubano en estos importantes ámbitos.

El acceso a los servicios de salud y educación son componentes importantes de la red de seguridad que necesita todo país en desarrollo y desarrollado. Ellos sientan las bases de la calidad de vida de cada ciudadano y, por consiguiente, limitan el grado de desigualdad que puede surgir de los riesgos inherentes a toda economía cambiante. Por esta razón, considero que Cuba se encuentra en una posición más favorable que algunos otros países para transitar por el camino de la liberalización y tratar de disfrutar de los beneficios económicos que traen la competencia y la apertura al comercio y la inversión.

La creación de una economía de mercado y su extensión a nuevos bienes y servicios conllevan riesgos. Algunas personas ganarán y otras perderán, no porque algunos sean virtuosos y otros no, sino porque algunos tienen suerte y otros no. Confío en que serán más los que ganen que los que pierdan. De lo contrario, la liberalización sería una mala idea. Una nación como Cuba que ya tiene, y pretende conservar, los componentes más importantes de la red de seguridad puede permitirse más el lujo de aceptar los riesgos de la apertura económica, precisamente porque ya se encuentra protegida contra algunos de los costos sociales que inevitablemente acarrea la liberalización.

Este tipo de trayectoria podría contribuir a preservar y extender el sorprendente progreso que Cuba ha experimentado en su adaptación al shock adverso de los años 1989-1990. De otro modo, es probable que sólo se puedan lograr otros beneficios muy limitados en términos de productividad y nivel de vida. Como persona venida de afuera, no estoy en posición de aventurarme a sugerir cuáles deben ser los próximos pasos. Sin embargo, creo que el objetivo general debe ser eliminar las distorsiones más marcadas que aún persisten y buscar mejorar la eficiencia económica preservando al mismo tiempo, en la medida de lo posible, la tradición cubana en materia de recursos humanos. Ello constituiría una contribución creativa a la práctica del desarrollo económico. La función del análisis económico consiste en entender y facilitar ese proceso.


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