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Integración: ahora o nunca
Edición Nº 61.

Enero - Abril 2001
Integración: ahora o nunca
Otto Boye
Secretario Permanente del SELA



Integración: ahora o nunca


Desde que asumió en diciembre de 1999 el cargo como Secretario Permanente del SELA, el Embajador Otto Boye ha venido llamando la atención, en todas las tribunas donde le ha sido posible, sobre uno de los mayores desafíos que enfrenta América Latina y el Caribe, como lo es la integración. Sostiene que después de dos siglos de haber sido proclamada esta idea y de haberse acumulado discursos, estudios y algunas experiencias en la materia, ha llegado el momento, dadas las condiciones que impone la globalización, en que se deban tomar decisiones perentorias o se habrá perdido para siempre la oportunidad de hacerlo.

Integration: Now or Never

Ever since he assumed office as SELA’a Permanent Secretary in 1999, Ambassador Otto Boye has been calling attention, in all possible fora, on one of the major challenges faced by Latin America and the Caribbean: integration. He has argued that two centuries after this idea was proclaimed and following many speeches, studies and some experience on this matter, and in view of the conditions imposed by globalization, the time has come to take decisive action or we will lose for ever the opportunity to do so.

Intégration: maintenant ou jamais

Depuis qu’il a assumé ses fonctions de Secrétaire permanent du SELA en décembre 1999, S.E. M. Otto Boye n’a cessé d’attirer l’attention, à toutes les tribunes où cela lui a été possible, sur l’un des principaux défis qui se posent à l’Amérique latine et aux Caraïbes: l’intégration. Soulignant que cette idée a été proclamée il y a deux siècles et que les discours, les études et certaines expériences en la matière n’ont cessé de s’accumuler depuis lors, il estime que, compte tenu des conditions imposées par la globalisation, l’heure est venue des décisions urgentes sous peine de perdre à jamais toute possibilité d’y parvenir.

Integração: agora ou nunca

Desde que assumiu o cargo de Secretário Permanente do SELA, em dezembro de 1999, o embaixador Otto Boye tem destacado em todas as tribunas possíveis um dos maiores desafios que a América Latina e o Caribe enfrentam: a integração. Afirma que após dois séculos do surgimento desta idéia e de inúmeros discursos, estudos e algumas experiências na matéria, chegou o momento, de acordo com as condições impostas pela globalização, de tomar decisões peremptórias senão se perderá para sempre a oportunidade de fazê-lo.

Intervención hecha en el III Encuentro Internacional de Economistas sobre Globalización y Problemas del Desarrollo realizado en La Habana, Cuba, entre el 29 de enero y el 2 de febrero de 2001.

 

Hablo por segunda vez en este útil foro que permite clarificar tantos aspectos del complejo mundo en el cual estamos viviendo. Lo hago tras un año de gestión al frente del Sistema Económico Latinoamericano (SELA) y después de innumerables contactos y diálogos con expertos y autoridades responsables del destino de nuestros pueblos. He escuchado y aprendido mucho, logrando hacerme un cuadro bastante completo de las diversas energías y corrientes que se mueven en la superficie y en lo profundo de nuestra existencia.

Percibo así algunos hechos sustantivos a los cuales deseo referirme en esta oportunidad que agradezco. Aluden a la globalización, al llamado "modelo único" y a la integración de América Latina y el Caribe.

I. La globalización

Antes que nada, algo sobre globalización: se la siente en la piel, es cierto; se la teme, también es cierto; pero se la comienza a mirar con ojos más abiertos y dispuestos a hacer algo para no cosechar la peor parte de sus frutos. Es mi primera percepción y es esperanzadora.

Comencemos, en todo caso, comprobando que no hemos comprendido todavía cabalmente el fenómeno de la globalización. Caemos fácilmente en la trampa de utilizar el término para referirnos a asuntos dispares, introduciendo, como no podía ser de otra manera, graves confusiones y malos entendidos. Tenemos, por una parte, la realidad de la globalización que pudiera definirse como la importancia de hechos y tendencias que rebasan los espacios nacionales y crean nuevas relaciones e interdependencias entre los estados. Esta realidad tiene múltiples causas que han sido resaltadas, con mayor o menor énfasis, por diversos analistas y observadores.

Los avances tecnológicos, particularmente en transporte y comunicaciones, las exigencias que crea el propio crecimiento de las economías nacionales, las migraciones, los efectos de la actividad económica sobre el ambiente y espacios geográficos compartidos, los mayores intercambios culturales y las fuerzas de la competencia son sólo algunos de estos factores.

Por otra parte, tenemos las acciones humanas que acompañan a las tendencias de globalización. Las nuevas tendencias que crea la realidad de la globalización genera hechos que inciden en las sociedades nacionales y en las relaciones entre ellas. La respuesta ante ellos también se ha denominado "globalización". Y es esto lo que puede dar lugar a malos entendidos.

Las normas convencionales o legales para lidiar con las consecuencias de la globalización, o para canalizarlas, pueden adoptar formas diversas. Una de ellas, tal vez la de mayor alcance concreto para todas las naciones del planeta y, por ello mismo, quizá la más emblemática, ha llevado ya a la creación de regímenes legales e instituciones como la Organización Mundial de Comercio (OMC). Se trata al menos de un mecanismo que quisiera canalizar y hasta domesticar las consecuencias de la globalización.

Hay actitudes deterministas frente a la globalización. Se expresa en aquellos que tienden a aceptarla simplemente como una fatalidad inmodificable. Tal es el caso, por ejemplo, de quienes se limitan a observar impávidos cómo las nuevas formas de producción llevan a un aumento pronunciado del desempleo y a la marginación de varios sectores productivos e, incluso, de economías o regiones enteras.

Cuando las fuerzas de la globalización adquirieron tal magnitud que se hacía imposible negar su realidad, hubo quienes las saludaron como algo inevitable y como una muestra del progreso de la humanidad ante las cuales la única actitud posible era adaptarse. La globalización era una especie de nueva mano invisible de alcance mundial que nos llevaría a todos a la concordia y la modernidad. Si algo había que hacer era desmantelar los residuos de una época anterior que significaban resistencias a esas fuerzas, tales como las regulaciones estatales, y las actitudes que no fueran amistosas con ellas, particularmente con el predominio omnipresente de las leyes del mercado.

Curiosamente fueron estos primeros entusiastas de la globalización quienes afianzaron el establecimiento de normas e instituciones que aseguraran su funcionamiento, como si no estuvieran totalmente seguros de la inevitabilidad que proclamaban.

Con el tiempo se fue haciendo claro que las nuevas tendencias no eran únicamente virtuosas. También podían ser viciosas o perversas. En efecto, tenían a lo menos efectos secundarios que podían incidir negativamente en las relaciones sociales e internacionales y en la vida de amplios sectores de la población mundial. No sólo en lo económico, sino también en lo social, en lo político y en lo cultural. En vista de ello, quienes cobraron conciencia de estos aspectos negativos se presentaron como adversarios de la globalización sin frenos y propusieron que se adoptaran medidas para detenerla o canalizarla.

Hoy se ha llegado a cierto consenso en el sentido de que la realidad de la globalización tiene algunas consecuencias positivas y otras negativas y que es necesario canalizar unas y otras para aprovechar las ventajas y disminuir las desventajas. Es por ello que se puede tener una percepción esperanzada al respecto.

Subsiste, sin embargo, un problema que no es de menor entidad. Quién y cómo y en qué sentido se va regular o canalizar la globalización. Está claro que para enfrentar un fenómeno de alcance mundial se requieren conductas y regulaciones de alcance mundial. La dificultad reside en descubrir las formas y maneras como éstas van a definirse y establecerse.

Si se piensa que la globalización es realmente un problema mundial que afecta de una u otra manera a toda la humanidad y se extiende a todos los ámbitos geográficos y sociales, entonces está claro que es necesaria una participación activa y efectiva de los diferentes actores para tomar en cuenta la situación de cada uno ellos, y evitar la marginación y la inequidad como consecuencia de las nuevas tendencias. Por ello, el aprovechamiento y la regulación de un fenómeno de carácter mundial debería ser compartido de manera amplia por las diferentes regiones, naciones y sociedades del planeta. Esto requiere la presencia de todas ellas y ponderar su representatividad y necesidades.

Pero, si se acepta pasivamente la distribución de poder actualmente existente, las fuerzas de la globalización van a ser reguladas y canalizadas por quienes lo han hecho hasta ahora. Ellas, bajo el nombre genérico de "reformas", han dejado hacer y pasar todo lo que conviene a sus intereses, como sucede, por ejemplo, con la hegemonía cultural, y han creado nuevos códigos de conducta y legislado en áreas en las cuales piensan que tienen nuevas ventajas a ganar, como las inversiones, la propiedad intelectual y la gobernabilidad.

II. El llamado "modelo único"

Esto nos lleva a un segundo aspecto, que se refiere al llamado modelo único, actualmente imperante en casi todo el planeta. El argumento empleado para tratar de impedir una revisión crítica de la forma como se ha reaccionado a nivel internacional ante el fenómeno de la globalización y las normativas asociadas a él, ha consistido en una virtual imposición del criterio de que existe un modelo único para tratar los asuntos nacionales, internacionales y mundiales y que ese modelo, como no podía menos que ser, es el modelo existente en la gran mayoría de los países del mundo. Y, obviamente, ese modelo es el que refleja la distribución actual del poder y de la capacidad de toma de decisiones.

Afortunadamente hay más crítica hacia el modelo único de lo que aflora a la superficie. No sólo en los países en desarrollo o en quienes han sentido la marginación que en ocasiones conlleva, han surgido críticas. También la han comenzado a ejercer importantes sectores de los propios países industrializados y centros de pensamiento y organizaciones que tienen alguna cuota de poder en los actuales procesos de toma de decisión. Y esto también es esperanzador, aunque todavía no se exprese en nuevas políticas.

En este aspecto resulta necesario dar una voz de alerta. El modelo único, que inicialmente se refería a aspectos meramente económicos y a recomendaciones de prudencia y ortodoxia en el manejo de las finanzas públicas, se empeña ahora en abarcar campos cada vez más amplios. La justicia, la educación y los valores universales han sido apropiados por unos pocos organismos financieros y se intenta aplicarlos e imponerlos como requisitos para participar en el supuesto mundo idílico de la globalización y la modernidad. Se exigen como condiciones para entrar en él y se exhiben como beneficios generosamente otorgados. Pero olvidan que tales beneficios sólo serán genuinos si son el resultado de reflexiones y decisiones propias, a las que se llega por convicción y no por sometimiento.

III.   El desafío de la integración

El tercer punto al que deseo referirme es a la integración latinoamericana y caribeña. No sólo porque es la preocupación fundamental del SELA, sino porque en el panorama que he esbozado, en el cual solamente he expresado unas pocas reflexiones sobre los dos primeros aspectos, la integración es una de las pocas maneras que tenemos los latinoamericanos y caribeños para poder tener presencia y participar en el diseño y la conformación de las actitudes y normas que necesariamente deben acompañar al proceso de globalización.

Todos han podido leer el título de mi ponencia. Hay un desafiante "ahora o nunca" referido a la integración. Esta afirmación está en el corazón de mi principal percepción al cabo de un año de trabajo en el SELA. Efectivamente, he llegado a la conclusión de que tras casi dos siglos de haber sido proclamada esta idea y luego de haberse acumulado innumerables discursos y escritos sobre ella, hemos llegado a un punto en que esta situación exige decisiones perentorias. Ahora, o se dan pasos concretos y decididos para avanzar hacia una integración real y efectiva, o la oportunidad se perderá para siempre.

Esta conclusión nace de una realidad que tenemos a la vista. Procesos que expresan aspectos duros de la globalización, como la trasnacionalización de los procesos de producción, inversión y financiamiento; la pérdida de relevancia de las políticas y las monedas nacionales para las relaciones económicas internacionales; la homogenización de los mensajes culturales; el aumento en la brecha que separa los países desarrollados y en desarrollo en cuanto a niveles de ingreso y posibilidades de crecimiento, competencia y modernización, todos ellos tienen un dinamismo arrollador y requieren respuestas oportunas para que sus aspectos positivos sean aprovechados y sus efectos negativos frenados y evitados. Cuando se han dado algunas respuestas, ellas han sido hasta ahora formuladas y llevadas a la práctica con una participación reducida y a menudo irrelevante de los países de nuestra región. Sus expresiones formales y normativas, como la legislación de la OMC, los programas del Fondo Monetario Internacional y los préstamos del Banco Mundial se nos presentan como hechos en cuyo diseño los puntos de vista de la región escasamente son considerados. Avanzan implacables y envolventes. Somos a lo más observadores o convidados de piedra. Las más de las veces nos enteramos de las políticas y decisiones de alcance mundial por los comunicados de prensa del grupo exclusivo y excluyente de los líderes de las principales economías desarrolladas.

Es cierto que han surgido reparos sobre esta forma de proceder, aun en los países en desarrollo, y éstos han detenido la consolidación de una normativa internacional diseñada para satisfacer los requisitos del llamado modelo único. Pero también es cierto que el papel que han jugado nuestros países al respecto no ha sido muy activo y que no hemos sido capaces de formular propuestas alternativas de carácter constructivo.

No sólo a nivel mundial se ha desdibujado la presencia de los países de América Latina y el Caribe, que en el pasado llegó a tener alguna significación. En nuestro hemisferio tenemos la propuesta de ALCA. Ella avanza de manera silenciosa sin que haya sido debatida y considerada por las opiniones públicas de nuestros países. Así, si nada hacemos para corregir esto, despertaremos un buen día de nuestra siesta y nos encontraremos con que el ALCA ya es un hecho y que afectará profundamente nuestras vidas en un futuro no lejano.

 La lógica interna de la negociación del ALCA implica que si entramos en ella separados y descoordinados nuestros intereses se verán menguados. Seremos en ella débiles fragmentos de nosotros mismos. Y como resultado tendremos un entorno internacional y una normativa mundial y hemisférica ajenos a nosotros mismos y a nuestras realidades.

Estos argumentos se añaden a los tradicionales para subrayar la necesidad de conformar un espacio político y económico genuinamente latinoamericano y caribeño, avanzando resueltamente en la construcción de la integración latinoamericana y caribeña. Le imprimen, además, un sentido de urgencia. Pues, ante la inminencia de una normativa mundial y hemisférica que condicione nuestros modos y posibilidades de actuar, si no concertamos acciones y actitudes concretas ahora, no podremos hacerlo en el futuro. Se habrá agotado para siempre la posibilidad de llevar a cabo esta idea.

Ahora bien, aunque se trata de un proyecto estratégico que se realiza en el mediano y largo plazo, deben tomarse decisiones dentro de muy poco tiempo. Si nos dejamos llevar por los intereses y rivalidades inmediatos de cada quien, los países tomarán un curso de acción diferenciado. En ese caso la gravitación de América Latina y el Caribe sobre los acontecimientos de carácter mundial y regional será cada vez más débil. Y, lo que es peor, la capacidad que tendremos para enfrentar con voz propia nuestros problemas será cada vez más reducida.

Hemos avanzado, debemos reconocerlo, en el fortalecimiento de los acuerdos económicos de integración subregional. Se han revitalizado durante la última década los acuerdos de integración tradicionales y se ha creado el MERCOSUR, el más grande y uno de los más promisorios entre ellos. Recientemente se acordó el establecimiento, antes de que concluya el presente año, de una zona de libre comercio suramericana que sería un paso fundamental para la integración económica en la región. Pero también se debe reconocer que los ámbitos subregionales e, incluso, el ámbito suramericano, que es el más grande, son insuficientes para participar plenamente, con identidad propia, en el escenario mundial.

Tampoco son suficientes los acuerdos comerciales y meramente económicos para reafirmar tal identidad. Se requiere de una conciencia común en cuanto a objetivos y proyectos. Por ello resulta necesario abrir un diálogo abierto y franco sobre el curso de acción del conjunto de países que conforman a América Latina y el Caribe. Podemos tener divergencias, pero no debemos ocultárnoslas, debido a que la acción conjunta es la única manera de no ser absorbidos por el anonimato que nos espera en una globalización diseñada sin nuestro concurso.

La conclusión de que la integración latinoamericana y caribeña es una tarea a realizar ahora o nunca no es esperanzadora ni decepcionante. Es provocadora. Nos interpela a la acción inmediata, y nos enfrenta a la alternativa ingrata de resignarnos. Estamos en el umbral de un punto de no retorno. Si lo cruzamos desintegrados, como de hecho lo estamos haciendo peligrosamente en la actualidad, ningún discurso, por más elocuente y apasionado que sea, podrá cambiar el hecho de la imposibilidad definitiva de llevar a cabo el ideal de ser protagonistas de nuestro propio destino. ¡Esta es la cruda verdad que no podemos ocultar! ¡Por eso: es ahora o es nunca!

Hasta ahora, con dignas excepciones, no hemos sido los constructores de nuestra propia historia. Hemos mirado hacia el pasado, en vez de guiar nuestra conducta mirando hacia el futuro. Hemos estado a la espera de circunstancias propicias para entrar con personalidad propia en la escena mundial. Hemos postergado el enfrentarnos con nosotros mismos.

Pero se da el caso de que las postergaciones ya no son posibles. Ante la realidad de la globalización o reaccionamos de manera positiva o somos absorbidos. Probablemente el concepto del fin de la historia es descabellado, pero no lo es tanto la noción del fin de la presencia de América Latina y el Caribe en la historia si continuamos con la pasividad y la fragmentación que nos han caracterizado durante los años recientes.

A los latinoamericanos y caribeños nos une un pasado, una cultura, una situación y una historia común. Pero no son principalmente estos factores los que nos inducen a las acciones conjuntas. Nos une sobre todo la necesidad de hacer frente al porvenir, de enfrentar con fuerza los problemas que nos aquejan y resolver de acuerdo a criterios propios nuestras dificultades y carencias.

Encarar de frente los problemas de la integración, sin recurrir a subterfugios ni promesas de beneficios de corto plazo, es no sólo la manera directa y honesta de reconocer nuestras posibilidades, es también la alternativa que nos queda para insertarnos en la globalización sin ser anulados por ella y sin padecer los efectos de marginalización, inequidad y pobreza que les espera a quienes no sean capaces de reconocer y estar a la altura de esta realidad de nuestros tiempos.

El SELA considera su deber señalar esta circunstancia y convocar a los latinoamericanos y caribeños a aunar esfuerzos para diseñar las respuestas que exigen los tiempos actuales, empezando por el diálogo, la coordinación y los avances hacia una integración que reafirme nuestra propia identidad.

Este llamado no puede limitarse a una mera expresión retórica, pues el carácter que han adquirido las relaciones internacionales y la dinámica de la globalización nos presentan la disyuntiva planteada desde el título de esta intervención: integración, ahora o nunca.

 


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