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Integración: ahora o nunca
Edición Nº 61.

Enero - Abril 2001
La Cumbre Suramericana y el desarrollo de una utopía
Juan Mario Vacchino
Director de Desarrollo y Cooperación Regional del SELA

La Cumbre Suramericana y el desarrollo de una utopia

La Cumbre Sudamericana realizada a fines del año pasado en Brasil vuelve a colocar sobre la mesa las modalidades, alcances y persistencia de las instancias de relacionamiento recíproco entre los países de nuestra región. Las diversas interrogantes que giran alrededor de estas reuniones, cada vez más frecuentes, podrían sintetizarse en una disyuntiva de base: ¿La sustancia y el sentido de ellas se agota en las respectivas declaraciones finales, o son auténticos jalones en un camino, desde luego difícil, hacia grados crecientes de integración regional?

The South American Summit and the Development of Utopia

The South American Summit, held in Brazil at the end of last year, brings to the fore once again the modalities, scope and persistence of the different arrangements currently developed within our region. The many and ever more frequent meetings held on this subject give rise to a fundamental question: Does their meaning and substance come to an end with the final declarations issued at the conclusion of such gatherings or are they true strides on the arduous road towards greater regional integration?

Le sommet sud-américain et le développement d’une utopie

Le sommet sud-américain qui s’est tenu à la fin de l’année dernière au Brésil a relancé le débat sur les modalités, la portée et le maintien des instances régissant les interrelations entre les pays de la région. Les diverses questions surgissant de ces réunions, de plus en plus fréquentes, pourraient se résumer à cette simple alternative: leur substance et leur signification se limitent-ils aux déclarations finales qui en découlent ou sont elles de véritables jalons sur la voie, incontestablement difficile, d’une intégration régionale de plus en plus poussée?

A Reunião de Cúpula Sul Americana e o desenvolvimento de uma utopia

A Reunião de Cúpula Sul-Americana realizada no final do ano passado no Brasil, coloca novamente sobre a mesa as modalidades, alcances e persistência das instâncias do relacionamento recíproco estabelecidas pelos países da região. As diversas inquietudes que surgem nessas reuniões, cada vez mais freqüentes, poderiam ser sintetizadas numa disjuntiva básica: A essência e o sentido delas se esgota nas respectivas declarações finais ou são autênticas sacudidas num caminho difícil que vise graus crescentes de integração regional?

 

 

I.         Algunas características de la región suramericana

El territorio de América del Sur supera los 17 millones de Km2, que representan el 85% de toda América Latina y el Caribe y aproximadamente el 45% de todo el continente americano. En América del Sur habitan más de 340 millones de personas, que representan aproximadamente el 67% de América Latina y el Caribe y el 55% de la población total del continente.

Si grande es su territorio e importante su población, no es menos significativa la variedad de climas y riqueza de recursos naturales y sólo en su parte andina se registra la cuarta parte de la biodiversidad del planeta.1 No es extraño, entonces, que en el caso de América del Sur se establezcan juicios positivos en relación a su territorio, población y recursos y que globalmente se pueda esperar un progreso económico y social, que no se vea limitado ni por el exceso de población ni por las limitaciones del territorio o de los recursos naturales.

Sin embargo, por detrás de estas armonías genéricas, asoman muchas características discordantes: por una parte, concentración territorial de la población y grandes espacios poco explotados; marginalización de una parte importante de la población y grandes desniveles de vida y de ingreso entre grupos sociales en cada uno de sus países. Vulnerabilidad, desigualdad y estancamiento son algunas de las condiciones que identifican a los países de la región y que contribuyen a explicar sus rezagos en los aspectos sociales, políticos, económicos y culturales en el escenario mundial.

otra parte, los doce países suramericanos difieren entre sí considerablemente en extensión territorial, número de habitantes y producto por persona.2 Se distinguen también por estar parcelados en diferentes subregiones y esquemas de integración, como la Comunidad Andina de Naciones (CAN) que comprende a cinco de ellos; el Mercado Común del Sur (MERCOSUR), que cuenta con cuatro países y dos países asociados: Chile y Bolivia y, finalmente, Suriname y Guyana, que forman parte de los países de la Comunidad del Caribe (CARICOM).

Entre los muchos remedios aplicados a los males regionales, uno de los más frecuentemente invocados y que mayores expectativas ha generado en las últimas décadas, ha sido la integración regional. Sin embargo, raramente se constituyó en la base de una estrategia destinada a lograr una mejor inserción de los países de la región en el sistema internacional.3

II. Espacios y estrategias de relacionamiento externo de sus países

Acuciados por los desafíos externos y las necesidades internas, los países suramericanos, al igual que los restantes países de la región, han desarrollado diversas estrategias de relacionamiento externo, que involucran a diferentes espacios, en una suerte de círculos concéntricos relacionados, cuyos límites están apenas bosquejados, aunque no por ello deja de advertirse un cierto orden de prioridad y ejes de polarización.

Ellos son: a) Con los países vecinos geográficamente, en la que se podría denominar esfera subregional, suerte de base natural de actuación, como en los casos del MERCOSUR y la CAN, dentro de Suramérica;4 b) Con otros países de América Latina y el Caribe, en esquemas de integración y cooperación, como la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI) y la Asociación de Estados del Caribe (AEC), de consulta y cooperación como el Sistema Económico Latinoamericano (SELA), o en entidades de naturaleza política como el Grupo de Río, que tienen una vocación y un alcance regional;5 c) Con los restantes países del continente, en un espacio en el que se distingue el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), en el ámbito económico-comercial, y organismos como la Organización de Estados Americanos (OEA) en el ámbito político y de la cooperación y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en el financiero; d) Con otros países y regiones de otros continentes, como en las relaciones con la Unión Europea (UE), sea a nivel regional, subregional o de grupos de países (como en el caso de los países iberoamericanos con España y Portugal); y e) Con la comunidad internacional, en el caso de la Organización Mundial de Comercio (OMC), el Fondo Monetario Internacional (FMI) o el Banco Mundial (BM).

A estas múltiples modalidades y combinaciones de relacionamiento externo practicados hasta aquí, se debe agregar una nueva dimensión geográfica y política: la de América del Sur como un todo, que habiendo cobrado impulso recientemente, es objeto de consideración en este trabajo.

III. Antecedentes integracionistas en las décadas de los sesenta-ochenta

Entre las décadas de los sesenta y de los ochenta, los países suramericanos participaron en varios proyectos integracionistas, a nivel regional o subregional, de carácter comercial o de cooperación, en diferentes materias.

De todos ellos, el pionero y de mayor cobertura regional fue la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC), creada en febrero de 1960. Los países del “Cono Sur”, que a la sazón incluía a Argentina, Brasil, Chile y Uruguay, propiciaron establecer una zona de libre comercio, que les permitiera continuar con sus relaciones comerciales bilaterales y adecuarse a la normativa del GATT, que admitía como excepción a la aplicación incondicional de la cláusula de la “nación más favorecida”, la conformación de zonas de libre comercio para lo substancial del comercio recíproco. Esta concepción “minimalista” se impuso a la propuesta surgida de la CEPAL para conformar un mercado regional, que contribuyera a superar las limitaciones que presentaba el proceso de industrialización por la vía de la sustitución de importaciones a escala nacional.6

Es por demás conocida la trayectoria seguida por la ALALC, que cumplió sus objetivos como “paraguas” para la no extensión a terceros países de los beneficios acordados entre ellos; aunque no pudo avanzar en la conformación de una zona de libre comercio más allá de un cierto punto, ni establecer un sistema de tratamiento diferencial satisfactorio entre sus países miembros, No extraña, pues, que conociera un largo estancamiento que se trató de superar tiempo después, con un nuevo acuerdo: el Tratado de Montevideo 1980 y una nueva asociación, la ALADI, integrada por los mismos diez países suramericanos más México, y que acaba de sumar un nuevo miembro con la incorporación de Cuba.

Con la ALADI se procuró establecer un área de preferencias económicas, mediante el empleo de unos pocos mecanismos: una preferencia arancelaria regional gradual y progresiva y la concertación de acuerdos de alcance regional y de alcance parcial, abiertos a la participación de otros países y áreas de integración en la región y con otros países en vías de desarrollo. Sobre sus resultados se podría señalar, en apretado resumen, que en su marco institucional fue surgiendo un entramado, cada vez más denso, de acuerdos de integración comercial entre pares o grupos de países suramericanos y de otras partes de la región y que ello fue posible gracias al “paraguas jurídico” resultante de la “cláusula de habilitación” del GATT, que los exceptuaba de la obligación de extender las ventajas y privilegios negociados a los terceros países.

Como consecuencia de la insatisfacción de los países de mercado insuficiente y de menor desarrollo relativo, nació en 1969 el Grupo Andino, el más ambicioso y complejo esquema de integración intentado en América del Sur. Posteriormente, surgieron esfuerzos de integración y cooperación en materia de infraestructura, con la Cuenca del Plata y el Tratado Amazónico. A partir de mediados de la década de los ochenta, con la progresiva recuperación de la democracia y con la transformación de las relaciones de rivalidad en relaciones de cooperación entre los países de la región, el proceso se aceleró y diversificó con la creación del MERCOSUR, al que se incorporaron Chile y Bolivia como países asociados; la transformación del Grupo Andino en la CAN; el acuerdo sobre la Hidrovía Paraguay-Paraná; el fortalecimiento de la Corporación Andina de Fomento (CAF) a nivel regional y los acuerdos comerciales y de cooperación firmados entre pares de países. Estas diversas modalidades institucionales cobrarían nuevos bríos durante la década de los noventa.

IV. La década de los noventa: éxitos y desafíos

Los países suramericanos, como el resto de la región, iniciaron o acentuaron en la década de los noventa una serie de reformas institucionales de carácter interno y alcance internacional. Entre ellas se destacan, por una parte, el traspaso de empresas del sector público a empresas privadas nacionales e internacionales, que se inició como una modalidad de reducción de la deuda externa y del déficit fiscal, y se transformó en uno de los pilares de las reformas estructurales promovidas en la región. Como consecuencia, se privatizaron una buena parte de empresas públicas en áreas tan diversas como bancos, seguros, telecomunicaciones, aerolíneas, carreteras, puertos, electricidad, servicios sanitarios, petróleo, minería y comercio.

Por otra parte, la apertura al comercio exterior y la desregulación fueron una de las políticas de mayor impacto para el funcionamiento de las economías de la región y para su inserción en los mercados internacionales. La rebaja de los niveles arancelarios y la simplificación de la estructura tarifaria –de manera unilateral– por casi todos los países de la región estuvo acompañada por la eliminación de prohibiciones y restricciones cuantitativas, y condujo a una dinamización tanto de las exportaciones como de las importaciones. Se logró, incluso, en cuanto al comercio intrarregional, recuperar y superar los niveles anteriores a la crisis de la deuda. El crecimiento del comercio intrarregional, que constituye también el indicador más usual sobre el grado de integración alcanzado por cada grupo multinacional, fue particularmente importante tanto en la CAN como en el MERCOSUR. En ambos casos se pudieron establecer zonas de libre comercio y constituir uniones aduaneras imperfectas. Además, se iniciaron negociaciones para establecer una zona de libre comercio entre ambos esquemas.

Los cambios verificados en el comportamiento económico de los países de la región se reflejaron en mayores tasas de crecimiento y menores niveles de inflación. Importantes incrementos de las exportaciones y de la entrada de capitales externos, acompañados con políticas de disminución del déficit fiscal y de estabilización monetaria, contribuyeron a este desempeño, elevando la tasa de crecimiento promedio anual del PIB de la región. Sin embargo, la década de los noventa se cerró para los países suramericanos de manera negativa, como consecuencia de la crisis financiera internacional y el efecto de “contagio” que los afectó, con un brusco descenso de la entrada de capitales, importantes erogaciones al exterior, bajos precios para los productos básicos y crecimiento económico nulo o incluso negativo y sus dosis de desempleo y pobreza.

La crisis de los últimos años de la década pasada alcanzó a los esquemas subregionales de integración, con especial impacto sobre los aspectos comerciales, generando conflictos comerciales y crisis políticas de confianza entre los países asociados, que no ha sido todavía superados totalmente, aunque han surgido señales positivas como consecuencia del mejor desempeño económico reciente en la mayoría de los países suramericanos.7

V. EL ALCSA, idea y proyecto

En contrapunto con el establecimiento del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y la propuesta del gobierno de Estados Unidos para establecer el ALCA, surgió la idea, lanzada por Brasil en 1993, de crear un Área de Libre Comercio Suramericana (ALCSA). Si bien su instrumentación no alcanzó a plasmarse en un proyecto elaborado, con vistas a ser considerado en discusiones formales, al estilo del ALCA, se ha ido avanzando a través de negociaciones parciales entre los países suramericanos.

El punto crucial para el avance hacia el ALCSA lo constituye las negociaciones actualmente en curso entre la Comunidad Andina y el MERCOSUR.8 Según el acuerdo marco para la creación de la zona de libre comercio entre ambos bloques, suscrito el 16 de abril de 1998 en Buenos Aires, hasta el 30 de septiembre de 1998 se desarrollaría una primera etapa consistente en la negociación de un Acuerdo de Preferencias Arancelarias sobre la base del patrimonio histórico negociado en la ALADI, que podría incluir nuevos productos. Una segunda etapa iba del 1º de octubre de 1998 hasta el 31 de diciembre de 1999, durante la cual se perfeccionaría el Acuerdo de Libre Comercio que abarcaría los productos negociados en la referida primera etapa y el resto del universo arancelario y entraría en vigencia el 1º de enero del año 2000.

Diversas complicaciones en el curso de las negociaciones, especialmente en materia del comercio agrícola, obligaron a cambiar su rumbo y se debió pasar a negociaciones parciales.9 En agosto de 1999, Brasil y la CAN suscribieron un Acuerdo de Complementación Económica, como un primer paso hacia la creación de la zona de libre comercio. Con el mismo objetivo, la CAN y Argentina firmaron un acuerdo similar el 29 de junio de 2000.10 En el marco de la Cumbre Suramericana, los Jefes de Estado del MERCOSUR y la Comunidad Andina decidieron iniciar nuevas negociaciones para establecer, antes de enero de 2002, una zona de libre comercio entre ambas agrupaciones.

A diferencia de las negociaciones hemisféricas, las que se desarrollan entre el MERCOSUR y la CAN se basan en mayores afinidades culturales y estructurales, pero con lazos comerciales más débiles. En efecto, en 1996 las exportaciones de los países del MERCOSUR a la CAN representaban solamente un 4,2% de sus exportaciones totales (US $3.200 millones) y las de los países de la CAN al MERCOSUR un 3.5% de las suyas (US $1.500 millones). En 1999, éstas representaban sólo el 2,9% de las exportaciones totales de la CAN.11

En el caso de que la integración suramericana haya avanzado suficientemente para el año 2005, pudiera concebirse que sus miembros se incorporen al ALCA «como miembros de un grupo de integración subregional que negocie como una unidad», en concordancia con la convergencia lograda al respecto. Ello podría redundar favorablemente en el proceso hemisférico en un doble sentido: por una parte, fortalecería la capacidad de negociación conjunta de los países suramericanos; por la otra, simplificaría el proceso de negociación hemisférica en su fase culminante, pues la negociación entre países aislados pudiera ser reemplazada por una negociación entre grandes bloques subregionales.12

VI. La Primera Cumbre Suramericana

Por invitación del presidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso, en el marco de los actos conmemorativos de los 500 años del descubrimiento de Brasil, se celebró en Brasilia, los días 31 de agosto y 1º de septiembre de 2000, la Primera Reunión de Presidentes de América del Sur. Participaron los jefes de Estado de los doce países suramericanos: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Guyana, Paraguay, Perú, Surinam, Uruguay y Venezuela, además de los presidentes del Banco Interamericano de Desarrollo y de la Corporación Andina de Fomento. Entre los observadores estuvieron el gobierno de México y organismos regionales como ALADI, CEPAL, BLADEX, FONPLATA, PARLATINO y SELA.

Por primera vez en casi dos siglos de vida independiente, se produjo esta primera cumbre suramericana. El entonces canciller del país anfitrión, Luiz Felipe Lampreia, hace referencia a dos preguntas que se le habían formulado, después de su convocatoria por Brasil y a las que le asigna un fuerte poder explicativo: “Por qué una reunión de presidentes de América del Sur, ya que existen otros encuentros regulares que congregan los gobiernos de América Latina? ¿Y por qué recién ahora?”, para responder seguidamente, con relación a la primera pregunta, que “Los doce países...comparten un mismo espacio geográfico claramente definido. Prácticamente una isla, ligada al resto del hemisferio por el istmo centroamericano”, lo cual da sentido para que, sin perjuicio de otros entendimientos, las naciones suramericanas se unan para tratar temas e intereses comunes, “resultantes del hecho incontestable de nuestra cercanía física”. Con respecto a la segunda, considera que es recién con la vuelta a la democracia en América del Sur, que se hizo posible la superación de las barreras, animosidades y desconfianzas recíprocas y la convocatoria de esta primera reunión presidencial.13

Como antecedente inmediato se registra, con propósitos similares, la propuesta formulada en el curso de 1999 por el presidente Hugo Banzer, en nombre del gobierno de Bolivia, propiciando la creación de un “Mecanismo de Diálogo y Concertación Política para la Integración Suramericana”, a través del cual se pudieran establecer las condiciones políticas para impulsar y dinamizar la integración entre el MERCOSUR y la CAN. Esta propuesta fue formulada en ocasión de la XVI Cumbre Presidencial del MERCOSUR, celebrada en Asunción y en el marco de las reuniones ordinarias del Consejo Presidencial Andino. Como objetivos específicos del Mecanismo se indicaban: la creación del marco político para promover y consolidar la integración de la región suramericana; la organización de la cooperación en materias de interés común y el desarrollo de acciones conjuntas para proyectar, en el sistema internacional, sus intereses compartidos.

En la práctica, esta propuesta quedó subsumida en la convocatoria realizada por el gobierno de Brasil que se extendió a todos los países suramericanos (incluyendo a Guyana y Suriname), la cual, impulsada, en cierto modo, por “la especificidad geográfica de América del Sur, ha llevado, de modo natural, a la definición de una agenda común de retos y oportunidades”.14

En esta perspectiva, en el “Comunicado de Brasilia”, que recogió los resultados y acuerdos de la Cumbre, se contemplan dos partes principales: una parte introductoria, que incluye las principales definiciones políticas y conceptuales acordadas, seguida por otra, que registra los entendimientos, conclusiones y recomendaciones sobre los diversos temas cuyo tratamiento se podría beneficiar de un enfoque específico de cooperación suramericana.

Entre las aseveraciones de tipo programático acordadas se destacan las siguientes:

1.     La paz, la democracia representativa y la integración constituyen elementos indispensables para garantizar el desarrollo y la seguridad en la región.

2.     La estabilidad política, el crecimiento económico y la promoción de la justicia social, en cada uno de los doce países de América del Sur, dependerán en buena medida de la ampliación y de la profundización de la cooperación y del fortalecimiento y de la expansión de la red de intereses recíprocos.

3.     El compromiso con la integración en América Latina y el Caribe, como meta de política externa incorporada a la propia identidad nacional de los países de la región.

4.     Los procesos de carácter subregional en América del Sur, como el MERCOSUR y sus acuerdos de asociación con Bolivia y Chile, la Comunidad Andina y otros, así como los desarrollados en otras partes de la región, son considerados como los elementos más dinámicos de la integración latinoamericana y caribeña, de modo que articular América del Sur significaría, por lo tanto, fortalecer América Latina y el Caribe. El ejercicio para la conformación de un área de libre comercio de las Américas, también se basa en la consolidación de procesos subregionales.

5.     Las fronteras suramericanas deben dejar de constituir un elemento de aislamiento y separación para tornarse un eslabón de unión para la circulación de bienes y personas, conformándose así un “espacio privilegiado de cooperación”. Integración y desarrollo de la infraestructura física son dos líneas de acción que se complementan y potencian, creándose una dinámica que debe ser incentivada.

6.     La consolidación y la instrumentación de la identidad suramericana contribuirán, también, al fortalecimiento de otros organismos, mecanismos o procesos regionales con un alcance geográfico más amplio, de los cuales forman parte países de América del Sur. Esa visión se aplica, en el ámbito político, especialmente, al Grupo de Río, a la Organización de los Estados Americanos, a las Cumbres de Jefes de Estado y de Gobierno de las Américas o a la Conferencia Iberoamericana, entre otros foros. También se aplica, en el ámbito económico-comercial y de cooperación a la ALADI, al SELA, a las negociaciones para el establecimiento del ALCA, así como para reforzar y complementar los lazos bilaterales y multilaterales con las otras naciones de América Latina y el Caribe, del continente y del mundo.

7.     La cohesión de América del Sur constituye un elemento esencial para determinar, en forma favorable, su inserción en la economía mundial. Los desafíos de la globalización podrán ser mejor enfrentados en la medida en que la región profundice su integración y continúe, de forma cada vez más eficaz, actuando coordinada y solidariamente en el tratamiento de los grandes temas de la agenda económica y social internacional.

8.     El lanzamiento de una nueva ronda multilateral de negociaciones comerciales, que incluya un compromiso claro sobre acceso y liberalización de los mercados agrícolas, así como sobre la eliminación de las distorsiones en dichos mercados y de los subsidios en este campo es prioritaria, como lo es también la inclusión de fórmulas de tratamiento especial y diferenciado que tengan en cuenta las diferencias estructurales y respondan con instrumentos adecuados a las necesidades de los países en desarrollo.

VII. Niveles de acción previstos para construir el espacio suramericano

Si bien el “Comunicado de Brasilia” no fijó un programa completo de acciones, con sus etapas, recursos y modalidades, sí ha proporcionado algunas pautas e instrucciones para los diferentes gobiernos y organizaciones en los cinco temas que conformaron la agenda de la cumbre. Estas pautas e instrucciones, identificadas por los presidentes con criterio pragmático, dejan delineados cinco importantes pilares a utilizar en la construcción del espacio suramericano: la democracia, como fundamento y marco institucional; el comercio, en sentido amplio, como vehículo y medida; la infraestructura de integración, como condición necesaria; la lucha contra el narcotráfico y delitos conexos, como expresión de fortaleza moral, y la información, conocimiento y tecnología, como llaves para una mejor participación en un mundo globalizado.

1. Democracia

Para fortalecer “el compromiso común irrenunciable con la democracia, la paz y la integración”, comprometieron sus esfuerzos para perfeccionar el régimen político y la participación ciudadana en la democracia; reforzar la democracia con la permanente promoción y defensa del estado de derecho, la aplicación eficiente de los principios de la buena gobernanza y el combate a la corrupción, entre otros.

Inspirados en el “compromiso democrático”, formalizado en el MERCOSUR, Bolivia y Chile y en la Comunidad Andina, acordaron que el mantenimiento del estado de derecho y el pleno respeto al régimen democrático en cada uno de los doce países suramericanos, constituía un objetivo y un compromiso compartidos, y una condición para la participación en futuros encuentros suramericanos. Al respecto, se comprometieron a “realizar consultas políticas en caso de amenaza de ruptura del orden democrático”.

Por otra parte, apreciaron que la pobreza y la marginalidad son amenazas para la estabilidad institucional de la región y consideraron necesario la ejecución de programas de acción pública que tengan efectos sobre la desnutrición y el acceso a la educación y servicios de salud básicos, a fin de mejorar los índices de desarrollo humano de cada país; en ese sentido, tomaron nota con satisfacción de la firma de la Carta de Buenos Aires sobre el Compromiso Social del MERCOSUR, Bolivia y Chile, de junio de 2000.

Los gobiernos reforzarán su empeño en la adopción de medidas para combatir la violación de los derechos humanos y su compromiso con el Sistema Interamericano de Protección y Promoción de los Derechos Humanos y su apoyo al ejercicio de reflexión para su perfeccionamiento en el ámbito de la OEA. También expresaron el compromiso de preservar a América del Sur de la propagación del racismo y la discriminación y el reconocimiento de que la Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y Formas Afines de Intolerancia ofrece una oportunidad sin igual para la búsqueda de respuestas adecuadas de la comunidad internacional.

 2. Comercio

En la Cumbre se evaluaron positivamente los avances logrados en los procesos de integración económico-comercial y su disposición para fortalecerlos según los principios del “regionalismo abierto”, a cuyo efecto se fijó como meta la formación de un espacio económico ampliado, propicio para el comercio y la inversión, en América del Sur, que resulte de la articulación entre el MERCOSUR y la Comunidad Andina y entre ambos esquemas, con Chile, Suriname y Guyana. En esta perspectiva, los jefes de Estado del MERCOSUR y la Comunidad Andina decidieron iniciar nuevas negociaciones para establecer, en el plazo más breve posible y antes de enero de 2002, una zona de libre comercio entre ambas agrupaciones, que darán un impulso decisivo al espacio ampliado suramericano basado en la progresiva liberación del comercio de bienes y servicios, facilitación de las inversiones y creación de la infraestructura necesaria.15

También se reafirmó que la formación del espacio ampliado suramericano reforzaría la posición de los países de América del Sur en las diferentes negociaciones en que están empeñados, como el ALCA, con la Unión Europea o en el ámbito de la OMC, que puedan contribuir a su mejor desarrollo socioeconómico e inserción en la economía internacional. Al respecto, sobre las negociaciones hemisféricas se reafirmó el compromiso para concluirlas a más tardar en 2005, sobre bases equitativas y equilibradas y tomando en consideración las diferencias en los niveles de desarrollo y en el tamaño de las economías involucradas, intensificando para ello la coordinación de posiciones negociadoras de los países suramericanos.

3. Infraestructura de integración

En esa materia, los presidentes tomaron nota del Plan de Acción para la integración de la infraestructura regional, que contiene propuestas, con un horizonte de diez años, para la ampliación y modernización de la infraestructura física de América del Sur, en especial en las áreas de energía, transporte y comunicaciones. En el mismo se sugiere la institucionalización de un mecanismo de seguimiento multilateral para el sector.

En esta perspectiva, decidieron instruir a sus gobernadores y representantes en el BID y organismos financieros internacionales para que propongan, cuando se juzgue oportuno, la adopción de las medidas necesarias para la ejecución de las propuestas contenidas en el referido plan, que permitan el desarrollo de ejes de integración para el futuro espacio económico ampliado de América del Sur. La noción de ejes favorece la instrumentación de proyectos de infraestructura dirigidos hacia el desarrollo económico y social sustentable de las regiones involucradas.

Con el objeto de consolidar una visión regional integrada sobre líneas de acción para la ampliación y modernización de la infraestructura en América del Sur, se decidió convocar una reunión ministerial, a realizarse en Uruguay, para examinar fórmulas que estimulen y hagan viable el pleno compromiso y participación de la iniciativa privada en dicho proceso.

4. Drogas ilícitas

Frente a los problemas que plantean las drogas ilícitas y los delitos conexos, se decidió estrechar la cooperación en los campos de la inteligencia, control del tráfico y del desvío de “precursores” químicos, control del tráfico de armas y operaciones policiales. Será instituido un mecanismo formal de consultas regulares entre los órganos responsables por la lucha contra drogas ilícitas y delitos conexos.

También se reiteró el apoyo a la búsqueda de actividades económicas alternativas de carácter sostenible para garantizar ingresos adecuados a la población vinculada a los cultivos ilícitos y se comprometieron a orientar a sus representantes para que examinen fórmulas que faciliten el acceso de productos alternativos, al mercado regional.

5. Información, conocimiento y tecnología

Aceptando la importancia de las relaciones existentes entre la producción de ciencia y tecnología y nivel de desarrollo de las naciones, los presidentes consideraron necesario emprender esfuerzos para implantar una estructura básica de conexión entre la región y y las centrales de INTERNET en el mundo, y de diseminar servicios avanzados de redes en esa estructura básica, así como de estimular la constitución de redes cooperativas de investigación en áreas estratégicas.

El compromiso de aplicar esfuerzos conjuntos al desarrollo de tecnologías básicas capaces de fortalecer una inserción superior de los países suramericanos en la economía internacional, con la incorporación permanente de innovaciones tecnológicas, que eleven el valor agregado de las exportaciones y mejoren la competitividad regional, es una de las mayores prioridades de los gobiernos suramericanos. Teniendo en cuenta la adopción del “Comunicado de Okinawa 2000” se puso de manifiesto el interés por interactuar con los miembros del Grupo de los Ocho, sobre todo en los campos de tecnologías de información y biotecnología.

El país anfitrión anunció el establecimiento de un Fondo Suramericano de estímulo a las actividades de cooperación científica y tecnológica, que favorecerá los contactos entre las comunidades científicas y tecnológicas de los países de América del Sur.

VIII. ¿Hay tiempo para una Suramérica integrada

Aunque muy difícilmente se pueda hablar de la existencia actual de un espacio suramericano ampliado, como no sea como una propuesta conceptual o ideológica, sí es posible advertir la existencia de un proceso de confluencias y articulaciones recíprocas a partir de la existencia de realidades subregionales, con perfiles nítidos, que van constituyendo un entramado de relaciones recíprocas, a los que ya se ha hecho referencia, que pudieran transformarlo en una realidad integrada.

No es demasiado el tiempo disponible para hacer realidad este proyecto, dada la fuerza y la velocidad que vienen adquiriendo los procesos de globalización de las sociedades contemporáneas y de mundialización de la economía. Tampoco se aprecia esta factibilidad, en una cargada y compleja agenda de negociaciones comerciales externas de nuestros países, sea en el ámbito de la OMC o en el hemisférico. En este último, con el cambio de administración estadounidense, pareciera que habrán de surgir nuevas fuerzas de atracción, que tienen por epicentro a Estados Unidos y que se proyecta en el TLCAN, Centroamérica y el Caribe (con su recientemente alcanzada paridad NAFTA, aunque limitada) y en las negociaciones iniciadas individualmente con uno de los países suramericanos, la cual podría continuarse con algún otro, en negociaciones bilaterales y sobre la base del marco normativo del TLCAN.

Sin embargo, como bien se puso de manifiesto durante la cumbre, la única manera que una región en desarrollo tiene de sobrevivir con personalidad y autonomía, es que profundice sus procesos de integración y de cooperación. Y desde luego, no sólo en el plano comercial, sino también en las otras dimensiones del proceso como las inversiones recíprocas, el desarrollo de la infraestructura y la capacidad científica y tecnológica. Si no se consigue que estos proyectos regionales estén un paso adelante, en cuanto a los alcances y a su grado de profundización, no se logrará que la densidad de las relaciones reciprocas de distinto tipo supere a las que los países de la región mantienen tradicionalmente con terceros países.16 Y si así fuere el caso, muy probablemente los mismos quedarán subsumidos en espacios de mayores dimensiones surgidos de los proyectos y acciones de los países y las fuerzas que gobiernan el proceso de globalización.

En el “Comunicado de Brasilia”, según ha quedado señalado, se han individualizado acciones y procesos importantes que podrían jugar un papel desencadenante, como la adopción de la cláusula democrática para el conjunto de América del Sur y la creación de una Zona de Paz Suramericana, el establecimiento en muy corto plazo de una zona de libre comercio entre el MERCOSUR y la CAN, la instrumentación del Plan de Acción para la integración de la infraestructura regional en América del Sur; la creación de redes cooperativas de investigación en áreas estratégicas y otras modalidades de cooperación entre sus países.

Estas modalidades de acción sólo podrán verse plasmadas individualmente y direccionadas en su conjunto si, tal como lo contemplaron los presidentes,17 se le brinda continuidad a las reuniones cumbres y se las proyecta hacia las estructuras gubernamentales mediante la designación de puntos focales que instrumenten los compromisos alcanzados, dentro de la región suramericana y en sus proyecciones hacia el resto de la región latinoamericana y caribeña. Al respecto, cabe tener presente que el espacio suramericano debería ser un eslabón importante en la integración y el desarrollo de América Latina y el Caribe y que para ello sería necesario evitar las posibles incongruencias o superposiciones entre los compromisos contraídos en los diferentes ámbitos de actuación, que suelen transformarse en obstáculos para que los países puedan cumplir plenamente los compromisos que asumen sucesivamente.

Tampoco se trataría de generar nuevas instituciones, instancias o medios de acción, sino de aprovechar los existentes. En esta perspectiva, el SELA, en coordinación con otras instituciones e instancias de la región, podría desempeñar el papel de foro donde se intercambien experiencias y se identifiquen modalidades e instrumentos de articulación y convergencia, al menos en lo que atañe a las relaciones entre las subregiones sudamericanas con las otras subregiones que forman parte del vasto espacio latinoamericano y caribeño.18

Notas

1.   Conforme al primer taller regional sobre bio-seguridad, realizado en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, organizado por la Secretaría General de la CAN, en enero de 2001.

2. Las diferencias extremas se registran, especialmente, entre Suriname y Guyana, por un lado y Brasil o Argentina por el otro:   Brasil tiene 8,5 millones de km2, 164 millones de habitantes y un producto por persona de 3.200 dólares y Argentina posee 3,76 millones de km2, 36 millones de habitantes y un producto por persona de 6.400 dólares, mientras Suriname tiene 163 mil kms2., 415 mil habitantes y un producto por persona de 760 dólares y Guyana posee 176 mil kms2,  787 mil habitantes  y un producto por persona de 743 dólares (Véase “Claves de América Latina y el Caribe”, año 1999, versión en sitio web del SELA).

3. Véase el documento “La inserción de América Latina y el Caribe en el proceso de globalización de la economía mundial” (SELA/SP/XXVI.0/DT Nº 8, OCTUBRE DE 2000), donde se analizan las modalidades de inserción de la región y los escenarios posibles para definir una estrategia futura, considerando a la inserción en la economía mundial y a la integración en la región como procesos complementarios.

4. Otras iniciativas, a nivel de la infraestructura física, son los Tratados de la Cuenca del Plata y  de Cooperación Amazónica.

5. Sin ese alcance regional se encuentra el Grupo de los Tres, suscrito por dos países suramericanos vecinos como Colombia y Venezuela, con México, con el que no tienen continuidad geográfica.

6. El Tratado fue firmado en Montevideo, inicialmente por Argentina, Brasil, Chile, Paraguay, Perú y Uruguay, pero superando los límites suramericanos al ser suscrito también por México. En forma casi inmediata se adhirieron Colombia y Ecuador y bastante después Bolivia y  Venezuela.

7. Se han examinado estas relaciones y perspectivas en nuestros trabajos: “Globalización, inserción, integración: tres grandes desafíos para la región” (SELA, SP/Di Nº 8-2000” y “Retos en el nuevo siglo: inserción internacional e integración regional en un escenario de globalización”, Revista Capítulos del SELA Nº 60, septiembre-diciembre 2000.

8. Sebastián Alegrett, Secretario General de la CAN, en una reciente entrevista de prensa (“CAN y MERCOSUR. La nueva dimensión de la integración regional” califica a la “convergencia entre la CAN y el MERCOSUR   -como la clave de la integración sudamericana”.

9. En las negociaciones entre ambas agrupaciones, las principales dificultades surgieron a propósito del acuerdo normativo de la CAN para proteger los productos agrícolas, en la que los países del MERCOSUR son altamente competitivos y los distintos regímenes para la solución de controversias, que en la CAN consta de  un órgano supranacional –el Tribunal Andino de Justicia– y en el MERCOSUR es apenas un mecanismo ad-hoc.

10. El  acuerdo comprende 2.608 partidas arancelarias que, en términos de comercio,  representan alrededor del 92% del total exportado por los países andinos a Argentina. (Véase al respecto el sitio web de la Comunidad Andina).

11. Véase “Guía de la Integración de América Latina y el Caribe-1999” (versión electrónica en el sitio web del SELA).

12. Véase op cit.,  nota anterior.

13   Véase Luiz Felipe Lampreia: “La Cumbre de América del Sur y Brasil”, en Venezuela Analítica, 23 de enero de 2001.

14. Véase Luiz Felipe de Seixas Corrêa, Secretario-General de Relaciones Exteriores de Brasil, en “Correio braziliense”, 22 de agosto de 2000, quien, desde la perspectiva brasileña, señala  que “en un período muy reducido de tiempo..., a partir de la formación del MERCOSUR y de la profundización de los vínculos de Brasil con los demás países del continente, fue adquiriendo sentido y contenido el concepto de América del Sur, que no figuraba en la agenda diplomática...(que) condiciona una verdadera redefinición de nuestra actuación internacional”, agregando que, “la consolidación del concepto de América del Sur será, por lo tanto, una contribución de carácter inédito al proceso de integración latinoamericana y caribeña” (Ver  www.mre.gov.br/ projeto/mreweb/espanhol/discursos).

15. El proceso de convergencia entre la   CAN y el MERCOSUR debería afirmarse en la consolidación y profundización del proceso de integración en cada uno de ellos y  verificarse a través de una creciente articulación y rápida convergencia entre ambos esquemas.

16. Véase un análisis de las condiciones que definen a un conjunto integrado en Juan Mario Vacchino y Telasco Pulgar: “Articulación de acuerdos de integración y la Comunidad Latinoamericana de Naciones” (SELA/SP/DD/IICSLA/Di Nº 1, abril de 1998).

17. Los presidentes decidieron, al efecto, instruir a sus respectivos ministros de Relaciones Exteriores para designar, en coordinación con las áreas competentes, puntos focales para la puesta en marcha de los compromisos contenidos en el “Comunicado de Brasilia”, lo cual debería instrumentarse en el menor plazo posible.

18.  Acerca de los alcances, funciones y posibilidades de acción del SELA, véanse las ponencias de todos sus Secretarios que se incluyen en la Revista Capítulos Nº 60, Septiembre-Diciembre 2000”,  dedicada a los “25 años del SELA: un balance”.



 


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