Integración: ahora o nunca
Edición Nº 61.
Enero - Abril 2001
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La globalización y la agenda del
desarrollo |
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José Antonio Ocampo
Secretario Ejecutivo de la CEPAL |
La globalización y la agenda del desarrollo
El mundo en desarrollo no ha logrado aún los beneficios altas tasas de crecimiento
económico, principalmente que esperaba como recompensa por la aplicación de los
severos planes de ajuste económico emprendidos desde la década de los setenta. Pero este
hecho de acuerdo a la visión del Secretario General de la CEPAL- ha generado
también un debate que seguramente servirá para enriquecer las propuestas a favor de una
nueva agenda para el desarrollo con la cual todos los habitantes del mundo puedan
beneficiarse de la globalización.
Globalization and the Development Agenda
The developing world has not obtained as yet the benefits mainly, high economic
growth rates it expected as a reward for the strict economic adjustment policies it
has adopted since the seventies. However, in the opinion of ECLACs Secretary
General, this fact has also given rise to a debate that will surely enrich the proposals
in favor of a new development agenda that may allow all peoples of the world to benefit
from globalization.
La globalisation et lagenda du développement
Le monde en développement na pas encore obtenu les bénéfices escomptés de
lapplication de rigoureux plans dajustement économique à partir des années
soixante qui pariaient notamment sur la hausse des taux de croissance économique. Aux
yeux du Secrétaire général de la CEPAL, ceci a toutefois donné naissance à un débat
qui contribuera sans aucun doute à enrichir les propositions en faveur dun nouvel
agenda du développement permettant aux habitants de la planète de tirer parti de la
globalisation.
A globalização e a agenda do desenvolvimento
O mundo em desenvolvimento ainda não conseguiu benefícios como altas taxas de
crescimento econômico, principalmente, que esperava como recompensa pela aplicação dos
estritos planos de ajuste econômico empreendidos desde a década de setenta. Entretanto,
este tema de acordo com a visão do Secretário Geral da CEPAL tem
criado um debate que servirá certamente para enriquecer as propostas a favor de uma nova
agenda para o desenvolvimento com o qual todos os habitantes do mundo poderão
beneficiar-se da globalização.
La liberalización económica fue presentada al mundo del desarrollo como la respuesta a
estrategias ineficientes asociadas a la protección comercial, a los altos niveles de
intervención estatal y a la captación de rentas (rent seeking) por parte de los agentes
económicos. Fue presentada también como la forma de aprovechar plenamente las
oportunidades que ofrecía la globalización. Esta visión representó un cambio
significativo frente a la idea que sirvió de base a las estrategias de desarrollo durante
varias décadas, según la cual la industrialización tardía exigía una
amplia intervención del Estado. El Consenso de Washington fue uno de los mejores
resúmenes de esta agenda de reformas, aunque por cierto no representaba las versiones
más radicales, que reclamaban un Estado minimalista (Williamson, 1997). Igualmente, fue
una manifestación del optimismo que despertaba la agenda de reformas hace una década.
En los últimos años se ha producido un intenso cuestionamiento acerca de la sabiduría
de esta visión. Es probable que la crisis asiática haya sido su peor revés, al hacer
patente que la liberación financiera puede ser fuente de una profunda inestabilidad
macroeconómica cuando no está acompañada de un marco institucional apropiado. La fuerte
reacción de la sociedad civil global a partir de Seattle revela que la globalización
misma está siendo cuestionada, lo que refleja básicamente el descontento existente en el
mundo industrializado. En los países en desarrollo, la desilusión con las reformas es
creciente, pero sus manifestaciones políticas son menos organizadas y su agenda está
todavía por definir.
En términos más generales, la insatisfacción con los resultados de las reformas es cada
vez mayor. El comercio y la inversión extranjera directa han crecido notablemente, pero
la tierra prometida de altas tasas de crecimiento se percibe cada vez más
como un espejismo. En América Latina, la región en donde más se ha avanzado en el
proceso de reformas, el crecimiento de los años noventa fue tan solo de un 3.2% anual,
ritmo significativamente inferior a las cifras registradas durante las tres décadas de
industrialización liderada por el Estado, entre los años cincuenta y setenta (5.5% por
año). El desempeño del África subsahariana y, en general, de los países menos
desarrollado, sigue siendo muy insuficiente. Varias de las economías en transición
mantienen niveles de actividad económica inferiores a los registrados antes de la
gran eclosión. La mayor parte de las economías asiáticas afectadas por la
crisis ya se han recuperado, pero aún tienen que enfrentar las repercusiones de las
crisis financieras. Las excepciones más notables son, como es obvio, China e India, que
no figuran en todo caso entre las economías con mayores niveles de reforma. Incluso en el
mundo industrializado el crecimiento de los años noventa fue muy inferior al de la
edad de oro (1950 a 1973); los Estados Unidos alcanzaron las tasas de
crecimiento que caracterizaron dicho período, pero sólo en la segunda mitad de la
década.
Por otra parte, las tensiones distributivas son agudas y es probable que estén
aumentando. Las disparidades de ingreso entre los países desarrollados y los menos
desarrollados siguen acentuándose (PNUD, 1999). La distribución del ingreso se ha
deteriorado en un gran número de países, tanto desarrollados como en desarrollo. De
acuerdo con el cálculo existente, el 57% de la población mundial vive en países cuya
distribución del ingreso se ha deteriorado, frente a sólo un 16% en aquellos en que ha
mejorado, mientras en los demás no se observa ninguna tendencia definida (Cornia, 1999).
El aumento de los diferenciales de ingreso en función del grado de calificación de la
mano de obra es un fenómeno de alcance mundial, aunque sus explicaciones alternativas
la liberalización del comercio, tendencias tecnológicas o el debilitamiento
obedecen, al menos en parte, a la asimetría que existe entre la movilidad internacional
de algunos factores de producción (el capital, la mano de obra altamente calificada) y
las restricciones a la movilidad de otro (mano calificada), así como a la creciente
dificultad de los gobiernos para proporcionar instrumentos eficaces de protección social
(Rodrik, 1997).
Estos hechos y el descontento que provocan han dado origen, a su vez, a un debate
positivo, que seguramente enriquecerá la agenda del desarrollo. En efecto, en los
últimos años, este debate ha adquirido un carácter algo más pluralista, del cual
empiezan a surgir nuevas visiones del desarrollo. Nuevo énfasis entre otros en la
importancia del desarrollo institucional, en las redes de protección social, en el
sentido de pertenencia (ownership) de las políticas de desarrollo han
penetrado con fuerza en el debate internacional. ¿Significa esto que la agenda de
desarrollo está cambiando? Es posible, pero aún no es evidente. En muchos casos, los
nuevos conceptos y énfasis son simplemente añadidos a lo que sigue siendo esencialmente
la misma agenda de los últimos años, en una concepción lineal según la cual se van
agregando nuevas generaciones de reformas a los que se consideran buenos cimientos. En las
condiciones menos favorables, son exclusivamente nuevos ropajes para las mismas ideas. Los
mercados y, en particular, los mercados financieros no han internalizado realmente la
necesidad de una nueva agenda de desarrollo y en esencia siguen reclamando una mayor
liberalización, tanto a nivel nacional como mundial, es decir simple y llanamente más
reformas de primera generación. Esta sigue siendo la fuerza dominante en un mundo en el
cual la capacidad de acción de los gobiernos nacionales se ha debilitado y hay tan sólo
una transición precaria hacia políticas globales.
En el presente ensayo se resume algunas de las reflexiones más importantes en las que se
fundamentan las propuestas a favor de una agenda de desarrollo2 . Dos temas
transversales que permean la literatura existente deben resaltarse desde un comienzo. El
primero es el llamado a un nuevo equilibrio entre el mercado y el interés público. Este
llamado no debe ser visto como contrario al mercado, ya que las acciones a favor de la
provisión de bienes públicos, de completar mercados, de ayudar a que los mercados no
competitivos funcionen adecuadamente, de explotar las externalidades positivas y evitar
las negativas, o de garantizar una participación equitativa en los frutos del desarrollo,
pueden operar, a través de diferentes canales económicos, sociales y políticos, como
poderosos mecanismos en beneficio del mercado.
Si se aplica correctamente, una política activa de este tipo será más amistosa
con el mercado que los enfoques alternativos que tendieron a predominar durante la
primera ola de reformas.
El segundo tema es que las políticas públicas deben ser entendidas como toda forma de
acción organizada a favor de objetivos de interés común, más que exclusivamente como
acciones estatales. Este concepto es consistente con el llamado a abrir nuevas
oportunidades para la participación de la sociedad civil y con la necesidad de superar la
crisis del Estado que afecta al mundo en desarrollo y, en realidad, al mundo entero. Busca
corregir tanto las fallas del mercado como las fallas del gobierno y, más en general,
busca construir y reconstruir instituciones (o, en la terminología de la nueva literatura
institucional, instituciones y organizaciones), sin duda una de las tareas más complejas
que enfrentan las economías en desarrollo y en transición hoy e, incluso, la tarea más
urgente y aún insuficientemente abordada en el proceso de construir un mejor orden
internacional.
I. Una globalización más
equilibrada con verdadero respeto por la diversidad
La necesidad de civilizar la
economía global (Helleiner, 2000) o, como se expresó en la Declaración del Milenio de
las Naciones Unidas, de conseguir que la mundialización se convierta en una fuerza
positiva para todos los habitantes del mundo (Naciones Unidas, 2000) es, sin dudas,
el tema más importante. Aunque la globalización responde a procesos tecnológicos y
económicos dinámicos, no cabe duda de que puede ser moldeada. De hecho, la forma que ha
ido adoptando ha estado determinada, en gran medida, por decisiones explícitas de
política.
En este sentido, el rasgo más preocupante es el carácter incompleto e incluso
desequilibrado del actual proceso de globalización y de la agenda internacional de
políticas que lo acompaña, que reproduce antiguas asimetrías de la economía mundial y
crea otras nuevas. Hay cuatro aspectos que predominan en la actual agenda: el libre
comercio, los derechos de propiedad intelectual, la protección de las inversiones y la
liberalización financiera y de la cuenta de capital. A esta última se le han impuesto
ciertas condiciones adicionales a raíz de las crisis más recientes: debe realizarse
siguiendo una secuencia adecuada, y se debe otorgar prioridad a los flujos plazo y al
desarrollo institucional. Más aún, en el ámbito del comercio, la liberalización es
incompleta y asimétrica: los productos sensibles de gran interés para los países en
desarrollo están sujetos a los mayores niveles de protección en el mundo
industrializado.
Por el contrario, otros aspectos han sido claramente marginados de la agenda actual: la
movilidad de la mano de obra; las normas internacionales sobre tributación, especialmente
sobre el capital, esenciales para garantizar la tributación adecuada de este factor de
alta movilidad; la formulación de normas auténticamente internacionales sobre
competencia y códigos de conducta aplicables a las empresas multinacionales, y el
financiamiento compensatorio para asegurar la incorporación de aquellos países y grupos
sociales que tienden a quedar rezagados en el proceso de globalización.
Lo anterior refleja, a su vez, la asimetría más importante: la rápida globalización de
(algunos) mercados y la notoria ausencia de una verdadera agenda social internacional.
Esta última se limita a la definición de principios internacionales comunes (en cumbres
de las Naciones Unidas) y a una incipiente legislación internacional. La reducción de la
asistencia oficial para el desarrollo es la demostración más evidente de la falta de un
adecuado compromiso con una agenda social auténticamente internacional, al igual que la
creciente condicionalidad que caracteriza el apoyo financiero internacional en general.
En términos más amplios, se reconoce cada vez más que la globalización ha hecho más
evidente la necesidad de proporcionar ciertos bienes públicos globales (políticos,
sociales, económicos y ambientales), en vista de que muchos bienes públicos que antes
eran nacionales (y, mucho antes, locales) han ido transformándose en bienes públicos
globales (Kaul Grunberg y Stern, 1999). Sin embargo, hay un indiscutible contraste entre
el reconocimiento de este hecho y la debilidad de las estructuras internacionales
destinadas a proporcionar este tipo de bienes y los fondos que se les asignan para cumplir
esta función.
Estas asimetrías reflejan los rasgos fundamentales de la política y la economía
política del mundo actual. Pero también refleja la desorganización de los actores,
particularmente de los países en desarrollo, en los debates internacionales. Este
comportamiento no sólo está vinculado al debilitamiento de los mecanismos históricos de
acción concertada entre los países en desarrollo (entre otros, el Grupo de los 77), sino
también a la competencia de políticas que ha generado la globalización misma: el
incentivo a que cada uno de los países se muestre individualmente como el más atractivo
para las inversiones, en una época de movilidad del capital y de creciente producción
susceptible de relocalización. Por lo tanto, las asimetrías en las relaciones mundiales
de poder y el alto costo de establecer coaliciones internacionales para compensarla han
adquirido cada vez mayor importancia.
La situación se ve indudablemente afectada por un elemento de política y economía
política: la resistencia de la mayoría de los países a ceder su soberanía económica a
las organizaciones internacionales. Bajo las vigorosas fuerzas del mercado que
caracterizan a la globalización y tienden a debilitar a los Estados-nación, y los
procesos unilaterales de la liberalización emprendidos simultáneamente por los países,
las regulaciones gubernamentales se han debilitado en el mundo entero. Para muchos
analistas esto constituye un adelanto, pero también es una fuerte de graves distorsiones
y riesgos, sobre todo, aunque no exclusivamente, en el ámbito financiero. Además, si
bien el regionalismo abierto es uno de los rasgos característicos de la globalización y
en muchas regiones del mundo en desarrollo (entre otras América Latina y el sureste de
Asia) se han desplegado grandes esfuerzos de integración, éstos no se han traducido en
fuertes coaliciones entre países en desarrollo. De hecho, fuera de la Unión Europea, los
países no están dispuestos a ceder su soberanía ni a organizaciones regionales (y en la
Unión Europea sólo en forma limitada)
Estas características de la política y de la economía política tienen importantes
consecuencias para la reforma internacional. La más evidente es que los esfuerzos por
lograr una reforma sustantiva serán débiles, lo que posiblemente impedirá responder a
la necesidad de una globalización equilibrada y una mejor gobernabilidad mundial.
Además, hace más difícil un proceso equilibrado de negociación y podría conducir a
que se subestime o ignoren por completo los intereses de algunos actores. La falta de
instituciones auténticamente internacionales también implica que las instituciones que
se han creado en el pasado a nivel nacional no existirían a nivel global o sólo tendrán
funciones muy limitadas.
Una última y crucial consecuencia de lo anterior es que ninguna arquitectura
internacional es neutra en términos de equilibrio en las relaciones internacionales. En
este sentido, un sistema internacional que dependa de unas pocas instituciones de alcance
mundial será menos equilibrado que un sistema basado en una red de instituciones
regionales y la posición de los países con muy escaso poder en el ámbito internacional
mejoraría si participaran activamente en los esquemas regionales. De hecho, estos
esquemas pueden ofrecer un grado de autonomía y de apoyo mutuo que los países no podrán
alcanzar en forma aislada. Por consiguiente, el orden internacional debe ofrecer un amplio
espacio para el funcionamiento de instituciones regionales fuertes, evidentemente
respetuosas de un orden global basado en reglas claras (es decir, un sistema de
regionalismo abierto, para utilizar un término proveniente de la literatura
sobre integración económica). Efectivamente, las instituciones regionales pueden ser el
mejor conducto para llevar a cabo el proceso de estructurar gradualmente un mejor orden
internacional.
II. Una visión
amplia de la estabilidad macroeconómica y el papel de las políticas anticíclicas
El concepto de
estabilidad macroeconómica experimentó mutaciones importantes en el discurso económico
en las dos últimas décadas. En el período de posguerra, dominado por el pensamiento
keynesiano, este concepto se definía fundamentalmente como empleo y crecimiento
económico estable, indudablemente acompañado de una baja inflación y cuentas externas
sostenibles. Sin embargo, con el paso del tiempo el equilibrio externo y la estabilidad de
los precios pasaron al primer plano, mientras el énfasis del keynesiano en la actividad
real perdía importancia en el discurso e incluso tendía a desaparecerse.
La consistencia que debe caracterizar a las políticas macroeconómicas debería apuntar a
una definición amplia de estabilidad, en la que se tenga presente que no hay una
correlación simple entre sus posibles definiciones y que pueden existir, por lo tanto,
significativas disyuntivas de política. En esta materia, hay dos lecciones
particularmente importantes. La primera es que la inestabilidad real tiene un costo muy
elevado. Por este motivo, un concepto limitado de estabilización basada en un objetivo
inflacionario puede tener un impacto tan negativo como las antiguas prácticas
macroeconómicas en las que se subestimaba el costo de la inflación. Las recesiones
provocan una gran pérdida de recursos, que puede tener efectos prolongados, entre otros
una pérdida irreversible de activos empresariales, tanto tangibles como intangibles
(conocimientos tecnológicos y organizacionales tácticos, contactos comerciales, capital
social acumulado y reputación de la empresa); una pérdida permanente del capital humano
de los desempleados o subempleados, y una deserción escolar definitiva. La volatilidad
del crecimiento genera una alta subutilización promedio de la capacidad productiva
instalada, (Ffrench-Davis, 1999). La incertidumbre que produce la inestabilidad de las
tasas de crecimiento puede tener, así, efectos más severos sobre la acumulación de
capital que una inflación moderada. De hecho, tal incertidumbre acentúa las estrategias
microeconómicas defensivas (es decir, aquellas orientadas a proteger los activos de las
empresas frente a un ambiente poco amigable) en vez de las estrategias ofensivas, que
conducen a altos niveles de inversión y de cambio tecnológico.
La segunda lección indica que los déficit del sector privado tienen un costo tan alto
como los desequilibrios del sector público. Aún más, los balances de los agentes
privados con un alto nivel de riesgo pueden ser tan nocivos como el desequilibrio de los
flujos. En las economías liberalizadas desde el punto de vista financiero, los dos pueden
interactuar en forma no lineal con choques que afecten la cuenta de capitales. La falta de
una regulación y una supervisión prudenciales estrictas en los países, característica
de las primeras etapas de la liberalización financiera, es un factor muy importante pero
evidentemente no es lo único. Los ciclos de auge y colapso son inherentes al
funcionamiento de los mercados financieros. La expansión del gasto privado y los balances
con un alto nivel de riesgo tienden a acumularse en los periodos de euforia financiera,
dando origen a crisis cuando las condiciones excepcionales desaparecen. En la etapa de
euforia se suele subestimar la posible inconsistencia intertemporal del gasto corriente y
de las estructuras de financiamiento. Cuando las crisis involucran descalabros financieros
tienen un costo extremadamente alto. La pérdida de activos puede implicar la pérdida de
capital acumulado durante varios años. Para evitar una crisis sistémica, puede ser
inevitable una socialización, bien sea parcial o significativa, de las pérdidas, pero
ello afecta el desempeño fiscal ( o cuasifiscal ) futuro. La recuperación de la
confianza en el sistema financiero es un proceso lento y el sector financiero mismo
incrementa su aversión al riesgo, reduciendo su capacidad para desempeñar sus funciones
económicas fundamentales.
Estas dos lecciones están estrechamente vinculadas, ya que los ciclos de auge y colapso
financiero han sido la fuente predominante de los ciclos económicos en los países en
desarrollo. Por consiguiente, la principal función de la política macroeconómica es el
control de éstos con herramientas anticíclicas apropiadas. La experiencia de los países
en desarrollo demuestra que el control de la volatilidad exige una combinación de tres
conjuntos de políticas, cuya importancia relativa varía de acuerdo con las
características estructurales y la tradición de políticas macroeconómicas de cada
país (Ocampo, 2000). El primero de ellos está integrado por políticas macroeconómicas
fiscales, monetarias y cambiarias consistentes y flexibles, destinadas a
evitar que los agentes públicos o privados acumulen deudas cuantiosas, y a que se
produzcan desequilibrios en los precios macroeconómicos de mayor influencia ( el tipo de
cambio y las tasas de interés) y en el precio de los activos fijos y financieros. El
segundo es un estricto sistema de regulación y supervisión prudenciales, con una clara
orientación anticíclica. Esto significa que en los períodos de euforia financiera se
deben aplicar normas más estrictas de regulación y supervisión financieras, para
contrarrestar los riesgos cada vez mayores en que incurren los intermediarios financieros.
El tercer elemento es una política de pasivos destinada a asegurar que se mantenga un
perfil adecuado de vencimientos de las deudas interna y externa de los sectores público y
privado. Las normas prudenciales sobre la cuenta de capital, es decir las aplicadas en
períodos de euforia para evitar el endeudamiento excesivo, pueden jugar un papel esencial
como política de pasivos, fomentando los flujos de largo plazo, y como instrumento que
proporciona una mayor libertad para adoptar políticas monetarias anticíclicas.
Nota
1.
Aunque la literatura sobre el tema es extensa, las referencias se han
limitado a un mínimo.
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